El
Séfer Bamidbar comienza con una imagen profundamente incómoda para gran parte
del pensamiento político moderno: un pueblo organizado alrededor de una
identidad común, una misión trascendente y una estructura clara. No aparece una
multitud sin raíces ni una sociedad basada en individualismo absoluto. Aparece
una nación. Con tribus. Con familias. Con responsabilidades. Con límites. Con
autoridad. Con centro espiritual. Y justamente por eso Bamidbar sigue siendo
tan actual, porque desafía muchas de las ideas que dominan hoy el discurso
cultural y político de Occidente.
Rashi
explica que D´s cuenta al pueblo constantemente por amor, como alguien que
vuelve a contar sus tesoros. Pero la Torá no entiende el amor como permisividad
infinita ni como eliminación de toda exigencia. El amor verdadero implica
reconocer el valor de cada persona y, al mismo tiempo, exigirle
responsabilidad. El problema de gran parte de la cultura política contemporánea
es que transformó toda responsabilidad en “opresión” y toda norma en “violencia
simbólica”. Se instaló la idea de que cualquier límite impuesto por la tradición,
la nación, la religión o incluso la realidad biológica debe ser automáticamente
cuestionado. Bamidbar enseña exactamente lo contrario: una sociedad solo puede
sostenerse cuando entiende que libertad no significa ausencia de estructura.
El
Midrash describe cómo cada tribu tenía su bandera, su lugar y su identidad
particular alrededor del Mishkán. Esto es fascinante porque la Torá logra
equilibrar dos conceptos que hoy parecen imposibles de unir: diversidad y
unidad. Cada tribu era distinta, pero todas formaban parte del mismo pueblo. La
identidad colectiva no anulaba las diferencias; las ordenaba. La izquierda
moderna, en cambio, suele caer en una contradicción permanente. Por un lado,
predica multiculturalismo radical, pero por otro destruye cualquier identidad
nacional o civilizatoria que intente sostener cohesión. Se celebra toda
diferencia excepto aquella vinculada a tradición, patriotismo, religión o
identidad judía. Se exige respeto por todas las culturas salvo por la propia
civilización occidental o judeocristiana, que debe vivir en permanente culpa y
deconstrucción.
Bamidbar
también destruye la fantasía romántica del caos como forma superior de
moralidad. El campamento de Israel no era una asamblea eterna ni una anarquía
emocional. Había jerarquías. Había liderazgo. Había normas concretas. Había
roles definidos. Moshé lidera, Aarón sirve espiritualmente, los levitas
custodian el Mishkán y cada tribu ocupa un lugar específico. El Talmud enseña
que “el mundo se sostiene por justicia, verdad y paz”. Ninguna de esas tres
cosas puede existir en una sociedad donde toda autoridad es demonizada
automáticamente. Hoy vemos generaciones enteras educadas para desconfiar de
cualquier institución: familia, escuela, ejército, policía, tradición
religiosa, Estado nacional. El resultado no fue más libertad ni más felicidad.
Fue fragmentación, nihilismo y una profunda crisis de sentido.
El
Midrash Rabá explica que la Torá fue entregada en el desierto porque el
desierto pertenece a todos. Pero eso no significa relativismo moral. La Torá es
accesible para todos, sí, pero exige compromiso. No adapta la verdad a cada
capricho ideológico del momento. Y acá aparece uno de los grandes conflictos
contemporáneos: vivimos en una época que idolatra la subjetividad. “Mi verdad”,
“tu verdad”, “sus narrativas”. Todo se vuelve relativo excepto las consignas
del progresismo, que curiosamente son defendidas con fanatismo casi religioso.
Bamidbar nos recuerda que una sociedad no puede sobrevivir si elimina
completamente la noción de verdad objetiva.
Rashi
comenta que el pueblo fue contado “según sus ejércitos”. Esto también incomoda
muchísimo a cierta sensibilidad moderna que romantiza la vulnerabilidad y
demoniza cualquier noción de fuerza o defensa. La Torá entiende que un pueblo
debe ser capaz de protegerse. La existencia judía misma lo demuestra
históricamente. Cada vez que los judíos dependieron exclusivamente de la
compasión ajena, terminaron perseguidos, expulsados o asesinados. El Talmud
afirma: “Si alguien viene a matarte, levántate primero”. No es odio. Es
supervivencia. Pero hoy vemos sectores políticos que justifican terrorismo bajo
discursos de resistencia mientras exigen pasividad moral a las víctimas. Se
normaliza el antisemitismo cuando viene disfrazado de militancia
“anticolonial”. Se relativizan masacres si los asesinos encajan en la narrativa
ideológica correcta. Y luego esos mismos sectores hablan de derechos humanos.
El
problema de muchas corrientes de izquierda no es solamente económico o
político; es profundamente moral. Construyeron una cosmovisión donde el
victimismo reemplazó a la ética. Ya no importa qué hace una persona o un grupo,
sino qué lugar ocupa dentro de la jerarquía ideológica de víctimas y opresores.
Si alguien es etiquetado como “oprimido”, automáticamente recibe indulgencia
moral. Bamidbar rechaza completamente esa lógica. La Torá juzga acciones, no
eslóganes identitarios. Un esclavo liberado puede convertirse también en
alguien ingrato, violento o corrupto. Haber sufrido no convierte
automáticamente a nadie en moralmente superior.
El
episodio del desierto muestra repetidamente cómo el pueblo cae en quejas
constantes aun después de milagros inmensos. El Midrash critica esa actitud de
victimización permanente. Y resulta imposible no pensar en cómo gran parte de
la política actual convirtió el resentimiento en identidad. Se educa a
generaciones enteras para verse a sí mismas como víctimas estructurales
eternas, incapaces de asumir agencia personal. Todo fracaso debe ser culpa del
sistema, del capitalismo, de Occidente, del “privilegio” ajeno o de alguna
conspiración abstracta. La Torá, en cambio, exige responsabilidad individual y
colectiva. Incluso cuando existen injusticias reales, la respuesta judía
tradicional nunca fue glorificar la impotencia sino construir, trabajar,
estudiar y fortalecerse.
El
Mishkán en el centro del campamento representa otra idea revolucionaria: una
sociedad necesita un núcleo moral trascendente. Cuando desaparece lo sagrado,
algo ocupa inevitablemente ese lugar. Y hoy vemos claramente qué lo reemplazó
muchas veces: ideologías políticas convertidas en religión secular. Hay dogmas,
herejes, rituales de pureza ideológica y cancelación pública. Se exige adhesión
emocional absoluta a consignas cambiantes. Quien cuestiona ciertos relatos
automáticamente es tratado como enemigo moral. La diferencia es que esas nuevas
religiones políticas carecen de la profundidad ética y espiritual que sí posee
la tradición judía.
Pirkei
Avot enseña que “donde no hay hombres, esfuérzate por ser hombre”. Bamidbar
muestra liderazgo basado en responsabilidad y sacrificio, no en marketing
emocional. Hoy abundan dirigentes que viven de dividir sociedades, alimentar
resentimientos y fabricar enemigos permanentes porque políticamente eso rinde.
La cultura de la indignación constante genera poder, clics y militancia
fanática. Pero destruye convivencia, verdad y racionalidad.
La
Torá tampoco idealiza la pobreza. Existe obligación de ayudar al necesitado,
sí, pero jamás se glorifica la dependencia eterna. El judaísmo valora el
trabajo, la iniciativa y la dignidad personal. El Talmud incluso enseña que
darle empleo a alguien es una forma superior de caridad respecto a simplemente
darle dinero. Qué lejos quedó eso de ciertos discursos que necesitan ciudadanos
dependientes, resentidos y convencidos de que el Estado debe resolver
absolutamente todo mientras se destruye el mérito y se castiga al que produce.
También
es notable cómo Bamidbar enfatiza genealogía, continuidad y transmisión entre
generaciones. En una época donde se intenta romper constantemente el vínculo
entre pasado y presente, la Torá insiste en memoria e identidad. Un pueblo sin
memoria es extremadamente manipulable. Por eso tantos movimientos ideológicos
necesitan reescribir historia, destruir símbolos nacionales o ridiculizar
tradiciones religiosas. Una sociedad desconectada de sus raíces pierde
capacidad de resistencia cultural.
El
desierto representa incertidumbre, pero también formación. Israel no entra
inmediatamente a la Tierra Prometida porque primero debe aprender a convertirse
en nación. Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes para nuestro
tiempo: no alcanza con derribar estructuras; hay que saber construir algo
mejor. Mucha militancia contemporánea sabe protestar, cancelar y destruir, pero
tiene enormes dificultades para crear sociedades funcionales, seguras y
moralmente coherentes.
El
Talmud enseña que no todo lo legal es necesariamente justo, pero tampoco todo
lo emocional es correcto. Hoy domina muchas veces la política de la emoción
inmediata: indignación instantánea, consignas virales y sentimentalismo
superficial. Bamidbar obliga a pensar más profundamente. Obliga a preguntarse
qué sostiene realmente a una civilización a largo plazo. Y la respuesta de la
Torá no cambió en miles de años: familia, responsabilidad, identidad, justicia,
memoria, espiritualidad y verdad.
Quiera
D’s que sepamos aprender de Bamidbar que una nación no se construye destruyendo
sus raíces sino fortaleciéndolas; que la compasión jamás debe transformarse en
ingenuidad frente al mal; que el pueblo judío nunca tenga que avergonzarse de
defender su existencia, su historia y su identidad; y que podamos vivir en
sociedades donde la libertad no sea caos, donde la justicia no sea propaganda
ideológica y donde la verdad vuelva a valer más que las consignas del momento.
Shabat
Shalom!
Lucas Fisbein
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