lunes, 29 de diciembre de 2025

Vaiejí 5786


Parashat Vaiejí, la última del libro de Bereshit, no comienza con muerte sino con vida: “Vaiejí Yaakov” —“Y vivió Yaakov”—. Sin embargo, inmediatamente la Torá nos conduce a sus últimos días. Nuestros sabios ya notaron esta aparente contradicción. Rashí, citando al Midrash, explica que los justos, incluso después de morir, siguen siendo llamados “vivos”. Pero hay algo más profundo: el final de la vida no es un detalle técnico, sino un momento cargado de santidad y sentido.

Yaakov dedica sus últimas fuerzas no a bienes materiales ni a honores, sino a una petición insistente: no ser enterrado en Egipto —“Al na tikbereni beMitzraim”. Rashí explica que Yaakov temía que Egipto se convirtiera en un centro de idolatría, que su cuerpo fuera objeto de culto y, según el Midrash, que su cuerpo sufriera cuando la tierra de Egipto fuera golpeada por las plagas futuras. De aquí aprendemos que el entierro no es una cuestión logística, sino espiritual, histórica y moral.

El Talmud (Sanhedrín 46b) enseña que el entierro es una mitzvá de la Torá, derivada de “kavor tikberenu”. No se trata solo de respeto humano, sino de un mandato divino. El cuerpo no es algo descartable: fue el instrumento mediante el cual el alma cumplió mitzvot, hizo el bien y dejó huella en el mundo. Por eso merece dignidad incluso cuando la vida ya no lo habita.

El Midrash destaca que ocuparse del entierro es el máximo “jesed shel emet”, una bondad verdadera, porque no espera retribución. Por eso Yaakov no confía esta misión a cualquiera, sino a Iosef. Cumplirla implicaba esfuerzo, riesgos políticos y presentarse ante Paró, pero justamente ahí se revela la grandeza del acto: el amor más puro es el que se hace sin esperar nada a cambio.

La Torá describe luego una procesión fúnebre imponente. Rashí subraya que incluso los egipcios reconocieron la grandeza de Yaakov y acompañaron su duelo. De aquí aprendemos que el respeto por los muertos ennoblece también a los vivos. Una sociedad se mide por cómo trata a quienes ya no pueden defenderse.

El Zohar agrega una dimensión aún más profunda: el lugar de entierro conecta el alma con la tierra que le corresponde espiritualmente. Por eso Yaakov insiste en ser enterrado en Majpelá, junto a Abraham e Itzjak. No es nostalgia ni sentimentalismo: es afirmar que la continuidad del pueblo judío no se rompe ni siquiera con la muerte. El entierro en Eretz Israel es identidad, pertenencia y fe en el futuro.

No es casual que esta parashá sea “cerrada”, sin espacios en el Sefer Torá. El Midrash explica que con la muerte de Yaakov se “cerraron los ojos y el corazón” del pueblo ante el exilio que se avecinaba. Pero incluso en ese cierre, Yaakov deja un mensaje abierto: mientras haya memoria, respeto y santidad en los actos finales, hay esperanza.

Parashat Vaiejí nos enseña que la vida se honra también en cómo se la despide. El entierro no es el final, sino una afirmación de sentido. Honrar al muerto es reconocer que cada cuerpo fue una historia sagrada y que ninguna vida pasa por el mundo sin valor ante D´s.

Quiera D’s que sepamos aprender de Yaakov que incluso en los últimos actos se revela la verdadera grandeza de una vida. Que honremos a nuestros muertos con santidad y verdad, que comprendamos el valor eterno del cuerpo que fue morada del alma, y que ese respeto profundo nos haga más sensibles, más humanos y más fieles a la Torá. Quiera D’s que, así como cuidamos el final, sepamos también santificar cada instante de vida.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein 

lunes, 22 de diciembre de 2025

Vaigash 5786

 

En Parashat Vaigash el eje no está en la negociación política entre hermanos ni en la resolución del hambre, sino en algo mucho más incómodo y profundo: el colapso emocional de Yosef. La Torá no romantiza ese momento. Dice, con crudeza, que Yosef “no pudo contenerse”. No es una revelación planificada; es una ruptura. El hombre más poderoso de Egipto pierde el control frente a aquellos que lo quebraron cuando era un adolescente. El llanto no es un detalle narrativo: es el corazón del texto.

Desde una lectura psicoanalítica, Yosef es un caso paradigmático. Freud describiría su recorrido como un ejemplo extremo de represión exitosa. Yosef sobrevive a una serie de traumas encadenados —odio fraterno, abandono, esclavitud, prisión— y logra no solo adaptarse sino sobresalir. Se transforma en administrador perfecto, en sujeto funcional, hiper-racional, eficiente. Todo en Yosef parece demostrar que el trauma fue “superado”. Pero Freud nos advierte: lo reprimido no desaparece, retorna. Y retorna, muchas veces, en el cuerpo.

El texto no dice que Yosef decide llorar. Dice que no puede más. El llanto irrumpe cuando la defensa cae. Durante años, Yosef sostuvo su identidad sobre una separación tajante: Yosef el hebreo fue anulado para que exista Tzafnat Paneaj, el virrey egipcio. Pero los hermanos reaparecen y el pasado irrumpe. El inconsciente no reconoce títulos ni jerarquías. La escena familiar reactiva lo que ningún éxito pudo sellar.

Rashi comenta que Yosef llora al ver a Biniamín, porque en él ve a su padre. Pero esa explicación, siendo cierta, no agota el fenómeno. El Midrash profundiza: Yosef llora repetidas veces, y cada llanto tiene un motivo distinto. Llora por el padre, por el hermano, por la traición, por el tiempo perdido, por lo que pudo haber sido. El Talmud agrega una capa aún más inquietante: Yosef llora también por el futuro, por los exilios venideros, por la destrucción del Templo en el territorio de Biniamín. El llanto no es solo memoria; es anticipación del dolor. Se llora también por lo que todavía no ocurrió pero ya se presiente.

En términos freudianos, Yosef es un sujeto que llega al punto donde la sublimación ya no alcanza. La sublimación permitió que el dolor se convierta en gestión, previsión, orden. Pero cuando Iehudá habla —y esto es clave— algo cambia. Iehudá no apela al poder ni al miedo; introduce la responsabilidad subjetiva. Habla del padre, del daño, de la imposibilidad de repetir la pérdida. Donde antes hubo negación y silencio, ahora hay palabra. El discurso de Iehudá no libera a Yosef porque sea bello, sino porque asume la culpa. Y cuando la culpa es asumida por el Otro, el síntoma ya no necesita sostenerse solo.

El llanto de Yosef es tan fuerte que Egipto lo escucha. El Midrash subraya este detalle: no es un llanto íntimo, controlado, decoroso. Es un estallido. La Torá nos dice que la reparación verdadera no es silenciosa. La represión se sostiene en lo privado; la verdad, cuando emerge, desborda. Hay algo profundamente incómodo en Vaigash: la reconciliación no es prolija. Hay gritos, lágrimas, confusión. No hay épica; hay humanidad.

Yosef llora antes de hablar. Ese orden no es casual. Primero cae la defensa, luego aparece la palabra. Solo después del llanto puede decir: “Yo soy Yosef”. Y recién más tarde puede elaborar teológicamente el sentido de lo vivido: “No fueron ustedes, fue D’s”. Esta frase, tan citada y tantas veces mal entendida, no borra la responsabilidad de los hermanos. No es una absolución barata. Es la posibilidad de reinscribir el trauma en una narrativa con sentido, algo que el psicoanálisis reconoce como condición para no quedar atrapado en la repetición.

Los hermanos, en cambio, actuaron sin palabra y luego callaron durante años. Yosef hizo lo inverso: calló durante años y ahora llora y habla. Por eso Yosef puede integrar su historia sin negarla. No olvida el daño, pero no queda definido por él. El perdón, en Vaigash, no nace del olvido sino de la elaboración.

Hay algo más inquietante aún: Yosef llora incluso después de la reconciliación. Llora al abrazar a Biniamín, llora al reencontrarse con Yaakov. La Torá no presenta el llanto como algo a “superar”, sino como parte del proceso de sanación. El judaísmo no idolatra la fortaleza emocional entendida como dureza. Al contrario: reconoce que hay momentos en los que la vulnerabilidad es la única forma de verdad.

Vaigash nos confronta con una pregunta incómoda: ¿cuántas identidades construimos para no sentir? ¿Cuántos éxitos funcionan como defensas? Yosef nos enseña que incluso la vida más lograda puede estar sostenida por un nudo no resuelto. Y que no hay redención sin atravesar ese nudo.

El llanto de Yosef no lo debilita; lo humaniza. No lo desautoriza como líder; lo convierte en uno verdadero. Porque solo quien se permite caer puede luego levantar a otros. Porque solo quien se reconcilia con su herida puede dejar de hacerla actuar.

Quiera D’s que aprendamos de Yosef a no temerle a nuestras lágrimas, a escuchar lo que retorna cuando el ruido se apaga, a transformar el dolor no negado en palabra, responsabilidad y encuentro, y a merecer que nuestras historias, aun las más rotas, puedan ser reescritas con sentido y esperanza.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 15 de diciembre de 2025

Miketz 5786

 

En Miketz hay una tensión profunda que atraviesa toda la parashá y que, lejos de ser antigua, define con crudeza nuestra época: cómo adaptarse a la realidad sin traicionarse. Yosef sale del pozo directo al palacio del faraón. No hay transición, no hay tiempo para procesar. Cambia de ropa, aprende un idioma nuevo, asume responsabilidades gigantescas y administra una potencia mundial. Se adapta con rapidez. Pero no se diluye. No se confunde adaptación con camuflaje.

Rashi subraya un detalle que suele pasar desapercibido: cuando Yosef interpreta los sueños, deja en claro que la sabiduría no es suya, sino de D’s. Está frente al hombre más poderoso del mundo y podría haberse vendido como un genio excepcional. No lo hace. Entiende perfectamente el código del poder, pero se niega a negociar la fuente. Ahí se marca una línea nítida: adaptarse al contexto no implica reescribirse para agradar.

El Midrash agrega una capa todavía más profunda. Yosef pone nombres hebreos a sus hijos —Menashé y Efraím— en pleno Egipto. No es un gesto folclórico; es una declaración. Menashé, “porque D’s me hizo olvidar el sufrimiento”, Efraím, “porque D’s me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción”. Yosef reconoce el dolor del exilio, pero no lo romantiza ni lo niega. Vive inmerso en una cultura ajena sin permitir que esa cultura redefina su esencia. Se integra, pero no se asimila.

El Talmud (Sotá 36b) presenta a Yosef como alguien que domina sus impulsos incluso cuando nadie lo ve. En la casa de Potifar, en la cárcel, en la soledad y luego en la cima del poder. La prueba no es solo moral; es identitaria. ¿Quién sos cuando adaptarte parece exigir que borres lo esencial? Yosef demuestra que la verdadera fortaleza no está en resistirse a todo ni en enfrentarse constantemente, sino en tener claridad absoluta sobre qué cosas no se negocian nunca.

Traído a la actualidad, Miketz incomoda porque nos pone frente a un espejo. Vivimos en un mundo que exige adaptación permanente: lenguaje, opiniones, silencios selectivos. En nombre de lo “correcto”, muchas veces se espera que uno se vuelva irreconocible. Que baje la voz, que relativice convicciones, que ajuste su identidad para no incomodar. Yosef nos enseña otra lógica: entendé el contexto, leé el clima, pero no uses la realidad como excusa para vaciarte por dentro.

Hoy vemos profesionales que progresan ocultando quiénes son, comunidades que eligen la invisibilidad para evitar conflictos, individuos que confunden integración con renuncia y prudencia con miedo. Miketz no propone aislamiento ni confrontación permanente; propone lucidez. Yosef gobierna Egipto y salva al mundo del hambre precisamente porque no se mimetiza. Su coherencia interior es lo que lo vuelve confiable incluso para un faraón que no comparte sus valores.

Hay una frase que atraviesa silenciosamente toda la parashá: D’s maneja los tiempos; el hombre maneja la fidelidad. Yosef pasa años olvidado, preso, injustamente tratado. No acelera el proceso a costa de sí mismo. No se abarata para salir antes. Cuando llega el giro, llega completo, porque no sacrificó su verdad en el camino.

Miketz nos deja una enseñanza incómoda pero necesaria: adaptarse no es traicionar, pero sobrevivir perdiéndose no es una victoria. Se puede hablar el idioma del mundo sin olvidar el lenguaje del alma. Se puede vivir en el sistema sin rendirle el espíritu. Y, al final, la historia no la escriben los que se diluyen para encajar, sino los que se mantienen fieles hasta que la realidad, tarde o temprano, se ve obligada a acomodarse a ellos.

Quiera D’s que sepamos vivir este equilibrio difícil: leer la realidad con inteligencia, atravesar los tiempos complejos con firmeza y adaptarnos sin renunciar a lo esencial, confiando en que cada proceso tiene su momento y que la fidelidad nunca es en vano.

Shabat Shalom

Lucas Fisbein

martes, 9 de diciembre de 2025

Vaieshev 5786


En Vaieshev encontramos uno de los episodios más dramáticos de la Torá: Yosef, un joven íntegro, es acusado falsamente por la esposa de Potifar. El Midrash relata que ella lo persiguió día tras día, intentando seducirlo y quebrar su voluntad. Al ver que Yosef seguía firme en sus valores, transformó el rechazo en una calumnia que arruinó su vida. Rashi explica que ella manipuló incluso la evidencia, tomando la prenda de Yosef como una supuesta “prueba” de su mentira. Así funciona la falsedad: no necesita hechos, necesita espectáculo. Pero la verdad no depende de los gritos de los falsos testigos, sino de la realidad que D’s conoce.

El Talmud enseña que “la falsedad no tiene pies”, porque no se sostiene por sí sola. Sin embargo, mientras avanza, puede destruir reputaciones, sembrar odio y torcer destinos. El Midrash señala que los sirvientes escucharon sus gritos y creyeron lo que querían creer, porque cuando alguien desea escuchar una mentira, cualquier relato se vuelve suficiente. Esa es la esencia de la propaganda: no convencer con verdad, sino seducir con emoción y alimentar prejuicios ya existentes.

A lo largo de la historia, el ataque al inocente siempre se vistió de causa justa. Hoy el pueblo judío vuelve a ver esa escena repetirse con precisión dolorosa. Los terroristas invaden, masacran y secuestran, pero el discurso los convierte en luchadores heroicos. Israel se defiende de quienes juran su destrucción, pero los titulares solo hablan de “desproporción”. Se utilizan hospitales, escuelas y mezquitas como bases terroristas, y el mundo mira hacia otro lado. Se liberan videos y pruebas de atrocidades, y muchos las descartan como “montajes”. Cuando no pueden negar los crímenes, entonces invierten la historia: los victimarios se muestran como víctimas, y las víctimas son acusadas de genocidas.

En Gaza, la población crece año tras año, pero se insiste en la acusación de genocidio, vaciando una palabra que debería estar reservada para la tragedia más oscura de la humanidad. Se difunden listas de supuestas víctimas civiles donde hasta aparecen nombres de muertos que luego se ven caminando en cámaras de televisión. Se banaliza la Shoá comparando a Israel con los nazis, intentando borrar la verdad histórica para justificar el odio actual. Se muestran sin descanso escombros en Gaza, pero jamás los miles de cohetes que los originaron. Se levantan banderas palestinas en nombre de la justicia, mientras se ignoran completamente las masacres en Siria o en Yemen, porque allí no hay un judío al cual acusar. Imágenes viejas, editadas o directamente falsas se vuelven argumento irrefutable, siempre y cuando incriminen a Israel. Universidades, que deberían educar pensamiento crítico, justifican el terrorismo como “liberación”, enseñando consignas en lugar de verdad.

La esposa de Potifar, en el siglo XXI, tiene cámara, Wi-Fi y campaña de prensa. La mentira es ahora profesional, emocional e instantánea. Ya no necesita hechos; solo necesita likes, clics y un público predispuesto a odiar.

Así como Yosef fue encarcelado no por lo que hizo, sino porque era más cómodo creer la mentira que enfrentar la verdad, así ocurre hoy con Israel: se elige la narrativa fácil, se descartan los contextos, se invisibilizan los datos. El copero que se olvidó de Yosef es símbolo de la segunda herida: el silencio. Primero la calumnia, luego la indiferencia. Y hoy el olvido se expresa de manera brutal: si los judíos sufren, no es noticia; si los judíos se defienden, es escándalo. Si se ataca a Israel, se relativiza; si Israel neutraliza el ataque, se condena. “No Jews, no news”: si no hay judíos, el mundo se calla; con judíos defendiéndose, el mundo se indigna.

El Zohar enseña que Yosef representa el atributo de la verdad. La mentira puede encerrar a la verdad, pero no destruirla. El Rambán explica que cada injusticia que sufrió Yosef fue parte del camino que lo llevó a su grandeza. Nada fue un desvío: todo fue preparación para la revelación. Así también el pueblo judío: cada intento de silenciarlo termina fortaleciendo su voz; cada ataque destinado a destruirlo termina revelando su resiliencia; cada mentira expuesta termina abriendo los ojos de quienes sí buscan la realidad.

Y así fue en la Torá: Yosef salió de la prisión no solo reivindicado, sino elevado. La esposa de Potifar quedó expuesta. El copero recordó. La historia se enderezó, tal como D’s había decretado desde el principio. La verdad, aunque tarde, llega. La mentira, aunque grite, cae.

Que el mensaje de Vaieshev nos dé valentía: para mantenernos del lado de la verdad incluso cuando el mundo elige la falsedad; para no temer a los relatos que quieren hacernos culpables por existir; para no callar cuando el silencio es cómplice. Porque aunque parezca que la mentira gana, sabemos que la verdad no se rinde.

Quiera D’s que pronto podamos ver la redención de la verdad, la protección del pueblo de Israel y el triunfo de la justicia sobre toda propaganda maliciosa.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein 

lunes, 1 de diciembre de 2025

Vaishlaj 5786


Vaishlaj es una parashá donde toda la trama parece moverse entre luces y sombras. Nada es del todo lo que aparenta, y casi cada personaje queda envuelto en una tensión moral que solo se revela al mirar más profundamente. El mundo de Yaakov es un mundo donde la superficie engaña, donde un abrazo puede ocultar un intento de agresión y donde un discurso de convivencia puede encubrir abuso y violencia. Por eso esta parashá es, quizás, una de las más actuales: nos enseña a leer la realidad más allá del decorado que se presenta ante los ojos.

El encuentro con Esav es el primer espejo de esta ambivalencia. Después de años de separación y miedo, Yaakov se prepara para un posible ataque, para la guerra, para lo peor. Pero lo que sucede parece lo contrario: “Y corrió Esav… y lo besó”. Sin embargo, esa palabra cargada con los puntos sobre las letras, abre el debate de los Sabios. Rashi trae el Midrash que afirma que Esav quería morder, no besar; que el cuello de Yaakov se endureció milagrosamente, frustrando la mordida. Otros sostienen que el gesto fue sincero, nacido de una chispa momentánea de hermandad. La Torá deja las dos posibilidades abiertas. Lo que parece un acto de amor podría ser un disfraz de hostilidad; lo que parece reconciliación podría ser apenas una suspensión fugaz del conflicto.

Yaakov entiende esta complejidad y actúa con sabiduría. Acepta el beso, pero no la compañía. Es respetuoso con su hermano, pero no ingenuo. No camina junto a él, no se fusiona con su narrativa, no asume que un gesto amable redefine una historia entera. La prudencia de Yaakov no nace del miedo, sino del profundo conocimiento de la naturaleza humana: no todo es lo que se muestra, no todo abrazo es protección, no toda lágrima es arrepentimiento.

El segundo episodio, el de Shejem, vuelve a golpear sobre la misma tecla, pero desde otro ángulo. Si el encuentro con Esav nos enseña que un acto amable puede esconder violencia, aquí vemos que un discurso de normalidad puede ocultar una agresión previa que quiere ser legitimada. Shejem habla de convivencia, de alianza, de “vivir juntos en la tierra”. Pero todo su discurso nace de un acto brutal: la violación de Diná. La retórica cordial intenta blanquear un crimen, convertir abuso en propuesta diplomática.

Los hijos de Yaakov leen esta fachada y responden con una estrategia que también juega con la tensión entre lo que parece y lo que es. Proponen la circuncisión como condición espiritual, pero en realidad están preparando el terreno para un ataque. La ciudad entera piensa que están camino a una integración cultural, cuando en verdad están a horas de su propia destrucción. Yaakov reprende a Shimón y Leví, no solo por el riesgo político sino por la complejidad moral de una acción que, aunque motivada por la indignación ante un crimen, abre la puerta a una espiral de violencia donde las apariencias se vuelven armas.

Lo más impresionante es que la Torá no juzga de manera plana. No dice que Shimón y Leví están 100% equivocados ni que Shejem estaba 100% en lo correcto. La Torá nos invita a ver la zona imprecisa donde la justicia, la defensa y la venganza se mezclan, donde la indignación justa puede adoptar métodos dudosos y donde un discurso de paz puede esconder una estructura social que naturaliza la violencia contra lo vulnerable.

Y es aquí donde la parashá golpea nuestra actualidad. Lo que ocurrió el 7 de octubre de 2023 no fue un simple ataque militar: fue la irrupción de una violencia sexual masiva contra mujeres judías, un crimen que muchos intentaron relativizar, negar o disimular bajo discursos de contexto, de política o de “narrativas”. Como en Shejem, se intentó presentar normalidad donde hubo abuso; diplomacia donde hubo brutalidad; justificación donde hubo crimen.

Las FDI, en este sentido, se parecen a los hijos de Yaakov en un punto clave —no en métodos ni en situaciones históricas, sino en el principio moral de fondo: se vieron forzadas a responder no a un ataque convencional, sino a un acto donde la agresión sexual fue usada como arma para quebrar la dignidad humana. Los hijos de Yaakov reaccionan desde un lugar visceral ante la violación de su hermana; las FDI se ven obligadas a enfrentar a un enemigo que cometió crímenes atroces contra mujeres, familias y comunidades enteras. Y así como en la Torá queda claro que el discurso “civilizado” de Shejem no borra la violencia original, también hoy queda claro que nada —ni política, ni ideología— puede tapar lo que les fue hecho a esas mujeres.

Sin embargo, la Torá también enseña que incluso cuando la reacción es comprensible, no todo camino elegido es irreprochable. Yaakov cuestiona a sus hijos no por defender el honor de Diná, sino por el modo en que lo hicieron. Allí aparece la enseñanza eterna: la defensa propia es legítima, la respuesta al mal es necesaria, pero incluso en la lucha justa hay que cuidar la integridad moral. La Torá nunca romantiza la violencia, pero tampoco exige pasividad ante el abuso.

Vaishlaj nos deja entonces un marco ético:
desconfiar de las apariencias, ver la realidad moral más profunda, no blanquear agresores con discursos bonitos, pero también no perder la brújula incluso cuando la indignación es justificada.

Quiera D’s que sepamos, como Yaakov, mirar más allá de lo que parece, defender lo sagrado sin perder humanidad, y sostener la dignidad de cada víctima incluso cuando el mundo elige mirar hacia otro lado.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein