Rosh Hashaná es mucho más que el inicio de un nuevo año. Es un tiempo de encuentro con uno mismo, con la comunidad y con lo sagrado. Marca el comienzo de un ciclo, una oportunidad de dejar atrás lo que ya no sirve y de abrir el corazón a lo que vendrá, con la esperanza de que los días que siguen estén llenos de bendiciones y de sentido.
En la mesa festiva, uno
de los momentos más esperados es cuando se toma una rodaja de manzana y se
sumerge en miel. Ese gesto tan simple encierra una plegaria profunda: que el
año entrante sea tan dulce como la miel que impregna la fruta. La manzana, redonda
y fértil, evoca la abundancia y los ciclos de la vida, recordándonos que todo
regresa, que cada etapa da lugar a otra y que siempre existe la posibilidad de
volver a empezar. La miel, por su parte, añade un simbolismo especial: no solo
representa dulzura, sino también el fruto del esfuerzo colectivo. Cada gota es
el resultado del trabajo incansable y ordenado de miles de abejas, que juntas
logran lo que ninguna podría alcanzar por sí sola. En ella encontramos una
enseñanza sobre la cooperación, la constancia y la unión comunitaria que
sostiene la vida.
Junto a estos sabores,
la jalá aparece en su forma especial de Rosh Hashaná: redonda, sin principio ni
fin. Al partir este pan circular y compartirlo en familia, se transmite la idea
de continuidad, de eternidad, de que la vida fluye como un río que nunca se
detiene. Cada año cerramos un círculo y abrimos otro, y en ese movimiento
encontramos la fuerza para crecer, sanar y proyectarnos hacia adelante.
Así, los sabores
dulces, las formas circulares y los gestos compartidos se transforman en
símbolos vivos. Nos recuerdan que la existencia está hecha de ciclos, de
retornos y de renovaciones, y que cada Rosh Hashaná nos da la oportunidad de
empezar otra vez, de elegir con conciencia, de sembrar dulzura y de pedir que
el próximo tramo del camino esté colmado de paz, amor y esperanza.
Shaná Tová Umetuká!
Lucas Fisbein
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