lunes, 6 de abril de 2026

Sheminí 5786

 

En Parashat Sheminí la Torá nos enfrenta con uno de los episodios más difíciles y profundos: “Los hijos de Aarón, Nadav y Avihú, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en ellos y ofrecieron ante D´s un fuego extraño que Él no les había ordenado. Y salió fuego de delante de D´s y los consumió, y murieron delante de D´s” (Vaikrá 10:1–2).

No se trata de personas simples ni de rebeldes comunes. Nadav y Avihú eran los hijos del Kohen Gadol, líderes espirituales, hombres elevados, hombres que habían presenciado la revelación divina y estaban destinados a continuar el liderazgo del pueblo. Justamente por eso la pregunta resulta más inquietante: ¿qué hicieron mal si su intención parecía acercarse más a Dios?

Rashi, citando el Talmud (Eruvín 63a), explica que su error fue “enseñar halajá delante de Moshé su maestro”. No consultaron. No esperaron. Actuaron convencidos de que comprendían el momento espiritual mejor que la autoridad establecida. El Sifrá (Sheminí, Mejilta de Milúim) señala que el pecado consistió en ofrecer algo que D´s no había pedido. No fue idolatría ni rebelión abierta; fue algo más peligroso: transformar la religión en expresión de la voluntad personal.

El Talmud (Sanhedrín 52a) agrega que entraron sin haber sido llamados, y el Midrash Vaikrá Rabá (12:1) enseña que actuaron impulsados por un entusiasmo espiritual desbordado. Querían acercarse más a D´s, pero confundieron emoción con obediencia. La Torá enseña así una verdad incómoda y profundamente actual: las buenas intenciones no convierten automáticamente una acción en correcta.

El Rambán explica que todo ocurrió en el momento más sagrado: la inauguración del Mishkán. Cuando la presencia divina descendía ante todo el pueblo, justamente allí aparece el mayor riesgo humano: el ego disfrazado de santidad. Nadav y Avihú no rechazaron a D´s; quisieron servirlo según su propia lógica. El problema no fue falta de pasión, sino ausencia de límites.

La Torá nos enseña que la cercanía al poder —espiritual o político— exige más disciplina, no menos. Cuanto más alto se está, mayor responsabilidad existe. El Meshej Jojmá explica que por eso el castigo fue inmediato: los líderes no viven solo para sí mismos; educan con cada acto. Si ellos cruzan límites, toda la sociedad aprende que los límites son opcionales.

Y aquí la parashá deja de ser historia antigua y se convierte en espejo contemporáneo. El “fuego extraño” aparece cada vez que un dirigente cree que su ideología, su relato o su intuición personal están por encima de las normas, las instituciones o la realidad.

Durante años, el kirchnerismo ofreció su propio fuego extraño. En nombre del pueblo se justificaron decisiones que destruyeron la economía, debilitaron la independencia institucional y reemplazaron la verdad por un relato político permanente. Cuando dirigentes como Cristina Fernández de Kirchner se presentan como intérpretes exclusivos de la justicia o de la patria, ocurre exactamente lo que describe Rashi: se dicta ley delante del maestro, se reemplaza la norma por la voluntad propia. El resultado fue un país consumido por inflación crónica, pobreza creciente y división social profunda. El fuego parecía moralmente superior, pero terminó quemando a quienes decía defender.

Gran parte de la izquierda repite ese patrón señalado por los sabios: discursos llenos de pureza ideológica pero desconectados de la responsabilidad concreta. Prometen igualdad sin generación de riqueza, derechos sin obligaciones, Estado infinito sin recursos reales. La Torá no rechaza la justicia social —la exige constantemente— pero enseña que cuando la acción se separa de la responsabilidad, incluso los ideales nobles se transforman en fuego extraño.

Sin embargo, la enseñanza de Sheminí no pertenece solo al pasado ni a un sector político. El peligro del fuego extraño existe siempre, también en quienes llegan prometiendo orden o cambio. El poder genera rápidamente una ilusión: creer que explicar la realidad equivale a resolverla.

Hoy vemos también cómo un jefe de gabinete y funcionarios pueden caer en esa misma lógica. Cuando figuras como Manuel Adorni aparecen más asociadas a viajes constantes, exposición mediática o discusiones sobre propiedades y privilegios mientras la sociedad atraviesa dificultades profundas, surge una tensión moral que la Torá ya anticipaba: el liderazgo no puede desconectarse de la percepción ética del pueblo. Aunque legalmente todo pueda justificarse, la Torá exige algo más alto: ejemplo, sobriedad y conciencia permanente del lugar que se ocupa.

Porque el problema del fuego extraño no es solamente violar una norma; es perder la sensibilidad respecto de la responsabilidad que implica representar a otros. Nadav y Avihú no entendieron que en ciertos roles incluso acciones pequeñas adquieren un peso enorme. Lo mismo ocurre con la dirigencia moderna: no alcanza con tener razón técnica o legal si se pierde la coherencia moral.

El judaísmo no mide el liderazgo por slogans ni por conferencias de prensa, sino por yirat shamayim —la conciencia profunda de las consecuencias de cada decisión sobre la vida de las personas. Liderar no es brillar más fuerte, sino iluminar mejor.

Parashat Sheminí también nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Cada persona puede ofrecer fuego extraño cuando habla sin conocimiento, cuando opina desde la soberbia, cuando cree que la pasión reemplaza a la responsabilidad o cuando actúa convencida de que el fin justifica los medios. La santidad judía no consiste en hacer lo que uno siente, sino en elevar lo que uno hace dentro de un marco de verdad y límites.

El mensaje eterno es claro: no todo fuego ilumina; algunos consumen. No todo entusiasmo construye; a veces destruye cuando no está guiado por sabiduría, humildad y responsabilidad moral.

Que aprendamos a distinguir entre la pasión auténtica y el ego disfrazado de virtud. Que sepamos exigir dirigentes que actúen con humildad, coherencia y responsabilidad real, sin relatos salvadores ni superioridades morales artificiales. Y que también cada uno de nosotros encienda únicamente fuegos que aporten luz y no destrucción.

Quiera D’s que tengamos líderes capaces de escuchar antes de actuar, de servir antes de hablar y de recordar siempre que el poder es una responsabilidad sagrada y no un privilegio personal. Que el fuego que ilumine a Israel, a la Argentina y a toda la humanidad sea un fuego de vida, justicia y paz, y nunca más un fuego extraño que termine consumiendo aquello que debía elevar.

Shabat Shalom.

Lucas Fisbein

No hay comentarios:

Publicar un comentario