En
el texto de esta semana leemos que si un guerrero “ve entre los
prisioneros una mujer hermosa y la desea, puede tomarla por esposa. En
un caso así, cuando la traiga a su hogar, debe rasurarse la cabeza y dejarse
crecer las uñas. Debe sacarse su vestimenta de cautiva y permanecer en su
casa un mes entero, llorando a su padre y a su madre. Sólo entonces puede tener
relaciones íntimas con ella y poseerla, haciéndola su esposa” (Deuteronomio
21:11 a 21:13).
En palabras más simples si el soldado se siente
atraído por la prisionera debe esperar un mes para poder tomarla como esposa.
Estaría bien para cumplir en un período de guerra
pero en nuestra realidad ¿cómo aplica la norma?
Esta
mitzvá está referida a la eterna lucha entre la razón y el deseo. El deseo
puede ser momentáneo mientras que la razón nos muestra el futuro. En términos
vulgares si uno está caliente con
algo lo mejor es esperar un tiempo prudencial para ver si la calentura es legítima o un arrebato del
momento.
René
Descartes interpretó al pié de la letra el texto de esta Parashá cuando nos
enseñó su frase “cogito ergo sum”, pienso luego existo.
Sólo
cuando usamos la razón sabemos que es real lo que sentimos. Existimos por y
para ese sentimiento. No nos dejamos atormentar por un impulso instantáneo sino
que logramos un sentimiento atemporal.
¿Cuántas
relaciones se rompieron por una frase dicha en un momento de ira? ¿Cuántas
parejas desaparecieron por un acto de infidelidad incentivado por un impulso
que en principio parecía incontrolable pero que pensado fríamente podría
haberse evitado? ¿Cuántas guerras no hubieran nunca ocurrido de haberse pensado
en la cantidad de vidas que se perderían?
Dios
nos da las herramientas para que tomemos nuestras propias decisiones. No nos
enseña a pescar sino que nos da la caña para que nosotros mismos aprendamos a
usarla.
El
razonamiento es un medio y no un fin en sí mismo. Lo tenemos para lograr
que nuestros impulsos inmediatos se transformen en sentimientos duraderos.
Imaginémonos
que vemos un auto último modelo y quedamos fascinados con él. Nuestro primer
impulso es comprarlo. Para poder comprarlos necesitamos dinero y la única forma
de obtenerlo es salir corriendo a un banco y obtener un préstamo con una
altísima tasa de interés.
Probablemente
pensando en frío diríamos que no lo compramos.
Así
que aunque cueste demasiado y nuestro corazón se empeñe en decirnos que tenemos
que hacer algo debemos primero pensar las consecuencias de ese acto. Lo
recomendable es esperar y ver si con el tiempo nuestro corazón sigue pensando
lo mismo.
Sabemos
que el futuro es una incógnita que se revela con las acciones de nuestro presente.
Descartes no se equivocó así que si querés existir tenés que pensar.
Shabat
Shalom
Lucas
Fisbein