Leemos esta semana sobre los
dos hijos que tuvo Abraham. A simple vista son dos medios hermanos que como
ocurrió con todos los hermanos hasta Efraim y Menashé no se llevaban bien.
Pero hay que ahondar en el
origen de cada uno para entender el por qué de esta relación.
La gestación de Ishmael se
dio por pedido de Sara “Dios
me ha impedido tener hijos. Ven a mi esclava, y quizá tenga yo hijos a través
de ella.” (Génesis 16:2)
y “Abram vino a ella (Hagar), y ella
concibió” (Génesis 16:4). Fue una gestación natural como la de cualquier
ser humano.
Las
leyes naturales son nuestra forma de interpretación lógica y racional de la
voluntad de Dios. Si la concepción desde un punto de vista natural es la unión
de un espermatozoide y un óvulo, desde el punto de vista de la voluntad divina
es cómo se crea vida a través de esa unión.
Las
leyes naturales nos enseñan las consecuencias mientras que si buscamos entender
la voluntad de Dios nunca podremos responder el cómo. ¿Cómo a partir de esa
unión de forma un embrión?
Itzjak
fue concebido por la voluntad de Dios. “Yo la bendeciré (a Sara), y haré que te
dé un hijo” (Génesis 17:16).
Si
bien todas las gestaciones son por voluntad de Dios en el caso de Ishmael se
antepuso el hombre mientras que en el de Itzjak fue Dios antes quien tomó la
decisión.
Esto
nos enseña que la voluntad de Dios se antepone a lo que es natural.
Dios
no quiere que nos adelantemos a su voluntad. El pacto con Abraham (Brit Milá)
no fue antes del nacimiento de Ishmael. Si “Ishmael tenía trece años de edad
cuando la carne de su prepucio fue circuncidada” (Génesis 17:25) significaba
que tuvo 13 años que vivió alejado de Dios.
El
resultado comparado con Itzjak fue el mismo. Ambos fueron circuncidados. Sólo
que quien fue concebido por la voluntad de Dios fue beneficiado mucho antes.
La
voluntad de Dios fue que Abraham deje todo y siga hacia la tierra que Dios le
mostraría. Probablemente no hubiera podido seguir en la casa de Teraj y la
hubiera dejado más adelante.
Gracias
a que se dejó guiar por la voluntad divina llegamos a ser la gran nación que
nunca pudo ser destruida.
Shabat
Shalom
Lucas
Fisbein
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