martes, 25 de noviembre de 2025

Vaietzé 5786

 

En Vaietzé encontramos un momento clave: “Yaakov empezó a oír que los hijos de Laván decían: ‘Yaakov ha tomado todo lo que le pertenece a nuestro padre. Se ha vuelto rico tomando la propiedad de nuestro padre’”. El texto expone una dinámica tan humana como vigente: cuando la verdad incomoda, cuando el esfuerzo ajeno evidencia la inercia o la corrupción propia, el recurso más fácil es fabricar un relato que justifique la frustración.

Rashi explica que los hijos de Laván, incapaces de aceptar que Yaakov prosperó por su dedicación, disciplina y la bendición divina, eligieron narrar la historia al revés: en vez de reconocer que su padre había cambiado las condiciones cien veces, que había explotado a Yaakov y que aun así él cumplió cada acuerdo, ellos lo acusaron de ser un ladrón. La lógica de quien se niega a revisar su propia conducta es siempre la misma: si el otro crece, debe ser a costa mía; si el otro prospera, debe haberme quitado algo. El Midrash agrega que estas murmuraciones no eran inocentes; funcionaban como un intento de incitar a Laván a tomar represalias. La calumnia como arma política, familiar y social.

El Talmud (Pesajim 118a) afirma que quien actúa con rectitud puede soportar incluso el peso de las falsas acusaciones, porque el tiempo termina revelando quién es quién. Pero mientras tanto, la difamación suele ser más ruidosa que la verdad. Yaakov, pese a todo, había trabajado catorce años por sus esposas y otros seis por su sustento; no había “tomado” nada, sino construido desde la nada. Sin embargo, su éxito se volvió intolerable para quienes esperaban heredar sin esfuerzo o vivir del trabajo ajeno.

La escena resuena con demasiada claridad en la realidad argentina. Cada vez que alguien produce, emprende, innova o intenta crecer, surge el coro de los hijos de Laván: aquellos que señalan, acusan y denuncian sin pruebas, convencidos de que la riqueza del prójimo sólo puede explicarse por la supuesta pérdida propia. El país está lleno de discursos que reinterpretan el mérito como saqueo, la creatividad como amenaza, el progreso individual como una forma de traición colectiva. La lógica es la misma que en el pasuk: quien prospera deja en evidencia la ineficiencia, la mediocridad o la viveza criolla de quienes viven del cuento.

El relato bíblico también muestra otro elemento profundamente argentino: Laván nunca se atreve a asumir su responsabilidad. Cambió acuerdos, manipuló condiciones, usó a Yaakov para su propio beneficio, pero cuando sus hijos lo acusan, guarda silencio. No corrige, no aclara, no reconoce. Simplemente deja que la mentira avance. Así también, aquí solemos ver líderes y funcionarios que permiten, fomentan o se benefician de relatos distorsionados que justifican su incapacidad. La culpa siempre es del otro: del que trabaja, del que invierte, del que produce, del que se sacrifica. La victimización crónica se vuelve política de Estado.

Yaakov entiende que no hay manera de seguir creciendo en un entorno en el cual el esfuerzo es sospechoso y la mentira se vuelve norma. Por eso, según el Midrash, Dios le dice que ya es hora de regresar a su tierra. El mensaje es claro: un ambiente contaminado por la manipulación y la envidia termina expulsando naturalmente a quienes desean construir. No porque ellos fallen, sino porque el sistema se vuelve invivible.

Vaietzé nos invita a leer esta escena no como un episodio distante, sino como un espejo. La Argentina necesita dejar atrás la mentalidad de los hijos de Laván: esa voz que dice que todo éxito es apropiación indebida, que toda mejora es una injusticia, que toda riqueza es sospechosa. Yaakov no era perfecto, pero trabajó con honestidad. Y su historia demuestra que la verdadera bendición llega cuando uno se aleja del ruido de quienes prefieren acusar antes que asumir su propio fracaso.

El texto nos pide, en definitiva, recuperar un valor que en el país parece siempre en peligro: la capacidad de reconocer el mérito sin transformar el resentimiento en doctrina. Porque mientras existan voces que repitan que “Yaakov tomó lo que era de nuestro padre”, seguiremos atrapados en una sociedad que prefiere destruir al que avanza en vez de imitarlo. Y sólo cuando esa narrativa se derrumbe podremos empezar, de verdad, a construir algo distinto.

Quiera D’s que aprendamos a dejar atrás la envidia y el relato fácil, y que podamos construir una sociedad donde el mérito no sea acusado sino imitado, y donde la verdad tenga más fuerza que las voces que la distorsionan.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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