Parashat Behalotja contiene una de las advertencias más profundas de toda la Torá sobre la naturaleza humana. No habla solamente de lo que ocurrió hace más de tres mil años en el desierto. Habla de nosotros. Habla de sociedades enteras capaces de olvidar los milagros recibidos para concentrarse únicamente en aquello que todavía no tienen. Habla de la diferencia entre quienes buscan la verdad y quienes viven instalados en la queja permanente.
Nuestros Sabios encuentran una conexión extraordinaria entre dos episodios centrales de esta parashá: la aparición de Jovav, uno de los nombres de Itró, suegro de Moshé, y la rebelión del pueblo que comienza a lamentarse por la comida. A simple vista parecen temas completamente distintos. Sin embargo, vistos a través de Rashi, el Midrash y nuestros comentaristas, ambos relatos describen dos modelos opuestos de comportamiento humano.
La Torá llama aquí a Itró "Jovav". Rashi explica que éste era uno de sus nombres porque amaba la Torá. Otros comentaristas señalan que cada uno de los nombres de Itró representa una transformación espiritual. No estamos frente a un hombre estático. Estamos frente a alguien que tuvo el coraje de cambiar.
El Midrash enseña que Itró había conocido todas las formas de idolatría existentes en el mundo antiguo. Había probado todas las respuestas que el mundo ofrecía. Había recorrido todos los caminos posibles. Y precisamente por eso, cuando reconoció la verdad de D´s, su testimonio tuvo un valor extraordinario.
La grandeza de Jovav-Itró no consistió en tener siempre razón. Consistió en saber corregirse cuando descubrió que estaba equivocado. Tuvo la humildad de abandonar creencias falsas cuando comprendió que no lo acercaban a la verdad. Tuvo la valentía de reconocer que años de convicciones podían estar equivocadas.
Ese es uno de los rasgos más escasos de cualquier época.
La mayoría de las personas prefieren aferrarse a sus errores antes que reconocerlos. Prefieren defender una mentira durante años antes que aceptar que estuvieron equivocadas. Prefieren proteger su orgullo antes que buscar la verdad.
Itró hizo exactamente lo contrario.
Abandonó prestigio, poder, influencia y creencias para acercarse a D´s. Fue capaz de decir: "Hasta aquí llegué. Esto era falso. Debo cambiar".
Por eso tuvo tantos nombres. Porque no fue la misma persona durante toda su vida. Creció. Evolucionó. Aprendió.
Mientras Itró representa el crecimiento espiritual y la capacidad de evolucionar, la misma parashá nos muestra al pueblo cayendo en una actitud completamente diferente.
El pueblo había sido liberado de Egipto. Había visto las Diez Plagas. Había cruzado el Mar Rojo. Había recibido la Torá en Sinaí. Vivía rodeado de milagros cotidianos. Las Nubes de Gloria los protegían. El agua los acompañaba. El maná descendía cada mañana desde el cielo.
Sin embargo, comenzaron a quejarse.
No porque les faltara comida.
No porque estuvieran muriendo de hambre.
No porque D´s los hubiera abandonado.
Se quejaban porque querían otra comida.
"Recordamos el pescado que comíamos en Egipto", dijeron.
Y aquí Rashi, citando a nuestros Sabios, realiza una observación devastadora. Aquella nostalgia estaba construida sobre una mentira. El pueblo idealizaba una esclavitud brutal. Comenzaban a recordar únicamente aquello que les resultaba conveniente recordar.
La memoria humana tiene una capacidad extraordinaria para embellecer el pasado cuando necesita justificar una queja en el presente.
Los esclavos de ayer se transformaban de repente en nostálgicos de Egipto.
El Midrash va todavía más lejos. Enseña que el problema nunca fue el pescado. Nunca fueron los pepinos. Nunca fueron los melones. La comida era simplemente una excusa. La verdadera queja era contra las responsabilidades espirituales que implicaba la libertad.
Porque la libertad auténtica exige asumir responsabilidades.
La esclavitud libera de responsabilidades porque siempre existe alguien a quien culpar.
El hombre libre debe hacerse cargo de sus decisiones.
Y eso era precisamente lo que muchos no querían.
Moshé escucha las quejas interminables del pueblo, observa una sociedad que ha perdido de vista todo lo que recibió y siente que ya no puede cargar solo con semejante situación. Más adelante, cuando Miriam es castigada con tzaraat, eleva una de las plegarias más famosas de toda la Torá: "El Na Refa Na La" — "Por favor, cúrala".
Nuestros Sabios destacan la extraordinaria sencillez de esa oración. Cinco palabras. Ninguna sobra.
Pero quizás esa súplica encierra también una enseñanza mucho más amplia.
Porque hay cuerpos enfermos.
Y también existen sociedades enfermas.
Existe una enfermedad que lleva a las personas a olvidar los milagros que reciben.
Existe una enfermedad que transforma la abundancia en insuficiencia.
Existe una enfermedad que convierte la gratitud en resentimiento.
Existe una enfermedad que hace que alguien reciba todos los días el maná del cielo y aun así encuentre motivos para protestar.
Y quizás esa sea la verdadera enfermedad que atraviesa toda la parashá.
"Por favor, cúrala."
Cura la incapacidad de agradecer.
Cura la obsesión por lo que falta.
Cura la dependencia emocional de la queja.
Cura la necesidad permanente de sentirse víctima.
Cura la ceguera frente a las bendiciones que ya están presentes.
Porque cuando leemos las quejas del pueblo resulta imposible no pensar en fenómenos que siguen existiendo en nuestra época.
La Torá jamás condena al necesitado. Todo lo contrario. El judaísmo obliga a ayudar al pobre, al huérfano, a la viuda y a quien atraviesa dificultades. La tzedaká es una mitzvá fundamental.
Pero la Torá sí condena una mentalidad que transforma la ayuda en una forma permanente de vida y convierte la gratitud en una exigencia infinita.
El pueblo recibía alimento directamente del cielo y aun así protestaba.
No faltaba comida.
Faltaba agradecimiento.
Y esa misma lógica aparece muchas veces en sociedades modernas donde sectores enteros viven convencidos de que todo les es debido y nada merece reconocimiento.
Reciben ayuda, subsidios, asistencia y oportunidades financiadas por el esfuerzo de otros, pero en lugar de utilizarlas como herramientas para levantarse y construir autonomía, las convierten en una plataforma para nuevos reclamos.
Lo que ayer era una ayuda extraordinaria hoy se considera insuficiente.
Lo que ayer generaba agradecimiento hoy genera enojo.
Lo que ayer era una oportunidad hoy es presentado como una obligación eterna.
La mentalidad del desierto sigue viva.
Nunca alcanza.
Nunca es suficiente.
Nunca hay satisfacción.
Porque el problema ya no está en la comida.
El problema está en la actitud.
Buena parte de la izquierda moderna ha construido su discurso alrededor de esta lógica de la queja permanente. No la solidaridad, que es un valor noble y necesario, sino la victimización constante. No la ayuda para crecer, sino la dependencia como proyecto político.
En lugar de promover responsabilidad individual, mérito, esfuerzo y crecimiento, muchas veces promueve la idea de que siempre existe otro culpable de nuestros problemas y siempre existe alguien más obligado a resolverlos.
La cultura de la responsabilidad es reemplazada por la cultura de la excusa.
La cultura del agradecimiento es reemplazada por la cultura del resentimiento.
La cultura del deber es reemplazada por la cultura del derecho infinito.
Y cuando eso ocurre, el resultado es exactamente el mismo que observamos en el desierto.
Nada alcanza.
Nada satisface.
Nada conforma.
Porque quien convierte la queja en una forma de vida jamás encontrará suficiente.
El Talmud pregunta: "¿Quién es rico?". Y responde: "Aquel que está feliz con su porción".
Qué definición revolucionaria para una época obsesionada con reclamar cada vez más.
La riqueza comienza con la gratitud.
La pobreza espiritual comienza con la incapacidad de reconocer lo que uno ya posee.
Jovav-Itró comprendió esta verdad.
Por eso pudo cambiar.
Por eso pudo crecer.
Por eso pudo acercarse a D´s.
Observó los milagros y reconoció su grandeza.
Los quejosos observaron los mismos milagros y preguntaron qué más podían recibir.
Uno eligió la gratitud.
Los otros eligieron la insatisfacción.
Uno cambió de nombre porque evolucionó.
Los otros permanecieron atrapados en la mentalidad de Egipto aun después de haber salido de Egipto.
Tal vez esa sea la enseñanza central de Behalotja.
La libertad no consiste solamente en abandonar una tierra de esclavitud.
La verdadera libertad consiste en abandonar una mentalidad de esclavitud.
Consiste en dejar de vivir instalados en la queja.
Consiste en dejar de buscar culpables para todo.
Consiste en asumir responsabilidades.
Consiste en reconocer las bendiciones que D´s coloca cada día frente a nosotros.
Consiste en tener la humildad de Jovav-Itró para corregirse cuando descubre la verdad.
Porque las personas crecen cuando aprenden a agradecer.
Las familias crecen cuando aprenden a agradecer.
Las comunidades crecen cuando aprenden a agradecer.
Y los países crecen cuando premian el esfuerzo más que la dependencia, la responsabilidad más que la excusa y la construcción más que el resentimiento.
Que podamos aprender de Jovav-Itró la valentía de cambiar cuando descubrimos la verdad, que no caigamos en la trampa de aquellos que recibieron milagros diarios y aun así eligieron quejarse, y que sepamos escuchar el eco de aquella plegaria eterna: "Por favor, cúrala". Cura nuestras divisiones, cura nuestra ingratitud, cura nuestra incapacidad de reconocer el bien que recibimos, cura la enfermedad de la queja permanente y ayúdanos a construir una vida basada en la responsabilidad, la verdad y la gratitud.
Quiera D´s que el pueblo de Israel, la Argentina y todo el mundo sepan distinguir entre la ayuda que fortalece y la dependencia que esclaviza, entre la solidaridad que construye y la victimización que destruye, para que podamos avanzar hacia un futuro de libertad, prosperidad, dignidad y bendición.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein