La Parashá Tetzavé, en Shemot 27:20–30:10, expone uno de los fundamentos más radicales de la Torá: el liderazgo solo es legítimo cuando está basado en pureza moral y responsabilidad absoluta hacia el pueblo. El primer mandamiento es traer aceite puro de oliva, machacado, sin impurezas, para encender la menorá constantemente. El Talmud en Menajot 86a explica que este aceite debía ser el primero, el más limpio, sin residuos. El Midrash enseña que el aceite representa al liderazgo y la luz representa a la nación. Si el liderazgo es puro, la nación vive con claridad. Si el liderazgo está contaminado por intereses personales, corrupción o manipulación, la nación vive en la oscuridad, aunque crea ver luz.
La Torá no tolera el
liderazgo que crea dependencia. La menorá debía arder “tamid”,
constantemente, no de forma intermitente según la conveniencia del líder. Esto
significa que la responsabilidad moral no puede aparecer en los discursos y
desaparecer en la práctica. Sin embargo, el modelo populista moderno,
representado en Argentina por el Kirchnerismo, invirtió completamente este
principio. En lugar de construir individuos libres, construyó estructuras de
dependencia. En lugar de empoderar al ciudadano, lo convirtió en rehén del
aparato estatal. La lógica fue siempre la misma: generar necesidad para luego
administrar esa necesidad. El clientelismo no es solidaridad, es control. El
que depende pierde independencia, y el que pierde independencia pierde
libertad.
La ausencia del nombre
de Moshé en esta parashá es una de las enseñanzas más profundas sobre el
verdadero liderazgo. El Midrash explica que esto ocurre porque Moshé dijo que
prefería ser borrado antes que ver destruido a su pueblo. El comentario de Rashi
enseña que el verdadero líder no se aferra al poder, sino a la responsabilidad.
Está dispuesto a desaparecer personalmente si eso protege al pueblo. Este
modelo es exactamente lo opuesto al culto personal que caracterizó a figuras
como Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, donde el poder dejó de
ser un medio para servir y pasó a ser un fin en sí mismo. El liderazgo dejó de
estar centrado en el bienestar del pueblo y pasó a estar centrado en la
preservación del propio poder político y de su estructura.
La Torá describe las
vestimentas de Aarón, y el Talmud enseña que cada prenda expiaba un pecado
nacional. El líder no estaba por encima del pueblo, estaba para servir al
pueblo y reparar sus fallas. No utilizaba su posición para acumular
privilegios. No utilizaba su rol para enriquecerse ni para consolidar poder
personal. La función del liderazgo era elevar al pueblo, no dominarlo. Sin
embargo, el modelo populista construyó una élite política separada de la
realidad del ciudadano común. Mientras el ciudadano sufría inflación, pobreza e
incertidumbre, la estructura política preservaba su poder, sus cargos y su
influencia. Esto se vio durante el gobierno de Alberto Fernández, donde el
poder formal coexistía con un poder real concentrado en una estructura que
nadie había elegido directamente, demostrando que el verdadero objetivo no era
la institucionalidad sino el control.
El Joshen Mishpat,
el pectoral del juicio, contenía los nombres del pueblo sobre el corazón del
líder. El Midrash explica que el líder debe sentir el dolor del pueblo como
propio. No puede vivir aislado de su realidad. No puede utilizar al pueblo como
herramienta de poder. Pero el populismo moderno creó una desconexión total
entre el discurso y la realidad. Se habló en nombre de los pobres mientras se
multiplicaban los pobres. Se habló en nombre de la justicia social mientras se
consolidaba la dependencia social. Se habló en nombre de la igualdad mientras
se construía una estructura política hereditaria, visible en figuras como Máximo
Kirchner, donde el poder dejó de ser una responsabilidad y pasó a ser una
herencia.
El Midrash enseña que
el aceite de oliva revela su pureza solo cuando es presionado. La presión
revela la verdad. Lo mismo ocurre con el liderazgo. En los momentos de bonanza,
cualquier liderazgo puede parecer exitoso. Pero en los momentos de crisis se revela
su verdadera naturaleza. El liderazgo moral asume responsabilidad. El liderazgo
corrupto busca excusas, culpa a otros, manipula la narrativa y preserva su
poder. Durante años, dirigentes como Axel Kicillof promovieron modelos
económicos basados en el control estatal, la intervención permanente y la
negación de la realidad económica, generando estructuras insostenibles que
inevitablemente perjudicaron al ciudadano común, mientras el discurso
continuaba prometiendo soluciones futuras que nunca llegaban.
La Torá exige pureza
porque entiende que el poder sin pureza inevitablemente se transforma en
dominación. El poder que crea dependencia no libera, esclaviza. El poder que
necesita ciudadanos dependientes no busca el bien del pueblo, busca su propia
supervivencia. El liderazgo verdadero crea individuos fuertes. El liderazgo
corrupto crea individuos dependientes. El primero construye futuro. El segundo
administra decadencia.
La ausencia del nombre
de Moshé enseña que el verdadero líder no necesita propaganda ni culto
personal. Su legado está en la fortaleza del pueblo, no en la permanencia de su
imagen. El populismo necesita propaganda constante porque carece de legitimidad
moral. Necesita relato porque la realidad lo contradice. La Torá enseña que la
verdad no necesita propaganda. La verdad se sostiene por sí misma.
Quiera D’s que tengamos
la claridad de distinguir entre el liderazgo que sirve y el liderazgo que
somete, que aprendamos a rechazar a quienes construyen poder sobre la
dependencia y la manipulación, que podamos reconstruir una sociedad basada en
la responsabilidad, la libertad y la verdad, y que la luz pura de la menorá,
alimentada por aceite limpio, vuelva a iluminar nuestra nación con integridad,
justicia y dignidad verdadera.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein