En Parashat Sheminí la
Torá nos enfrenta con uno de los episodios más difíciles y profundos: “Los
hijos de Aarón, Nadav y Avihú, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego
en ellos y ofrecieron ante D´s un fuego extraño que Él no les había ordenado. Y
salió fuego de delante de D´s y los consumió, y murieron delante de D´s”
(Vaikrá 10:1–2).
No se trata de personas
simples ni de rebeldes comunes. Nadav y Avihú eran los hijos del Kohen Gadol,
líderes espirituales, hombres elevados, hombres que habían presenciado la
revelación divina y estaban destinados a continuar el liderazgo del pueblo. Justamente
por eso la pregunta resulta más inquietante: ¿qué hicieron mal si su intención
parecía acercarse más a Dios?
Rashi, citando el
Talmud (Eruvín 63a), explica que su error fue “enseñar halajá delante de Moshé
su maestro”. No consultaron. No esperaron. Actuaron convencidos de que
comprendían el momento espiritual mejor que la autoridad establecida. El Sifrá
(Sheminí, Mejilta de Milúim) señala que el pecado consistió en ofrecer algo que
D´s no había pedido. No fue idolatría ni rebelión abierta; fue algo más
peligroso: transformar la religión en expresión de la voluntad personal.
El Talmud (Sanhedrín
52a) agrega que entraron sin haber sido llamados, y el Midrash Vaikrá Rabá
(12:1) enseña que actuaron impulsados por un entusiasmo espiritual desbordado.
Querían acercarse más a D´s, pero confundieron emoción con obediencia. La Torá
enseña así una verdad incómoda y profundamente actual: las buenas intenciones
no convierten automáticamente una acción en correcta.
El Rambán explica que
todo ocurrió en el momento más sagrado: la inauguración del Mishkán. Cuando la
presencia divina descendía ante todo el pueblo, justamente allí aparece el
mayor riesgo humano: el ego disfrazado de santidad. Nadav y Avihú no rechazaron
a D´s; quisieron servirlo según su propia lógica. El problema no fue falta de
pasión, sino ausencia de límites.
La Torá nos enseña que
la cercanía al poder —espiritual o político— exige más disciplina, no menos.
Cuanto más alto se está, mayor responsabilidad existe. El Meshej Jojmá explica
que por eso el castigo fue inmediato: los líderes no viven solo para sí mismos;
educan con cada acto. Si ellos cruzan límites, toda la sociedad aprende que los
límites son opcionales.
Y aquí la parashá deja
de ser historia antigua y se convierte en espejo contemporáneo. El “fuego
extraño” aparece cada vez que un dirigente cree que su ideología, su relato o
su intuición personal están por encima de las normas, las instituciones o la realidad.
Durante años, el
kirchnerismo ofreció su propio fuego extraño. En nombre del pueblo se
justificaron decisiones que destruyeron la economía, debilitaron la
independencia institucional y reemplazaron la verdad por un relato político
permanente. Cuando dirigentes como Cristina Fernández de Kirchner se presentan
como intérpretes exclusivos de la justicia o de la patria, ocurre exactamente
lo que describe Rashi: se dicta ley delante del maestro, se reemplaza la norma
por la voluntad propia. El resultado fue un país consumido por inflación
crónica, pobreza creciente y división social profunda. El fuego parecía
moralmente superior, pero terminó quemando a quienes decía defender.
Gran parte de la
izquierda repite ese patrón señalado por los sabios: discursos llenos de pureza
ideológica pero desconectados de la responsabilidad concreta. Prometen igualdad
sin generación de riqueza, derechos sin obligaciones, Estado infinito sin recursos
reales. La Torá no rechaza la justicia social —la exige constantemente— pero
enseña que cuando la acción se separa de la responsabilidad, incluso los
ideales nobles se transforman en fuego extraño.
Sin embargo, la
enseñanza de Sheminí no pertenece solo al pasado ni a un sector político. El
peligro del fuego extraño existe siempre, también en quienes llegan prometiendo
orden o cambio. El poder genera rápidamente una ilusión: creer que explicar la
realidad equivale a resolverla.
Hoy vemos también cómo un
jefe de gabinete y funcionarios pueden caer en esa misma lógica. Cuando figuras
como Manuel Adorni aparecen más asociadas a viajes constantes, exposición
mediática o discusiones sobre propiedades y privilegios mientras la sociedad
atraviesa dificultades profundas, surge una tensión moral que la Torá ya
anticipaba: el liderazgo no puede desconectarse de la percepción ética del
pueblo. Aunque legalmente todo pueda justificarse, la Torá exige algo más alto:
ejemplo, sobriedad y conciencia permanente del lugar que se ocupa.
Porque el problema del
fuego extraño no es solamente violar una norma; es perder la sensibilidad
respecto de la responsabilidad que implica representar a otros. Nadav y Avihú
no entendieron que en ciertos roles incluso acciones pequeñas adquieren un peso
enorme. Lo mismo ocurre con la dirigencia moderna: no alcanza con tener razón
técnica o legal si se pierde la coherencia moral.
El judaísmo no mide el
liderazgo por slogans ni por conferencias de prensa, sino por yirat shamayim
—la conciencia profunda de las consecuencias de cada decisión sobre la vida de
las personas. Liderar no es brillar más fuerte, sino iluminar mejor.
Parashat Sheminí
también nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Cada persona puede ofrecer
fuego extraño cuando habla sin conocimiento, cuando opina desde la soberbia,
cuando cree que la pasión reemplaza a la responsabilidad o cuando actúa
convencida de que el fin justifica los medios. La santidad judía no consiste en
hacer lo que uno siente, sino en elevar lo que uno hace dentro de un marco de
verdad y límites.
El mensaje eterno es
claro: no todo fuego ilumina; algunos consumen. No todo entusiasmo construye; a
veces destruye cuando no está guiado por sabiduría, humildad y responsabilidad
moral.
Que aprendamos a
distinguir entre la pasión auténtica y el ego disfrazado de virtud. Que sepamos
exigir dirigentes que actúen con humildad, coherencia y responsabilidad real,
sin relatos salvadores ni superioridades morales artificiales. Y que también cada
uno de nosotros encienda únicamente fuegos que aporten luz y no destrucción.
Quiera D’s que tengamos
líderes capaces de escuchar antes de actuar, de servir antes de hablar y de
recordar siempre que el poder es una responsabilidad sagrada y no un privilegio
personal. Que el fuego que ilumine a Israel, a la Argentina y a toda la humanidad
sea un fuego de vida, justicia y paz, y nunca más un fuego extraño que termine
consumiendo aquello que debía elevar.
Shabat Shalom.
Lucas Fisbein
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