lunes, 28 de julio de 2025

Devarim 5785

En la parashá de esta semana, Moshé le habla al pueblo de Israel y les recuerda un momento difícil del pasado. Les dice algo muy fuerte: “Yo les hablé, pero no quisieron escuchar” (Devarim 1:43). No dice “no escucharon porque no sabían”, ni “no escucharon porque no entendieron”. Dice “no quisieron”. Esa es una diferencia enorme.

Porque muchas veces el problema no es que no sabemos qué hacer… el problema es que sabemos exactamente qué hacer, pero no queremos. No queremos escuchar lo que no nos conviene, lo que nos exige cambiar, lo que nos pone incómodos. A veces la verdad está justo enfrente nuestro, pero preferimos mirar para otro lado. ¿Por qué? Porque es más fácil seguir igual, aunque sepamos que no es lo correcto.

Esto no solo pasó hace miles de años en el desierto. Pasa hoy también, en nuestra vida cotidiana.

Pensemos en esto: ¿cuántas veces un amigo o alguien de confianza nos dice algo que en el fondo sabemos que es cierto, pero nos molesta y lo rechazamos? ¿Cuántas veces un maestro, un padre, o incluso algo que leímos o escuchamos nos hace “ruido”, porque toca un punto que preferimos no enfrentar?

Escuchar no es solo oír sonidos. Escuchar de verdad es estar dispuesto a dejar que lo que otro dice entre en nuestro corazón. Y eso, sinceramente, cuesta. Porque cuando escuchamos de verdad, puede que tengamos que admitir que estamos equivocados. Puede que tengamos que cambiar. Y eso asusta.

Pero lo increíble es que justamente ahí —en ese punto incómodo— empieza el crecimiento real. Porque si solo escuchamos lo que nos gusta, lo que ya pensamos, lo que nos da la razón… ¿cómo vamos a cambiar? ¿Cómo vamos a aprender algo nuevo?

El mensaje de la Torá es claro: D´s nos habla todo el tiempo. A veces a través de un pasuk, a veces a través de otra persona, y a veces a través de una situación que la vida nos pone delante. El problema no es que D´s no habla. El problema es que muchas veces nosotros no queremos escuchar.

En hebreo, el verbo “lishmoa” (escuchar) aparece todo el tiempo en la Torá. El pasuk más famoso de todos dice “Shema Israel” – “Escucha, Israel”. Y no se trata solo de oír con los oídos, sino de abrir el corazón.

Escuchar también es un acto de humildad. Es decir: “Tal vez no tengo toda la razón. Tal vez hay algo que tengo que revisar. Tal vez hay otra mirada que no consideré”.

Quiera D´s que tengamos la valentía de escuchar no solo lo que nos halaga, sino también lo que nos desafía. Que aprendamos a prestar atención a las señales, a las palabras que nos mueven, incluso si no nos resultan cómodas. Que podamos abrir nuestros oídos, nuestra mente y nuestro corazón, porque muchas veces, lo que evitamos escuchar es exactamente lo que más necesitamos oír.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 21 de julio de 2025

Matot-Masei 5785

En la Parashá de esta semana, Matot-Maséi, la Torá nos presenta una enseñanza fundamental sobre la justicia:

"Si cualquiera mata a un ser humano, al asesino se le dará muerte sobre la base del testimonio ocular. No obstante, un solo testigo ocular no puede testificar contra una persona donde está en cuestión la pena de muerte." (Bamidbar 35:30).

Este versículo nos introduce a uno de los principios más sólidos del sistema judicial de la Torá: la pena capital solo puede aplicarse cuando hay al menos dos testigos presenciales confiables. Un solo testigo, por más justo o sincero que sea, no basta.

El Talmud en Masejet Sanhedrín 37a desarrolla este concepto profundamente. Allí se enseña que antes de comenzar un juicio capital, los jueces advertían a los testigos con palabras muy severas:

“Quizás piensan que esto es como testificar en un caso monetario. No es así. En casos monetarios, si uno da un testimonio falso, el dinero puede devolverse. Pero en un juicio capital, la sangre de esa persona, y la sangre de todas sus futuras generaciones, cuelga del cuello del testigo hasta el fin de los tiempos.”

Y más adelante, el Talmud dice:

"Cualquiera que destruye una vida, es como si hubiera destruido un mundo entero. Y cualquiera que salva una vida, es como si hubiera salvado un mundo entero."

Esto nos muestra que la vida humana no es una estadística ni un número más en los libros de la corte. Es un universo completo. Una chispa divina. Irreemplazable.

Hoy en día no tenemos Sanedrín ni aplicamos la pena de muerte según la Halajá. Pero los valores detrás de estas leyes siguen siendo profundamente relevantes. El mensaje es claro: nunca debemos apresurarnos a juzgar a otro ser humano, ni tomar decisiones basadas en un solo lado de la historia.

Vivimos en tiempos en los que la gente puede destruir la reputación de alguien con solo un comentario en redes sociales, con un rumor, con un juicio superficial. La Torá viene a enseñarnos: detente, escucha bien, verifica, sé justo, sé compasivo. Porque detrás de cada persona hay un mundo entero.

La justicia de la Torá no es ciega. Es cuidadosa, sensible, y exige lo más alto de nosotros como sociedad.

En el Midrash se dice que Hashem es Dayan HaEmet, el verdadero juez, porque solo Él conoce el corazón de las personas. Nosotros, en cambio, solo vemos lo externo. Por eso debemos ser humildes en nuestro juicio y generosos en nuestra comprensión.

Quiera D´s que aprendamos a juzgar con cautela y a hablar con responsabilidad; que nuestros ojos vean siempre lo bueno en los demás, y que nuestras palabras sirvan para elevar y no para destruir. Que vivamos con la sabiduría de la Torá, buscando siempre la verdad, la justicia y la paz.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 14 de julio de 2025

Pinjás 5785

"Los hijos de Koraj, sin embargo, no murieron" (Bamidbar 26:11)

En medio de la enumeración de las familias del pueblo de Israel, aparece este versículo tan breve como sorprendente: “Los hijos de Koraj no murieron”. Un pasuk que parece casi fuera de lugar, pero que encierra una de las enseñanzas más poderosas de la Torá: la posibilidad del individuo de romper con el pasado, de elegir su propio camino, y de no ser definido por los errores de su entorno.

Todos recordamos lo que hizo Koraj: desafió la autoridad de Moshé y de Aarón, lideró una rebelión con arrogancia, y terminó siendo tragado por la tierra, junto con sus seguidores. Pero aquí la Torá se detiene para decirnos algo importante: sus hijos no murieron. ¿Por qué subrayarlo?

El Midrash y el Talmud (Sanedrín 110a) explican que, en el último momento, los hijos de Koraj tomaron distancia de la rebelión. Se arrepintieron. No se dejaron arrastrar por la influencia del padre. Esto no fue fácil: desobedecer a un líder es una cosa, pero desobedecer a tu propio padre en un acto público de rebelión, requiere de un coraje extraordinario.

Y gracias a ese gesto de valentía y teshuvá, no solo salvaron sus vidas físicas, sino que se convirtieron en un símbolo de transformación espiritual. Más adelante en la historia de Israel, encontramos que de estos hijos de Koraj descendieron los poetas levitas que escribieron varios Salmos, incluyendo el poderoso “Lamnatzeaj Livnei Koraj” que aparece repetidas veces en el libro de Tehilim.

Este detalle es fundamental: de la casa de un rebelde salió poesía sagrada. De un acto de separación interior, nació una nueva línea de liderazgo espiritual y musical en el Beit HaMikdash. Esto nos enseña que no hay destino sellado cuando se trata del alma. Cada persona tiene la capacidad de escribir su propia historia.

La Torá nos recuerda aquí un principio moral esencial:

Los hijos no morirán por los pecados de los padres; cada uno morirá por su propio pecado” (Dvarim 24:16)

Vivimos en un mundo donde a veces se etiqueta a las personas por su origen, por su familia, por su historia. Pero este pasuk viene a decirnos: no definamos a nadie por su pasado, ni siquiera por el pasado de su familia. Todos tenemos la posibilidad de elegir el bien.

Quiera D´s que este Shabat, al estudiar estas palabras, recordemos el poder del libre albedrío, la fuerza del arrepentimiento sincero, y la belleza de la segunda oportunidad. Que sepamos ver a cada persona por su presente, no por su pasado. Y que tengamos el valor, como los hijos de Koraj, de levantarnos cuando hace falta, aunque estemos rodeados de presión o herencia negativa.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein 

lunes, 7 de julio de 2025

Balak 5785

“[Israel] se agazapa, yace como un león, como un león imponente, ¿quién osará provocarlo? Aquellos que te bendigan son bendecidos, y aquellos que te maldigan son maldecidos.” (Bamidbar 24:9)

En tiempos bíblicos, Balak, rey de Moav, temía al pueblo de Israel, no por su poder militar, sino por su identidad, su espiritualidad y el favor divino que lo acompañaba. Buscó entonces una solución indirecta: no atacar, sino maldecir al pueblo. Hoy, más de tres mil años después, los enemigos de Israel repiten el mismo patrón.

En pleno siglo XXI, Irán y sus aliados no solo representan una amenaza militar directa, sino también un intento constante de deslegitimación, aislamiento político y guerra psicológica. Desde la ONU hasta los medios de comunicación, hay voces que —como Bilam— intentan "maldecir" a Israel con palabras disfrazadas de justicia y derechos, pero cargadas de odio y distorsión.

La imagen de Israel como un león agazapado cobra nueva vida frente a los desafíos actuales. Israel, aunque pequeño en territorio, es una nación con una fuerza moral, tecnológica y militar que impone respeto. Pero esa fuerza no se usa a la ligera. Como el león que no ruge sin motivo, Israel actúa con contención, pero con firmeza cuando se cruza una línea roja.

Las operaciones quirúrgicas en Siria contra convoyes de armas, la ciberdefensa estratégica contra ataques iraníes y la disuasión nuclear encarnan esta postura: una nación que no busca el conflicto, pero no permitirá su destrucción

Bilam terminó bendiciendo al pueblo que venía a maldecir. ¿Por qué? Porque quien ataca a Israel en su esencia, termina cayendo en su propia trampa. En la historia reciente, lo vemos:

Los regímenes y grupos que han hecho del odio a Israel su bandera (como Hamás, Hezbollah, incluso regímenes autoritarios en la región) viven en ruina, represión o aislamiento.

En cambio, países que han tendido la mano a Israel, como Emiratos Árabes, Marruecos o Bahréin, están viendo prosperidad mutua gracias a la cooperación tecnológica, económica y de seguridad.

La bendición o la maldición no dependen solo de la intención, sino de la relación que se construye con la verdad y la justicia.

Este pasuk no es solo profecía: es consuelo. Nos dice que Israel no está solo. Que incluso cuando las naciones se levantan con misiles, discursos o amenazas nucleares, hay una fuerza más alta que vela por su destino. La historia ya ha demostrado muchas veces que el pueblo judío sobrevive a faraones, Hamáns, inquisiciones, nazis, terroristas y dictadores.

Israel es como un león. Reposa en fe, pero se levanta con coraje. ¿Quién se atreverá a provocarlo?

En medio de tensiones con Irán, guerras en la frontera norte y sur, y campañas internacionales de desprestigio, este versículo es más actual que nunca. No es solo poesía profética: es una declaración eterna.

La protección de Israel no es sólo tecnológica ni geopolítica. Está enraizada en una promesa divina:

"Aquellos que te bendigan serán bendecidos, y aquellos que te maldigan serán maldecidos."

Quiera D´s que este Shabat, mientras recordamos las bendiciones que salieron incluso de la boca de quienes buscaban maldecirnos, podamos sentir en lo profundo de nuestro corazón que Am Israel no camina solo. Que D’s siga protegiendo a nuestro pueblo, a nuestros soldados, a nuestras familias, y que veamos pronto el día en que el rugido del león no sea de guerra, sino de paz.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein