lunes, 1 de diciembre de 2025

Vaishlaj 5786


Vaishlaj es una parashá donde toda la trama parece moverse entre luces y sombras. Nada es del todo lo que aparenta, y casi cada personaje queda envuelto en una tensión moral que solo se revela al mirar más profundamente. El mundo de Yaakov es un mundo donde la superficie engaña, donde un abrazo puede ocultar un intento de agresión y donde un discurso de convivencia puede encubrir abuso y violencia. Por eso esta parashá es, quizás, una de las más actuales: nos enseña a leer la realidad más allá del decorado que se presenta ante los ojos.

El encuentro con Esav es el primer espejo de esta ambivalencia. Después de años de separación y miedo, Yaakov se prepara para un posible ataque, para la guerra, para lo peor. Pero lo que sucede parece lo contrario: “Y corrió Esav… y lo besó”. Sin embargo, esa palabra cargada con los puntos sobre las letras, abre el debate de los Sabios. Rashi trae el Midrash que afirma que Esav quería morder, no besar; que el cuello de Yaakov se endureció milagrosamente, frustrando la mordida. Otros sostienen que el gesto fue sincero, nacido de una chispa momentánea de hermandad. La Torá deja las dos posibilidades abiertas. Lo que parece un acto de amor podría ser un disfraz de hostilidad; lo que parece reconciliación podría ser apenas una suspensión fugaz del conflicto.

Yaakov entiende esta complejidad y actúa con sabiduría. Acepta el beso, pero no la compañía. Es respetuoso con su hermano, pero no ingenuo. No camina junto a él, no se fusiona con su narrativa, no asume que un gesto amable redefine una historia entera. La prudencia de Yaakov no nace del miedo, sino del profundo conocimiento de la naturaleza humana: no todo es lo que se muestra, no todo abrazo es protección, no toda lágrima es arrepentimiento.

El segundo episodio, el de Shejem, vuelve a golpear sobre la misma tecla, pero desde otro ángulo. Si el encuentro con Esav nos enseña que un acto amable puede esconder violencia, aquí vemos que un discurso de normalidad puede ocultar una agresión previa que quiere ser legitimada. Shejem habla de convivencia, de alianza, de “vivir juntos en la tierra”. Pero todo su discurso nace de un acto brutal: la violación de Diná. La retórica cordial intenta blanquear un crimen, convertir abuso en propuesta diplomática.

Los hijos de Yaakov leen esta fachada y responden con una estrategia que también juega con la tensión entre lo que parece y lo que es. Proponen la circuncisión como condición espiritual, pero en realidad están preparando el terreno para un ataque. La ciudad entera piensa que están camino a una integración cultural, cuando en verdad están a horas de su propia destrucción. Yaakov reprende a Shimón y Leví, no solo por el riesgo político sino por la complejidad moral de una acción que, aunque motivada por la indignación ante un crimen, abre la puerta a una espiral de violencia donde las apariencias se vuelven armas.

Lo más impresionante es que la Torá no juzga de manera plana. No dice que Shimón y Leví están 100% equivocados ni que Shejem estaba 100% en lo correcto. La Torá nos invita a ver la zona imprecisa donde la justicia, la defensa y la venganza se mezclan, donde la indignación justa puede adoptar métodos dudosos y donde un discurso de paz puede esconder una estructura social que naturaliza la violencia contra lo vulnerable.

Y es aquí donde la parashá golpea nuestra actualidad. Lo que ocurrió el 7 de octubre de 2023 no fue un simple ataque militar: fue la irrupción de una violencia sexual masiva contra mujeres judías, un crimen que muchos intentaron relativizar, negar o disimular bajo discursos de contexto, de política o de “narrativas”. Como en Shejem, se intentó presentar normalidad donde hubo abuso; diplomacia donde hubo brutalidad; justificación donde hubo crimen.

Las FDI, en este sentido, se parecen a los hijos de Yaakov en un punto clave —no en métodos ni en situaciones históricas, sino en el principio moral de fondo: se vieron forzadas a responder no a un ataque convencional, sino a un acto donde la agresión sexual fue usada como arma para quebrar la dignidad humana. Los hijos de Yaakov reaccionan desde un lugar visceral ante la violación de su hermana; las FDI se ven obligadas a enfrentar a un enemigo que cometió crímenes atroces contra mujeres, familias y comunidades enteras. Y así como en la Torá queda claro que el discurso “civilizado” de Shejem no borra la violencia original, también hoy queda claro que nada —ni política, ni ideología— puede tapar lo que les fue hecho a esas mujeres.

Sin embargo, la Torá también enseña que incluso cuando la reacción es comprensible, no todo camino elegido es irreprochable. Yaakov cuestiona a sus hijos no por defender el honor de Diná, sino por el modo en que lo hicieron. Allí aparece la enseñanza eterna: la defensa propia es legítima, la respuesta al mal es necesaria, pero incluso en la lucha justa hay que cuidar la integridad moral. La Torá nunca romantiza la violencia, pero tampoco exige pasividad ante el abuso.

Vaishlaj nos deja entonces un marco ético:
desconfiar de las apariencias, ver la realidad moral más profunda, no blanquear agresores con discursos bonitos, pero también no perder la brújula incluso cuando la indignación es justificada.

Quiera D’s que sepamos, como Yaakov, mirar más allá de lo que parece, defender lo sagrado sin perder humanidad, y sostener la dignidad de cada víctima incluso cuando el mundo elige mirar hacia otro lado.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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