Interesante
comparación la letra del tema Presente de Vox Dei cuando dice “Todo concluye al
fin / nada puede cambiar / todo tiene un final, / todo termina” y el pasuk en
donde Abraham dice “Soy un forastero y un residente entre vosotros” (Jaie Sara 23:4).
Nosotros somos forasteros en este mundo y estamos de paso. El
paso del ciclo de nuestra vida es inevitable. Nacemos, crecemos, envejecemos y
morimos. Todo tiene un final.
Si existe o no el Olám Habá (Mundo venidero) lo sabremos después
de concluir el ciclo de nuestra vida.
Pero mientras vivamos seamos agradecidos de tener la oportunidad
de despertar cada día. Cuando nos vamos a dormir a la noche lo hacemos con
seguridad de que a la mañana siguiente despertaremos. ¿Y si no es asì? ¿Y si el
sueño no termina? ¿Lo sabríamos entonces? Por eso el Shemá, nuestra oración más
sagrada, se dice al levantarnos y al acostarnos. A la mañana para recordar que gracias
al Creador tenemos un día más para aprovechar y a la noche para agradecerle
haberlo vivido a pleno.
Residimos en el mundo que Dios nos dio. Un mundo lleno de
imperfecciones para poder sacar de nuestro interior la idea del tikum olán
(reparar el mundo). ¿Y cómo lo hacemos? Con buenas acciones.
Al morir se va a hacer un recuento de nuestras buenas
acciones. Así como Sara se dice que tuvo más de una vida (y de ahí el nombre de
la Parashá) nosotros también vivimos más de una vida: la que soñamos, la que
realmente vivimos y la de los buenos y malos actos.
Y muchas veces nos hacemos mala sangre por cosas que no deberíamos
y para dejar de hacerlo deberíamos preguntarnos: si tenemos la certeza de que
morimos mañana ¿vale la pena preocuparnos por eso? En la gran mayoría de los
casos la respuesta sería no. Pero como nos creemos inmortales actuamos de tal
manera que muchas veces cuando está por llegar lo inevitable nos arrepentimos tardíamente.
Somos forasteros en un mundo en constante cambio. Adaptarnos
a esos cambios también es parte de nuestra vida.
No somos perpetuos, pero tampoco efímeros.
Nuestras vidas continúan en nuestros hijos. Parte de ella está
ahí y no sólo por el ADN que les trasmitimos sino por las enseñanzas que les brindamos.
Y lo mismo ocurre con la Torá que es el ADN de nuestro Pueblo. Se transmite de
generación en generación y sus enseñanzas tratan de reparar el mundo.
Nuestra vida tiene un final. Nuestra vida termina. Para ser
recordados como alguien que la vivió a pleno amemos como si fuéramos a morir
mañana y tratemos de reparar al mundo como si fuéramos a vivir en el siempre.
Shabbat Shalom
Lucas Fisbein
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