martes, 19 de noviembre de 2019

Jaiei Sara 5780


Interesante comparación la letra del tema Presente de Vox Dei cuando dice “Todo concluye al fin / nada puede cambiar / todo tiene un final, / todo termina” y el pasuk en donde Abraham dice “Soy un forastero y un residente entre vosotros” (Jaie Sara 23:4).

Nosotros somos forasteros en este mundo y estamos de paso. El paso del ciclo de nuestra vida es inevitable. Nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. Todo tiene un final.
Si existe o no el Olám Habá (Mundo venidero) lo sabremos después de concluir el ciclo de nuestra vida.

Pero mientras vivamos seamos agradecidos de tener la oportunidad de despertar cada día. Cuando nos vamos a dormir a la noche lo hacemos con seguridad de que a la mañana siguiente despertaremos. ¿Y si no es asì? ¿Y si el sueño no termina? ¿Lo sabríamos entonces? Por eso el Shemá, nuestra oración más sagrada, se dice al levantarnos y al acostarnos. A la mañana para recordar que gracias al Creador tenemos un día más para aprovechar y a la noche para agradecerle haberlo vivido a pleno.

Residimos en el mundo que Dios nos dio. Un mundo lleno de imperfecciones para poder sacar de nuestro interior la idea del tikum olán (reparar el mundo). ¿Y cómo lo hacemos? Con buenas acciones.

Al morir se va a hacer un recuento de nuestras buenas acciones. Así como Sara se dice que tuvo más de una vida (y de ahí el nombre de la Parashá) nosotros también vivimos más de una vida: la que soñamos, la que realmente vivimos y la de los buenos y malos actos.

Y muchas veces nos hacemos mala sangre por cosas que no deberíamos y para dejar de hacerlo deberíamos preguntarnos: si tenemos la certeza de que morimos mañana ¿vale la pena preocuparnos por eso? En la gran mayoría de los casos la respuesta sería no. Pero como nos creemos inmortales actuamos de tal manera que muchas veces cuando está por llegar lo inevitable nos arrepentimos tardíamente.

Somos forasteros en un mundo en constante cambio. Adaptarnos a esos cambios también es parte de nuestra vida.

No somos perpetuos, pero tampoco efímeros.

Nuestras vidas continúan en nuestros hijos. Parte de ella está ahí y no sólo por el ADN que les trasmitimos sino por las enseñanzas que les brindamos. Y lo mismo ocurre con la Torá que es el ADN de nuestro Pueblo. Se transmite de generación en generación y sus enseñanzas tratan de reparar el mundo.

Nuestra vida tiene un final. Nuestra vida termina. Para ser recordados como alguien que la vivió a pleno amemos como si fuéramos a morir mañana y tratemos de reparar al mundo como si fuéramos a vivir en el siempre.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

No hay comentarios:

Publicar un comentario