En Vaietzé encontramos
un momento clave: “Yaakov empezó a oír que los hijos de Laván decían: ‘Yaakov
ha tomado todo lo que le pertenece a nuestro padre. Se ha vuelto rico tomando
la propiedad de nuestro padre’”. El texto expone una dinámica tan humana como
vigente: cuando la verdad incomoda, cuando el esfuerzo ajeno evidencia la
inercia o la corrupción propia, el recurso más fácil es fabricar un relato que
justifique la frustración.
Rashi explica que los
hijos de Laván, incapaces de aceptar que Yaakov prosperó por su dedicación,
disciplina y la bendición divina, eligieron narrar la historia al revés: en vez
de reconocer que su padre había cambiado las condiciones cien veces, que había
explotado a Yaakov y que aun así él cumplió cada acuerdo, ellos lo acusaron de
ser un ladrón. La lógica de quien se niega a revisar su propia conducta es
siempre la misma: si el otro crece, debe ser a costa mía; si el otro prospera,
debe haberme quitado algo. El Midrash agrega que estas murmuraciones no eran
inocentes; funcionaban como un intento de incitar a Laván a tomar represalias.
La calumnia como arma política, familiar y social.
El Talmud (Pesajim
118a) afirma que quien actúa con rectitud puede soportar incluso el peso de las
falsas acusaciones, porque el tiempo termina revelando quién es quién. Pero
mientras tanto, la difamación suele ser más ruidosa que la verdad. Yaakov, pese
a todo, había trabajado catorce años por sus esposas y otros seis por su
sustento; no había “tomado” nada, sino construido desde la nada. Sin embargo,
su éxito se volvió intolerable para quienes esperaban heredar sin esfuerzo o
vivir del trabajo ajeno.
La escena resuena con
demasiada claridad en la realidad argentina. Cada vez que alguien produce,
emprende, innova o intenta crecer, surge el coro de los hijos de Laván:
aquellos que señalan, acusan y denuncian sin pruebas, convencidos de que la
riqueza del prójimo sólo puede explicarse por la supuesta pérdida propia. El
país está lleno de discursos que reinterpretan el mérito como saqueo, la
creatividad como amenaza, el progreso individual como una forma de traición
colectiva. La lógica es la misma que en el pasuk: quien prospera deja en
evidencia la ineficiencia, la mediocridad o la viveza criolla de quienes viven
del cuento.
El relato bíblico
también muestra otro elemento profundamente argentino: Laván nunca se atreve a
asumir su responsabilidad. Cambió acuerdos, manipuló condiciones, usó a Yaakov
para su propio beneficio, pero cuando sus hijos lo acusan, guarda silencio. No
corrige, no aclara, no reconoce. Simplemente deja que la mentira avance. Así
también, aquí solemos ver líderes y funcionarios que permiten, fomentan o se
benefician de relatos distorsionados que justifican su incapacidad. La culpa
siempre es del otro: del que trabaja, del que invierte, del que produce, del
que se sacrifica. La victimización crónica se vuelve política de Estado.
Yaakov entiende que no
hay manera de seguir creciendo en un entorno en el cual el esfuerzo es
sospechoso y la mentira se vuelve norma. Por eso, según el Midrash, Dios le
dice que ya es hora de regresar a su tierra. El mensaje es claro: un ambiente
contaminado por la manipulación y la envidia termina expulsando naturalmente a
quienes desean construir. No porque ellos fallen, sino porque el sistema se
vuelve invivible.
Vaietzé nos invita a
leer esta escena no como un episodio distante, sino como un espejo. La
Argentina necesita dejar atrás la mentalidad de los hijos de Laván: esa voz que
dice que todo éxito es apropiación indebida, que toda mejora es una injusticia,
que toda riqueza es sospechosa. Yaakov no era perfecto, pero trabajó con
honestidad. Y su historia demuestra que la verdadera bendición llega cuando uno
se aleja del ruido de quienes prefieren acusar antes que asumir su propio
fracaso.
El texto nos pide, en
definitiva, recuperar un valor que en el país parece siempre en peligro: la
capacidad de reconocer el mérito sin transformar el resentimiento en doctrina.
Porque mientras existan voces que repitan que “Yaakov tomó lo que era de
nuestro padre”, seguiremos atrapados en una sociedad que prefiere destruir al
que avanza en vez de imitarlo. Y sólo cuando esa narrativa se derrumbe podremos
empezar, de verdad, a construir algo distinto.
Quiera D’s que
aprendamos a dejar atrás la envidia y el relato fácil, y que podamos construir
una sociedad donde el mérito no sea acusado sino imitado, y donde la verdad
tenga más fuerza que las voces que la distorsionan.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein