lunes, 27 de octubre de 2025

Lej Leja 5786

En la parashá Lej Lejá encontramos una narrativa que, más allá de su contexto antiguo, resuena con una fuerza extraordinaria en nuestro presente. En Bereshit 14:13-16, se nos relata cómo Abram, al enterarse de que su sobrino Lot había sido secuestrado durante una guerra entre reyes, no duda en organizar un pequeño ejército de hombres leales para rescatarlo. Abram no permanece indiferente ante la tragedia: actúa con valentía, estrategia y fe. Logra liberar a Lot y recuperar todo lo que había sido tomado. Este episodio es mucho más que una anécdota heroica; es una lección eterna sobre la responsabilidad moral de no cerrar los ojos ante el sufrimiento ajeno, y sobre la necesidad de traducir la fe en acción concreta.

El Talmud (Pirkei Avot 1:14) enseña: “Si yo no soy para mí, ¿quién será para mí? Pero si soy solo para mí, ¿qué soy?”. Abram encarna plenamente este principio: su fuerza personal está al servicio del otro, y su acción por Lot se convierte en una enseñanza universal sobre la solidaridad. El texto bíblico nos recuerda que el heroísmo espiritual no consiste en retirarse del mundo, sino en involucrarse activamente en él, aún cuando hacerlo implique riesgos.

Más adelante, en Bereshit 17, encontramos otro momento crucial: el cambio de nombre de Abram a Abraham. Ese nuevo nombre —que significa “padre de una multitud de naciones”— marca su transformación de individuo a referente espiritual universal. Abraham ya no es solo un líder familiar, sino un modelo ético para toda la humanidad. Este cambio simboliza que el compromiso con la justicia y la compasión no puede limitarse a lo inmediato o personal; tiene un alcance trascendente. Cuando luchamos por liberar a los oprimidos, cuando alzamos la voz por los secuestrados o los perseguidos, no solo cumplimos una obligación moral: también afirmamos nuestra humanidad y la presencia de D’s en el mundo.

Hoy, esta enseñanza adquiere una resonancia estremecedora. Los secuestrados por Hamas —personas inocentes privadas de su libertad, separadas de sus familias y sometidas a condiciones inhumanas— representan una herida abierta en la conciencia del pueblo judío y del mundo entero. Como en los días de Abraham, no basta con la compasión pasiva; la Torá nos llama a actuar, a exigir justicia, a no permanecer callados. La indiferencia es el opuesto de la fe. La acción solidaria —sea desde la plegaria, la palabra o el compromiso social— es la forma moderna de emular el espíritu de Abraham.

El llamado de Lej Lejá —“Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre”— también nos invita a salir de nuestra zona de confort. Abram deja atrás lo conocido y se adentra en lo incierto, confiando en la promesa divina. Este llamado no es solo geográfico, sino espiritual: salir de uno mismo, abandonar la pasividad, tener el coraje de avanzar hacia lo desconocido con fe en D’s. En nuestros días, muchos atraviesan un “Lej Lejá” personal: desplazados, perseguidos o familias que esperan noticias de sus seres queridos. Ellos también viven ese tránsito doloroso entre la pérdida y la esperanza, entre la oscuridad y la fe en la redención.

Además, el relato del rescate de Lot culmina con un gesto moral ejemplar: Abraham no se queda con el botín ni con los bienes recuperados. Devuelve todo, mostrando que la justicia auténtica no se mide solo por la victoria, sino por la integridad con que se actúa. En un mundo donde la violencia, la corrupción y el cinismo parecen dominar, este acto nos recuerda que la fe verdadera exige ética, moderación y pureza de intención.

El mensaje de Lej Lejá es, en última instancia, un llamado permanente: a tener fe en medio de la incertidumbre, a actuar cuando otros sufren, a no resignarse frente a la injusticia, y a creer que la redención es posible si caminamos juntos, con convicción y compasión.

Quiera D’s que pronto veamos la liberación de los secuestrados, el consuelo de las familias que esperan, y el fortalecimiento del espíritu de Abraham en cada uno de nosotros. Que nunca falte la fe, la esperanza ni el compromiso con la justicia.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 20 de octubre de 2025

Noaj 5786

La parashá Nóaj nos presenta dos relatos que parecen no tener relación: el del arca y el de la Torre de Babel. Sin embargo, ambos describen la misma tensión fundamental del ser humano frente a D´s y frente a la vida: el miedo. El miedo a desaparecer, a quedar solo, a ser dispersado, a no tener control. Y en ambos casos, la respuesta humana a ese miedo toma formas opuestas, pero con un mismo fondo: la falta de verdadera confianza.

D´s ordena a Nóaj construir un arca (Bereshit 6:14). Rashí comenta que la expresión “hazte un arca” indica que no solo era una orden para salvar al mundo, sino también para el propio bien de Nóaj: una oportunidad de salvación personal. El Midrash (Bereshit Rabá 30:6) explica que D´s, que podría haber salvado a Nóaj de muchas maneras, quiso que el arca se construyera lentamente, durante ciento veinte años, para que la gente viera a Nóaj trabajando y se preguntara por qué lo hacía, tal vez dando lugar al arrepentimiento. Pero nadie se acercó. El arca se convirtió en símbolo de obediencia silenciosa, de una fe que se refugia en sí misma.

Aun así, dice Rashí sobre el versículo “Nóaj entró al arca a causa de las aguas del diluvio” (Bereshit 7:7), que lo hizo por miedo, no por confianza absoluta. Lo llama me-ketanei emuná, uno de los de poca fe. Su fe es obediente, pero temerosa. En su mundo, la salvación llega solo para quien se encierra.

Más adelante, en la misma parashá, aparece otro grupo de seres humanos, descendientes de los salvados. Ellos también tienen miedo, pero de otra clase: el miedo a dispersarse. “Construyamos una ciudad y una torre con su cima en los cielos, y hagámonos un nombre para no ser dispersados” (Bereshit 11:4). Rashí explica que “hagámonos un nombre” implica rebelión: no buscan servir a D´s, sino reemplazarlo. El Midrash (Bereshit Rabá 38:6) agrega que, en su proyecto, los ladrillos valían más que las personas: si caía un ladrillo, lloraban; si caía un hombre, no les importaba.

En la generación de Nóaj, cada uno se salva solo; en la de Babel, todos se unen, pero sin espacio para la diferencia ni para D´s. La unidad se convierte en idolatría colectiva. El texto dice que “D´s descendió para ver la ciudad y la torre” (Bereshit 11:5), y Rashí subraya la ironía: aunque el hombre intente elevarse, sigue estando muy por debajo de la mirada divina.

Así, el arca y la torre son dos caras del mismo problema: cómo el ser humano responde al miedo. En la época del diluvio, el miedo lleva al aislamiento; en Babel, lleva a la uniformidad. Pero ni el aislamiento salva al mundo, ni la uniformidad salva al hombre. En ambos casos, la fe es sustituida: primero por el temor, luego por la autosuficiencia.

D´s reacciona en ambos relatos no destruyendo completamente, sino reordenando: en el caso de Nóaj, establece un pacto, simbolizado en el arco iris (Bereshit 9:13); en el caso de Babel, dispersa a la humanidad para que descubra de nuevo su diversidad y su dependencia del Creador.

El Midrash (Bereshit Rabá 31:12) enseña que el arca tenía tres pisos: uno para los desechos, uno para los animales y uno para las personas. El mundo también tiene niveles: lo material, lo viviente y lo espiritual. Cuando el hombre olvida el nivel superior, todo se hunde.

Entre el arca y la torre, entre el refugio solitario y la soberbia colectiva, se abre el camino de Abraham, que aparece al final de la parashá: alguien que no huye del mundo, pero tampoco pretende dominarlo; que camina con D´s, pero también dialoga con Él. La parashá Nóaj nos enseña que la verdadera fe no se construye ni encerrándose en el arca ni levantando torres al cielo, sino aprendiendo a vivir en el mundo abierto, con confianza y humildad.

Quiera D´s que sepamos encontrar ese equilibrio: construir sin orgullo, protegernos sin aislarnos, y caminar con fe en medio del mundo.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 13 de octubre de 2025

Bereshit 5786

En el comienzo, cuando D´s creó los cielos y la tierra, no hubo martillos ni fuego ni herramientas. Hubo solo una palabra. “Vaiomer Elohim: Iehí or — y fue la luz.” (Bereshit 1:3). Con una sílaba divina el universo despertó. El Midrash enseña (Bereshit Rabá 1:1) que “con diez dichos fue creado el mundo”. Pero el Santo, Bendito Sea, no necesitaba hablar. ¿Para quién hablaba, si aún no existía oído que escuchara? Nuestros sabios explican que D´s habló para enseñarnos el poder de la palabra: que la vida se construye no solo con manos, sino con la voz.

El Talmud (Rosh Hashaná 32a) comenta que “con el soplo de Su boca fueron creados los cielos”. El aire que exhala el Creador se convierte en forma, en luz, en materia. La palabra —dibur— no es solo un medio de comunicación: es una energía espiritual que da existencia. Por eso el salmista proclama: “Por la palabra del Eterno fueron hechos los cielos, y por el aliento de Su boca todo su ejército” (Tehilim 33:6).

Y cuando el hombre es creado, la Torá dice: “Y fue el hombre un ser viviente” (Bereshit 2:7). Onkelos traduce: “y fue el hombre un alma que habla” (ruaj memalelá). Es decir, que el alma humana se revela en la capacidad de hablar. El ser humano es, en esencia, un ser que habla, que crea con la voz, que puede nombrar el mundo y, con ello, darle significado. “El hombre dio nombre a todo animal” (Bereshit 2:20). Nombrar es dar existencia, distinguir, traer conciencia. La palabra humana es, en cierto sentido, el eco de la palabra divina.

Pero ese mismo don que puede crear mundos, también puede destruirlos. El Midrash (Kohelet Rabá 5:6) advierte: “Una lengua puede matar más que una espada. La espada mata a corta distancia; la lengua, tanto cerca como lejos.” La palabra puede levantar o arruinar, puede iluminar como la luz primera o apagar la chispa del alma.

Muy pronto, la Torá nos muestra el primer uso equivocado de la palabra. Caín y Abel, los primeros hermanos, ofrecen sacrificios al Eterno. D´s mira con agrado la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. “pero a Caín y su ofrenda, no prestó atención. Caín se enfureció y se abatió mucho” (Bereshit 4:5). D´s le habla: “¿Por qué te has airado, y por qué ha decaído tu rostro? ¿No es cierto que si haces el bien serás enaltecido?” (4:6-7). D´s invita a Caín a la reflexión, al dominio de sí mismo, al diálogo interior. Pero Caín elige otro camino.

“Y habló Caín con su hermano Abel; y sucedió que estando en el campo, se levantó Caín contra su hermano Abel y lo mató” (4:8). Pero el versículo deja una sombra: ¿qué dijo? ¿De qué hablaron? El texto no lo revela. El Midrash Rabá (22:8) intenta llenar el silencio: unos dicen que discutieron sobre la posesión de los campos; otros, sobre el lugar del futuro Templo; otros, sobre quién tendría el derecho a la mujer. Sin embargo, lo esencial no está en el tema de la conversación, sino en el hecho mismo de la palabra. Antes del primer asesinato, hubo una palabra. Antes de la sangre, hubo un diálogo que se rompió.

La violencia física comenzó con violencia verbal. El primer acto de destrucción nació de una palabra mal usada, de un corazón lleno de ira, de un silencio no escuchado. Cuando la palabra pierde su propósito divino, el mundo pierde su armonía. Así, el poder creador de D´s se ve corrompido en el hombre, que fue hecho para hablar como su Creador, pero termina usando la palabra para dividir, humillar y herir.

Y entonces la Torá nos dice algo estremecedor: “Y vio el Eterno que la maldad del hombre era mucha en la tierra… y se arrepintió el Eterno de haber hecho al hombre sobre la tierra, y le dolió en Su corazón” (Bereshit 6:5-6). El Midrash Tanjumá (Bereshit 5) enseña que D´s no se arrepiente porque se equivoque —pues el Creador no yerra—, sino porque siente dolor al ver en qué se ha transformado el ser humano. El arrepentimiento de D´s es un reflejo de Su compasión. Es como si el Creador dijera: “Les di el don de la palabra para que creen y se amen, y la han usado para destruirse.”

El Talmud (Sanedrín 38b) cuenta que cuando D´s quiso crear al hombre, los ángeles protestaron y dijeron: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Este ser traerá destrucción al mundo.” Pero D´s respondió: “El hombre también sabrá decir: Ashamnu, bagadnu… —sabrá confesar, sabrá arrepentirse.” En esas palabras está la esperanza divina: el ser humano puede deshacer con la palabra el daño que la palabra hizo.

Después del diluvio, cuando las aguas purifican la tierra, D´s vuelve a hablar. “Y bendijo D´s a Noaj y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra” (Bereshit 9:1). Otra vez, la creación se renueva por medio de la palabra. La alianza con Noaj se sella con un juramento verbal, con una promesa: “Establezco Mi pacto con vosotros, y no habrá más diluvio para destruir la tierra” (9:11). Las palabras que antes maldijeron, ahora bendicen; las que crearon separación, ahora crean unión.

Y más adelante, cuando D´s llama a Abraham, le dice: “Y serás bendición” (Bereshit 12:2). No solo “recibirás bendición”, sino “serás bendición”. Ser bendición significa convertir la propia existencia —y especialmente la palabra— en fuente de bien. El justo, dice el Talmud (Ta’anit 7a), “es como un árbol cuya raíz está junto al agua: sus palabras son dulces y dan vida”. El poder que en Caín fue instrumento de destrucción, en Abraham se convierte en canal de bendición.

Así, desde Bereshit hasta Abraham, la Torá nos enseña que el mundo se sostiene por la palabra. “El mundo se mantiene por tres cosas: por la Torá, por la Avodá y por los actos de bondad” (Pirkei Avot 1:2). Pero la Torá misma es palabra; la Avodá es oración —palabra que asciende—, y los actos de bondad comienzan muchas veces con una palabra amable. La palabra es el hilo que une cielo y tierra, D´s y humanidad, creación y reparación.

Bereshit no es solo la historia del principio, sino una parábola del alma humana. Cada día nosotros también decimos “Haya luz”, y también decimos —a veces sin pensarlo— palabras que pueden traer oscuridad. Cada conversación es una creación; cada silencio, un campo de Abel. Nuestra voz tiene el mismo poder que tuvo en el principio, y depende de nosotros si la usamos para construir o para derribar.

Quiera D´s que sepamos usar la palabra como instrumento de vida, y no de muerte; que nuestras lenguas sean canales de bendición, y no de juicio. Que aprendamos a hablar con ternura, con justicia, con verdad. Que en cada palabra haya un eco de la voz divina que dijo “Haya luz”.

Y quiera D´s que, cuando mire el mundo que hacemos con nuestras palabras, no tenga ya que arrepentirse, sino que pueda decir otra vez, como en el principio: “Vayar Elohim et kol asher asá, vehiné tov me’od — Y vio D´s todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno.”

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

miércoles, 8 de octubre de 2025

Vezot Habrajá 5785

D´s le dijo a Moshé: “Ésta es la tierra respecto de la cual hice un juramento a Abraham, Itzjak y Iaakov, diciendo: la daré a tus descendientes.” (Devarim 34:4)

En ese momento, en la cima del monte Nevo, Moshé contempla la Tierra Prometida. No la pisa, pero la ve con sus ojos, la siente con el alma, y comprende que lo que ve no es solo un territorio, sino el cumplimiento de una promesa eterna.

Dice el Midrash Tanjuma (Vezot Habrajá 6) que D´s le mostró a Moshé no solo la tierra física, sino toda su historia: sus tiempos de gloria, sus exilios y su retorno. Vio Jerusalén reconstruida, vio al pueblo regresando de los confines del mundo, vio una nación pequeña pero firme, rodeada de naciones que la señalarían y dirían: “No tienes derecho.”

Y sin embargo, D´s le dice: “Ésta es la tierra.” No una tierra cualquiera, sino ésta, la que juró a los patriarcas. Rashi enseña sobre este versículo que el juramento fue repetido tres veces —a Abraham (Bereshit 15:18), a Itzjak (Bereshit 26:3) y a Iaakov (Bereshit 35:12)— para afirmar que la promesa no caduca con los siglos ni depende de las circunstancias.

En el Bereshit Rabá (44:21) está escrito: “Dijo D´s a los patriarcas: He jurado que no cambiaré a Mi pueblo por otra nación.” La promesa no es política ni temporal: es un pacto eterno.

En nuestros días, el mundo mira a Israel y la acusa de colonizadora. Pero el Talmud (Sanedrín 91a) ya anticipó esta tensión. Relata que las naciones del mundo reclamarán una parte en la herencia divina, y D´s les responderá: “¿Dónde estabais cuando Mi pueblo sufría? ¿Dónde estabais cuando la tierra estaba desolada?”

El profeta Ezequiel (36:8) dijo: “Y vosotros, montes de Israel, daréis vuestro fruto para Mi pueblo Israel, porque ellos están por llegar.” Y el Midrash (Sanedrín 98a) añade: “No hay signo más claro de la redención que cuando la Tierra de Israel da su fruto generosamente.”

Durante siglos, esa tierra estuvo árida, esperando. Solo cuando sus hijos regresaron, volvió a florecer. La tierra misma da testimonio de que su dueño legítimo ha vuelto. No hay ocupación, hay retorno. No hay conquista, hay promesa cumplida.

Moshé no entró, pero su visión sigue guiando nuestros pasos. Él miró la tierra desde lejos y vio el futuro del pueblo. Así nosotros hoy miramos a Israel, amenazada, discutida, cuestionada, y recordamos que no es un regalo de los hombres, sino una alianza con D´s.

El Talmud (Ketuvot 110b) enseña: “Quien habita en la Tierra de Israel es como quien tiene un D´s.” Vivir allí no es solo estar en un lugar, es estar dentro de una relación divina.

Cuando las naciones juzgan a Israel, olvidan que esta tierra no fue adquirida con fuerza, sino con fe; no por poder, sino por promesa. D´s juró a Abraham, a Itzjak y a Iaakov, y ese juramento sigue resonando en cada piedra, en cada fruto que la tierra produce, en cada generación que regresa.

Ésta es la tierra que D´s mostró a Moshé, la misma que defendemos hoy, no con orgullo vacío, sino con la humildad de quien sabe que es guardián de un pacto antiguo. Que sepamos mirarla, como Moshé, con ojos de fe y no solo de política; con gratitud y no con duda.

Y en estos días, cuando cerramos el ciclo de la lectura de la Torá con “Vezot Habrajá” y comenzamos nuevamente con “Bereshit”, recordamos que la historia del pueblo judío —como la Torá misma— no termina nunca: se renueva. Moshé ve la tierra, pero el pueblo la entra; el final de un líder es el comienzo de una nueva etapa. Así también nosotros, generación tras generación, seguimos mirando la tierra y escuchando la misma voz divina que dice:

“Ésta es la tierra que juró el Eterno a vuestros padres.”

Con Shalom

Lucas Fisbein