En la parashá Haazinu escuchamos palabras duras de D´s:
"Me han sido
infieles con uno que no es dios, encolerizándome con sus actos sin
sentido…" (Devarim 32:21).
Este pasuk,
aparentemente dirigido al pueblo de Israel por sus caídas en la idolatría, es
mucho más que un recuerdo histórico. La Torá no es un libro del pasado, es un
espejo eterno. Cada generación debe preguntarse: ¿en qué nos parecemos nosotros
a esas palabras? ¿Qué “no-dioses” nos tientan hoy?
Rashi enseña que la
“infidelidad” no se limita a postrarse ante ídolos de piedra o de madera.
Infidelidad también es cuando el pueblo sustituye a D´s por valores vacíos, por
modas o por silencios que acomodan. Cuando la justicia y la verdad, que son
atributos divinos, se dejan de lado en nombre de la indiferencia, entonces el
enojo divino se manifiesta.
Y aquí entra nuestra
realidad más reciente y dolorosa. El 7 de octubre de 2023 vimos la brutalidad
en su forma más desnuda: seres humanos masacrados con una crueldad difícil de
imaginar. Pero junto a la barbarie de los asesinos, hubo algo que caló igual de
hondo: el silencio de tantos. La indiferencia de quienes miraron para otro lado,
la tibieza de los que relativizaron, la cobardía de quienes no quisieron decir
la verdad por miedo a pagar un precio social.
El Talmud nos advierte
con una enseñanza estremecedora:
"Todo aquel que tiene la posibilidad de protestar contra la injusticia
en su casa y no protesta, es responsable de su casa. Si puede hacerlo en su
ciudad y no protesta, es responsable de su ciudad. Si puede hacerlo en el mundo
entero y no protesta, es responsable del mundo entero" (Shabat 54b).
¡Qué actuales son estas
palabras! No hablar, no levantar la voz, no denunciar: eso también es pecado.
Es lo que la Torá llama avodá zará, idolatría. Porque en vez de servir
al D´s de verdad y justicia, uno sirve a un “no dios”: al miedo, al prestigio,
al deseo de no incomodar, a la comodidad de permanecer neutral.
Y sabemos bien que la
neutralidad ante el mal no es neutralidad, es complicidad. Quien calla frente
al asesinato, legitima al asesino. Quien mira hacia otro lado ante el dolor, lo
prolonga.
El Talmud también nos
enseña: “Kol Israel arevim ze laze” (Shevuot 39a) — todo Israel es
responsable uno por el otro. Si esto es cierto entre nosotros, cuánto más es
cierto que la humanidad entera, creada b’tzelem Elokim —a imagen de
Dios—, debe sentirse responsable de no callar frente al mal. El silencio,
entonces, no es solo una falta moral, es una traición a la esencia misma del
ser humano.
Por eso, cuando exploramos
Haazinu, no estamos solo recordando la historia de Israel, sino escuchando un
llamado urgente. D´s nos está diciendo: “No se engañen con ídolos que no son
dioses. No cambien la fidelidad a la verdad por la adoración al silencio y a la
indiferencia”.
Nuestra tarea es ser
testigos. Testigos de la barbarie que vimos, testigos de la injusticia que
intentan tapar, testigos de la dignidad de quienes resistieron y de la memoria
de quienes fueron asesinados. Y ser testigos no significa callar: significa hablar,
recordar, incomodar, denunciar, aun cuando el mundo prefiera no escucharlo.
Si el silencio es
idolatría, la palabra es servicio a D´s. Si la indiferencia es traición, la
protesta es fidelidad. Y así es como transformamos la ira divina en compasión:
al asumir nuestra misión de ser un pueblo que da testimonio de la verdad.
Por eso, al leer
Haazinu, debemos escuchar también la voz de nuestros hermanos y hermanas del 7
de octubre, cuyas voces fueron calladas. Ellos nos piden desde lo alto que no
callemos, que no permitamos que el mundo se acostumbre a la injusticia, que no
dejemos que la memoria se convierta en una estadística.
Quiera D´s que sepamos
ser un pueblo que nunca calla ante la injusticia, que tengamos la valentía de
ser Su voz en la tierra, que honremos la memoria de nuestros hermanos
asesinados elevando nuestras palabras en defensa de la verdad y de la vida, y
que muy pronto veamos un mundo en el que el odio y la indiferencia sean
reemplazados por justicia, compasión y shalom.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein