lunes, 29 de septiembre de 2025

Haazinu 5785

En la parashá Haazinu escuchamos palabras duras de D´s:

"Me han sido infieles con uno que no es dios, encolerizándome con sus actos sin sentido…" (Devarim 32:21).

Este pasuk, aparentemente dirigido al pueblo de Israel por sus caídas en la idolatría, es mucho más que un recuerdo histórico. La Torá no es un libro del pasado, es un espejo eterno. Cada generación debe preguntarse: ¿en qué nos parecemos nosotros a esas palabras? ¿Qué “no-dioses” nos tientan hoy?

Rashi enseña que la “infidelidad” no se limita a postrarse ante ídolos de piedra o de madera. Infidelidad también es cuando el pueblo sustituye a D´s por valores vacíos, por modas o por silencios que acomodan. Cuando la justicia y la verdad, que son atributos divinos, se dejan de lado en nombre de la indiferencia, entonces el enojo divino se manifiesta.

Y aquí entra nuestra realidad más reciente y dolorosa. El 7 de octubre de 2023 vimos la brutalidad en su forma más desnuda: seres humanos masacrados con una crueldad difícil de imaginar. Pero junto a la barbarie de los asesinos, hubo algo que caló igual de hondo: el silencio de tantos. La indiferencia de quienes miraron para otro lado, la tibieza de los que relativizaron, la cobardía de quienes no quisieron decir la verdad por miedo a pagar un precio social.

El Talmud nos advierte con una enseñanza estremecedora:
"Todo aquel que tiene la posibilidad de protestar contra la injusticia en su casa y no protesta, es responsable de su casa. Si puede hacerlo en su ciudad y no protesta, es responsable de su ciudad. Si puede hacerlo en el mundo entero y no protesta, es responsable del mundo entero" (Shabat 54b).

¡Qué actuales son estas palabras! No hablar, no levantar la voz, no denunciar: eso también es pecado. Es lo que la Torá llama avodá zará, idolatría. Porque en vez de servir al D´s de verdad y justicia, uno sirve a un “no dios”: al miedo, al prestigio, al deseo de no incomodar, a la comodidad de permanecer neutral.

Y sabemos bien que la neutralidad ante el mal no es neutralidad, es complicidad. Quien calla frente al asesinato, legitima al asesino. Quien mira hacia otro lado ante el dolor, lo prolonga.

El Talmud también nos enseña: “Kol Israel arevim ze laze” (Shevuot 39a) — todo Israel es responsable uno por el otro. Si esto es cierto entre nosotros, cuánto más es cierto que la humanidad entera, creada b’tzelem Elokim —a imagen de Dios—, debe sentirse responsable de no callar frente al mal. El silencio, entonces, no es solo una falta moral, es una traición a la esencia misma del ser humano.

Por eso, cuando exploramos Haazinu, no estamos solo recordando la historia de Israel, sino escuchando un llamado urgente. D´s nos está diciendo: “No se engañen con ídolos que no son dioses. No cambien la fidelidad a la verdad por la adoración al silencio y a la indiferencia”.

Nuestra tarea es ser testigos. Testigos de la barbarie que vimos, testigos de la injusticia que intentan tapar, testigos de la dignidad de quienes resistieron y de la memoria de quienes fueron asesinados. Y ser testigos no significa callar: significa hablar, recordar, incomodar, denunciar, aun cuando el mundo prefiera no escucharlo.

Si el silencio es idolatría, la palabra es servicio a D´s. Si la indiferencia es traición, la protesta es fidelidad. Y así es como transformamos la ira divina en compasión: al asumir nuestra misión de ser un pueblo que da testimonio de la verdad.

Por eso, al leer Haazinu, debemos escuchar también la voz de nuestros hermanos y hermanas del 7 de octubre, cuyas voces fueron calladas. Ellos nos piden desde lo alto que no callemos, que no permitamos que el mundo se acostumbre a la injusticia, que no dejemos que la memoria se convierta en una estadística.

Quiera D´s que sepamos ser un pueblo que nunca calla ante la injusticia, que tengamos la valentía de ser Su voz en la tierra, que honremos la memoria de nuestros hermanos asesinados elevando nuestras palabras en defensa de la verdad y de la vida, y que muy pronto veamos un mundo en el que el odio y la indiferencia sean reemplazados por justicia, compasión y shalom.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

 

lunes, 22 de septiembre de 2025

Vaielej 5785

En Parashat Vaielej, Moshé, en sus últimos días, transmite al pueblo una de las promesas más trascendentales: “Porque tú serás quien lleve a este pueblo a la tierra que D´s juró a sus padres que les daría” (Devarim 31:7). Estas palabras no son un simple anuncio de un destino geográfico, sino la confirmación de un pacto eterno entre D´s y el pueblo de Israel. La Tierra de Israel no es un invento moderno, ni un accidente de la historia, sino la realización de una promesa divina hecha a Abraham, Itzjak y Yaakov, y repetida a lo largo de toda la Torá.

Más adelante, la parashá añade: “Ahora escriban para ustedes este canto y enséñenselo a los hijos de Israel” (Devarim 31:19). El Talmud en Sanedrín 21b enseña que de aquí aprendemos la mitzvá de que cada judío escriba un Sefer Torá. ¿Por qué justo en este momento, cuando Moshé habla de la entrada a la tierra, aparece este mandato? Porque la Torá es el testimonio de nuestra legitimidad en la tierra. No basta con poseer la tierra físicamente, debemos llenarla de sentido espiritual, de Torá y mitzvot, para que nuestra presencia allí refleje la voluntad divina. El “canto” de la Torá es eterno, y es ese canto el que refuta a quienes niegan nuestra conexión con la tierra.

El Talmud en Ketuvot 110b agrega que “cualquiera que habite en la Tierra de Israel es como si tuviera un D´s, y cualquiera que habite fuera de ella es como si no lo tuviera”. Con esto los sabios no niegan la presencia de D´s en la diáspora, sino que enfatizan que en la Tierra de Israel la relación con el Creador se experimenta de manera más plena, más tangible. La tierra y el pueblo son inseparables, pues Israel, la Torá y la Tierra de Israel forman una tríada que sostiene nuestra existencia a lo largo de la historia.

Y así, cuando en nuestros días se duda de la legitimidad de Israel, recordamos que la promesa de D´s antecede a cualquier declaración política. “Desde el río hasta el mar” —frase que en su sentido espiritual habla de la conexión eterna entre nuestro pueblo y la tierra— lamentablemente ha sido apropiada en el discurso público por algunos activistas y ciertos grupos palestinos como llamada política que niega la existencia del Estado de Israel e, implícita o explícitamente en ocasiones, amenaza con su reemplazo; por ejemplo, ha sido utilizada por organizaciones que abogan por un estado palestino sobre todo el territorio donde hoy existe Israel y las áreas palestinas. Esta apropiación política convierte un recuerdo bíblico en un eslogan que para muchos judíos suena a negación y peligro, y por eso debemos nombrarlo con verdad y prudencia. Nuestra misión no es solo defender la tierra con palabras o con fuerza, sino vivir en ella con santidad, demostrando que somos sus legítimos guardianes al cumplir la voluntad divina dentro de sus fronteras.

Quiera D´s que siempre sepamos apreciar el regalo de la Tierra de Israel, que tengamos la fuerza y la fe para defenderla con dignidad, que vivamos con la luz de la Torá en cada paso que damos sobre ella, y que pronto veamos la redención completa, con paz y alegría en Ierushalaim, pronto en nuestros días, amén.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

jueves, 18 de septiembre de 2025

Rosh Hashaná 5786

Rosh Hashaná es mucho más que el inicio de un nuevo año. Es un tiempo de encuentro con uno mismo, con la comunidad y con lo sagrado. Marca el comienzo de un ciclo, una oportunidad de dejar atrás lo que ya no sirve y de abrir el corazón a lo que vendrá, con la esperanza de que los días que siguen estén llenos de bendiciones y de sentido.

En la mesa festiva, uno de los momentos más esperados es cuando se toma una rodaja de manzana y se sumerge en miel. Ese gesto tan simple encierra una plegaria profunda: que el año entrante sea tan dulce como la miel que impregna la fruta. La manzana, redonda y fértil, evoca la abundancia y los ciclos de la vida, recordándonos que todo regresa, que cada etapa da lugar a otra y que siempre existe la posibilidad de volver a empezar. La miel, por su parte, añade un simbolismo especial: no solo representa dulzura, sino también el fruto del esfuerzo colectivo. Cada gota es el resultado del trabajo incansable y ordenado de miles de abejas, que juntas logran lo que ninguna podría alcanzar por sí sola. En ella encontramos una enseñanza sobre la cooperación, la constancia y la unión comunitaria que sostiene la vida.

Junto a estos sabores, la jalá aparece en su forma especial de Rosh Hashaná: redonda, sin principio ni fin. Al partir este pan circular y compartirlo en familia, se transmite la idea de continuidad, de eternidad, de que la vida fluye como un río que nunca se detiene. Cada año cerramos un círculo y abrimos otro, y en ese movimiento encontramos la fuerza para crecer, sanar y proyectarnos hacia adelante.

Así, los sabores dulces, las formas circulares y los gestos compartidos se transforman en símbolos vivos. Nos recuerdan que la existencia está hecha de ciclos, de retornos y de renovaciones, y que cada Rosh Hashaná nos da la oportunidad de empezar otra vez, de elegir con conciencia, de sembrar dulzura y de pedir que el próximo tramo del camino esté colmado de paz, amor y esperanza.

Shaná Tová Umetuká!

Lucas Fisbein

lunes, 15 de septiembre de 2025

Nitzavim 5785

En Parashat Nitzavim escuchamos:

“Hoy están todos ustedes de pie ante D´s su Señor” (Deuteronomio 29:9).

La Torá enumera a todos: desde los jefes de tribus hasta los simples aguateros. Nadie queda afuera. La lección es clara: la relación con D´s y la responsabilidad por el destino del pueblo de Israel no son privilegio de unos pocos, sino una tarea compartida por todos.

Pero el texto añade una advertencia seria:

“Quizás haya entre ustedes hombre o mujer… cuyo corazón se aparte hoy de D´s… y suceda que, al oír las palabras de esta maldición, se bendiga en su corazón diciendo: ‘Tendré paz, aunque ande en la terquedad de mi corazón’” (Deuteronomio 29:17-18).

Es decir, puede haber quien se autoengañe: alguien que elige apartarse de la verdad, convencido de que aun así estará en paz. La Torá revela la peligrosa arrogancia de pensar que la justicia es relativa y que cada uno puede inventar su propia moral aunque contradiga la verdad.

El Talmud en Shabat 54b nos dice: “Todo aquel que tiene la posibilidad de protestar contra el mal de su casa y no lo hace, es responsable por el pecado de su casa; si podía protestar contra el mal de su ciudad y no lo hizo, es responsable por el pecado de su ciudad; si podía protestar contra el mal del mundo entero y no lo hizo, es responsable por el pecado del mundo entero.”

Este pasaje nos recuerda que callar frente a la injusticia equivale a ser cómplice. No alcanza con decir: “yo estoy en paz”, mientras otros sufren violencia.

Y así, nuestras fuentes se conectan con lo que vivimos hoy. Cuando Israel es atacado por Hamas, una organización cuyo objetivo declarado es la destrucción del pueblo judío, muchos en el mundo callan. Otros, todavía más, acusan a Israel por defenderse. En lugar de protestar contra el terror, lo encubren bajo discursos de falsa moral. Es exactamente lo que la Torá describe: “Tendré paz, aunque camine en la terquedad de mi corazón.” Una ilusión de justicia que en verdad abandona el pacto de la verdad y la vida.

La parashá también nos dice que este pacto no es solo para esa generación:
“No solamente con ustedes hago yo este pacto… sino también con el que no está aquí hoy con nosotros” (Deuteronomio 29:13-14).

Cada generación de Am Israel está incluida. Cada uno de nosotros, hoy, tiene el deber de pararse firme, como “nitzavim”, y no dejarse arrastrar por la indiferencia ni por la distorsión de la verdad.

El mensaje es poderoso: no basta con sobrevivir; debemos ser una voz clara de justicia. La Torá y el Talmud nos enseñan que callar o justificar al mal nos hace parte de él. Por eso, como pueblo, no podemos avergonzarnos de defender nuestra vida, nuestra tierra y nuestra dignidad.

Quiera D´s que sepamos mantenernos firmes como en Nitzavim, unidos en el pacto eterno de nuestro pueblo. Quiera D´s que no nos dejemos engañar por voces que buscan invertir la verdad y culpar a las víctimas. Y quiera D´s que pronto veamos un mundo en el que Israel pueda vivir en paz y seguridad, y en el que todas las naciones reconozcan la diferencia entre quienes destruyen y quienes buscan construir, entre quienes odian y quienes anhelan la paz verdadera.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 8 de septiembre de 2025

Ki Tavó 5785

En la parashá Ki Tavó, la Torá nos advierte con palabras estremecedoras: “Si no obedeces a D´s tu Señor y no cumples cuidadosamente todos Sus mandamientos y decretos tal como te los prescribo hoy, entonces todas estas maldiciones vendrán a relacionarse contigo.… Tus hijos y tus hijas serán entregados a una nación extranjera. Lo verás suceder con tus propios ojos, y los añorarás todo el día, mas serás impotente” (Devarim 28:15, 32). Este pasaje describe el dolor del exilio físico, pero también puede leerse como una advertencia sobre un exilio más silencioso y devastador: el de la asimilación. Cuando los lazos con la Torá y la vida judía se debilitan, los hijos e hijas, de manera casi imperceptible, terminan “entregados a otra nación”, no por conquista militar sino por adopción de costumbres, valores y creencias ajenas que diluyen su identidad.

El Talmud (Sotá 49a) anticipa que en las generaciones cercanas a la redención “los hijos se rebelarán contra los padres y la verdad desaparecerá”. No se trata sólo de conflictos familiares, sino de una ruptura en la transmisión de la identidad y la fe. Vemos con tristeza cómo muchos descendientes de familias judías, incluso portadores de apellidos inequívocamente judíos, han perdido toda conexión con su herencia. Algunos desconocen que lo son, otros lo saben, pero miran hacia otro lado. En tiempos recientes esto se volvió evidente: frente a tragedias que afectan al pueblo judío en su conjunto, como la masacre del 7 de octubre, muchos que llevan sangre y apellido judío eligieron el silencio, la indiferencia, o incluso la negación, como si lo que ocurre a Am Israel ya no tuviera nada que ver con ellos.

Esto mismo refleja la advertencia de la Torá: “Los verás con tus propios ojos, y los añorarás todo el día, pero serás impotente”. Padres y abuelos que lucharon por mantener viva la identidad judía ven cómo sus descendientes se diluyen en la sociedad mayoritaria. El Midrash (Eijá Rabá 2:2) explica que la verdadera destrucción no es sólo la del Templo, sino cuando los hijos terminan absorbidos por un entorno ajeno, incorporando prácticas y visiones del mundo que los alejan de sus raíces. Es un exilio silencioso, pero no menos doloroso que el físico.

Sin embargo, así como la parashá describe maldiciones, también señala el camino de la teshuvá. El mismo libro de Devarim nos asegura que, si retornamos a D´s, Él reunirá a nuestros hijos y nietos y los devolverá a su herencia espiritual. El Talmud (Kidushin 30a) nos recuerda que el deber de un padre es enseñar Torá a su hijo; es decir, transmitirle el legado espiritual antes que cualquier herencia material. Esa es nuestra mejor defensa contra la asimilación. La continuidad judía no se logra sólo con instituciones o discursos, sino con hogares donde la Torá, las mitzvot y el amor por el judaísmo se vivan con alegría, orgullo y compromiso.

Hoy, en un mundo que promueve la homogeneidad cultural y en el que la identidad judía a veces es vista con incomodidad o incluso con hostilidad, el desafío es aún mayor. Por eso debemos redoblar la transmisión, fortalecer nuestras comunidades y mostrar que pertenecer al pueblo de Israel no es una carga, sino un privilegio.

Quiera D´s que sepamos transmitir a nuestros hijos y nietos no sólo el apellido judío, sino también el alma judía; que, frente a las pruebas y dolores de la historia, estemos unidos y nunca indiferentes; y que, en lugar de ver a nuestros descendientes entregados a otra nación, podamos verlos siempre firmes en la Torá, orgullosos de ser parte de Am Israel, y cercanos al Creador.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein 

lunes, 1 de septiembre de 2025

Ki Tetzé 5785

En la parashá de esta semana, la Torá nos presenta una situación compleja y delicada: “Y ves entre los cautivos una mujer hermosa, y deseas tomarla como esposa, la traerás a tu casa. Ella se rapará la cabeza, cortará sus uñas y quitará el vestido de su cautiverio. Permanecerá en tu casa, llorará a su padre y a su madre un mes entero; después de ello, podrás unirte a ella y será tu mujer” (Devarim 21:11–13). A primera vista, el texto parece extraño. ¿Por qué la Torá permitiría que un soldado tome a una cautiva como esposa? Nuestros Sabios explican que aquí la Torá habla “kenegued yetzer hará”, en contra de la inclinación del mal. La Torá no cierra los ojos frente a la realidad del deseo humano, especialmente en un momento de guerra y tensión, pero tampoco lo legitima sin condiciones. Más bien lo canaliza, lo limita y lo somete a un proceso que impone tiempo y reflexión.

El soldado no puede simplemente tomarla de inmediato. Debe esperar un mes. Durante ese tiempo, la mujer pasa por un proceso de duelo y transformación, pero también el hombre tiene la oportunidad de descubrir si lo que siente es auténtico o solo fruto de la pasión momentánea. Quizás después de treinta días, cuando la emoción inicial se enfría, ya no desea tanto lo que en un primer instante parecía irresistible.

Y aquí encontramos una enseñanza muy actual. ¿Cuántas veces en la vida sentimos una urgencia parecida? Puede ser con una compra, con un negocio, con una relación, con una decisión apresurada. En el calor del momento todo parece indispensable, como si no pudiéramos vivir sin ello. Pero la Torá nos dice: espera. Da espacio. Analiza. No tomes decisiones definitivas en medio de la tormenta del deseo. Lo que hoy parece imprescindible, mañana puede perder todo su brillo. Y lo que de verdad vale la pena, seguirá teniendo sentido después de un tiempo de reflexión.

El Rambam enseña que la verdadera libertad del ser humano consiste en no ser esclavo de sus impulsos. La Torá no nos pide que reprimamos los deseos, sino que aprendamos a ordenarlos y a ponerlos bajo la luz de la conciencia. Porque la prisa suele ser un arma del yetzer hará, mientras que la paciencia es la puerta hacia la claridad. Y es notable que incluso la psicología moderna confirma esta idea con lo que se llama la gratificación diferida: quien sabe esperar, quien sabe posponer el impulso inmediato, suele tomar mejores decisiones y construir una vida más plena y estable.

Entonces, ¿qué nos enseña Ki Tetze? Que no debemos confundir pasión con amor, ni impulso con decisión, ni deseo con conveniencia. Que cuando queremos algo desesperadamente, la respuesta no es correr detrás de ello sin pensar, sino detenernos, esperar un tiempo prudencial y preguntarnos: ¿realmente necesito esto?, ¿me hará bien a largo plazo?, ¿sigue teniendo valor después de la emoción inicial? El soldado debía esperar un mes entero. Tal vez nosotros no necesitemos exactamente treinta días, pero sí necesitamos ese espacio de reflexión antes de comprometernos con lo que puede marcar nuestro futuro.

Quiera D´s que tengamos la sabiduría y la paciencia de esperar, de analizar y de elegir con claridad, para que nuestras decisiones no sean fruto de la desesperación del momento, sino semillas de un futuro lleno de bendición, de serenidad y de plenitud.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein