En la Parashá de esta semana, Matot-Maséi, la Torá nos presenta una enseñanza fundamental sobre la justicia:
"Si cualquiera
mata a un ser humano, al asesino se le dará muerte sobre la base del testimonio
ocular. No obstante, un solo testigo ocular no puede testificar contra una
persona donde está en cuestión la pena de muerte." (Bamidbar 35:30).
Este versículo nos
introduce a uno de los principios más sólidos del sistema judicial de la Torá: la
pena capital solo puede aplicarse cuando hay al menos dos testigos presenciales
confiables. Un solo testigo, por más justo o sincero que sea, no basta.
El Talmud en Masejet
Sanhedrín 37a desarrolla este concepto profundamente. Allí se enseña que antes
de comenzar un juicio capital, los jueces advertían a los testigos con palabras
muy severas:
“Quizás piensan que
esto es como testificar en un caso monetario. No es así. En casos monetarios,
si uno da un testimonio falso, el dinero puede devolverse. Pero en un juicio
capital, la sangre de esa persona, y la sangre de todas sus futuras generaciones,
cuelga del cuello del testigo hasta el fin de los tiempos.”
Y más adelante, el
Talmud dice:
"Cualquiera que
destruye una vida, es como si hubiera destruido un mundo entero. Y cualquiera
que salva una vida, es como si hubiera salvado un mundo entero."
Esto nos muestra que la
vida humana no es una estadística ni un número más en los libros de la corte.
Es un universo completo. Una chispa divina. Irreemplazable.
Hoy en día no tenemos
Sanedrín ni aplicamos la pena de muerte según la Halajá. Pero los valores
detrás de estas leyes siguen siendo profundamente relevantes. El mensaje es
claro: nunca debemos apresurarnos a juzgar a otro ser humano, ni tomar
decisiones basadas en un solo lado de la historia.
Vivimos en tiempos en
los que la gente puede destruir la reputación de alguien con solo un comentario
en redes sociales, con un rumor, con un juicio superficial. La Torá viene a
enseñarnos: detente, escucha bien, verifica, sé justo,
sé compasivo. Porque detrás de cada persona hay un mundo entero.
La justicia de la Torá
no es ciega. Es cuidadosa, sensible, y exige lo más alto de nosotros como
sociedad.
En el Midrash se dice
que Hashem es Dayan HaEmet, el verdadero juez, porque solo Él conoce el corazón
de las personas. Nosotros, en cambio, solo vemos lo externo. Por eso debemos
ser humildes en nuestro juicio y generosos en nuestra comprensión.
Quiera D´s que
aprendamos a juzgar con cautela y a hablar con responsabilidad; que nuestros
ojos vean siempre lo bueno en los demás, y que nuestras palabras sirvan para
elevar y no para destruir. Que vivamos con la sabiduría de la Torá, buscando
siempre la verdad, la justicia y la paz.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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