lunes, 26 de octubre de 2015

Vaierá

En esta Parashá tenemos muchos aspectos destacables para hablar. Podemos hablar sobre el amor de una madre por su hijo como en el caso de Hagar y Sara. También podemos hablar de la desesperación por salvar vidas: Abraham con Sodoma y Gomorra. Pero también podemos ver tres actos en la vida de Abraham que tienen un mismo fin: dar.

El primer momento en donde Abraham es un dador es justo después de su Brit Milá. “Dios se le apareció a [Abraham] en las planicies de Mamré mientras él estaba sentado a la entrada de la tienda en la parte más calurosa del día” (Génesis 18:1). Estaba en compañía de Dios cuando tres forasteros se acercan a su tienda.

Abraham se levanta, a pesar de su dolor, y sale a saludarlos para darles alojamiento y comida. Es la primera vez que se menciona ajnasat orjim desde que el mundo fue creado.
Cuando estaba con Dios estaba recibiendo compañía. Cuando salió en busca de los extraños estaba dando.

El segundo momento es en la destrucción de Sodoma y Gomorra. Podemos discutir si fue o no demasiada la cantidad de gente justa que pedía Abraham para no destruirlas pero la idea es otra. ¿Qué tiene que ver el "dar"? Indirectamente no es Abraham el que da sino que le pide a Dios que "de" otra oportunidad.

Y el tercer momento y tal vez el más dramático fue la akedat Itzjak. Pongámonos un momento en esa situación y pensemos si sacrificaríamos a nuestros hijos. La respuesta unánime sería no. Con este acto Abraham daba su vida a Dios. Los hijos son la prolongación de nuestros días.

Uno siempre daría la vida por sus hijos pero siendo hijos de Dios ¿la sacrificaríamos por nuestro Padre? Abraham sí.

Por eso si uno no siente placer en dar a veces es mejor pecar de egoísta porque quien lo recibe nota la falta de intensión.

Pero si actuamos como Abraham y somos dadores por naturaleza, la satisfacción será doble. En primer lugar nos sentiremos felices de haber dado y en segundo lugar la persona que lo recibe será feliz porque se dará de nuestro accionar.

Dios nos dio la vida que es algo inmensurable. A nosotros ¿qué nos cuesta emularlo? Pensemos en la expresión de quien lo recibe. Pensemos en nuestra expresión. Ahora dejemos de pensar y empecemos a dar.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 19 de octubre de 2015

Lej Lejá

Leemos esta semana sobre los dos hijos que tuvo Abraham. A simple vista son dos medios hermanos que como ocurrió con todos los hermanos hasta Efraim y Menashé no se llevaban bien.

Pero hay que ahondar en el origen de cada uno para entender el por qué de esta relación.
La gestación de Ishmael se dio por pedido de Sara  “Dios me ha impedido tener hijos. Ven a mi esclava, y quizá tenga yo hijos a través de ella.”  (Génesis 16:2) y “Abram vino a ella (Hagar), y ella concibió” (Génesis 16:4). Fue una gestación natural como la de cualquier ser humano.

Las leyes naturales son nuestra forma de interpretación lógica y racional de la voluntad de Dios. Si la concepción desde un punto de vista natural es la unión de un espermatozoide y un óvulo, desde el punto de vista de la voluntad divina es cómo se crea vida a través de esa unión.

Las leyes naturales nos enseñan las consecuencias mientras que si buscamos entender la voluntad de Dios nunca podremos responder el cómo. ¿Cómo a partir de esa unión de forma un embrión?

Itzjak fue concebido por la voluntad de Dios. “Yo la bendeciré (a Sara), y haré que te dé un hijo” (Génesis 17:16).

Si bien todas las gestaciones son por voluntad de Dios en el caso de Ishmael se antepuso el hombre mientras que en el de Itzjak fue Dios antes quien tomó la decisión.

Esto nos enseña que la voluntad de Dios se antepone a lo que es natural.

Dios no quiere que nos adelantemos a su voluntad. El pacto con Abraham (Brit Milá) no fue antes del nacimiento de Ishmael. Si “Ishmael tenía trece años de edad cuando la carne de su prepucio fue circuncidada” (Génesis 17:25) significaba que tuvo 13 años que vivió alejado de Dios.

El resultado comparado con Itzjak fue el mismo. Ambos fueron circuncidados. Sólo que quien fue concebido por la voluntad de Dios fue beneficiado mucho antes.

La voluntad de Dios fue que Abraham deje todo y siga hacia la tierra que Dios le mostraría. Probablemente no hubiera podido seguir en la casa de Teraj y la hubiera dejado más adelante.

Gracias a que se dejó guiar por la voluntad divina llegamos a ser la gran nación que nunca pudo ser destruida.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 12 de octubre de 2015

Noaj

“El mundo era corrupto ante Dios, y la tierra estaba colmada de crimen” (Génesis 6:11). Cualquier similitud con nuestra realidad circundante no es casualidad. Lo que nos demuestra el texto de esta semana es que la Torá es atemporal. Por eso la leemos una y otra vez en busca de significados porque a Dios nada se le escapa.

En aquél entonces no era diferente del ahora. No sólo la gente era corrupta ante Dios sino que además lo veían con buenos ojos. Y el verlo con buenos ojos implica mostrárselo a los demás y generar un círculo vicioso.

Esto es la consecuencia del problema. Muchos lo ven como el problema pero no es así. El verdadero problema somos nosotros que nos corrompemos y no nos damos cuenta. No apagamos el celular en Shabat, nos olvidamos de hacer Kidush y no sentimos culpa por ello.

Y una pregunta que me viene a la mente es ¿seríamos capaces de construir nuestra propia arca dejando todo lo corrupto afuera y encerrando con nosotros las “especies” que sobrevivirían como relaciones afectivas, amistad, y otras tantas acciones en donde la interrelación entre dos personas sólo se da frente a frente?

Seguramente no. No podríamos separarnos de nuestro entorno. En la película Matrix Morpheus le dice a Neo que “hay gente  tan desesperadamente dependiente del sistema, que lucharían para protegerlo”.

Noaj no era dependiente del sistema. Noaj aceptó la palabra de Dios sin omitir comentario alguno. Noaj fue sumiso ante Dios. Y esto siempre causa que se lo compare con Abraham. Cuando Dios le dijo a Abraham que iba a destruir Sodoma y Gomorra (¡sólo dos ciudades!), él hizo todo lo posible por intentar cambiarlo de opinión. No lo logró pero lo intentó. Noaj en cambio fue comunicado de la decisión de destruir el mundo y lo único que hizo fue construir un arca.

¿Existe algún relato en que Noaj intenta salvar a su semejante? ¿Le ruega Noaj a Dios que no mande el diluvio?

Noaj estaba en su Matrix. Caminaba con Dios (Génisis 9:6). Y dependía tanto de Él que olvidó que era humano y se convirtió en un programa de computación. Dios le puso el software para construir el arca y eso es lo que hizo. Necesitaba ser guiado, programado, para poder funcionar.

Noaj era un hombre justo. En palabras de la Torá un tzadik. Pero lo era en aquella época y para aquella generación. De haber sido contemporáneo de Abraham seguramente se lo hubiera descripto como una buena persona.

¿Y cuál fue su aporte a nuestra historia entonces? Que luego del Diluvio Dios hizo un pacto con él. “He puesto Mi arco iris en las nubes, y será una señal del pacto entre Mí y la tierra” (Génesis 9:13).

Cada vez que veamos un arco iris recordemos que Dios nos da otra oportunidad de seguir adelante. Qué Él está enojado con nosotros pero nos da otra chance de seguir adelante. Nos da la posibilidad de abandonar nuestra Matrix.

El arco iris es la belleza de la luz del sol entre las nubes luego de una lluvia. Es el optimismo que nos da Dios luego de una decepción.

No es en vano que gracias a Noaj Dios nos enseñó que siempre que llovió… paró.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 5 de octubre de 2015

Bereshit

Como todos sabemos el mundo fue creado en seis días y en el séptimo Dios descansó. Ese descanso no implicó un desentendimiento de lo que había creado. Simplemente dejó que los acontecimientos siguieran su rumbo.

El hombre y la mujer ya habían sido creados y al darles libre albedrío les permitió elegir su rumbo. Se comete el famoso pecado de la manzana y aparece la primera pregunta que Dios le realiza al hombre “¿Dónde estás?” (Bereshit 3:9).

A simple vista parece una averiguación de la ubicación geográfica de Adán pero desde un punto de vista más profundo implica una visión en nuestro interior.

¿Dónde estamos? La respuesta es una fotografía de nuestro presente. Desde un punto de vista contable podemos definirnos como el Activo, nuestras buenas acciones y las que nos hacen mejores personas como nuestro Patrimonio Neto y las malas acciones o lo que debemos mejorar sería nuestro Pasivo.

Si nuestro Pasivo es mayor a nuestro Patrimonio Neto ciertamente tenemos que cambiar. Debemos acrecentar nuestro Patrimonio Neto con buenas acciones así el Resultado del Ejercicio sea diario, mensual o anual nos va a dar una ganancia espiritual que nos hará mejores personas.

Dios no le pregunta a Adán ¿dónde estás? porque quiere que le responda “me escondí” (Bereshit 3:10). Lo que Dios esperaba era una aceptación de la culpa por haber incurrido en el desobedecimiento de Sus Palabras.

Ciertamente el Patrimonio Neto de Adán fue negativo. Su “empresa” estaba quebrada. Por eso Dios lo expulsa del Gan Edén.

Dios quiere “empresas” con “ganancias” pero cuando estas empiezan a “perder” nos da la posibilidad de redimirnos.

Tenemos también otra pregunta importante “¿Dónde está tu hermano?” (Bereshit 4:9).

¿Y por qué es tan importante saberlo? Porque Dios nos dio la capacidad de sociabilizarnos. Nuestro hermano no es sólo alguien sanguíneo sino es cualquier semejante.

Por eso la respuesta de Cain “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Bereshit 4:9) es la que nunca debemos dar. No sólo somos los guardianes sino los responsables de que estén bien.

Kol Israel Arevin Ze La Ze

Todos somos responsables por el otro. Todos somos guardianes. No es una alternativa. Es la única opción.

Sólo así nuestra “empresa” tendrá siempre ganancias que podremos compartir con otras empresas.

Y ante cada pregunta de ¿dónde estoy? debemos mirar a nuestro alrededor y contestar “generando ganancias” que además compartimos con nuestros hermanos porque así como nosotros somos sus guardianes Dios es quién nos cuida en todo momento.

Comenzamos nuevamente el ciclo de lectura de la Torá. ¿Dónde estoy? Con mi hermano, en Comunidad, generando ganancia para las generaciones futuras.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

Vezot Habrajá

Vezot Habrajá

Terminamos el texto de la Torá leyendo sobre la muerte de Moshé quien fuera el hombre más humilde sobre la tierra.

¿Qué persona sabiendo que va morir decide dar bendiciones? Y más aún bendiciones que no son para sus familiares.

Y surge una pregunta interesante sobre esta última parashá: Si Moshé murió y habla que Dios mismo fue quien lo enterró, ¿quién escribió esta porción?

Poco nos importa si fue Moshé sabiendo lo que sucedía o Yehoshua quien la terminó. Lo que realmente importa es que Moshé fue un mensajero de Dios, trasmitió su palabra y no la tomó como propia.

Moshé no fue una persona que se proclamó como el dueño de la verdad por su condición de profeta.

Fue humano. Sintió ira. Rompió las tablas sobre un pueblo que adoraba a un becerro de oro luego de escuchar que no había otros dioses sino sólo el Eterno.

Sintió ira en Merivá cuando golpeó dos veces la bara contra la roca y quedó sentenciado a quedarse fuera de la Tierra de Israel.

No sintió ira al momento de su muerte. Bendijo a las doce tribus como lo había hecho Yaakov a sus hijos antes de morir.

No sintió ira al momento que Dios le muestra toda la tierra a la que no podía entrar.
Murió solo, en lugar que nadie sabe para que no sea adorado.

El hombre que lideró la liberación de Egipto, que siguió firmemente las palabras de Dios y la última persona en ver a Dios directamente.

Terminamos la Torá con la palabra Israel e inmediamente comenzamos con la palabra Bereshit.

Dios creo que el mundo para que al llegar al final de camino sea santificado por el Pueblo de Israel.

¡Jazak Jazak Venitjazek!


Lucas Fisbein

Haazinu

“De este modo, Ieshurún engordó y se rebeló” (Deuteronomio 32:15).

No hay mejor pasuk que explique el comportamiento del Pueblo Judío a través de los tiempos.

Acabamos de dejar los Iamin Noraim que son acaso el único momento del año donde muchos se acercan a Dios.

Cuando las cosas van bien y nuestros estómagos están llenos si somos desagradecidos nos olvidamos de Dios. Nuestra mente evita pensar que lo que obtuvimos fue porque Él así lo quiso y puso en nuestros caminos los medios para alcanzar nuestra meta.

Pero cuando estamos flacos y tenemos hambre miramos al cielo y nos preguntamos por qué.

Si acaso no decimos gracias cuando nos ceden un lugar o nos hacemos los distraídos cuando vemos a un no vidente que no puede cruzar la calle por sus medios, ¿qué podemos esperar de agradecerle a Dios algo tan importante?

Dios es como un padre biológico. Cuando nuestros hijos se portan mal y no nos respetan nosotros los castigamos. ¿Cómo es el castigo? ¿Los matamos acaso? Para nada. Les damos una escaramuza para que comprendan y entren en razones.

Eso es lo que Dios hizo con nosotros a lo largo de nuestra historia.

Cada vez que el Pueblo se olvidó de Él alguna tragedia ocurrió en nuestra historia. Sino recordemos Tishá Be Av.

Las flechas que nos lanza Dios para golpearnos (Deuteronomio 32:23) no son textuales, pero golpean y mucho.

Podemos creernos omnipotentes e intentar esquivar los golpes. Grave error. Es imposible.

Lo mejor que podemos hacer es evitar que Dios nos lance sus flechas y eso se logra siendo agradecido tanto con Él como con nuestros semejantes.

Shabat Shalom

Lucas Fisbein

Vaielej

Moshé parado frente al Pueblo les dice que sean fuertes y valientes (Deuteronomio 31:6).

¿Qué es ser fuerte? ¿Es poder levantar una pesa de 100 kilos? ¿Es sacar músculos y mostrárselos a todos?

Ser fuerte significa tener la fortaleza para afrontar nuestros errores; la inteligencia para aceptarlos y la voluntad para no volver a cometerlos.

¿Y valiente? ¿Es acaso no mostrar temor cuando nuestros miedos nos acechan?

Ser valiente es aceptar nuestros miedos y tratar de superarlos.

No es fácil ser las dos cosas a la vez pero es un requisito para ser mejor persona.

A lo largo de nuestra historia hemos cometido errores y de algunos aprendimos y de otros no.

Dios siempre nos da una oportunidad de redimirnos y está en nosotros tomarla o rechazarla.

Debemos ser fuertes y valientes porque de esta manera estaremos siempre un escalón más arriba en la escalera que nos lleva a nuestra grandeza espiritual.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

Nitzvaim

Resulta interesante cómo Dios nos da a elegir entre la vida y la muerte. Cualquier ser racional elegiría la vida aunque para comprender el pasuk en su totalidad tenemos que entender que significa la muerte.

El ser humano tiene un cuerpo físico que nace, crece y luego muere. Eso es inevitable. Pero también posee un cuerpo espiritual cuya vida comenzó con la Creación y perdurará por el resto de los días.

A esa elección es a la que Dios apunta. A nuestro ser espiritual.

Elegir la vida es seguir las mitzvot. Es alimentar a nuestro ser espiritual que permaneció dormido hasta Matan Torá. En el Sinaí todas las almas pasadas, presentes y futuras, estuvieron ahí aceptando un pacto con Dios.

El pacto de la vida.

Pero recordemos que también está nuestro ser físico que tiene deseos y necesidades que muchas veces pueden contrariar a nuestro ser espiritual.

Elegir la vida es encontrar la armonía entre nuestros seres de manera tal que el paso por este mundo no sea un obstáculo para el desarrollo de nuestro ser para el mundo venidero ni que una excesiva espiritualidad nos impida disfrutar de nuestro presente.

Y la elección entre la vida y la muerte es dirigida al Pueblo de Israel como un ser único. No se menciona explícitamente la palabra “Pueblo” sino que Dios se refiere a nosotros en segunda persona. Nos da la idea de comunidad donde cada miembro es importante y si faltara uno la cosa sería distinta.

Kol Israel arevin ze laze.

Cada uno de nosotros somos responsables por los otros. Cada uno de nosotros es responsable porque el otro elija siempre la vida.

Estamos ante las puertas de Iamim Noraim. Otro año más a punto de iniciarse y que mejor manera de comenzarlo que seguir eligiendo la vida.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

martes, 15 de septiembre de 2015

Ki Tavó

¿Alguna vez nos pusimos a pensar cómo respiramos? ¿O acaso nos preguntamos cómo es que el aire que entra en nuestro cuerpo es el necesario para seguir viviendo?

Lo tomamos como algo natural. Como un camino que transitamos desde una exhalación hasta la próxima. No nos detenemos a preguntarnos si la próxima cantidad de aire será suficiente para inflar nuestros pulmones.

Vamos aprendiendo con cada suspiro que el aire es de suma importancia para nuestra supervivencia pero que en cierto momento nuestros pulmones no van a funcionar entonces recién ahí sabremos que su función era por tiempo determinado.

Eso es lo que Dios nos enseña en esta Parashá. “Mas hasta el día de hoy, Dios no les dio corazón para saber, ojos para ver y oídos para oír” (Deuteronomio 29:3).

En retrospectiva todo parece más fácil. Para sacarnos un diez en una evaluación hubiéramos estudiado más pero ¿lo sabíamos antes?

Hay un diálogo interesante en la película Matrix donde Morpheus le dice a Neo “es distinto conocer el camino que recorrerlo”.

Recorrer el camino implica ir conociendo paso a paso los riesgos y eso nos da experiencia. Conocerlo de antemano nos da precaución pero ya nos da la visión subjetiva de quien nos lo enseña.

Y eso es lo que Dios nos dice. Ahora abran los ojos y vean. ¿Quién les proveyó vestimenta? ¿Quién los alimentó durante cuarenta años? ¿Miren sus pies y díganme si sus plantas están destrozadas?

Si el Pueblo de Israel hubiera sabido anticipadamente que los milagros de Dios eran hechos para ellos seguramente los hubieran disfrutado y no quejado como cuando pidieron comer carne o desafiado con el suceso de los espías.

A cada momento estamos recorriendo un camino que no conocemos. Está en nosotros disfrutar de este desconocimiento o entregarnos a la negación en cada paso en falso que podamos dar.

Dios nos dio un corazón, ojos y oídos y nos enseñó cómo funcionan. Está en nosotros darle sentido a esa función: para bien o para mal.

Al terminar de recorrer el camino sabremos cuál de las dos opciones hemos elegido.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 24 de agosto de 2015

Ki Tetzé

En el texto de esta semana leemos que si un guerrero “ve entre los prisioneros una mujer hermosa y la desea, puede tomarla por esposa. En un caso así, cuando la traiga a su hogar, debe rasurarse la cabeza y dejarse crecer las uñas. Debe sacarse su vestimenta de cautiva y permanecer en su casa un mes entero, llorando a su padre y a su madre. Sólo entonces puede tener relaciones íntimas con ella y poseerla, haciéndola su esposa” (Deuteronomio 21:11 a 21:13).

En palabras más simples si el soldado se siente atraído por la prisionera debe esperar un mes para poder tomarla como esposa.

Estaría bien para cumplir en un período de guerra pero en nuestra realidad ¿cómo aplica la norma?

Esta mitzvá está referida a la eterna lucha entre la razón y el deseo. El deseo puede ser momentáneo mientras que la razón nos muestra el futuro. En términos vulgares si uno está caliente con algo lo mejor es esperar un tiempo prudencial para ver si la calentura es legítima o un arrebato del momento.

René Descartes interpretó al pié de la letra el texto de esta Parashá cuando nos enseñó su frase “cogito ergo sum”, pienso luego existo.

Sólo cuando usamos la razón sabemos que es real lo que sentimos. Existimos por y para ese sentimiento. No nos dejamos atormentar por un impulso instantáneo sino que logramos un sentimiento atemporal.

¿Cuántas relaciones se rompieron por una frase dicha en un momento de ira? ¿Cuántas parejas desaparecieron por un acto de infidelidad incentivado por un impulso que en principio parecía incontrolable pero que pensado fríamente podría haberse evitado? ¿Cuántas guerras no hubieran nunca ocurrido de haberse pensado en la cantidad de vidas que se perderían?

Dios nos da las herramientas para que tomemos nuestras propias decisiones. No nos enseña a pescar sino que nos da la caña para que nosotros mismos aprendamos a usarla.

El razonamiento es un medio y no un fin en sí mismo. Lo tenemos para lograr que nuestros impulsos inmediatos se transformen en sentimientos duraderos.

Imaginémonos que vemos un auto último modelo y quedamos fascinados con él. Nuestro primer impulso es comprarlo. Para poder comprarlos necesitamos dinero y la única forma de obtenerlo es salir corriendo a un banco y obtener un préstamo con una altísima tasa de interés.

Probablemente pensando en frío diríamos que no lo compramos.

Así que aunque cueste demasiado y nuestro corazón se empeñe en decirnos que tenemos que hacer algo debemos primero pensar las consecuencias de ese acto. Lo recomendable es esperar y ver si con el tiempo nuestro corazón sigue pensando lo mismo.

Sabemos que el futuro es una incógnita que se revela con las acciones de nuestro presente. Descartes no se equivocó así que si querés existir tenés que pensar.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 17 de agosto de 2015

Shoftim

En la Parashá de esta semana leemos un pasuk que lo escuchamos hasta el hartazgo cuando reclamamos justicia por los dos atentados que castigaron salvajemente a nuestra sociedad: Justicia justicia perseguirás”. (Deuteronomio 16:20).

Es el reclamo que nos hacemos a nosotros mismos por permitir que actos de corrupción generalizados avalados por una gran parte de la sociedad intente minimizar la potencial repercusión que un fallo impartiendo verdadera justicia generaría en un presente que está más cerca de Sodoma y Gomorra de lo que alguna vez hubiéramos pensado.

En cierto sentido parece redundante que la palabra justicia aparezca dos veces pero su repetición nos enseña que la justicia siempre debe seguir impartiendo justicia. En otras palabras para impartir justicia debemos actuar con justicia. No sería correcto plantar pruebas para incriminar a alguien. No sería correcto usar un chivo expiatorio para calmar ansiedades o reclamos de justicia cuando sabemos que la persona acusada es un pobre perejil.

Podemos entenderlo también como la justicia de los hombres debe siempre estar ligada a la justifica divina. Lo que el hombre juzga con sus tribunales debe estar emparentado con el castigo que Dios impartiría si presidiera el tribunal terrenal.

Lo que nos distingue del resto de los seres vivos es la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Esto es una consecuencia de haber comido del fruto del Árbol del Conocimiento. Es un buen ejercicio para nuestra mente imaginarnos que hubiera pasado si todavía estuviéramos en el Gan Edén. ¿Existiría la injusticia?

Tampoco es casualidad que esta Parashá se lea en durante el mes de Elul donde hacemos un balance de todo lo hecho durante el año y buscamos a través de los selijot la persecución de nuestra propia justicia.

En el judaísmo no tenemos intermediarios para confesar nuestros pecados. Nuestros malos actos son comunicados directamente a Dios. Es nuestra propia justicia la que persigue justicia.

Aprovechemos que estamos en un excelente período para aprovechar los Selijot Comunitarios. Tener estos momentos en comunidad pueden paliar algunas injusticias cometidas individualmente.

Así como pedimos por la pronta reconstrucción del Beit Hamikdash debemos reclamar por el pronto esclarecimiento de los atentados que mancharon de sangre a nuestra sociedad. Sólo así podremos dejar de pedir a gritos: Justicia justicia perseguirás”.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 10 de agosto de 2015

Ree

En la Parashá de esta semana se nos dice que debemos darle muerte a quien incite la adoración de otros dioses. Es el único caso en donde prevalece una mitzvá sobre la principal de “preservar la vida”.

¿Cuál es la gravedad del acto que debemos destruir a la persona que lo realiza?

En primer lugar la incitación viola el segundo mandamiento “No tengas ningún dios delante de Mi” (Exodo 20:3) y (Deuteronomio 5:7),

En segundo lugar contradice al Shemá que recitamos por los menos dos veces por día en la parte que dice “Dios es único).

Y en tercer lugar adorar a otro dios significa dejar de adorar a nuestro Dios quien fue el Creador del Universo. No reconocerlo como único conlleva a no reconocer Su Creación.

La idolatría no se admirar a alguien por sus condiciones. Si nos parece genial lo como juega Messi al fútbol o Roger Federer al tenis no estamos adorándolos como dioses. En cambio si viene una persona y nos dice “yo soy el camino” y la seguimos, ahí sí estamos cometiendo un acto de idolatría.

En otras palabras podemos sentid admiración por otras personas u objetos pero cuando éstos se transforman en manipuladores de nuestras vidas o nuestros actos son incentivados por sus acciones ahí sí estamos desacreditando a nuestro Dios.

Javá en el Gan Edén fue la primer persona en practicar la idolatría. La serpiente modificó su conducta en contra de lo que había dicho Dios. Fue incitada a tocar el árbol y comer el fruto contrariamente a la prohibición de Dios.

Esto se dio también porque no se cumplió la mitzvá de “observen cuidadosamente todo lo que les prescribo. No añadan a ello y no sustraigan de ello” (Deuteronomio 13:1). Adam a la prohibición de Dios de no comer del fruto le agregó la prohibición de no tocar el árbol.

¿Por qué entonces Dios no mató a Javá?

Hay dos respuestas para esta pregunta. En primer lugar la Torá no había sido entregada en su totalidad a Moshé por lo que esta mitzvá no era conocida. Pero en segundo lugar al sacarlos del Gan Edén y hacerlos mortales indirectamente les estaba quitando la vida que les dio.

Debemos entender que en la actualidad no asesinamos a quienes comenten idolatría. O por lo menos no les quitamos la vida física. Lo que sí hacemos es quitarle la vida espiritual apartándolos de los lugares donde pueden influir.

Una persona débil es una presa fácil para quien incita la idolatría. Por eso se nos obliga a tenderle una mano al necesitado. Y acá entra en juego la tzedaka también mencionada esta semana.

Cada vez que estemos por caer. En cualquier momento en que la tentación por adorar dioses falsos esté presente en nuestra mente, cerremos los ojos por un instante y respiremos bien hondo. Así recordaremos el aliento de vida que nos dio Dios. Abramos los ojos y veamos el mundo que Dios creó para nosotros.

Si entonces no creemos en el Creador, no merecemos estar vivos.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 3 de agosto de 2015

Ekev

Está en la naturaleza humana acordarnos de Dios en los momentos malos pero ¿cuántos lo hacemos en los buenos?

El texto de esta semana nos hace mención a eso al decir “Entonces es posible que comas y estés satisfecho, construyendo buenas casas y viviendo en ellas. Es posible que tus manadas y rebaños se acrecienten, y amases mucha plata y oro: es posible que todo lo que poseas se acreciente. Pero entonces tu corazón puede volverse altivo, y olvides a Dios tu Señor, El Que te sacó de la casa de esclavos que era Egipto” (Deuteronomio 8:12 a 88:14).

Cuando la estamos pasando mal o necesitamos ayuda recurrimos a Dios pero cuando las cosas están bien solemos olvidarnos de su existencia.

Cuando pedimos Refúa Shlemá por nuestros enfermos luego no vamos a agradecerle a Dios por la sanación.

Cuando nos va bien en los negocios o logramos un avance importante somos unos genios pero cuando estamos de últimas a punto de perder el trabajo lo primero que nos viene a la cabeza es “Dios ayúdame”.

¿Y por qué es que olvidamos a Dios en esos momentos?

Porque la Shejiná es impalpable. Si tuviéramos a Dios en forma física y material seguramente nos pegaría una cachetada cada vez que nos olvidáramos de él pero al habernos hecho a su imagen y semejanza nos hizo ser dadores. Por consiguiente debemos ser dadores de gracias. Debemos recordar que fue Él quien nos entregó la Torá no solo a nosotros sino también a los conversos.

Por eso en la misma Parashá se nos dice “Ustedes también deben mostrar amor hacia el extranjero, puesto que fueron extranjeros en la tierra de Egipto”. El extranjero es el converso.

¿Era necesario que se nos obligue a amar al converso?

Desde un punto de vista espiritual el converso es como un niño recién nacido. Sólo el amor de sus padres y parientes pueden hacerlo crecer bien. El converso es alguien que dejó de lado sus anteriores creencias para reconocer a Dios como fuente única de la Creación.

En la Torá se nos obliga a amar a Dios y a los conversos pero no así a nuestros padres. Dios quiere demostrarnos que el amor hacia nuestros padres es algo innato pero hacia Él o los conversos no.

Si hasta a veces nos discriminamos entre los que somos Iehudim de nacimiento qué podemos esperar hacia quienes lo son por elección. Por eso la mitzvá de amarlos.

Y para ir redondeando la idea tenemos que aprender ser agradecidos con Dios aún cuando nuestra panza este llena o cuando haya muchas cifras en nuestra cuenta bancaria.

En aquellos días de esclavitud en Egipto tuvimos hambre y no tuvimos dinero para comprar nuestra libertad. Fuimos extranjeros y sólo el amor de Dios nos salvó.

Un Iehudí siempre debe ser humilde ante Dios. Debe reconocer su grandeza y amarlo por fue Él quien nos permitió llegar hasta nuestros días.

Un converso es alguien que nos demuestra que el alma puede más que la razón. Su alma estuvo en Monte Sinaí con las nuestras. No tuvo la suerte de nacer en el seno de una familia creyente.

Démosle la oportunidad de vivir esta experiencia con nuestro amor.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein