lunes, 4 de mayo de 2026

Behar-Bejucotai 5786

 

En las parashot Behar y Bejukotai, que juntas sellan el cierre del libro de Vaikrá, la Torá plantea una de las visiones más exigentes y, a la vez, más incómodas sobre la justicia social. No es una idea romántica ni un slogan adaptable a cualquier ideología: es un sistema moral concreto que regula la economía, la conducta interpersonal y la responsabilidad colectiva. No habla de intenciones, habla de acciones. No se queda en la emoción, sino que establece límites claros al poder y obligaciones activas hacia el otro.

En Behar, la Torá ordena: “y si tu hermano empobrece… lo sostendrás… y vivirá contigo”. Este pasaje no solo define una obligación, sino que redefine el concepto mismo de ayuda. No se trata de asistir cuando el otro ya cayó, ni de dar desde una posición de superioridad, sino de sostener antes de la caída. La diferencia es abismal. Una sociedad que actúa preventivamente evita la degradación; una que llega tarde solo administra el daño.

Rashi explica con una claridad brutal que “sostener” implica intervenir en el inicio del deterioro. Su famosa analogía del burro cargado no es solo una imagen didáctica, es una crítica directa a la pasividad: mientras el animal está en pie, un pequeño esfuerzo alcanza; cuando ya está en el suelo, el esfuerzo es enorme y muchas veces inútil. Traducido a la vida social: ayudar temprano preserva la dignidad; ayudar tarde muchas veces la pierde.

La Torá, entonces, no tolera la indiferencia ni el oportunismo. No hay lugar para el “llego cuando conviene” ni para el asistencialismo que busca reconocimiento más que solución real. Exige compromiso constante, silencioso, incómodo. Y, sobre todo, exige que la ayuda no sea un instrumento de control.

En ese mismo eje, la prohibición de cobrar interés al necesitado no es solo una norma económica, sino un principio ético profundo. El Talmud, en el tratado Bava Metzía, lo deja en términos contundentes: quien presta con interés está destruyendo el tejido social. No es simplemente “ganar dinero”, es convertir la necesidad en dependencia estructural. Es transformar una situación de debilidad en una oportunidad de dominación.

Los Sabios llegan a una afirmación extrema: es como negar la salida de Egipto. ¿Por qué una comparación tan fuerte? Porque Egipto simboliza el sistema que reduce al ser humano a un medio. El que lucra con la desesperación ajena repite ese modelo, aunque lo haga con formas modernas y legales.

El Midrash Rabá suma otra dimensión clave: D’s no se deja impresionar por discursos. No mide declaraciones, mide realidades. El clamor del oprimido, del que no tiene voz ni visibilidad, tiene prioridad absoluta. Esto destruye cualquier construcción donde la justicia social se convierte en un relato mientras en la práctica se perpetúa la desigualdad.

Y acá aparece una tensión inevitable con muchos sistemas contemporáneos. Existen modelos políticos que hacen de la “justicia social” una bandera central, pero que en la práctica generan dependencia crónica, desalientan el esfuerzo y consolidan estructuras donde el individuo pierde autonomía. Cuando ayudar se convierte en una herramienta para controlar, ya no es ayuda: es dominación disfrazada.

La Torá es tajante en este punto: ayudar es liberar, no someter. Sostener es levantar, no atar. Una sociedad sana no necesita pobres para justificarse; trabaja para que cada vez haya menos. Cuando un sistema necesita perpetuar la vulnerabilidad para sostener su narrativa, está en contradicción directa con el espíritu de la Torá.

En este contexto también es necesario analizar críticamente al comunismo. Superficialmente, puede parecer que comparte ciertos valores con la Torá: preocupación por el pobre, límites a la acumulación, redistribución. Pero es una similitud engañosa. La Torá no elimina la propiedad privada ni diluye la responsabilidad individual. Al contrario: la refuerza, pero la condiciona moralmente.

El comunismo clásico busca igualar desde arriba, imponiendo un esquema donde el individuo queda subordinado al Estado. La historia mostró que esto no solo no resolvió la injusticia, sino que generó nuevas formas de opresión, anulando la iniciativa personal y concentrando poder en pocas manos. La Torá, en cambio, propone un equilibrio mucho más exigente: reconoce la propiedad, pero obliga a usarla con responsabilidad; permite el crecimiento, pero prohíbe el abuso; defiende la libertad, pero no tolera la indiferencia.

No se trata de un sistema económico en términos modernos, sino de un marco ético que atraviesa cualquier sistema. Y ese marco exige algo que ninguna ideología puede reemplazar: conciencia moral.

En Bejukotai, la Torá lleva este planteo a su conclusión lógica. Si la sociedad actúa conforme a estos principios, hay bendición: estabilidad, prosperidad, paz. Si los ignora, hay consecuencias. No como castigo arbitrario, sino como resultado natural de un sistema que se degrada. Cuando la justicia desaparece, la confianza se rompe. Cuando la dignidad se pierde, la sociedad se fragmenta. Y cuando la responsabilidad se diluye, todo colapsa.

Esto es quizás lo más incómodo del mensaje: no hay escapatoria ideológica. Ni el capitalismo sin límites, que convierte todo en mercancía, ni los sistemas que en nombre de la igualdad destruyen la iniciativa y la responsabilidad, cumplen con la exigencia de la Torá. Ambos fallan en puntos esenciales porque ignoran el equilibrio que la Torá demanda.

Behar y Bejukotai no proponen un modelo cómodo. Proponen un desafío permanente: construir una sociedad donde la ayuda sea obligación real, donde la dignidad del otro sea inviolable y donde cada decisión económica tenga un peso espiritual.

Porque, en definitiva, todo se reduce a una pregunta simple y brutal: ¿qué hacés con el otro cuando lo tenés enfrente? No cuando hablás de él, no cuando lo usás como argumento, sino cuando depende de vos.

Ahí se define todo.

Quiera D’s que tengamos la lucidez y la valentía de construir una sociedad donde la ayuda no sea una herramienta de poder, donde la justicia no sea un discurso vacío, y donde cada persona tenga la posibilidad real de levantarse, crecer y vivir con dignidad.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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