Vaishlaj es una parashá
donde toda la trama parece moverse entre luces y sombras. Nada es del todo lo
que aparenta, y casi cada personaje queda envuelto en una tensión moral que
solo se revela al mirar más profundamente. El mundo de Yaakov es un mundo donde
la superficie engaña, donde un abrazo puede ocultar un intento de agresión y
donde un discurso de convivencia puede encubrir abuso y violencia. Por eso esta
parashá es, quizás, una de las más actuales: nos enseña a leer la realidad más
allá del decorado que se presenta ante los ojos.
El encuentro con Esav
es el primer espejo de esta ambivalencia. Después de años de separación y
miedo, Yaakov se prepara para un posible ataque, para la guerra, para lo peor.
Pero lo que sucede parece lo contrario: “Y corrió Esav… y lo besó”. Sin embargo,
esa palabra cargada con los puntos sobre las letras, abre el debate de los
Sabios. Rashi trae el Midrash que afirma que Esav quería morder, no besar; que
el cuello de Yaakov se endureció milagrosamente, frustrando la mordida. Otros
sostienen que el gesto fue sincero, nacido de una chispa momentánea de
hermandad. La Torá deja las dos posibilidades abiertas. Lo que parece un acto
de amor podría ser un disfraz de hostilidad; lo que parece reconciliación
podría ser apenas una suspensión fugaz del conflicto.
Yaakov entiende esta
complejidad y actúa con sabiduría. Acepta el beso, pero no la compañía. Es
respetuoso con su hermano, pero no ingenuo. No camina junto a él, no se fusiona
con su narrativa, no asume que un gesto amable redefine una historia entera. La
prudencia de Yaakov no nace del miedo, sino del profundo conocimiento de la
naturaleza humana: no todo es lo que se muestra, no todo abrazo es protección,
no toda lágrima es arrepentimiento.
El segundo episodio, el
de Shejem, vuelve a golpear sobre la misma tecla, pero desde otro ángulo. Si el
encuentro con Esav nos enseña que un acto amable puede esconder violencia, aquí
vemos que un discurso de normalidad puede ocultar una agresión previa que
quiere ser legitimada. Shejem habla de convivencia, de alianza, de “vivir
juntos en la tierra”. Pero todo su discurso nace de un acto brutal: la
violación de Diná. La retórica cordial intenta blanquear un crimen, convertir
abuso en propuesta diplomática.
Los hijos de Yaakov
leen esta fachada y responden con una estrategia que también juega con la
tensión entre lo que parece y lo que es. Proponen la circuncisión como
condición espiritual, pero en realidad están preparando el terreno para un
ataque. La ciudad entera piensa que están camino a una integración cultural,
cuando en verdad están a horas de su propia destrucción. Yaakov reprende a
Shimón y Leví, no solo por el riesgo político sino por la complejidad moral de
una acción que, aunque motivada por la indignación ante un crimen, abre la
puerta a una espiral de violencia donde las apariencias se vuelven armas.
Lo más impresionante es
que la Torá no juzga de manera plana. No dice que Shimón y Leví están 100%
equivocados ni que Shejem estaba 100% en lo correcto. La Torá nos invita a ver
la zona imprecisa donde la justicia, la defensa y la venganza se mezclan, donde
la indignación justa puede adoptar métodos dudosos y donde un discurso de paz
puede esconder una estructura social que naturaliza la violencia contra lo vulnerable.
Y es aquí donde la
parashá golpea nuestra actualidad. Lo que ocurrió el 7 de octubre de 2023 no
fue un simple ataque militar: fue la irrupción de una violencia sexual masiva
contra mujeres judías, un crimen que muchos intentaron relativizar, negar o
disimular bajo discursos de contexto, de política o de “narrativas”. Como en
Shejem, se intentó presentar normalidad donde hubo abuso; diplomacia donde hubo
brutalidad; justificación donde hubo crimen.
Las FDI, en este
sentido, se parecen a los hijos de Yaakov en un punto clave —no en métodos ni
en situaciones históricas, sino en el principio moral de fondo: se vieron
forzadas a responder no a un ataque convencional, sino a un acto donde la
agresión sexual fue usada como arma para quebrar la dignidad humana. Los hijos
de Yaakov reaccionan desde un lugar visceral ante la violación de su hermana;
las FDI se ven obligadas a enfrentar a un enemigo que cometió crímenes atroces
contra mujeres, familias y comunidades enteras. Y así como en la Torá queda
claro que el discurso “civilizado” de Shejem no borra la violencia original,
también hoy queda claro que nada —ni política, ni ideología— puede tapar lo que
les fue hecho a esas mujeres.
Sin embargo, la Torá
también enseña que incluso cuando la reacción es comprensible, no todo camino
elegido es irreprochable. Yaakov cuestiona a sus hijos no por defender el honor
de Diná, sino por el modo en que lo hicieron. Allí aparece la enseñanza eterna:
la defensa propia es legítima, la respuesta al mal es necesaria, pero incluso
en la lucha justa hay que cuidar la integridad moral. La Torá nunca romantiza
la violencia, pero tampoco exige pasividad ante el abuso.
Vaishlaj nos deja
entonces un marco ético:
desconfiar de las apariencias, ver la realidad moral más profunda, no blanquear
agresores con discursos bonitos, pero también no perder la brújula incluso
cuando la indignación es justificada.
Quiera D’s que sepamos,
como Yaakov, mirar más allá de lo que parece, defender lo sagrado sin perder
humanidad, y sostener la dignidad de cada víctima incluso cuando el mundo elige
mirar hacia otro lado.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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