lunes, 27 de abril de 2026

Emor 5786

 

La Parashat Emor nos deja una enseñanza inmensa, profunda y totalmente vigente para cualquier generación. En Vaikrá 22:2, D´s le ordena a Moshé que les hable a Aarón y a sus hijos para que se aparten de las cosas santas de Israel cuando no estuvieran en condiciones, y así no profanen Su Santo Nombre. A simple vista parece una ley específica vinculada al servicio de los cohanim en el Mishkán y luego en el Beit Hamikdash, pero como toda palabra de Torá, encierra una verdad mucho más amplia: quien ocupa un lugar de responsabilidad no puede actuar de cualquier manera.

Rashi explica que el mandato de apartarse se refiere al Cohén que se encontraba en estado de impureza. Aunque perteneciera a la familia sacerdotal, aunque tuviera rango, función y privilegio, si no estaba apto debía correrse hasta recuperar su condición. La Torá establece así un principio extraordinario: el cargo no purifica a la persona, la persona debe estar a la altura del cargo.

Cuánto nos falta aprender eso en la Argentina.

Durante años vimos dirigentes que hicieron exactamente lo contrario. Cuanto más cuestionados estaban, más se aferraban al poder. Cuantas más sospechas aparecían, más gritaban persecución. Cuantas más pruebas surgían, más hablaban de lawfare, proscripción o complot. En lugar de dar un paso al costado para preservar la dignidad institucional, utilizaron el Estado como refugio personal. El kirchnerismo convirtió esa lógica en método: nunca explicar, siempre victimizarse; nunca hacerse cargo, siempre atacar; nunca limpiar, siempre embarrar.

La Torá dice que, si no estás en condiciones, te corrés. Cierta dirigencia enseñó que, si no estás en condiciones, redoblás la apuesta.

El Midrash enseña que cuando el líder se degrada, el daño no queda encerrado en su persona. El pueblo observa, aprende y muchas veces imita. Si el sacerdote banaliza lo sagrado, la gente deja de respetarlo. Si el juez se vende, la sociedad descree de la justicia. Si el político roba, miente y acomoda amigos, la ciudadanía empieza a pensar que todo vale.

Eso fue uno de los peores legados de la era kirchnerista: intentar naturalizar la corrupción. Hacer creer que los bolsos eran operaciones. Que los hoteles vacíos eran casualidad. Que las fortunas crecidas al calor del poder eran mérito. Que el nepotismo era confianza. Que los sobreprecios eran gestión. Que usar cadenas nacionales para propaganda era comunicación. Que perseguir periodistas era democratizar la palabra.

El daño económico fue enorme, pero el daño moral quizás fue mayor. Porque cuando se destruye la noción de límite, reconstruirla lleva años.

El Talmud enseña que hay profanación del Nombre de D´s cuando una persona importante actúa de manera indigna y provoca que otros digan: si así se comporta quien debía dar ejemplo, entonces nada vale. No hace falta blasfemar con palabras. Se puede profanar con conductas.

Un funcionario que promete servir y usa al pueblo para enriquecerse profana.

Un dirigente que habla de justicia social mientras vive rodeado de privilegios profana.

Quien se llena la boca hablando de los pobres mientras multiplica patrimonio profana.

Quien acusa de odio para ocultar delitos profana.

Quien divide argentinos para conservar poder profana.

Y cuando todo eso se hace sistemáticamente, ya no hablamos de errores aislados: hablamos de una cultura política enferma.

Parashat Emor nos recuerda que la función pública debería vivirse con el mismo respeto con que el Cohén entraba al servicio sagrado. Con límites. Con temor moral. Con conciencia de que representar al pueblo no es un cheque en blanco, sino una carga pesada. No se gobierna para vengarse, no se gobierna para enriquecer amigos, no se gobierna para garantizar impunidad familiar.

Gobernar debería ser servir. Administrar debería ser cuidar. Liderar debería ser elevar.

También nos habla a cada uno en nuestra vida cotidiana. Todos representamos algo: una familia, una profesión, una comunidad, una tradición. Todos tenemos espacios donde otros nos miran. El padre frente a sus hijos, el docente frente a sus alumnos, el comerciante frente a sus clientes, el ciudadano frente a sus vecinos. Nadie está exento de esta enseñanza. Cuando actuamos con integridad, santificamos. Cuando actuamos con cinismo, profanamos.

Por eso Emor no es solo una parashá sobre sacerdotes. Es una parashá sobre estándares. Sobre recordar que no cualquiera puede acercarse a lo valioso de cualquier manera. Sobre entender que los privilegios sin ética destruyen. Sobre saber que la autoridad sin honestidad termina pudriendo todo lo que toca.

Ojalá llegue el día en que la sociedad argentina exija decencia sin mirar camiseta partidaria. Que se condene la corrupción venga de donde venga. Que no haya militancia ciega para justificar lo injustificable. Que el relato no tape los hechos. Que el fanatismo no suplante a la verdad.

Quiera D´s que aprendamos a elegir dirigentes honestos, a recuperar el valor de la vergüenza frente al delito, a reconstruir instituciones fuertes y a vivir en una Argentina donde el poder vuelva a ser servicio, la ley vuelva a ser respetada y la dignidad pública vuelva a ser sagrada.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 20 de abril de 2026

Ajarei Mot–Kedoshim 5786

 

La parashá Ajarei Mot–Kedoshim no viene a repartir frases lindas para quedar bien en redes. No está para decorar estados de WhatsApp ni para subir una foto con cara de reflexión. Viene a incomodar. Viene a marcar límites. Viene a recordar que una sociedad no se destruye solamente cuando le roban la plata, sino cuando encima le roban el sentido de la justicia.

En Vaikrá 19:15 la Torá dice con una claridad brutal: “No cometerán injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre ni honrarás al poderoso; con justicia juzgarás a tu prójimo.” Es decir: no se falla por simpatía, no se decide por militancia, no se absuelve por conveniencia, no se condena por odio. La justicia no puede depender del color partidario.

Rashi explica que el juez no debe inclinarse ni por compasión mal entendida ni por temor al poderoso. Traducido a la Argentina: no podés perdonar al amigo porque “es de los nuestros”, ni perseguir al rival porque “nos sirve políticamente”. Si la ley cambia según quién se sienta en el banquillo, ya no hay ley. Hay acomodo.

El Talmud enseña que quien tuerce un juicio es como si destruyera el mundo entero, porque rompe la confianza básica que mantiene unida a una sociedad. Cuando la gente siente que el honesto paga y el vivo zafa, aparece el cinismo colectivo: nadie cree en nada, nadie respeta nada, y cada uno trata de salvarse como puede.

¿Y acaso no vimos eso durante años en Argentina? Expedientes que duermen una década. Causas que avanzan solo cuando cambia el viento político. Jueces que descubren valentía cuando cambia el gobierno. Operadores disfrazados de periodistas. Militantes presentados como juristas imparciales. Todo ese barro institucional tuvo un gran beneficiario: el kirchnerismo.

Cada vez que una causa los rozó, apareció el libreto de siempre: persecución, proscripción, lawfare, conspiración mediática, jueces macristas, jueces mileístas, jueces marcianos, lo que hiciera falta con tal de no discutir los hechos. Pero los nombres quedaron: Causa Vialidad, Causa Hotesur-Los Sauces, Causa Cuadernos de las Coimas, Ruta del Dinero K. Años de maniobras, apelaciones eternas, demoras quirúrgicas y relato militante para convertir sospechas gravísimas en supuesta épica popular.

Maimonides escribe en Mishné Torá que el juez debe imaginar una espada sobre su cuello y el Guehinom abierto debajo de sus pies. ¿Qué está diciendo? Que juzgar es una responsabilidad tremenda. No es un cargo para lucirse, no es una mesa de negociación, no es una herramienta electoral. Es un acto sagrado que exige temblor moral. Si muchos hubieran diotenido, aunque sea una décima parte de esa conciencia, la historia argentina reciente sería otra.

Y la Torá agrega algo todavía más actual: “No pondrás tropiezo delante del ciego.” Nuestros sabios explican que no habla solo del ciego literal, sino de no engañar al confundido, no aprovecharse del que no tiene toda la información, no inducir al error. ¿No fue eso gran parte del modelo populista? Mentir con la inflación. Dibujar pobreza. Inventar relatos económicos. Hacer creer que emitir no tenía consecuencias. Convencer al que menos tiene de que lo defendían mientras lo empobrecían cada año un poco más.

También aplica al plano internacional. Porque hoy sobran los que se llenan la boca hablando de derechos humanos mientras llaman genocida a Israel con una frivolidad obscena. Usan una palabra ligada al peor horror del siglo XX como si fuera un hashtag. Mientras tanto, relativizan o directamente callan frente a Iran, Hamas y Hezbollah, organizaciones y regímenes que predican la destrucción, reprimen minorías, persiguen opositores y usan civiles como escudos.

La izquierda local e internacional hace equilibrio moral para justificar cualquier barbaridad siempre que venga envuelta en lenguaje antioccidental. Si una democracia se defiende, la condenan. Si un grupo terrorista secuestra bebés o dispara desde escuelas, “hay que contextualizar”. Si Israel responde, marchan. Si masacran judíos, hacen silencio o sacan comunicados tibios. No es humanismo: es fanatismo selectivo.

La Torá también prohíbe falsear pesas y medidas. Y hoy abundan las balanzas adulteradas: una vara para Israel y otra para sus enemigos; una vara para el dirigente propio y otra para el adversario; una vara para el comerciante que factura y otra para el funcionario que saquea. Esa doble moral destruye países tanto como la corrupción material.

Ser kedoshim, santos, no es hablar bajito ni posar de sensibles. Es separar lo limpio de lo sucio, lo verdadero de lo falso, lo justo de lo útil. Es animarse a decir que el ladrón sigue siendo ladrón aunque cite a Perón, a Marx o a quien sea. Es reconocer que el terrorismo sigue siendo terrorismo aunque lo disfracen de resistencia. Es entender que una bandera partidaria no lava un delito.

Y también es mirarnos para adentro: una sociedad que festeja la picardía, idolatra al vivo y se burla del que cumple la ley después no puede sorprenderse cuando la justicia funciona mal. Lo que toleramos abajo termina pudriendo lo de arriba.

Quiera D’s que dejemos de idolatrar a los que entorpecen la justicia, de defender corruptos porque son “propios”, de repetir calumnias contra Israel por moda ideológica y de premiar a los que mienten con convicción; y que tengamos la valentía de construir una Argentina donde la verdad no dependa del apellido, del partido ni del relato.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

 

lunes, 13 de abril de 2026

Tazria–Metzorá 5786

 

La parashá Tazria–Metzorá incomoda porque no permite escapatorias. No es un texto para mirar desde lejos ni para intelectualizar: es un diagnóstico moral directo. Te pone frente a un espejo y te obliga a ver no solo tus fallas personales, sino también las deformaciones colectivas que una sociedad decide tolerar.

La Torá describe la tzaráat. Y hay que insistir: no es lepra. No es una patología médica. La lepra pertenece al campo de la biología; la tzaráat pertenece al plano espiritual. Por eso no la diagnostica un médico, sino un Cohen. No se trata con ciencia, sino con conciencia. Es el resultado visible de una corrupción invisible. Es cuando el alma, saturada de distorsión moral, termina manifestándose en la piel.

El Talmud (Arajin 16a) enumera sus causas: lashón hará, soberbia, mentira, corrupción, mezquindad. No estamos hablando de errores aislados, sino de patrones de conducta. Rashi, apoyado en el Midrash Rabá, explica el mecanismo: primero la casa, después la ropa y finalmente el cuerpo. Es decir, hay advertencias. Hay tiempo para corregir. Pero si la persona insiste en ignorar, la mancha avanza hasta volverse imposible de ocultar.

El metzorá no es simplemente un “enfermo”: es alguien cuya conducta generó esa realidad. La Torá lo aparta del campamento. No es cancelación moderna ni venganza social: es una medida de emergencia moral. Porque lo impuro no es neutro. Se expande. Contamina. Normaliza lo que no debería ser normal.

El mismo Talmud juega con la palabra metzorá como motzí shem ra: el que difama, el que construye mentira, el que destruye reputaciones para beneficio propio. Y ahí está la clave: la raíz de la tzaráat no es física, es ética.

La impureza en la Torá no es suciedad. Es distorsión. Es cuando la mentira se convierte en método, cuando la corrupción se vuelve sistema, cuando la sociedad pierde la capacidad de escandalizarse. Y si hay una fuerza política que encarnó eso en la Argentina de manera brutal, es el kirchnerismo.

No como error. Como estructura.

Primero vino la deformación del lenguaje. El relato. La construcción de una realidad paralela donde robar podía ser “redistribuir”, donde el fracaso era “modelo”, donde el adversario era automáticamente enemigo del pueblo. Esa fue la primera mancha, la de la “casa”. Y muchos la aplaudieron.

Después vino la mancha en la “ropa”: la naturalización del doble discurso, la militancia de la mentira, la defensa automática de lo indefendible. Discursos encendidos en público y silencios cómplices en privado. La justificación constante, el “ah pero…” como mecanismo para tapar cualquier desvío. Esa es la ropa manchada: cuando lo externo ya muestra una incoherencia evidente entre lo que se dice y lo que se hace.

Y ahí aparece también otro tipo de impureza, más incómoda todavía: la de aquellos que portan un apellido judío, pero reniegan de sus raíces, que frente a ataques contra Israel eligen el silencio o, peor aún, se suman al relato de quienes buscan deslegitimarlo. No es ignorancia: es una forma de lashón hará interno, una desconexión que lleva a justificar al agresor y a mirar para otro lado cuando el propio pueblo es atacado. Esa también es una mancha. Y no menor.

Y finalmente llegó la mancha en la “piel”: un país devastado, instituciones destruidas, cultura del atajo, generaciones criadas en la lógica de que la ley es opcional y la verdad negociable. Eso es tzaráat social en su máxima expresión.

Pero lo más grave no fue la corrupción en sí. Fue su justificación. Fue la militancia de la impureza. Fue transformar lo inmoral en bandera política.

Y ahí la izquierda juega un rol central. Porque no solo acompañó: legitimó. Construyó el marco teórico para justificar lo injustificable. Transformó el resentimiento en ideología. Necesita dividir el mundo en opresores y oprimidos, aunque para eso tenga que deformar la realidad hasta el absurdo. Y cuando los hechos no encajan, inventa.

Eso es lashón hará elevado a doctrina.

El Talmud enseña que el lashón hará mata a tres. Pero cuando se convierte en herramienta política, mata sociedades enteras. Y eso es exactamente lo que vemos cuando ciertos sectores de izquierda construyen relatos falsos sobre Israel: no buscan entender, buscan condenar. No analizan, acusan. No informan, fabrican. Necesitan un enemigo permanente para sostener su narrativa, y si la realidad no se los da, la inventan.

Eso no es ignorancia. Es corrupción moral.

Ahora bien, la Torá no te deja cómodo ni siquiera ahí. Porque la tzaráat no distingue banderas. Y si algo enseña esta parashá es que nadie está inmunizado contra la degradación ética.

En el mundo libertario —que surge como reacción a ese sistema de impureza— también empiezan a aparecer señales que obligan a no relajarse. Cuestionamientos, acusaciones, polémicas en torno a Manuel Adorni: debates sobre su patrimonio, sobre financiamientos, sobre conductas personales. ¿Son todas ciertas? No necesariamente. ¿Hay operaciones? Seguramente. Pero el punto no es ese.

El punto es entender que la lógica de la tzaráat no arranca con la condena final. Arranca con pequeñas concesiones. Con zonas grises que se toleran porque convienen. Con silencios selectivos. Con la tentación de creer que “esta vez es distinto”.

Nunca es distinto.

Cuando la verdad deja de ser el eje, cuando la ética se vuelve relativa, cuando la coherencia se sacrifica por conveniencia, la mancha empieza. Y la historia demuestra que, si no se frena a tiempo, avanza.

La Torá es brutalmente honesta: no alcanza con denunciar la corrupción ajena si estás dispuesto a tolerar la propia. No alcanza con cambiar el discurso si el comportamiento termina siendo el mismo. El metzorá es apartado porque lo corrupto contagia, incluso cuando se presenta con nuevas formas y nuevos nombres.

Argentina ya vivió ese proceso. Vio cómo la mentira se volvió política de Estado. Cómo la corrupción se volvió sistema. Cómo la impunidad se volvió cultura. Y lo más peligroso sería creer que eso no puede repetirse bajo otro signo.

Tazria–Metzorá es una advertencia que atraviesa el tiempo: las sociedades no colapsan de un día para el otro. Se degradan lentamente. Primero en el lenguaje, después en los hechos, y finalmente en la realidad visible.

Quiera D’s que no volvamos a caer en esa ceguera voluntaria, que no nos dejemos seducir otra vez por relatos que justifican lo injustificable, que tengamos la firmeza de señalar la mentira y la corrupción sin importar de dónde vengan, que no repitamos los errores del pasado bajo nuevas banderas, y que podamos construir una sociedad donde la verdad, la responsabilidad y la integridad no sean excepciones heroicas, sino la norma sobre la cual todo se sostiene.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 6 de abril de 2026

Sheminí 5786

 

En Parashat Sheminí la Torá nos enfrenta con uno de los episodios más difíciles y profundos: “Los hijos de Aarón, Nadav y Avihú, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en ellos y ofrecieron ante D´s un fuego extraño que Él no les había ordenado. Y salió fuego de delante de D´s y los consumió, y murieron delante de D´s” (Vaikrá 10:1–2).

No se trata de personas simples ni de rebeldes comunes. Nadav y Avihú eran los hijos del Kohen Gadol, líderes espirituales, hombres elevados, hombres que habían presenciado la revelación divina y estaban destinados a continuar el liderazgo del pueblo. Justamente por eso la pregunta resulta más inquietante: ¿qué hicieron mal si su intención parecía acercarse más a Dios?

Rashi, citando el Talmud (Eruvín 63a), explica que su error fue “enseñar halajá delante de Moshé su maestro”. No consultaron. No esperaron. Actuaron convencidos de que comprendían el momento espiritual mejor que la autoridad establecida. El Sifrá (Sheminí, Mejilta de Milúim) señala que el pecado consistió en ofrecer algo que D´s no había pedido. No fue idolatría ni rebelión abierta; fue algo más peligroso: transformar la religión en expresión de la voluntad personal.

El Talmud (Sanhedrín 52a) agrega que entraron sin haber sido llamados, y el Midrash Vaikrá Rabá (12:1) enseña que actuaron impulsados por un entusiasmo espiritual desbordado. Querían acercarse más a D´s, pero confundieron emoción con obediencia. La Torá enseña así una verdad incómoda y profundamente actual: las buenas intenciones no convierten automáticamente una acción en correcta.

El Rambán explica que todo ocurrió en el momento más sagrado: la inauguración del Mishkán. Cuando la presencia divina descendía ante todo el pueblo, justamente allí aparece el mayor riesgo humano: el ego disfrazado de santidad. Nadav y Avihú no rechazaron a D´s; quisieron servirlo según su propia lógica. El problema no fue falta de pasión, sino ausencia de límites.

La Torá nos enseña que la cercanía al poder —espiritual o político— exige más disciplina, no menos. Cuanto más alto se está, mayor responsabilidad existe. El Meshej Jojmá explica que por eso el castigo fue inmediato: los líderes no viven solo para sí mismos; educan con cada acto. Si ellos cruzan límites, toda la sociedad aprende que los límites son opcionales.

Y aquí la parashá deja de ser historia antigua y se convierte en espejo contemporáneo. El “fuego extraño” aparece cada vez que un dirigente cree que su ideología, su relato o su intuición personal están por encima de las normas, las instituciones o la realidad.

Durante años, el kirchnerismo ofreció su propio fuego extraño. En nombre del pueblo se justificaron decisiones que destruyeron la economía, debilitaron la independencia institucional y reemplazaron la verdad por un relato político permanente. Cuando dirigentes como Cristina Fernández de Kirchner se presentan como intérpretes exclusivos de la justicia o de la patria, ocurre exactamente lo que describe Rashi: se dicta ley delante del maestro, se reemplaza la norma por la voluntad propia. El resultado fue un país consumido por inflación crónica, pobreza creciente y división social profunda. El fuego parecía moralmente superior, pero terminó quemando a quienes decía defender.

Gran parte de la izquierda repite ese patrón señalado por los sabios: discursos llenos de pureza ideológica pero desconectados de la responsabilidad concreta. Prometen igualdad sin generación de riqueza, derechos sin obligaciones, Estado infinito sin recursos reales. La Torá no rechaza la justicia social —la exige constantemente— pero enseña que cuando la acción se separa de la responsabilidad, incluso los ideales nobles se transforman en fuego extraño.

Sin embargo, la enseñanza de Sheminí no pertenece solo al pasado ni a un sector político. El peligro del fuego extraño existe siempre, también en quienes llegan prometiendo orden o cambio. El poder genera rápidamente una ilusión: creer que explicar la realidad equivale a resolverla.

Hoy vemos también cómo un jefe de gabinete y funcionarios pueden caer en esa misma lógica. Cuando figuras como Manuel Adorni aparecen más asociadas a viajes constantes, exposición mediática o discusiones sobre propiedades y privilegios mientras la sociedad atraviesa dificultades profundas, surge una tensión moral que la Torá ya anticipaba: el liderazgo no puede desconectarse de la percepción ética del pueblo. Aunque legalmente todo pueda justificarse, la Torá exige algo más alto: ejemplo, sobriedad y conciencia permanente del lugar que se ocupa.

Porque el problema del fuego extraño no es solamente violar una norma; es perder la sensibilidad respecto de la responsabilidad que implica representar a otros. Nadav y Avihú no entendieron que en ciertos roles incluso acciones pequeñas adquieren un peso enorme. Lo mismo ocurre con la dirigencia moderna: no alcanza con tener razón técnica o legal si se pierde la coherencia moral.

El judaísmo no mide el liderazgo por slogans ni por conferencias de prensa, sino por yirat shamayim —la conciencia profunda de las consecuencias de cada decisión sobre la vida de las personas. Liderar no es brillar más fuerte, sino iluminar mejor.

Parashat Sheminí también nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Cada persona puede ofrecer fuego extraño cuando habla sin conocimiento, cuando opina desde la soberbia, cuando cree que la pasión reemplaza a la responsabilidad o cuando actúa convencida de que el fin justifica los medios. La santidad judía no consiste en hacer lo que uno siente, sino en elevar lo que uno hace dentro de un marco de verdad y límites.

El mensaje eterno es claro: no todo fuego ilumina; algunos consumen. No todo entusiasmo construye; a veces destruye cuando no está guiado por sabiduría, humildad y responsabilidad moral.

Que aprendamos a distinguir entre la pasión auténtica y el ego disfrazado de virtud. Que sepamos exigir dirigentes que actúen con humildad, coherencia y responsabilidad real, sin relatos salvadores ni superioridades morales artificiales. Y que también cada uno de nosotros encienda únicamente fuegos que aporten luz y no destrucción.

Quiera D’s que tengamos líderes capaces de escuchar antes de actuar, de servir antes de hablar y de recordar siempre que el poder es una responsabilidad sagrada y no un privilegio personal. Que el fuego que ilumine a Israel, a la Argentina y a toda la humanidad sea un fuego de vida, justicia y paz, y nunca más un fuego extraño que termine consumiendo aquello que debía elevar.

Shabat Shalom.

Lucas Fisbein