lunes, 23 de febrero de 2026

Tetzavé 5786

La Parashá Tetzavé, en Shemot 27:20–30:10, expone uno de los fundamentos más radicales de la Torá: el liderazgo solo es legítimo cuando está basado en pureza moral y responsabilidad absoluta hacia el pueblo. El primer mandamiento es traer aceite puro de oliva, machacado, sin impurezas, para encender la menorá constantemente. El Talmud en Menajot 86a explica que este aceite debía ser el primero, el más limpio, sin residuos. El Midrash enseña que el aceite representa al liderazgo y la luz representa a la nación. Si el liderazgo es puro, la nación vive con claridad. Si el liderazgo está contaminado por intereses personales, corrupción o manipulación, la nación vive en la oscuridad, aunque crea ver luz.

La Torá no tolera el liderazgo que crea dependencia. La menorá debía arder “tamid”, constantemente, no de forma intermitente según la conveniencia del líder. Esto significa que la responsabilidad moral no puede aparecer en los discursos y desaparecer en la práctica. Sin embargo, el modelo populista moderno, representado en Argentina por el Kirchnerismo, invirtió completamente este principio. En lugar de construir individuos libres, construyó estructuras de dependencia. En lugar de empoderar al ciudadano, lo convirtió en rehén del aparato estatal. La lógica fue siempre la misma: generar necesidad para luego administrar esa necesidad. El clientelismo no es solidaridad, es control. El que depende pierde independencia, y el que pierde independencia pierde libertad.

La ausencia del nombre de Moshé en esta parashá es una de las enseñanzas más profundas sobre el verdadero liderazgo. El Midrash explica que esto ocurre porque Moshé dijo que prefería ser borrado antes que ver destruido a su pueblo. El comentario de Rashi enseña que el verdadero líder no se aferra al poder, sino a la responsabilidad. Está dispuesto a desaparecer personalmente si eso protege al pueblo. Este modelo es exactamente lo opuesto al culto personal que caracterizó a figuras como Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, donde el poder dejó de ser un medio para servir y pasó a ser un fin en sí mismo. El liderazgo dejó de estar centrado en el bienestar del pueblo y pasó a estar centrado en la preservación del propio poder político y de su estructura.

La Torá describe las vestimentas de Aarón, y el Talmud enseña que cada prenda expiaba un pecado nacional. El líder no estaba por encima del pueblo, estaba para servir al pueblo y reparar sus fallas. No utilizaba su posición para acumular privilegios. No utilizaba su rol para enriquecerse ni para consolidar poder personal. La función del liderazgo era elevar al pueblo, no dominarlo. Sin embargo, el modelo populista construyó una élite política separada de la realidad del ciudadano común. Mientras el ciudadano sufría inflación, pobreza e incertidumbre, la estructura política preservaba su poder, sus cargos y su influencia. Esto se vio durante el gobierno de Alberto Fernández, donde el poder formal coexistía con un poder real concentrado en una estructura que nadie había elegido directamente, demostrando que el verdadero objetivo no era la institucionalidad sino el control.

El Joshen Mishpat, el pectoral del juicio, contenía los nombres del pueblo sobre el corazón del líder. El Midrash explica que el líder debe sentir el dolor del pueblo como propio. No puede vivir aislado de su realidad. No puede utilizar al pueblo como herramienta de poder. Pero el populismo moderno creó una desconexión total entre el discurso y la realidad. Se habló en nombre de los pobres mientras se multiplicaban los pobres. Se habló en nombre de la justicia social mientras se consolidaba la dependencia social. Se habló en nombre de la igualdad mientras se construía una estructura política hereditaria, visible en figuras como Máximo Kirchner, donde el poder dejó de ser una responsabilidad y pasó a ser una herencia.

El Midrash enseña que el aceite de oliva revela su pureza solo cuando es presionado. La presión revela la verdad. Lo mismo ocurre con el liderazgo. En los momentos de bonanza, cualquier liderazgo puede parecer exitoso. Pero en los momentos de crisis se revela su verdadera naturaleza. El liderazgo moral asume responsabilidad. El liderazgo corrupto busca excusas, culpa a otros, manipula la narrativa y preserva su poder. Durante años, dirigentes como Axel Kicillof promovieron modelos económicos basados en el control estatal, la intervención permanente y la negación de la realidad económica, generando estructuras insostenibles que inevitablemente perjudicaron al ciudadano común, mientras el discurso continuaba prometiendo soluciones futuras que nunca llegaban.

La Torá exige pureza porque entiende que el poder sin pureza inevitablemente se transforma en dominación. El poder que crea dependencia no libera, esclaviza. El poder que necesita ciudadanos dependientes no busca el bien del pueblo, busca su propia supervivencia. El liderazgo verdadero crea individuos fuertes. El liderazgo corrupto crea individuos dependientes. El primero construye futuro. El segundo administra decadencia.

La ausencia del nombre de Moshé enseña que el verdadero líder no necesita propaganda ni culto personal. Su legado está en la fortaleza del pueblo, no en la permanencia de su imagen. El populismo necesita propaganda constante porque carece de legitimidad moral. Necesita relato porque la realidad lo contradice. La Torá enseña que la verdad no necesita propaganda. La verdad se sostiene por sí misma.

Quiera D’s que tengamos la claridad de distinguir entre el liderazgo que sirve y el liderazgo que somete, que aprendamos a rechazar a quienes construyen poder sobre la dependencia y la manipulación, que podamos reconstruir una sociedad basada en la responsabilidad, la libertad y la verdad, y que la luz pura de la menorá, alimentada por aceite limpio, vuelva a iluminar nuestra nación con integridad, justicia y dignidad verdadera.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

 

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