La parashá Nóaj nos presenta dos relatos que parecen no tener relación: el del arca y el de la Torre de Babel. Sin embargo, ambos describen la misma tensión fundamental del ser humano frente a D´s y frente a la vida: el miedo. El miedo a desaparecer, a quedar solo, a ser dispersado, a no tener control. Y en ambos casos, la respuesta humana a ese miedo toma formas opuestas, pero con un mismo fondo: la falta de verdadera confianza.
D´s ordena a Nóaj
construir un arca (Bereshit 6:14). Rashí comenta que la expresión “hazte un
arca” indica que no solo era una orden para salvar al mundo, sino también para
el propio bien de Nóaj: una oportunidad de salvación personal. El Midrash
(Bereshit Rabá 30:6) explica que D´s, que podría haber salvado a Nóaj de muchas
maneras, quiso que el arca se construyera lentamente, durante ciento veinte
años, para que la gente viera a Nóaj trabajando y se preguntara por qué lo
hacía, tal vez dando lugar al arrepentimiento. Pero nadie se acercó. El arca se
convirtió en símbolo de obediencia silenciosa, de una fe que se refugia en sí
misma.
Aun así, dice Rashí
sobre el versículo “Nóaj entró al arca a causa de las aguas del diluvio”
(Bereshit 7:7), que lo hizo por miedo, no por confianza absoluta. Lo llama me-ketanei
emuná, uno de los de poca fe. Su fe es obediente, pero temerosa. En su
mundo, la salvación llega solo para quien se encierra.
Más adelante, en la
misma parashá, aparece otro grupo de seres humanos, descendientes de los
salvados. Ellos también tienen miedo, pero de otra clase: el miedo a
dispersarse. “Construyamos una ciudad y una torre con su cima en los cielos, y
hagámonos un nombre para no ser dispersados” (Bereshit 11:4). Rashí explica que
“hagámonos un nombre” implica rebelión: no buscan servir a D´s, sino
reemplazarlo. El Midrash (Bereshit Rabá 38:6) agrega que, en su proyecto, los
ladrillos valían más que las personas: si caía un ladrillo, lloraban; si caía
un hombre, no les importaba.
En la generación de
Nóaj, cada uno se salva solo; en la de Babel, todos se unen, pero sin espacio
para la diferencia ni para D´s. La unidad se convierte en idolatría colectiva.
El texto dice que “D´s descendió para ver la ciudad y la torre” (Bereshit 11:5),
y Rashí subraya la ironía: aunque el hombre intente elevarse, sigue estando muy
por debajo de la mirada divina.
Así, el arca y la torre
son dos caras del mismo problema: cómo el ser humano responde al miedo. En la
época del diluvio, el miedo lleva al aislamiento; en Babel, lleva a la
uniformidad. Pero ni el aislamiento salva al mundo, ni la uniformidad salva al
hombre. En ambos casos, la fe es sustituida: primero por el temor, luego por la
autosuficiencia.
D´s reacciona en ambos
relatos no destruyendo completamente, sino reordenando: en el caso de Nóaj,
establece un pacto, simbolizado en el arco iris (Bereshit 9:13); en el caso de
Babel, dispersa a la humanidad para que descubra de nuevo su diversidad y su
dependencia del Creador.
El Midrash (Bereshit
Rabá 31:12) enseña que el arca tenía tres pisos: uno para los desechos, uno
para los animales y uno para las personas. El mundo también tiene niveles: lo
material, lo viviente y lo espiritual. Cuando el hombre olvida el nivel
superior, todo se hunde.
Entre el arca y la
torre, entre el refugio solitario y la soberbia colectiva, se abre el camino de
Abraham, que aparece al final de la parashá: alguien que no huye del mundo,
pero tampoco pretende dominarlo; que camina con D´s, pero también dialoga con
Él. La parashá Nóaj nos enseña que la verdadera fe no se construye ni
encerrándose en el arca ni levantando torres al cielo, sino aprendiendo a vivir
en el mundo abierto, con confianza y humildad.
Quiera D´s que sepamos
encontrar ese equilibrio: construir sin orgullo, protegernos sin aislarnos, y
caminar con fe en medio del mundo.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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