lunes, 24 de agosto de 2015

Ki Tetzé

En el texto de esta semana leemos que si un guerrero “ve entre los prisioneros una mujer hermosa y la desea, puede tomarla por esposa. En un caso así, cuando la traiga a su hogar, debe rasurarse la cabeza y dejarse crecer las uñas. Debe sacarse su vestimenta de cautiva y permanecer en su casa un mes entero, llorando a su padre y a su madre. Sólo entonces puede tener relaciones íntimas con ella y poseerla, haciéndola su esposa” (Deuteronomio 21:11 a 21:13).

En palabras más simples si el soldado se siente atraído por la prisionera debe esperar un mes para poder tomarla como esposa.

Estaría bien para cumplir en un período de guerra pero en nuestra realidad ¿cómo aplica la norma?

Esta mitzvá está referida a la eterna lucha entre la razón y el deseo. El deseo puede ser momentáneo mientras que la razón nos muestra el futuro. En términos vulgares si uno está caliente con algo lo mejor es esperar un tiempo prudencial para ver si la calentura es legítima o un arrebato del momento.

René Descartes interpretó al pié de la letra el texto de esta Parashá cuando nos enseñó su frase “cogito ergo sum”, pienso luego existo.

Sólo cuando usamos la razón sabemos que es real lo que sentimos. Existimos por y para ese sentimiento. No nos dejamos atormentar por un impulso instantáneo sino que logramos un sentimiento atemporal.

¿Cuántas relaciones se rompieron por una frase dicha en un momento de ira? ¿Cuántas parejas desaparecieron por un acto de infidelidad incentivado por un impulso que en principio parecía incontrolable pero que pensado fríamente podría haberse evitado? ¿Cuántas guerras no hubieran nunca ocurrido de haberse pensado en la cantidad de vidas que se perderían?

Dios nos da las herramientas para que tomemos nuestras propias decisiones. No nos enseña a pescar sino que nos da la caña para que nosotros mismos aprendamos a usarla.

El razonamiento es un medio y no un fin en sí mismo. Lo tenemos para lograr que nuestros impulsos inmediatos se transformen en sentimientos duraderos.

Imaginémonos que vemos un auto último modelo y quedamos fascinados con él. Nuestro primer impulso es comprarlo. Para poder comprarlos necesitamos dinero y la única forma de obtenerlo es salir corriendo a un banco y obtener un préstamo con una altísima tasa de interés.

Probablemente pensando en frío diríamos que no lo compramos.

Así que aunque cueste demasiado y nuestro corazón se empeñe en decirnos que tenemos que hacer algo debemos primero pensar las consecuencias de ese acto. Lo recomendable es esperar y ver si con el tiempo nuestro corazón sigue pensando lo mismo.

Sabemos que el futuro es una incógnita que se revela con las acciones de nuestro presente. Descartes no se equivocó así que si querés existir tenés que pensar.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 17 de agosto de 2015

Shoftim

En la Parashá de esta semana leemos un pasuk que lo escuchamos hasta el hartazgo cuando reclamamos justicia por los dos atentados que castigaron salvajemente a nuestra sociedad: Justicia justicia perseguirás”. (Deuteronomio 16:20).

Es el reclamo que nos hacemos a nosotros mismos por permitir que actos de corrupción generalizados avalados por una gran parte de la sociedad intente minimizar la potencial repercusión que un fallo impartiendo verdadera justicia generaría en un presente que está más cerca de Sodoma y Gomorra de lo que alguna vez hubiéramos pensado.

En cierto sentido parece redundante que la palabra justicia aparezca dos veces pero su repetición nos enseña que la justicia siempre debe seguir impartiendo justicia. En otras palabras para impartir justicia debemos actuar con justicia. No sería correcto plantar pruebas para incriminar a alguien. No sería correcto usar un chivo expiatorio para calmar ansiedades o reclamos de justicia cuando sabemos que la persona acusada es un pobre perejil.

Podemos entenderlo también como la justicia de los hombres debe siempre estar ligada a la justifica divina. Lo que el hombre juzga con sus tribunales debe estar emparentado con el castigo que Dios impartiría si presidiera el tribunal terrenal.

Lo que nos distingue del resto de los seres vivos es la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Esto es una consecuencia de haber comido del fruto del Árbol del Conocimiento. Es un buen ejercicio para nuestra mente imaginarnos que hubiera pasado si todavía estuviéramos en el Gan Edén. ¿Existiría la injusticia?

Tampoco es casualidad que esta Parashá se lea en durante el mes de Elul donde hacemos un balance de todo lo hecho durante el año y buscamos a través de los selijot la persecución de nuestra propia justicia.

En el judaísmo no tenemos intermediarios para confesar nuestros pecados. Nuestros malos actos son comunicados directamente a Dios. Es nuestra propia justicia la que persigue justicia.

Aprovechemos que estamos en un excelente período para aprovechar los Selijot Comunitarios. Tener estos momentos en comunidad pueden paliar algunas injusticias cometidas individualmente.

Así como pedimos por la pronta reconstrucción del Beit Hamikdash debemos reclamar por el pronto esclarecimiento de los atentados que mancharon de sangre a nuestra sociedad. Sólo así podremos dejar de pedir a gritos: Justicia justicia perseguirás”.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 10 de agosto de 2015

Ree

En la Parashá de esta semana se nos dice que debemos darle muerte a quien incite la adoración de otros dioses. Es el único caso en donde prevalece una mitzvá sobre la principal de “preservar la vida”.

¿Cuál es la gravedad del acto que debemos destruir a la persona que lo realiza?

En primer lugar la incitación viola el segundo mandamiento “No tengas ningún dios delante de Mi” (Exodo 20:3) y (Deuteronomio 5:7),

En segundo lugar contradice al Shemá que recitamos por los menos dos veces por día en la parte que dice “Dios es único).

Y en tercer lugar adorar a otro dios significa dejar de adorar a nuestro Dios quien fue el Creador del Universo. No reconocerlo como único conlleva a no reconocer Su Creación.

La idolatría no se admirar a alguien por sus condiciones. Si nos parece genial lo como juega Messi al fútbol o Roger Federer al tenis no estamos adorándolos como dioses. En cambio si viene una persona y nos dice “yo soy el camino” y la seguimos, ahí sí estamos cometiendo un acto de idolatría.

En otras palabras podemos sentid admiración por otras personas u objetos pero cuando éstos se transforman en manipuladores de nuestras vidas o nuestros actos son incentivados por sus acciones ahí sí estamos desacreditando a nuestro Dios.

Javá en el Gan Edén fue la primer persona en practicar la idolatría. La serpiente modificó su conducta en contra de lo que había dicho Dios. Fue incitada a tocar el árbol y comer el fruto contrariamente a la prohibición de Dios.

Esto se dio también porque no se cumplió la mitzvá de “observen cuidadosamente todo lo que les prescribo. No añadan a ello y no sustraigan de ello” (Deuteronomio 13:1). Adam a la prohibición de Dios de no comer del fruto le agregó la prohibición de no tocar el árbol.

¿Por qué entonces Dios no mató a Javá?

Hay dos respuestas para esta pregunta. En primer lugar la Torá no había sido entregada en su totalidad a Moshé por lo que esta mitzvá no era conocida. Pero en segundo lugar al sacarlos del Gan Edén y hacerlos mortales indirectamente les estaba quitando la vida que les dio.

Debemos entender que en la actualidad no asesinamos a quienes comenten idolatría. O por lo menos no les quitamos la vida física. Lo que sí hacemos es quitarle la vida espiritual apartándolos de los lugares donde pueden influir.

Una persona débil es una presa fácil para quien incita la idolatría. Por eso se nos obliga a tenderle una mano al necesitado. Y acá entra en juego la tzedaka también mencionada esta semana.

Cada vez que estemos por caer. En cualquier momento en que la tentación por adorar dioses falsos esté presente en nuestra mente, cerremos los ojos por un instante y respiremos bien hondo. Así recordaremos el aliento de vida que nos dio Dios. Abramos los ojos y veamos el mundo que Dios creó para nosotros.

Si entonces no creemos en el Creador, no merecemos estar vivos.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 3 de agosto de 2015

Ekev

Está en la naturaleza humana acordarnos de Dios en los momentos malos pero ¿cuántos lo hacemos en los buenos?

El texto de esta semana nos hace mención a eso al decir “Entonces es posible que comas y estés satisfecho, construyendo buenas casas y viviendo en ellas. Es posible que tus manadas y rebaños se acrecienten, y amases mucha plata y oro: es posible que todo lo que poseas se acreciente. Pero entonces tu corazón puede volverse altivo, y olvides a Dios tu Señor, El Que te sacó de la casa de esclavos que era Egipto” (Deuteronomio 8:12 a 88:14).

Cuando la estamos pasando mal o necesitamos ayuda recurrimos a Dios pero cuando las cosas están bien solemos olvidarnos de su existencia.

Cuando pedimos Refúa Shlemá por nuestros enfermos luego no vamos a agradecerle a Dios por la sanación.

Cuando nos va bien en los negocios o logramos un avance importante somos unos genios pero cuando estamos de últimas a punto de perder el trabajo lo primero que nos viene a la cabeza es “Dios ayúdame”.

¿Y por qué es que olvidamos a Dios en esos momentos?

Porque la Shejiná es impalpable. Si tuviéramos a Dios en forma física y material seguramente nos pegaría una cachetada cada vez que nos olvidáramos de él pero al habernos hecho a su imagen y semejanza nos hizo ser dadores. Por consiguiente debemos ser dadores de gracias. Debemos recordar que fue Él quien nos entregó la Torá no solo a nosotros sino también a los conversos.

Por eso en la misma Parashá se nos dice “Ustedes también deben mostrar amor hacia el extranjero, puesto que fueron extranjeros en la tierra de Egipto”. El extranjero es el converso.

¿Era necesario que se nos obligue a amar al converso?

Desde un punto de vista espiritual el converso es como un niño recién nacido. Sólo el amor de sus padres y parientes pueden hacerlo crecer bien. El converso es alguien que dejó de lado sus anteriores creencias para reconocer a Dios como fuente única de la Creación.

En la Torá se nos obliga a amar a Dios y a los conversos pero no así a nuestros padres. Dios quiere demostrarnos que el amor hacia nuestros padres es algo innato pero hacia Él o los conversos no.

Si hasta a veces nos discriminamos entre los que somos Iehudim de nacimiento qué podemos esperar hacia quienes lo son por elección. Por eso la mitzvá de amarlos.

Y para ir redondeando la idea tenemos que aprender ser agradecidos con Dios aún cuando nuestra panza este llena o cuando haya muchas cifras en nuestra cuenta bancaria.

En aquellos días de esclavitud en Egipto tuvimos hambre y no tuvimos dinero para comprar nuestra libertad. Fuimos extranjeros y sólo el amor de Dios nos salvó.

Un Iehudí siempre debe ser humilde ante Dios. Debe reconocer su grandeza y amarlo por fue Él quien nos permitió llegar hasta nuestros días.

Un converso es alguien que nos demuestra que el alma puede más que la razón. Su alma estuvo en Monte Sinaí con las nuestras. No tuvo la suerte de nacer en el seno de una familia creyente.

Démosle la oportunidad de vivir esta experiencia con nuestro amor.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein