jueves, 26 de diciembre de 2019

Miketz 5780


Hay una frase de Yaakov que me llamó la atención cuando leía la Parashá de esta semana. Son cuatro palabras, pero su significado es enorme. “Vivamos y no muramos” (Miketz 42:2).

Vivir es mucho más que respirar, tomar aire, oxigenar nuestro cuerpo, que el corazón lata, etc. Vivir es perseguir nuestros sueños, sentir, amar, reír, y tantas otras cosas hermosas que si no las hacemos estaríamos metafóricamente muertos.

¿Te pusiste a pensar si realmente vivís? D´s nos da la vida, pero las ganas de vivir son nuestras. Si nos quedamos criticando todo sin hacer nada al respecto lo único que hacemos es dejar pasar nuestra oportunidad de vivir.

¡Vivamos! Porque la vida es una sola. No sabemos lo que hay después. Dejemos un recuerdo que valga la pena para las generaciones futuras. No veamos como pasan las cosas, hagamos que las cosas pasen. Si somos meros espectadores estamos como muertos.

Cuando hacemos la vista gorda en la calle para no ayudar a un no vidente, cuando un amigo está mal y no lo llamamos, cuando no hacemos tzedaká, esos son síntomas de que estamos casi muertos.

Iosef también eligió vivir. Al momento de reconocer a sus hermanos no se menciona rencor. El perdonar es un acto de vida. El guardar los rencores nos carcome la mente y el corazón hasta apagarnos completamente y sumirnos en la más profunda oscuridad. Si no hay luz, no hay vida.

Los hermanos de Iosef no mencionan que él está muerto porque en realidad no lo saben. “y un hermano no está” (Miketz 42:13). Suponer en vez de buscar la verdad no es vivir. La suposición puede ser cierta o no, es relativo a nuestra mente. No supongamos. Es preferible parecer un ignorante durante un corto lapso de tiempo que serlo siempre por no preguntar.

El faraón al poner al mando a Iosef, entiendo que era más astuto para los asuntos económicos, también elige vivir. Reconocer que alguien sabe más que nosotros no es menospreciarnos. No todos somos iguales. Si juzgas una vaca por su capacidad para subir al árbol siempre va a ser inferior al mono.

En igualdad de condiciones todos tenemos la misma capacidad. Levantarse temprano e ir a trabajar es estar vivo. Quedarse sentado sin buscar trabajo y recibir un plan social dista mucho de lo que es elegir vivir.

Este Shabbat te pido que reflexiones sobre tu vida. ¿Estás viva/o realmente? Si lo estás, adelante sigue en tu camino. Caso contrario todavía estás a tiempo de cambiar.

No esperes que pase algo en la vida porque lo único que te va a pasar, sino, es la vida.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

jueves, 19 de diciembre de 2019

Vaieshev 5780


Los sueños son manifestaciones de aspiraciones o deseos que están resguardados en nuestro subconsciente. Es imaginar algo que es improbable que suceda, que difiere notablemente de la realidad existente o que sólo existe en la mente, pero que pese a ello se persigue o se anhela.

Si esos sueños se cumplen en un futuro decimos que son proféticos. Ese es el don que Dios le dio a Iosef.

Por eso esta Parashá podría ser llamada la Parashá de los Sueños.

El primer sueño que Iosef les cuenta a sus hermanos es “Atábamos gavillas en el campo, cuando mi gavilla súbitamente se levantó erguida. Las gavillas de ustedes formaron un círculo alrededor de mi gavilla, y se inclinaron ante ella”. (Vaieshev 37:7). Sus hermanos, que ya sentían celos porque Yaakov “Le hizo [a Iosef] un largo abrigo de colores muy vivos.” (Vaieshev 37:3), empezaron a planear hacerle algún daño a su hermano.

El segundo sueño que tiene cuenta que “El sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante mí” (Vaieshev 37:9). En este relato estaba presente Yaakov que le dice ““¿Qué clase de sueño tuviste? ¿Quieres que yo, tu madre y tus hermanos vengamos y nos prosternemos sobre el suelo ante ti?””. (Vaieshev 37:10). Los sabios dicen que Yaakov se refería a Bilha, la sirvienta, ya que crió a Iosef como si fuera su hijo. Recordemos que Rajel había fallecido.

Imagínense la ira que generó este sueño y sumémosle que Yaakov le había pedido que le traiga un reporte de cómo les iba a sus hermanos.

Los hermanos idearon un plan para deshacerse del “soñador” y lo emboscaron. “Lo tomaron y lo echaron en el pozo. El pozo estaba vacío; no había agua en él” (Vaieshev 37:24).

La redundancia de que no había agua es para mostrar que no tenía posibilidades de sobrevivir. Si estaba vacío era obvio que no tenía agua.

Sólo Reuvén mostró cierto arrepentimiento: ”rasgó sus ropas en señal de pena.” (Vaieshev 37:29)

Iosef fue vendido y en última instancia llegó a Egipto. Ahí logró prestigio en la casa de Potifar, donde era esclavo y llegó a manejarle todo. O casi todo. No pudo manejar a la esposa de Potifar quien lo acusó de querer propasarse con ella.

Iosef es enviado a la prisión y comparte celda con el copero y el panadero del Faraón. Fiel a su costumbre Iosef les interpreta los sueños indicándole al copero que en tres días volvería a su trabajo y el panadero sería colgado. Y así sucedió.

Los sueños de Iosef fueron proféticos. Lo que soñamos nosotros por más voluntad que tengamos no lo son. No perdamos el tiempo pensando en nuestros sueños.

Vivamos nuestro presente con los ojos bien abiertos. 

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

jueves, 12 de diciembre de 2019

Vaishlaj 5780


¿Qué son las palabras prometidas si después no cumplimos con el compromiso asumido? ¿De que sirve hablar si luego con nuestros actos hacemos todo lo contrario? Dios nos dio el poder la palabra para poder comunicarnos y dicha comunicación debe ser clara, concisa y no dejar lugar a dudas.

“El único modo en que podemos acceder es si son como nosotros y circuncidan a todo varón.” (Vaishlaj 34:15). “Podremos vivir junto con ustedes y [ambos] llegaremos a ser una sola nación.” (Vaishlaj 34:16).

Estas palabras son las que los hijos de Yaakov le dicen a Jamor luego de enterarse que Diná, su hermana, había sido violada por Shjem.

Dejando de lado el delito que se había cometido contra Diná, cuando uno da una palabra o promete algo debe ser muy cuidadoso. Ya desde el comienzo se predicó que la palabra es más fuerte que la espada, porque las mitzvot, antes de la entrega de la Torá escrita, se transmitió a través de la palabra, por medio de la instrucción verbal de las futuras generaciones.

“Al tercer día, cuando [la gente] estaba en agonía, dos de los hijos de Iaakov, Shimón y Leví, hermanos de Diná, tomaron sus espadas. Vinieron a la ciudad sin despertar sospecha y mataron a todo varón.” (Vaishlaj 34:25).

Estos dos hermanos faltaron a su palabra. Y no sólo eso, además incumplieron la mitzvá “No cometas asesinato” (Iltró 20:13).

Hicieron justicia por mano propia. Un tema tan candente en la actualidad que si hacemos una encuesta sobre el accionar de estos hermanos mucha gente estaría apoyando la acción tomada.

Pero volviendo al eje principal cuando una persona promete algo debe cumplirlo a pesar de saber que su promesa va en contra de sus principios. Esto aplica, lógicamente, cuando la promesa es voluntaria y no coaccionada. Las promesas pueden ser anuladas, hay casos específicos. Kol Nidré es uno de ellos pero, en primer lugar estamos pidiendo la anulación de las promesas que vamos a hacer en el próximo año y en segundo lugar, al momento de agregarse este rezo a nuestra liturgia, éramos coaccionados a renunciar a nuestra fe.

Para los que somos amantes de las series, ¿en cuántas escuchamos la frase “I give you my word (te doy mi palabra)”? Y esa palabra se toma como si fuera la ley misma.

Y parece mentira que sea dentro del mundo de la ficción donde la palabra toma el protagonismo que debería tener en la realidad. Si yo le digo a alguien “te doy mi palabra que…” seguramente no me creerían.

En una sociedad donde el respeto parece haber desaparecido; donde la moral y la ética son sólo palabras que se aprenden en la escuela; cuando prometer algo sabiendo que no se puede cumplir es una burla encubierta; donde vemos que nuestros líderes políticos se llenan la boca de palabras de esperanza sólo para conseguir un voto.

¿Dónde está el límite? ¿Cómo se puede volver a confiar en la palabra?

Con una normativa basada en las mitzvot podemos encarrilarnos. La Torá no es la verdad absoluta, pero es absolutamente verdadero que es nuestra guía.

Sé que es difícil, pero “dame tu palabra” de que por lo menos vas a intentar leerla.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

jueves, 5 de diciembre de 2019

Vaietzé 5780


“¿Por qué me has engañado?” (Vaietzé 29:25), es lo que Yaakov le increpa a Labán. Pero Labán es sólo el ideólogo de este engaño ya que quien lo lleva a cabo en realidad es Rajel. Rajel es quien le dice la contraseña a su hermana Lea para que Yaakov no se de cuenta de quien era en realidad.

Jurídicamente hablando tendríamos dos culpables. El autor intelectual y el autor material. ¿Cuál de los dos es más culpable? Los dos tienen el mismo grado de culpabilidad. El intelectual porque puede darse cuenta que su idea es errónea e impedir que se lleve a cabo y el material porque sabiendo lo que va a causar puede oponerse.

Para juzgar las acciones de nuestros seres queridos debemos ser lo más objetivos posibles y si llegamos a estar del otro lado, de los que son autores intelectuales de algo que sabemos que no es correcto pensar primero si actuar honradamente no es mejor que hacerlo de mala manera.

Si Labán le hubiera dicho de entrada a Yaakov “[Nunca] damos en matrimonio una hija menor antes que la primogénita.” (Vaietzé 29:26), seguramente hubiéramos tenido el mismo desenlace con Yaakov casado con las dos pero no con rabia hacia su suegro por la mentira.

¿Y por qué Yaakov no le echa en cara a Rajel el engaño? Porque cuando uno está enamorado tiende a ver el ideal de esa persona. La persona es perfecta y no comete errores. William Shakespeare, en su obra El Mercader de Venecia, cita la frase “El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen”.

Pero Rajel, como todas las personas que aparecen en la Torá, no es perfecta. Tiene sus defectos como cualquier ser humano común. Que la queramos ver perfecta por ser una de nuestras matriarcas nos lleva a un fanatismo que roza lo irracional. Que tratemos de explicar que intentó no humillar a su hermana Lea es simplificar una cuestión más de fondo. Ella también podría haberle explicado a Yaakov la costumbre de casarse primero la mayor y así sucesivamente.

Debemos entender que ocultar información, aun creyendo que el fin al que aspiramos es mayor, nunca es bueno. Debemos medir las consecuencias de nuestros actos. Pudo haber sido o no un castigo de Dios que ella haya sido la última en darle hijos a Yaakov.

Y pensemos y dudemos de lo que vamos a hacer. Porque por más que empecemos siempre podemos cambiar. Led Zeppelin, en su letra de “Escalera al Cielo” (¿se habrán inspirado en el sueño de Yaakov?), dice “Hay dos senderos que tú puedes ir, pero todavía hay un largo plazo para cambiar el camino en el que está”.

La vida es un sinfín de elecciones. Seamos objetivos al momento de tomarlas. Analicemos cada paso que damos y cada engaño que nos proponemos hacer. Puede que nos salga bien al principio, pero tarde o temprano, cuando “se corre el velo”, o “se consuma el hecho”, la realidad nos va a golpear con más fuerza de la que podemos soportar.

Que este Shabbat nos haga reflexionar acerca de nuestra matriarca. Si actúo bien o mal está en cada uno de nosotros. Porque siempre tenemos dos caminos y muchas veces por seguir aferrados al primero se nos torna casi imposible poder retomar por segundo.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

jueves, 28 de noviembre de 2019

Toldot 5780


Hay dos películas que vendrían bien para reflejar a Esav: “La Sociedad de los Poetas Muertos” y “Volver al futuro”. La primera porque Mr. Keating (interpretado por Robin Williams) enseña sus alumnos el concepto de carpe diem, cuya traducción textual es “aprovecha el momento”. Y la segunda porque viendo todo lo que pasó después Esav se hubiera querido tomar el DeLorean DMC-12 y volver atrás para evitar todo lo que sucedió.

Para aprovechar el momento debemos sacarnos una foto y mirar donde estamos parados. Recordemos Bereshit y la pregunta de Dios: “¿Dónde estás?” (Bereshit 3:9). ¿Dónde estamos? ¿Aprovechamos el momento egoístamente sólo para nosotros o ese aprovechamiento tiene un beneficio también para mis semejantes? Ser egoista no significa que todo es de uno sino saber cuándo, cómo y qué compartir.

Esav tenía hambre. Yaakov estaba cocinando un guiso. Esav quiso “aprovechar el momento”. Le pidió a su hermano “un bocado de esa cosa roja” (Toldot 25:30). Yaakov que desde siempre quiso ser el primogénito le ofrece dárselo a cambio de la primogenitura. (Toldot 25:31)

Esav acepta el trato diciendo “he aquí que he de morir” (Toldot 25:32). El ser humano es el único ser que sabe que su tiempo es limitado. Todos vamos a morir un día, y por saber eso, ¿vamos a dejar de vivir los otros?

¿Fue justo que Yaakov se aprovechara de su hermano ofreciéndole el cambio? Lo vamos a responder dando vuelta la pregunta: ¿es justo que sea el primogénito alguien que desperdicia su status por saciar un impulso físico como ser el hambre?

Los impulsos de ahora pueden tener consecuencias graves en el futuro.

Seguramente de tener la máquina del tiempo Esav hubiera retrocedido y cambiado las cosas. No pensó con claridad. No vio lo que vendía.

Yaakov en este caso fue más inteligente y no sólo aprovechó el momento, sino que se aprovechó del momento.

Y Esav encima no daba el brazo a torcer. Cuando pierde la bendición de su padre por haberse ido a cazar, “fue a donde Ishmael y se casó con Majalat hija de Ishmael” (Toldot 28:9).

¿Por qué fue tan ingenuo en salir a cazar? Si Rivka pudo preparar cabritos es porque había. ¿Por qué no sólo se limito a tomar uno de los que estaba ahí? No. Él tenía que demostrar que podía cazar. Él era impulsivo. No pensó siquiera las consecuencias de su accionar.

Miles de años después de este incidente nosotros rezamos “Dios de Abraham, Itzjak y Yaakov”. Esav quedó en el olvido.

No seamos como Esav y dejemos que nuestros impulsos puedan afectar nuestro futuro.

Si vamos a aprovechar el momento que sea para hacer algo útil.

Así que cuando recordemos la escena más gloriosa de “La Sociedad de los poetas muertos”, en vez de pararnos en una mesa y gritar “Oh capitán, mi capitán”, miremos al cielo y digamos “No soy como Esav”.

Cada viernes al acercarse Shabbat, reprime tus ganas de quedarte en tu casa. Trae a tu famila a compartirlo en comunidad. No sea caso que cuando veamos a nuestros hijos asimilados, queramos tomar una máquina del tiempo que sólo existe en las películas.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

martes, 19 de noviembre de 2019

Jaiei Sara 5780


Interesante comparación la letra del tema Presente de Vox Dei cuando dice “Todo concluye al fin / nada puede cambiar / todo tiene un final, / todo termina” y el pasuk en donde Abraham dice “Soy un forastero y un residente entre vosotros” (Jaie Sara 23:4).

Nosotros somos forasteros en este mundo y estamos de paso. El paso del ciclo de nuestra vida es inevitable. Nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. Todo tiene un final.
Si existe o no el Olám Habá (Mundo venidero) lo sabremos después de concluir el ciclo de nuestra vida.

Pero mientras vivamos seamos agradecidos de tener la oportunidad de despertar cada día. Cuando nos vamos a dormir a la noche lo hacemos con seguridad de que a la mañana siguiente despertaremos. ¿Y si no es asì? ¿Y si el sueño no termina? ¿Lo sabríamos entonces? Por eso el Shemá, nuestra oración más sagrada, se dice al levantarnos y al acostarnos. A la mañana para recordar que gracias al Creador tenemos un día más para aprovechar y a la noche para agradecerle haberlo vivido a pleno.

Residimos en el mundo que Dios nos dio. Un mundo lleno de imperfecciones para poder sacar de nuestro interior la idea del tikum olán (reparar el mundo). ¿Y cómo lo hacemos? Con buenas acciones.

Al morir se va a hacer un recuento de nuestras buenas acciones. Así como Sara se dice que tuvo más de una vida (y de ahí el nombre de la Parashá) nosotros también vivimos más de una vida: la que soñamos, la que realmente vivimos y la de los buenos y malos actos.

Y muchas veces nos hacemos mala sangre por cosas que no deberíamos y para dejar de hacerlo deberíamos preguntarnos: si tenemos la certeza de que morimos mañana ¿vale la pena preocuparnos por eso? En la gran mayoría de los casos la respuesta sería no. Pero como nos creemos inmortales actuamos de tal manera que muchas veces cuando está por llegar lo inevitable nos arrepentimos tardíamente.

Somos forasteros en un mundo en constante cambio. Adaptarnos a esos cambios también es parte de nuestra vida.

No somos perpetuos, pero tampoco efímeros.

Nuestras vidas continúan en nuestros hijos. Parte de ella está ahí y no sólo por el ADN que les trasmitimos sino por las enseñanzas que les brindamos. Y lo mismo ocurre con la Torá que es el ADN de nuestro Pueblo. Se transmite de generación en generación y sus enseñanzas tratan de reparar el mundo.

Nuestra vida tiene un final. Nuestra vida termina. Para ser recordados como alguien que la vivió a pleno amemos como si fuéramos a morir mañana y tratemos de reparar al mundo como si fuéramos a vivir en el siempre.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

martes, 12 de noviembre de 2019

Vaiera 5780


[La] mujer [de Lot] miró tras él, y se convirtió en un pilar de sal.” (Vaiera 19:26).

¿Cuántas veces miramos hacia atrás y nos quedamos petrificados? ¿De qué sirve mirar hacia atrás buscando un pasado que no volverá?

Y en nuestro afán de salvarnos de una manera egoísta dejamos muchas veces que nuestros semejantes sufran. ¿Acaso el texto nos dice que Lot intentó que su mujer no mirara hacia atrás?

El pasado, esa parte del tiempo que nos carcome el cerebro pensando qué hubiera pasado si, nos tiene que servir sólo de enseñanza. No es un ancla que nos impide zarpar hacia rumbos desconocidos.

El arrepentimiento, la angustia, el dolor, son formas de convertirnos en pilares de sal. Y miren la importancia que se le da a la esposa de Lot que su nombre no es mencionado.

Lo importante de este personaje bíblico es entender que cuando un sentimiento negativo nos persigue, tenemos que alejarnos rápidamente y no mirar hacia atrás para ver si nos alcanza.

Si en nuestro camino de la vida necesitamos detenernos no es para mirar hacia atrás sino para ver dónde estamos parados y hacia dónde queremos ir. Siempre hacia adelante. Progresar es mirar hacia adelante anhelando un futuro, con un proyecto, con una idea o con una noción de lo que queremos ser.

Si miramos hacia atrás nos distraemos. Perdemos el tiempo. Un tiempo que es escaso y que no vuelve hacia atrás.

Y si tenemos a alguien que está por mirar hacia atrás no hagamos como Lot. Ayudemos a esa persona a que enfoque su vista hacia adelante. No seamos egoístas, no pensemos en salvarnos nosotros solos. Ayudemos a nuestros semejantes.

Al principio de la Parashá Dios en persona está hablando con Abraham y este último ve tres forasteros. No dudó un instante en ir en su ayuda. No miró atrás para ver si Dios decía algo al respecto. Y les dio lo mejor que tenía. “Abraham corrió hacia el ganado, y eligió un becerro tierno y selecto. Se lo dio a un joven que se apresuró a prepararlo.” (Vaiera 18:7).

Cuando Dios le dijo a Abraham que deje su tierra en ningún momento se menciona que miró hacia atrás. Muchas veces debemos tomar decisiones difíciles. Dejarlo todo y empezar de cero.

Ese comienzo siempre tiene que tener tres puntos bien claros: no mirar hacia atrás, ayudar a quien se nos cruce en el camino e impedir que otro cometa el error que pretendemos evitar.

Dios nos dios dos brazos y dos piernas. Los brazos para poder abrazar y contener a nuestros seres queridos y las piernas para movernos y no quedarnos quietos para mirar hacia atrás como la esposa de Lot.

Es muy fácil detenerse y llorisquear por lo que dejamos. Lo difícil es avanzar y no caer en la tentación de mirar hacia atrás.

Las palabras más tristes son “pudo haber sido”. Las palabras de esperanza son “espero que así sea”.

Está en uno elegir cuales usar. Este Shabbat tomate unos minutos para pensarlo y elegí en que dirección vas a empezar a mirar.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

martes, 5 de noviembre de 2019

Lej Lejà 5780

Para quienes somos amantes de las series de televisión, el pasuk “Saray le dijo a Avram: “Dios me ha impedido tener hijos. Ven a mi esclava, y quizá tenga yo hijos a través de ella”. Avram escuchó a Sarai.” (Lej Lejá 16:2) nos va a recordar inmediatamente a The Handmaid´s Tale.

Hagar, la sirvienta egipcia vapuleada y menospreciada en el texto de la Torá, sería Defred y Saray (todavía no era Sara) equivaldría a Serena Joy.

Obviamente que el texto de esta semana nada tiene que ver con la serie, pero en ambos casos vemos el lugar que ocupaba la mujer en la antigüedad. Su única misión era la de tener hijos.

Por eso vemos como dice “Avram tomó a su mujer Saray” (Lej Lejá 12:5). No nos dice Avram fue con su mujer. La idea de “tomó” es de posesión. Como si fuera también una pertenencia.

Cuando Hagar huyó de Saray, se encuentra con un ángel, que le hace dos preguntas, que son la base de nuestra existencia: “¿De dónde vienes, y adónde vas?” (Lej Lejá 16:8)

Esa pregunta se la ha realizado la ciencia desde el comienzo. ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? Ninguno de nosotros sabe las respuestas. Buscarlas es entrar en un rompecabezas filosófico que lo único que nos conlleva es a no disfrutar del viaje que es la vida.

Y esa vida evoluciona rápidamente y a pasos agigantados. La posición de la mujer en la actualidad dista mucho de aquella época donde Hagar era maltratada por Saray.

Saray no la maltrataba por el hecho de que haya concebido un hijo Avram, Lo hacía porque sabía que en el fondo no podía cumplir con su objetivo que era procrear. Al igual que en la serie, las criadas o esclavas, no tienen derechos.

Por suerte el judaísmo conservador ha evolucionado y le ha dado relevancia al papel de la mujer en la sociedad actual. Aunque eso es digamos puertas para afuera. La pregunta ahora es para quienes en la actualidad tienen el lujo de tener empleadas domésticas, ¿las tratan bien? ¿o son simplemente las shikses o ishires?

No caigamos en la tentación de creer que vivimos en Gilead. Tener una empleada doméstica no es tener una esclava en nuestra casa, no es tener una Martha. Es tener una persona que trabaja, y que puede responder que viene a cumplir una tarea y que va a lograr ese objetivo.

Nosotros no sabemos a ciencia cierta de dónde venimos, pero tenemos que tener bien claro a dónde vamos: a ser mejores personas día a día. A superarnos y para eso muchas veces tenemos que hacer como Avram: tomar nuestras pertenencias, compartir el viaje con nuestros seres queridos, y salir de nuestra zona de confort hacia lo desconocido.

Sólo así estaremos seguros hacia dónde vamos.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

martes, 29 de octubre de 2019

Noaj 5780

Ian Malcom, protagonista de la película Jurassic Park, en un momento hace un comentario que bien podría definir en forma cientítica lo que ocurrió en la historia que la Torá nos narra acerca de Noaj: “La vida se abre camino”.

Si vamos al texto de esta semana vemos que “Dios vio el mundo, y estaba corrompido. Toda carne había pervertido su camino en la tierra.” (Noaj 6:12).

¿Acaso ahora vivimos en un mundo correcto? ¿Con qué vara medimos si el mundo es el que Dios quiso?

Todas las culturas antiguas hablan de grandes inundaciones. ¿Se referirán a las glaciaciones que hubo? ¿Al derretimiento de los polos? ¿A un efecto invernadero creado por el meteorito que destruyó a los dinosaurios? No sabemos a ciencia cierta qué pasó pero la historia de Noaj pegó tanto en la cultura occidental que cada vez que se habla de salvar a la humanidad se habla de “arca”

“La longitud del arca será de 300 codos, su anchura de 50 codos y su altitud de 30 codos.” (Noaj 6:15).

Si hacemos cuentas de todos los animales que entraron al arca más Noaj y su familia sinceramente y con una mano en el corazón no nos da el volumen para albergar tantos seres vivos.

Podemos creer o no que entraron todos, que el arca haya o no existido, pero hay algo que no deja lugar a dudas: la vida a pesar de todas las dificultades logró abrirse camino y continuar.

“Hubo un diluvio en la tierra durante cuarenta días” (Noaj 7:17). Es sorprendente como el número 40 aparece muchas veces en la Torá. El número 40 tiene un significado muy importante en toda la Torá y el Talmud. El número 40 representa cambio o transición, la idea de renovación, de un nuevo comienzo. El número 40 tiene la fuerza de elevar un estado espiritual.  El Talmud nos dice que una mikve debe llenarse con 40 seás (una medida de agua). En el judaísmo, la inversión en una mikve es el símbolo máximo de renovación espiritual.

En este caso los 40 días que quedaron “sumergidos” Noaj y su familia fue para purificarse espiritualmente como si estuvieran en una gran mivke.

Ese es el mensaje que debemos tomar. Que cuando nos sentimos agobiados, estresados, sin ganas de hacer nada, es decir, impuros, debemos tomar nuestro tiempo para purificarnos porque de esa forma nuestro mundo puede ser reconstruido.

Para Dios fue “más fácil” crear a partir de lo ya creado. Para nosotros sería seguir adelante con la experiencia de lo aprendido.

Muchas veces sentimos que nos tapan las aguas y lo que necesitamos no es nadar contra la corriente ni muchos menos dejarnos morir ahogados. Debemos estar preparados para construir nuestra arca y sobrellevar los momentos malos.

Así como el diluvio no duró para la siempre, los momentos malos en nuestras vidas tampoco. Noaj entró al arca acompañado. Así debemos afrontar esas situaciones. Solos somos vulnerables a nuestros miedos.

Noaj sobrevivió porque creyó en la palabra de Dios. Es un ejemplo a imitar.

Aun cuando sintamos que las puertas y oportunidades se nos van cerrando recordemos que la vida se abre camino.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

domingo, 20 de octubre de 2019

Bereshit 5780


Comenzamos otro ciclo de lectura de la Torá y leemos acerca de la creación del mundo. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Bereshit 1:1); “Dijo Dios: “Haya luz”, y la luz cobró existencia” (Bereshit 1:3); “Dios llamó al firmamento “Cielo”” (Bereshit 1:8); “Dios hizo las dos grandes luminarias, la luminaria mayor para regir el día y la luminaria menor para regir la noche. [Él hizo también] las estrellas.” (Bereshit 1:16) y “Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que domine los peces del mar, las aves del firmamento, los animales de ganado y toda la tierra; y todo animal de suelo que recorre la tierra”. (Bereshit 1:26).

Bien sabemos, y hay comprobaciones científicas que así lo demuestran, que el mundo no fue creado en siete días, sino que fueron millones de años los que duró su evolución desde su creación hasta el mundo que actualmente conocemos. ¿Por qué la Torá se empecina en decirnos que fue Dios sólo en siete días (seis de creación y uno de descanso)?

La manera más sencilla de explicarlo es la simpleza. Es más fácil a un pueblo recién salido de la esclavitud y con un nivel de conocimientos que distaba sideralmente con el que tenemos ahora ponerse a explicar la Teoría del Big Bang y cómo fue la evolución, las eras geológicas, etc. Decir que el mundo fue creado en 7 días es un mero simbolismo numérico que se condice con la cantidad de días que hay en cada fase lunar.

Y tomamos la luna como unidad de medición ya que el sol era adorado por los egipcios como un dios. Usar como medida una deidad de otra cultura roza los límites de caer en la idolatría. Cuando fue entregada la Torá en el Sinaí estaba presente el recuerdo de la esclavitud y no faltaban quienes deseaban y repetían constantemente que “Dios los mandó al desierto a morir”

Con lo mencionado anteriormente no se intenta negar la creación del mundo por parte de Dios ni nada que se le parezca. Es sólo demostrar que cuando un tema nos resulta demasiado complejo para explicárselo a un público que no está preparado académicamente para recibir la información, la simpleza es un arma potente para transmitir conocimiento.

El conocimiento se va adquiriendo a medida que crecemos y aún creo que estamos transitando el sexto día mencionado en la Torá. El hombre todavía no fue creado totalmente como se menciona en el texto. Nos falta mucho para tener la imagen y semejanza de Dios. Somos egoístas por naturaleza, destruimos nuestro hábitat natural contaminando el medio ambiente y haciendo una analogía con el texto es porque adquirimos conocimientos. Y creemos que con ese conocimiento podemos manejar y modificar el mundo a nuestro antojo. Así como Adam y Javá fueron expulsados del Gan Edén por comer del fruto prohibido, nosotros seremos expulsados de este mundo por querer transformarlo gracias al fruto de nuestro conocimiento.

También el texto nos da una idea de lo que tenemos que hacer a diario si no queremos caer en error de no aceptar la simpleza que nos da la vida. La primera pregunta que aparece en la Torá es “Dios llamó al hombre, y Él dijo: “¿Dónde estás?”” (Bereshit 3:9).

Qué simple es mirar a nuestro alrededor y descubrir dónde estamos. ¿Es lo que queremos? ¿Podemos mejorar? ¿Somos buenas personas?

Dios desde la simpleza nos enseña a ser complejos.

Y la complejidad no significa ser una mente brillante como Newton, Einstein, Freud u otro que se haya destacado en alguna disciplina. La complejidad es directamente proporcional a la forma en que afrontamos y resolvemos nuestros problemas.

Podemos ahogarnos en un vaso de agua y seguir con el problema o preguntarnos ¿dónde estamos? y ver cómo salir adelante.

Cada día construimos nuestros propios universos. Cada día tenemos la posibilidad de mejorar y hacer que nuestros seres queridos progresen. Eso es asemejarse a Dios: ser dadores.

Si sentimos que estamos estancados, a lo mejor es porque complejizamos demasiado los problemas.

Sigamos entendiendo que el mundo fue creado en 6 días y que el séptimo Dios descansó para comprender la Torá pero razonemos que cada uno de esos días para nuestro calendario representan millones de años.

Seamos simples y disfrutemos de otro ciclo de lectura que comienza.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

jueves, 12 de septiembre de 2019

Ki Tetzé 5779


Hagamos un juego mental y pensemos que nos encontramos en la calle un maletín con un millón de dólares. Imaginemos que tiene ese contenido porque no lo vamos a abrir. La calle está desierta y si lo tomamos y lo llevamos con nosotros nadie se va a enterar. Es un lugar que no hay cámaras de seguridad y podemos pasar desapercibidos llevándonos

Nuestro primer impulso es tomarlo y salir corriendo, ¿no es así? Todos nuestros problemas económicos estarían solucionados. Tendríamos vacaciones en Miami, Israel, el Caribe, etc.

Pero en nuestro interior, tal vez muy dentro nuestro, sabemos que le pertenece a alguien y que seguramente al no encontrarlo se pondrá muy triste.

Para contener nuestro impulso la Torá nos indica “Si tu hermano no está cerca de ti, o si no sabes quién [es el dueño], debes llevar [el animal] a tu hogar y quedarte con él hasta que tu hermano lo identifique, después de lo cual debes retornárselo.” (Devarim 22:2)

Tampoco nos permite hacer trampa a esta mitzvá. Si yo me escondo el dueño nunca me podrá encontrar y por consiguiente nunca reclamará su objeto.

¿Cómo aplica ese concepto en nuestros días cuando el materialismo tiende a superar al más profundo deseo de cumplimiento de mitzvot? O cuando somos permanentemente inundados con publicidades que nos quieren mentalizar con que más tenemos más felices somos.

Podemos aplicarlo teniendo una escala de valores clara y una base moral que haga de muralla sobre una coyuntura cada vez menos favorable a los valores que arraigamos.

Siempre para esta Parashá uso la frase de René Descartes “cogito ergo sum”: “pienso luego existo”. Para existir como persona cumplidora de las mitzvot tenemos que pensar. ¿Es correcto esto? ¿Es lo que D´s quiere para nosotros?

El primer contacto que tenemos en nuestras vidas con la moral está en nuestras familias. Y así pasamos a otra mitzvá que se menciona que dice que “Cuando un hombre tome una novia nueva, no ingresará en el servicio militar ni se lo asignará a ningún deber relacionado. Debe permanecer libre para su familia durante un año, en el cual puede regocijarse con su novia.” (Devarim 24:5)

Lógicamente que la poligamia ya no existe, pero esta ley podría aplicar a un solo matrimonio. No significa que el hombre no deba trabajar, sino que en su tiempo libre debe dedicarse a su mujer. Sólo un matrimonio con una base sólida puede asegurarse de no tener un hijo descarriado.

Sólo devolviendo lo que no nos pertenece podremos apreciar lo que es nuestro. Lo que tenemos desde nuestras bases. Bases que nos hacen ir por la senda correcta y no descarriar en nuestro camino.

Un camino de constante respeto, por nuestra familia y por estudio el cumplimiento de las mitzvot.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein