En la parashá Lej Lejá encontramos una narrativa que, más allá de su contexto antiguo, resuena con una fuerza extraordinaria en nuestro presente. En Bereshit 14:13-16, se nos relata cómo Abram, al enterarse de que su sobrino Lot había sido secuestrado durante una guerra entre reyes, no duda en organizar un pequeño ejército de hombres leales para rescatarlo. Abram no permanece indiferente ante la tragedia: actúa con valentía, estrategia y fe. Logra liberar a Lot y recuperar todo lo que había sido tomado. Este episodio es mucho más que una anécdota heroica; es una lección eterna sobre la responsabilidad moral de no cerrar los ojos ante el sufrimiento ajeno, y sobre la necesidad de traducir la fe en acción concreta.
El Talmud
(Pirkei Avot 1:14) enseña: “Si yo no soy para mí, ¿quién será para mí? Pero si
soy solo para mí, ¿qué soy?”. Abram encarna plenamente este principio: su
fuerza personal está al servicio del otro, y su acción por Lot se convierte en
una enseñanza universal sobre la solidaridad. El texto bíblico nos recuerda que
el heroísmo espiritual no consiste en retirarse del mundo, sino en involucrarse
activamente en él, aún cuando hacerlo implique riesgos.
Más adelante, en Bereshit
17, encontramos otro momento crucial: el cambio de nombre de Abram a
Abraham. Ese nuevo nombre —que significa “padre de una multitud de naciones”—
marca su transformación de individuo a referente espiritual universal. Abraham
ya no es solo un líder familiar, sino un modelo ético para toda la humanidad.
Este cambio simboliza que el compromiso con la justicia y la compasión no puede
limitarse a lo inmediato o personal; tiene un alcance trascendente. Cuando
luchamos por liberar a los oprimidos, cuando alzamos la voz por los
secuestrados o los perseguidos, no solo cumplimos una obligación moral: también
afirmamos nuestra humanidad y la presencia de D’s en el mundo.
Hoy, esta enseñanza
adquiere una resonancia estremecedora. Los secuestrados por Hamas —personas
inocentes privadas de su libertad, separadas de sus familias y sometidas a
condiciones inhumanas— representan una herida abierta en la conciencia del
pueblo judío y del mundo entero. Como en los días de Abraham, no basta con la
compasión pasiva; la Torá nos llama a actuar, a exigir justicia, a no
permanecer callados. La indiferencia es el opuesto de la fe. La acción
solidaria —sea desde la plegaria, la palabra o el compromiso social— es la
forma moderna de emular el espíritu de Abraham.
El llamado de Lej
Lejá —“Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre”—
también nos invita a salir de nuestra zona de confort. Abram deja atrás lo
conocido y se adentra en lo incierto, confiando en la promesa divina. Este
llamado no es solo geográfico, sino espiritual: salir de uno mismo, abandonar
la pasividad, tener el coraje de avanzar hacia lo desconocido con fe en D’s. En
nuestros días, muchos atraviesan un “Lej Lejá” personal: desplazados,
perseguidos o familias que esperan noticias de sus seres queridos. Ellos
también viven ese tránsito doloroso entre la pérdida y la esperanza, entre la
oscuridad y la fe en la redención.
Además, el relato del
rescate de Lot culmina con un gesto moral ejemplar: Abraham no se queda con el
botín ni con los bienes recuperados. Devuelve todo, mostrando que la justicia
auténtica no se mide solo por la victoria, sino por la integridad con que se
actúa. En un mundo donde la violencia, la corrupción y el cinismo parecen
dominar, este acto nos recuerda que la fe verdadera exige ética, moderación y
pureza de intención.
El mensaje de Lej
Lejá es, en última instancia, un llamado permanente: a tener fe en medio de
la incertidumbre, a actuar cuando otros sufren, a no resignarse frente a la
injusticia, y a creer que la redención es posible si caminamos juntos, con
convicción y compasión.
Quiera D’s que pronto
veamos la liberación de los secuestrados, el consuelo de las familias que
esperan, y el fortalecimiento del espíritu de Abraham en cada uno de nosotros.
Que nunca falte la fe, la esperanza ni el compromiso con la justicia.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein