En la parashá de esta semana, Moshé le habla al pueblo de Israel y les recuerda un momento difícil del pasado. Les dice algo muy fuerte: “Yo les hablé, pero no quisieron escuchar” (Devarim 1:43). No dice “no escucharon porque no sabían”, ni “no escucharon porque no entendieron”. Dice “no quisieron”. Esa es una diferencia enorme.
Porque muchas veces el
problema no es que no sabemos qué hacer… el problema es que sabemos exactamente
qué hacer, pero no queremos. No queremos escuchar lo que no nos conviene, lo
que nos exige cambiar, lo que nos pone incómodos. A veces la verdad está justo
enfrente nuestro, pero preferimos mirar para otro lado. ¿Por qué? Porque es más
fácil seguir igual, aunque sepamos que no es lo correcto.
Esto no solo pasó hace
miles de años en el desierto. Pasa hoy también, en nuestra vida cotidiana.
Pensemos en esto:
¿cuántas veces un amigo o alguien de confianza nos dice algo que en el fondo
sabemos que es cierto, pero nos molesta y lo rechazamos? ¿Cuántas veces un
maestro, un padre, o incluso algo que leímos o escuchamos nos hace “ruido”,
porque toca un punto que preferimos no enfrentar?
Escuchar no es solo oír
sonidos. Escuchar de verdad es estar dispuesto a dejar que lo que otro dice
entre en nuestro corazón. Y eso, sinceramente, cuesta. Porque cuando escuchamos
de verdad, puede que tengamos que admitir que estamos equivocados. Puede que
tengamos que cambiar. Y eso asusta.
Pero lo increíble es
que justamente ahí —en ese punto incómodo— empieza el crecimiento real. Porque
si solo escuchamos lo que nos gusta, lo que ya pensamos, lo que nos da la
razón… ¿cómo vamos a cambiar? ¿Cómo vamos a aprender algo nuevo?
El mensaje de la Torá
es claro: D´s nos habla todo el tiempo. A veces a través de un pasuk, a veces a
través de otra persona, y a veces a través de una situación que la vida nos
pone delante. El problema no es que D´s no habla. El problema es que muchas
veces nosotros no queremos escuchar.
En hebreo, el verbo “lishmoa”
(escuchar) aparece todo el tiempo en la Torá. El pasuk más famoso de todos dice
“Shema Israel” – “Escucha, Israel”. Y no se trata solo de oír con los
oídos, sino de abrir el corazón.
Escuchar también es un
acto de humildad. Es decir: “Tal vez no tengo toda la razón. Tal vez hay algo
que tengo que revisar. Tal vez hay otra mirada que no consideré”.
Quiera D´s que tengamos
la valentía de escuchar no solo lo que nos halaga, sino también lo que nos
desafía. Que aprendamos a prestar atención a las señales, a las palabras que
nos mueven, incluso si no nos resultan cómodas. Que podamos abrir nuestros
oídos, nuestra mente y nuestro corazón, porque muchas veces, lo que evitamos
escuchar es exactamente lo que más necesitamos oír.
Shabat Shalom!