“Sólo
ustedes, los que permanecieron apegados a Dios su Señor, están todos vivos hoy”
(Parashat Vaetjanan, Devarim 4:4).
El
temor al peor enemigo del judaísmo se hace presente en estas palabras: la
asimilación. Porque es un enemigo invisible que amenaza constantemente y muchas
veces ciega nuestros ojos al punto de encerrarnos en nuestras costumbres y
vivir en una burbuja dentro del mundo.
“Por
consiguiente, no se corrompan y hagan una estatua que represente símbolo
alguno. [No hagan] ninguna imagen masculina o femenina” (Parashat Vaetjanan,
Devarim 4:16).
Una
de las innovaciones del judaísmo fue la inmaterialidad del Creador. D´s no se
ve ni se toca sino que se siente. La Shejiná (Presencia Divina) es impalpable.
De esa manera se impedía tomar “prestados” de creencias preexistentes objetos
que eran santificados como dioses con el fin de impedir que con el paso del
tiempo se las adoren.
El
judaísmo ha sobrevivido a los tiempos gracias a la premisa LeDor VaDor (de
generación en generación). Nuestras costumbres y tradiciones se fueron pasando
de padres a hijos desde Abraham Avinu. Es por eso que luego de afirmar nuestra
fe en un D´s único: “Escucha, Israel, Dios es nuestro Señor, Dios es Uno”
(Parashat Vaetjanan, Devarim 6:4), se nos dice “Enséñalas a tus hijos” (Parashat
Vaetjanan, Devarim 6:7).
Sólo
transmitiendo nuestras costumbres nos aseguramos que perduren en el tiempo. Si
nos alejamos de las palabras de D´s no vamos a morir, lo que va a morir es el judaísmo.
La asimilación es un hecho queramos o no reconocerlo. ¿Cuál es el límite entre
adaptarnos a las costumbres de un lugar y dejar de lado todo lo nuestro? Es una
línea tan delgada que sólo puede ser representada en nuestro corazón. Somos
nosotros frente a D´s los que sabemos de qué lado de esa línea estamos.
No
tememos como en el cristianismo interlocutores con D´s. Nosotros no vamos a
confesarnos ante un sacerdote para que nos diga cuál es el castigo por violar
la palabra divina. Nuestra confesión es directamente con D´s. Si lo hacemos
estamos del lado que sólo nos adaptamos a las costumbres, sino directamente
olvidamos a D´s.
No
seamos tampoco ajenos a la realidad del mundo. No nos encerremos como hacen
comunidades ultraortodoxas que por miedo no se relacionan. Abramos nuestras mentes.
Conozcamos otras culturas. Aprendamos de ellas pero sin mover la brújula de
nuestro judaísmo.
El
Estado de Israel nos brinda protección y ayuda como judíos por fuera pero somos
nosotros quienes tenemos que protegernos por dentro.
Conversemos
con nuestros hijos no sólo de las amenazas externas como ser el odio y la intolerancia
manifestados como antisemitismo y/o antisionismo. Hablémosle clara y concisamente
de que el enemigo interno, la asimilación, puede hacer mucho más daño que una
amenaza externa.
En
el Shemá Israel nos cubrimos los ojos pero abrimos el corazón. Ese mismo
corazón que nos mantiene del lado de esa línea que nunca deberíamos cruzar.
De
generación en generación seguiremos transmitiendo nuestras costumbres. Que el
famoso quinto hijo de la Hagadá de Pesaj sea sólo una suposición extrema y no
una verdad irreversible.
Shabbat
Shalom
Lucas
Fisbein