lunes, 25 de mayo de 2015

Nasó

El texto de esta semana nos dice: “Si un hombre o una mujer peca contra su prójimo, siendo así infiel a Dios, y llegando a ser culpable de un crimen, debe confesar el pecado que ha cometido”.


¿Qué significa en primera instancia pecar contra su prójimo? Significa no cumplir con los cinco mandamientos que manifiestan la relación hombre a hombre.

Y no es casualidad que después remarque el pecado de la infidelidad. Se menciona el de la mujer casada pero puede trasladarse al de un hombre casado.

¿Y qué es ser infiel en el sentido amoroso? Significa tener algún tipo de relación secreta distinta de la que es considerada oficial que si saliera a la luz podría romper el vínculo familiar.

Acá tenemos dos aspectos para tener en cuenta. En primer lugar la pareja comparte una misma alma que al nacer, se divide en dos, y al casarse vuelve a unirse. En otras palabras son dos partes incompletas hasta que se juntan en matrimonio. Es decir, el ser infiel, junta dos mitades que forman un pseudo alma distinta a la que originalmente creo Dios.

Y en segundo lugar refleja la bajeza de la persona que comete el adulterio ya que quien hace algo en secreto es porque sabe que en el fondo no es lo correcto.

Y no solo el adulterio es a nivel de relaciones personales. También lo es la relación con Dios. En una mirada espiritual podemos interpretar a Dios como el marido y a cada miembro del Pueblo de Israel como la esposa adúltera.

Cada transgresión a una mitzvá es un acto de infidelidad a Dios pero en este caso el acto secreto no es hacia Él sino hacia la Comunidad. Dios sabe todo lo que hacemos pero los hombres no.

Por eso decimos que la infidelidad es un acto objetivo y no subjetivo. La acción se puede juzgar por sí misma y no por una interpretación.

Y como todo aquello que es objetivo el pecado es dictaminado de igual forma por el hombre y por Dios. Sólo el castigo puede ser diferente.

Recordémoslo siempre antes de pensar en ser infieles. Un alma queda incompleta y nuestro matrimonio con Dios queda destruido.

Shabat Shalom

Lucas Fisbein

lunes, 18 de mayo de 2015

Bamidbar

En el texto que leemos esta semana se nos dice “Estos son los descendientes de Aaron y Moshé el día en que Dios le habló a Moshé en el Monte Sinaí” para después darnos solamente el nombre de los hijos de Aaron.

¿Por qué no menciona a los hijos de Moshé también?

Nuestros sabios interpretan que al ser alumnos de Moshé sus sobrinos, son considerados como sus hijos. Se dice que quien enseña Torá al hijo de otra persona es como si realmente fuera un hijo legítimo.

Educar a una persona es transmitirle parte de nuestro ser, nuestro ADN intelectual. Como cuando tenemos un hijo le transmitimos nuestros genes, cuando le enseñamos algo le estamos dando parte de nuestros pensamientos.

No existe enseñar algo objetivamente sino que está influenciado por quien transmite esa enseñanza. Por eso debemos ser cuidadosos en la forma en que transmitimos nuestros conocimientos ya que nuestros hijos pueden llevarse un concepto equivocado de lo que queremos enseñar.

Además está la forma en que uno siente que lo enseña. Si uno transmite conocimientos por obligación como aquel que dicta un curso sólo por el hecho de estar obligado a hacerlo, el conocimiento de sus “hijos” será estéril y su interés por profundizar los temas será nulo.

En cambio quien lo hace con vocación y poniendo el corazón en cada nueva enseñanza despertará en sus alumnos la pasión por seguir profundizando lo que aprendieron.

Eso fue lo que Moshé logro con los hijos de Aaron.

Eso es lo que nosotros debemos lograr con nuestros hijos. Lo que le transmitimos, lo que va a quedar de nosotros cuando ya no estemos, debe ser entregado con el mismo amor con el que Dios nos entregó la Torá.

Moshé fue el primer maestro de Torá que hubo. La pasión que tuvo al transmitirla es la misma que debemos tener nosotros para nuestros hijos. Y como bien en el texto queda reflejado: no solo a nuestros hijos de sangre sino a todo aquel que quiera sumarse a aprender lo mucho que tenemos por enseñar.

El conocimiento es ilimitado. Alumnos son los que sobran. Faltan maestros con vocación para engendrar nuevos hijos.

Si te sentís capacitado no pierdas el tiempo. El momento es ahora y la Torá nuestra guía.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 11 de mayo de 2015

Behar-Bejukotai

Llegamos al final del libro Levítico y una mitzva importante es la que hace referencia a ayudar al necesitado. El texto dice “Cuando tu hermano empobrezca y pierda la aptitud de mantenerse en la comunidad, debes acudir en su ayuda”.

El término empobrezca se refiere a una situación sostenida en el tiempo. No nos dice cuando tu hermano sea pobre sino que trata de anticiparnos a ese problema. No esperes a que sea pobre sino ayúdalo antes de serlo ya que ahí puede ser demasiado tarde.

Como analogía tomemos el ejemplo de una taza de porcelana que está en el estante. De repente se cae. Podemos tomarla en nuestras manos antes que toque el suelo y la taza seguirá siendo la misma. Una vez estrellada contra el piso y rota en mil pedazos por más que utilicemos el mejor pegamento para restaurarla la taza no será la misma.

También el texto nos indica que “No tomes de él [interés] anticipado ni interés acumulado”.

Esto no se refiere al interés financiero que todos conocemos. La Torá nos habla acá de no aprovecharnos de quien nos necesita. De no sacar ventaja de nuestra posición para lograr un beneficio. La ayuda debe brindarse por el mero hecho de ayudar. Quien está en desventaja podría aceptar cláusulas leoninas con tal de salir de tu situación.

Lo que busca la Torá es impedir que la persona que necesita ayuda se sienta mal por ellos. El texto no nos dice “Debes ayudar a tu hermano cuando este te lo pida”.

Por el contrario nos enseña a estar siempre atentos a sus necesidades porque en las buenas todos somos hermanos. El típico “si tuviera te ayudaría” parece florecer como el campo luego de sembrado.

Tener tenemos todos para ayudarnos. No es sólo el dinero lo que necesita la gente. Vivimos en un mundo materialista pero no olvidemos que lo material es transitorio.

A veces una palmada en el hombro de aliento, una palabra de agradecimiento o una muestra de gratitud puede enriquecer hasta al más pobre.

Y ser pobre no es tener menos que antes. Ser pobre es tener necesidades que no pueden ser autosatisfechas.

La vida dentro de una kehilá es tratar de que ninguno de sus miembros empobrezca. 

Podemos no ser hermanos de sangre pero somos todos productos de la creación de Dios.
Terminamos otro libro de la Torá sabiendo que tenemos dos oídos para escuchar más a quienes nos necesitan y una sola boca para pedir menos.

¡Jazak, Jasak Venitjazek!

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

lunes, 4 de mayo de 2015

Emor

En el texto que leemos esta semana se hace mención a los días que deben se considerados como fiestas.

Se mencionan Pesaj, la Cuenta del Omer, Shavuot, Rosh HaShaná, Iom Kipur y Sucot. Estas seis festividades ocurren una sola vez en el año a diferencia de la séptima festividad mencionada que es el Shabat.

¿Por qué el Shabat es distinto al resto de las festividades que ocurren sólo una vez en el año y el Shabat todas las semanas?

Shabat es la única festividad en la que sólo es alabada la obra de Dios. En Pesaj celebramos nuestra liberación. La Cuenta del Omer es por una ofrenda que llevamos. Shavout es la entrega a nosotros de la Torá. En Rosh HaShaná y Iom Kipur hacemos teshuvá. En Sucot construimos y habitamos en la Sucá.

En Shabat no hay acción o mención del hombre. Es el día en el que nos dedicamos a observar y apreciar la belleza de la Creación.

El hombre en su afán de querer dominar el mundo construye y destruye de acuerdo a su elección, a su libre albedrío. En Shabat se nos está prohibido realizar 39 melajot para que podamos enfocarnos en reconocer la grandeza divina.

Shabat es un día para dejar de hacer y empezar a ser. A ser agradecidos con Dios por darnos todo lo que necesitamos. A ser agradecidos con nuestros semejantes por compartir tiempo con nosotros. A ser por un día en la semana lo que Dios quiso que seamos: personas.

Shabat es el momento en donde detenemos nuestras actividades y hacemos un balance de lo que hemos hecho.

Más de lo que el Pueblo Judío cuida el Shabat, el Shabat ha cuidado de nosotros.

¿Y por qué decimos eso?

El Shabat comienza y termina en Comunidad. El Kabalat Shabat y la Havdalá son dos momentos en el que nos juntamos a rezar. En Bereshit Dios nos enseña que no es bueno que el hombre esté solo.

Y como no es bueno que el hombre este solo tampoco es bueno que la Comunidad esté vacía. Darle la bienvenida al Shabat, como si fuera una novia, entonando el Lejá Dodí, crea una sensación de estar en el altar esperando a nuestra amada.

El Shabat es tan importante para nosotros que nuestros sabios han declarado que si todo el Pueblo de Israel cumpliera dos Shabattot seguidos, seríamos redimidos.

Para que seamos todos tiene que haber alguien que empiece. Si ya lo hacías, puedes traer un amigo para que empiece. Si no lo hacías, es un buen momento para empezarlo.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein