lunes, 11 de mayo de 2026

Bamidbar 5786

 

El Séfer Bamidbar comienza con una imagen profundamente incómoda para gran parte del pensamiento político moderno: un pueblo organizado alrededor de una identidad común, una misión trascendente y una estructura clara. No aparece una multitud sin raíces ni una sociedad basada en individualismo absoluto. Aparece una nación. Con tribus. Con familias. Con responsabilidades. Con límites. Con autoridad. Con centro espiritual. Y justamente por eso Bamidbar sigue siendo tan actual, porque desafía muchas de las ideas que dominan hoy el discurso cultural y político de Occidente.

Rashi explica que D´s cuenta al pueblo constantemente por amor, como alguien que vuelve a contar sus tesoros. Pero la Torá no entiende el amor como permisividad infinita ni como eliminación de toda exigencia. El amor verdadero implica reconocer el valor de cada persona y, al mismo tiempo, exigirle responsabilidad. El problema de gran parte de la cultura política contemporánea es que transformó toda responsabilidad en “opresión” y toda norma en “violencia simbólica”. Se instaló la idea de que cualquier límite impuesto por la tradición, la nación, la religión o incluso la realidad biológica debe ser automáticamente cuestionado. Bamidbar enseña exactamente lo contrario: una sociedad solo puede sostenerse cuando entiende que libertad no significa ausencia de estructura.

El Midrash describe cómo cada tribu tenía su bandera, su lugar y su identidad particular alrededor del Mishkán. Esto es fascinante porque la Torá logra equilibrar dos conceptos que hoy parecen imposibles de unir: diversidad y unidad. Cada tribu era distinta, pero todas formaban parte del mismo pueblo. La identidad colectiva no anulaba las diferencias; las ordenaba. La izquierda moderna, en cambio, suele caer en una contradicción permanente. Por un lado, predica multiculturalismo radical, pero por otro destruye cualquier identidad nacional o civilizatoria que intente sostener cohesión. Se celebra toda diferencia excepto aquella vinculada a tradición, patriotismo, religión o identidad judía. Se exige respeto por todas las culturas salvo por la propia civilización occidental o judeocristiana, que debe vivir en permanente culpa y deconstrucción.

Bamidbar también destruye la fantasía romántica del caos como forma superior de moralidad. El campamento de Israel no era una asamblea eterna ni una anarquía emocional. Había jerarquías. Había liderazgo. Había normas concretas. Había roles definidos. Moshé lidera, Aarón sirve espiritualmente, los levitas custodian el Mishkán y cada tribu ocupa un lugar específico. El Talmud enseña que “el mundo se sostiene por justicia, verdad y paz”. Ninguna de esas tres cosas puede existir en una sociedad donde toda autoridad es demonizada automáticamente. Hoy vemos generaciones enteras educadas para desconfiar de cualquier institución: familia, escuela, ejército, policía, tradición religiosa, Estado nacional. El resultado no fue más libertad ni más felicidad. Fue fragmentación, nihilismo y una profunda crisis de sentido.

El Midrash Rabá explica que la Torá fue entregada en el desierto porque el desierto pertenece a todos. Pero eso no significa relativismo moral. La Torá es accesible para todos, sí, pero exige compromiso. No adapta la verdad a cada capricho ideológico del momento. Y acá aparece uno de los grandes conflictos contemporáneos: vivimos en una época que idolatra la subjetividad. “Mi verdad”, “tu verdad”, “sus narrativas”. Todo se vuelve relativo excepto las consignas del progresismo, que curiosamente son defendidas con fanatismo casi religioso. Bamidbar nos recuerda que una sociedad no puede sobrevivir si elimina completamente la noción de verdad objetiva.

Rashi comenta que el pueblo fue contado “según sus ejércitos”. Esto también incomoda muchísimo a cierta sensibilidad moderna que romantiza la vulnerabilidad y demoniza cualquier noción de fuerza o defensa. La Torá entiende que un pueblo debe ser capaz de protegerse. La existencia judía misma lo demuestra históricamente. Cada vez que los judíos dependieron exclusivamente de la compasión ajena, terminaron perseguidos, expulsados o asesinados. El Talmud afirma: “Si alguien viene a matarte, levántate primero”. No es odio. Es supervivencia. Pero hoy vemos sectores políticos que justifican terrorismo bajo discursos de resistencia mientras exigen pasividad moral a las víctimas. Se normaliza el antisemitismo cuando viene disfrazado de militancia “anticolonial”. Se relativizan masacres si los asesinos encajan en la narrativa ideológica correcta. Y luego esos mismos sectores hablan de derechos humanos.

El problema de muchas corrientes de izquierda no es solamente económico o político; es profundamente moral. Construyeron una cosmovisión donde el victimismo reemplazó a la ética. Ya no importa qué hace una persona o un grupo, sino qué lugar ocupa dentro de la jerarquía ideológica de víctimas y opresores. Si alguien es etiquetado como “oprimido”, automáticamente recibe indulgencia moral. Bamidbar rechaza completamente esa lógica. La Torá juzga acciones, no eslóganes identitarios. Un esclavo liberado puede convertirse también en alguien ingrato, violento o corrupto. Haber sufrido no convierte automáticamente a nadie en moralmente superior.

El episodio del desierto muestra repetidamente cómo el pueblo cae en quejas constantes aun después de milagros inmensos. El Midrash critica esa actitud de victimización permanente. Y resulta imposible no pensar en cómo gran parte de la política actual convirtió el resentimiento en identidad. Se educa a generaciones enteras para verse a sí mismas como víctimas estructurales eternas, incapaces de asumir agencia personal. Todo fracaso debe ser culpa del sistema, del capitalismo, de Occidente, del “privilegio” ajeno o de alguna conspiración abstracta. La Torá, en cambio, exige responsabilidad individual y colectiva. Incluso cuando existen injusticias reales, la respuesta judía tradicional nunca fue glorificar la impotencia sino construir, trabajar, estudiar y fortalecerse.

El Mishkán en el centro del campamento representa otra idea revolucionaria: una sociedad necesita un núcleo moral trascendente. Cuando desaparece lo sagrado, algo ocupa inevitablemente ese lugar. Y hoy vemos claramente qué lo reemplazó muchas veces: ideologías políticas convertidas en religión secular. Hay dogmas, herejes, rituales de pureza ideológica y cancelación pública. Se exige adhesión emocional absoluta a consignas cambiantes. Quien cuestiona ciertos relatos automáticamente es tratado como enemigo moral. La diferencia es que esas nuevas religiones políticas carecen de la profundidad ética y espiritual que sí posee la tradición judía.

Pirkei Avot enseña que “donde no hay hombres, esfuérzate por ser hombre”. Bamidbar muestra liderazgo basado en responsabilidad y sacrificio, no en marketing emocional. Hoy abundan dirigentes que viven de dividir sociedades, alimentar resentimientos y fabricar enemigos permanentes porque políticamente eso rinde. La cultura de la indignación constante genera poder, clics y militancia fanática. Pero destruye convivencia, verdad y racionalidad.

La Torá tampoco idealiza la pobreza. Existe obligación de ayudar al necesitado, sí, pero jamás se glorifica la dependencia eterna. El judaísmo valora el trabajo, la iniciativa y la dignidad personal. El Talmud incluso enseña que darle empleo a alguien es una forma superior de caridad respecto a simplemente darle dinero. Qué lejos quedó eso de ciertos discursos que necesitan ciudadanos dependientes, resentidos y convencidos de que el Estado debe resolver absolutamente todo mientras se destruye el mérito y se castiga al que produce.

También es notable cómo Bamidbar enfatiza genealogía, continuidad y transmisión entre generaciones. En una época donde se intenta romper constantemente el vínculo entre pasado y presente, la Torá insiste en memoria e identidad. Un pueblo sin memoria es extremadamente manipulable. Por eso tantos movimientos ideológicos necesitan reescribir historia, destruir símbolos nacionales o ridiculizar tradiciones religiosas. Una sociedad desconectada de sus raíces pierde capacidad de resistencia cultural.

El desierto representa incertidumbre, pero también formación. Israel no entra inmediatamente a la Tierra Prometida porque primero debe aprender a convertirse en nación. Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes para nuestro tiempo: no alcanza con derribar estructuras; hay que saber construir algo mejor. Mucha militancia contemporánea sabe protestar, cancelar y destruir, pero tiene enormes dificultades para crear sociedades funcionales, seguras y moralmente coherentes.

El Talmud enseña que no todo lo legal es necesariamente justo, pero tampoco todo lo emocional es correcto. Hoy domina muchas veces la política de la emoción inmediata: indignación instantánea, consignas virales y sentimentalismo superficial. Bamidbar obliga a pensar más profundamente. Obliga a preguntarse qué sostiene realmente a una civilización a largo plazo. Y la respuesta de la Torá no cambió en miles de años: familia, responsabilidad, identidad, justicia, memoria, espiritualidad y verdad.

Quiera D’s que sepamos aprender de Bamidbar que una nación no se construye destruyendo sus raíces sino fortaleciéndolas; que la compasión jamás debe transformarse en ingenuidad frente al mal; que el pueblo judío nunca tenga que avergonzarse de defender su existencia, su historia y su identidad; y que podamos vivir en sociedades donde la libertad no sea caos, donde la justicia no sea propaganda ideológica y donde la verdad vuelva a valer más que las consignas del momento.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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