lunes, 30 de marzo de 2026

Pesaj 5786


El pasuk “Y le contarás a tu hijo en aquel día, diciendo: esto es por lo que hizo D´s por mí cuando salí de Egipto” (Shemot 13:8) constituye el centro espiritual e intelectual del Séder de Pésaj y, al mismo tiempo, una de las ideas más revolucionarias de toda la Torá. El libro de Shemot no ordena simplemente recordar ni conmemorar, sino narrar activamente. La libertad, según la tradición judía, no existe si no es explicada generación tras generación. La memoria no es un acto privado sino una responsabilidad pública. El judaísmo entiende que una sociedad empieza a perder su libertad cuando deja de discutir su propia historia y comienza a repetir relatos ya cerrados.

Rashi explica que este versículo debe cumplirse cuando el matzá y el maror están delante de la persona, es decir, cuando la historia se vuelve concreta y visible. No alcanza con enseñar ideas abstractas; hay que reconstruir la experiencia. El padre no dice “D´s liberó a nuestros antepasados”, sino “me liberó a mí”. La narración elimina la distancia entre pasado y presente. Cada generación debe sentirse protagonista del relato porque la identidad no se transmite mediante datos sino mediante experiencia vivida. El acto de contar transforma la historia en conciencia.

El Midrash Rabá profundiza esta idea al explicar por qué la Torá habla de distintos tipos de hijos. No todos escuchan igual porque la memoria nunca es neutral. Siempre existe el riesgo de que el relato se simplifique o se vuelva ideológico. El mayor peligro no es el hijo rebelde sino el que no sabe preguntar, porque cuando desaparecen las preguntas aparece el relato único. Y cuando una sociedad acepta un relato único, deja de educar y empieza a adoctrinar. El Séder está diseñado precisamente para impedir eso: preguntas obligatorias, discusiones, interrupciones y reinterpretaciones constantes.

El Talmud enseña en Pesajim 116a que la historia debe comenzar con la vergüenza y terminar con la alabanza. Esto implica que el judaísmo prohíbe las narrativas heroicas simplificadas. Israel no aparece como perfecto: duda, se queja, teme y quiere volver a Egipto. La redención no nace de una pureza moral absoluta sino de un proceso humano complejo. La Hagadá preserva esas tensiones porque entiende algo profundamente político y humano: cuando se borran las zonas incómodas del pasado, la historia se transforma en propaganda.

Desde esta perspectiva, la discusión argentina sobre la llamada teoría de los dos demonios puede interpretarse como un debate sobre cómo narrar la historia más que como una mera discusión jurídica o ideológica. Para quienes la sostienen, dicha teoría intenta recuperar la complejidad de un período atravesado por múltiples violencias políticas y evitar que el pasado quede reducido a una explicación única que elimine matices históricos. El modelo del Séder se acerca a esta lógica: la Torá no presenta un mundo plano donde solo existe un actor moral y todos los demás carecen de agencia, sino una realidad histórica llena de decisiones humanas, responsabilidades y consecuencias. Contar la historia completa —tal como exige “Y le contarás a tu hijo”— implica aceptar que los procesos históricos raramente encajan en categorías morales absolutas. Defender esa complejidad no significa justificar injusticias, sino rechazar la simplificación que convierte la memoria en instrumento ideológico.

El judaísmo desconfía profundamente de los relatos donde un solo lado concentra toda la virtud y el otro todo el mal. Incluso en la salida de Egipto, el relato incluye momentos incómodos para el propio pueblo judío. El Midrash afirma que los israelitas estaban espiritualmente deteriorados en Egipto y que la redención ocurrió pese a sus limitaciones. Esta honestidad narrativa es central: la memoria verdadera no protege la autoestima colectiva, sino la capacidad de aprender. Cuando una sociedad selecciona solo los hechos que refuerzan su identidad política, deja de estudiar historia y empieza a fabricar mitología.

Ese fenómeno puede observarse también en discusiones económicas contemporáneas. Se recuerda —correctamente— que Néstor Kirchner canceló la deuda con el FMI como gesto de autonomía financiera, pero muchas veces se omite simultáneamente que el país recurrió a financiamiento alternativo, incluyendo acuerdos con Venezuela a tasas mayores, lo que complejiza el cuadro económico real. El punto no es juzgar la decisión sino señalar el mecanismo narrativo: cuando se cuenta solo una parte verdadera, se construye un símbolo político, no una comprensión histórica. El Séder enseña exactamente lo contrario: la obligación es incluir los elementos incómodos porque solo así la siguiente generación puede pensar y no simplemente repetir.

La propia Hagadá introduce una tensión moral enorme con la muerte de los primogénitos egipcios, uno de los episodios más difíciles del relato bíblico. La tradición rabínica no lo oculta ni lo celebra sin reservas. El Midrash relata que los ángeles quisieron cantar cuando los egipcios se ahogaban y D´s los silenció diciendo que también eran Sus criaturas. La redención no elimina la tragedia humana del otro. Si ese episodio ocurriera en el clima político actual, probablemente muchos sectores de la sensibilidad progresista contemporánea organizarían marchas denunciando a D´s como genocida, aplicarían categorías modernas de juicio moral inmediato y reducirían el episodio a una lectura unilateral. Sin embargo, la Torá obliga a sostener la incomodidad sin cancelar el relato. La libertad llega dentro de una historia real, con costos reales, y la madurez moral consiste en enfrentar esa complejidad sin convertirla en consigna.

El faraón, según los comentaristas, no se veía a sí mismo como malvado. Creía defender el orden social y la estabilidad económica de Egipto. Esa observación atraviesa toda la tradición judía: los sistemas opresivos rara vez se perciben como tales desde adentro. Por eso la Torá insiste en narrar continuamente la salida de Egipto; no para glorificar el pasado, sino para enseñar a reconocer cómo las sociedades justifican sus propias acciones. Cada generación puede crear nuevos Egiptos mientras cree estar luchando contra ellos.

El mandato de contarle al hijo transforma la memoria en responsabilidad ética permanente. El padre debe transmitir no solo la liberación sino el proceso completo: el miedo, la opresión, las decisiones humanas y las consecuencias históricas. Una memoria parcial produce identidades rígidas; una memoria compleja produce ciudadanos capaces de pensar. El Séder funciona así como un antídoto contra cualquier intento —de derecha o de izquierda— de monopolizar la interpretación del pasado.

Por eso Pésaj no es una ceremonia nostálgica sino un ejercicio intelectual radical. Obliga a preguntar, discutir y reinterpretar todos los años. Ninguna generación puede apoyarse únicamente en la narrativa heredada; debe reconstruirla críticamente. La libertad no consiste solo en salir de Egipto, sino en evitar que la historia se transforme en dogma. Cuando el relato deja de admitir preguntas, comienza una nueva forma de esclavitud.

El versículo podría haber dicho “recordarás”, pero elige decir “contarás”. Recordar es pasivo; contar implica responsabilidad, selección consciente y diálogo. La Torá deposita la libertad en la conversación entre generaciones porque sabe que el mayor peligro no es olvidar el pasado, sino simplificarlo. Cada vez que una sociedad reemplaza la historia completa por una versión cómoda, empieza lentamente a regresar a Egipto sin darse cuenta. Y por eso, año tras año, el Séder vuelve a empezar con la misma orden: sentarse, preguntar y contar toda la historia, incluso las partes que incomodan a quienes la cuentan. Porque solo una memoria capaz de soportar la complejidad puede sostener la libertad en el tiempo.

Quiera D´s que sepamos contar nuestra historia con honestidad, sin miedo a las preguntas y sin necesidad de fabricar relatos perfectos; que tengamos la valentía de enseñar a nuestros hijos no consignas sino comprensión, no odio sino responsabilidad, y que así como salimos de Egipto aprendamos también a no crear nuevos Egiptos en nuestras propias sociedades, recordando siempre que la verdadera libertad comienza cuando la verdad completa puede ser dicha alrededor de la mesa.

Jag Pesaj Kasher VeSameaj!

Lucas Fisbein

lunes, 23 de marzo de 2026

Tzav 5786

 

La parashá Tzav nos deja una imagen poderosa y exigente: “De este modo, habrá un fuego constante ardiendo sobre el altar, sin ser apagado”. El fuego del altar no era un detalle técnico del servicio en el Mishkán; era una enseñanza espiritual y moral. Según Rashi, apoyándose en el Talmud (Yoma 45b), la Torá insiste en la constancia incluso cuando parece obvia, porque aquello que debe permanecer vivo tiende naturalmente a apagarse si el hombre no lo alimenta todos los días. El fuego no se sostenía solo por milagro: los sacerdotes debían agregar leña cada mañana. La santidad requiere mantenimiento. La memoria también.

El Midrash enseña que el fuego del altar representaba una llama doble: una descendía del cielo y otra era encendida por el hombre. D’s enviaba Su fuego, pero Israel debía sostenerlo. Sin la acción humana, incluso el fuego divino se extinguía en la práctica. Así también ocurre con la memoria histórica: hay hechos que marcan a un pueblo como un rayo desde lo alto, pero si las generaciones siguientes seleccionan qué recordar y qué olvidar, el fuego deja de ser eterno y pasa a ser una herramienta política.

La Argentina repite constantemente la palabra “memoria”, pero muchas veces ha olvidado el mandato central de Tzav: que el fuego no puede apagarse parcialmente. Una memoria que empieza en 1976 no es memoria constante; es memoria editada. Si el fuego debía arder siempre, también debía incluir lo ocurrido antes. Recordar el último golpe militar exige recordar el contexto completo que llevó a esa tragedia nacional.

El Talmud enseña que quien recuerda sólo una parte del testimonio distorsiona la verdad tanto como quien miente abiertamente (Sanhedrín 89a, en la discusión sobre testigos incompletos). No alcanza con recordar el horror de la dictadura —que debe recordarse sin relativizaciones— si se omite la violencia política previa que desgarró al país. Antes de 1976 hubo terrorismo, secuestros, asesinatos políticos, bombas en espacios públicos y organizaciones armadas que declararon la guerra al propio Estado argentino.

Hubo civiles asesinados por Montoneros y el ERP. Hubo el asesinato de José Ignacio Rucci en 1973, un crimen político destinado a quebrar la institucionalidad democrática recién recuperada. Hubo ataques a cuarteles como el de Azul en 1974. Hubo secuestros extorsivos, empresarios ejecutados, conscriptos asesinados, familias destruidas. Hubo una sociedad aterrorizada mucho antes del golpe. Negar esto no honra a las víctimas posteriores; convierte la memoria en propaganda.

Rashi explica sobre el fuego constante que incluso en estado de impureza el sacrificio comunitario no se suspendía, porque lo colectivo debía prevalecer sobre la comodidad individual. La memoria nacional también debería ser colectiva y no partidaria. Sin embargo, durante décadas sectores de la izquierda argentina y especialmente el kirchnerismo transformaron una tragedia nacional en patrimonio ideológico propio. Se apropiaron del lenguaje de los derechos humanos, lo vaciaron de universalidad y lo convirtieron en una herramienta selectiva: víctimas dignas de recuerdo y víctimas condenadas al silencio.

El Midrash Tanjuma señala que el fuego del altar estaba orientado hacia arriba, nunca hacia abajo, porque su función era elevar, no consumir indiscriminadamente. Cuando la memoria se usa para dividir argentinos entre buenos absolutos y demonios eternos, deja de elevar y empieza a quemar. La memoria deja de ser moral para convertirse en poder.

El Maharal explica que el fuego simboliza continuidad: algo que cambia constantemente, pero sigue siendo el mismo. Cada generación agrega su propia leña, pero la llama es una sola. La Argentina, en cambio, permitió que una generación reescribiera el pasado como si la historia comenzara donde convenía políticamente. Así se instaló una memoria incompleta: se condena con razón el terrorismo de Estado, pero se romantiza o minimiza el terrorismo previo. Se enseña a los jóvenes una historia fragmentada, incapaz de explicar por qué una sociedad entera llegó al abismo.

El resultado es una memoria que no sana. Porque la memoria verdadera, como el fuego del altar, ilumina todo el espacio. No selecciona rincones. No responde a gobiernos ni a relatos oficiales. El fuego constante exige honestidad constante.

El Talmud en Berajot enseña que el fuego espiritual se enfría cuando se vuelve rutina vacía. Repetir consignas sin búsqueda de verdad transforma la memoria en ceremonia hueca. Marchas, actos y discursos pierden sentido cuando excluyen partes incómodas de la historia. Recordar sólo lo que confirma una identidad política no es recordar: es construir un mito.

La parashá Tzav nos recuerda que mantener el fuego requería esfuerzo diario, incluso cuando nadie miraba. No era espectáculo; era responsabilidad. La memoria argentina necesita ese mismo trabajo silencioso: reconocer todas las violencias, todas las víctimas y todos los errores colectivos. Sin negacionismos, pero también sin relatos incompletos.

Porque el fuego que se apaga en parte termina apagándose del todo. Una sociedad que enseña historia selectiva prepara nuevas fracturas futuras. Sólo una memoria completa puede generar aprendizaje moral real. Sólo una memoria que incluya lo anterior a 1976 permite comprender el desastre que vino después y evitar repetirlo.

Quiera D’s que aprendamos del fuego del altar a sostener una memoria encendida, honesta y completa; que no sea instrumento de poder ni bandera partidaria, sino una llama que ilumine a toda la sociedad; que recordemos cada vida perdida sin jerarquías ideológicas; y que la memoria, como el fuego eterno del Mishkán, nos enseñe a construir un futuro con verdad, responsabilidad y unidad.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 16 de marzo de 2026

Vaikrá 5786


En Parashat Vikrá encontramos un versículo que parece técnico, pero que encierra una enseñanza moral enorme. La Torá ordena:

“No hagas ninguna ofrenda de harina que se sacrifique para Dios de masa leudada, porque no puedes quemar nada fermentado ni miel como ofrenda de fuego para D´s.” (Vaikrá 2:11)

A primera vista parece una ley ritual más. Pero los comentaristas clásicos vieron aquí una enseñanza profunda sobre la pureza de nuestras acciones.

Rashi explica que el jametz simboliza aquello que se hincha y se expande más allá de su estado natural. En términos espirituales, el jametz representa el ego, el orgullo y las motivaciones infladas que contaminan un acto que debería ser puro.

Por eso, las ofrendas de harina en el Templo debían ser matzá, sin fermentación. Algo simple, sin inflarse, sin adornos innecesarios. La Torá nos enseña que cuando alguien se acerca a D´s con una ofrenda, no sólo importa el acto externo: importa la intención interior con la que se lo hace.

El Midrash Vaikrá Rabá profundiza esta idea diciendo que el Kadosh Bauj Hu, no busca el sacrificio material en sí, sino el corazón limpio detrás del acto. Una acción aparentemente correcta puede perder su valor si está mezclada con intereses, honores o manipulación.

En el Talmud Babli, especialmente en Tratado Menajot, los sabios discuten justamente por qué las ofrendas de harina no podían ser jametz. Allí se señala que la matzá representa la humildad y la pureza, mientras que el jametz simboliza la corrupción que aparece cuando algo se infla artificialmente.

La enseñanza es muy clara: incluso algo noble puede corromperse si se lo mezcla con “fermentaciones” ajenas.

Y esa idea no es sólo espiritual o ritual. También es profundamente ética y social.

A lo largo de la historia vemos cómo causas nobles —valores verdaderos— pueden ser contaminadas por intereses políticos, ideológicos o personales. Cuando eso ocurre, la causa pierde credibilidad y su fuerza moral se debilita.

En la Argentina reciente vimos algo parecido. Políticas y luchas que en su esencia son legítimas y necesarias —como la defensa de los derechos humanos, la lucha contra la violencia de género o la búsqueda de justicia social— terminaron muchas veces contaminadas por la lógica partidaria del kirchnerismo, que las utilizó como herramientas de construcción de poder.

Cuando causas universales se convierten en banderas partidarias, cuando se aplican con doble vara o se instrumentalizan para dividir, ocurre exactamente lo que la Torá advierte: se introduce “fermento” en algo que debía ser puro.

Los derechos humanos dejan de ser universales si se aplican sólo según conveniencia política. La lucha por la igualdad pierde credibilidad si se usa como herramienta de propaganda. Y aquello que nació como un valor moral termina degradado por la manipulación.

La Torá nos recuerda que lo sagrado no puede mezclarse con fermentación.

Lo mismo ocurre en la vida personal. Una mitzvá, una buena acción, una ayuda al prójimo o incluso una causa justa pueden contaminarse cuando se mezclan con ego, con cálculo o con la búsqueda de reconocimiento.

Por eso la ofrenda debía ser matzá: simple, directa, sin inflarse.

El mensaje es que D´s no busca gestos grandilocuentes ni discursos inflados. Busca acciones sinceras, limpias, sin contaminación de intereses ajenos.

Si trasladamos esta enseñanza a nuestra vida cotidiana, el desafío es claro: actuar con rectitud incluso cuando nadie nos ve, defender valores incluso cuando no nos conviene políticamente, y sostener causas justas sin apropiárnoslas ni manipularlas.

Que nuestras acciones sean como esa ofrenda de harina pura: sin fermentación, sin manipulación, sin ego.

Quiera D’s que sepamos construir una sociedad donde los valores verdaderos —la justicia, la dignidad humana, la igualdad y la memoria— no estén inflados por intereses ni contaminados por oportunismos, sino sostenidos con humildad, honestidad y verdad.

Y que nuestras acciones, tanto personales como colectivas, sean siempre ofrendas limpias que puedan elevarse sin fermentación ante el Creador.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein 

lunes, 9 de marzo de 2026

Vaiakel-Pekudei 5786

 

En la parashá Vaiakel-Pekudei aparece uno de los retratos más luminosos de cómo la Torá concibe la relación entre la comunidad, el liderazgo y el dinero. El versículo dice: “y vino todo hombre cuyo corazón lo elevó, y todo aquel cuyo espíritu lo movió, y trajeron la ofrenda para D´s” (Shemot 35:21). No dice “todo aquel que fue obligado”, ni “todo aquel que fue presionado”, ni “todo aquel al que se le descontó automáticamente”. Dice algo mucho más profundo: todo aquel cuyo corazón lo impulsó. La construcción del Mishkán —el lugar más sagrado del pueblo judío en el desierto— no se financió con coerción, sino con voluntad.

Rashi, comentando este versículo, explica que “todo aquel cuyo corazón lo elevó” significa que la persona sentía dentro de sí una elevación espiritual que lo movía a participar. No era una obligación mecánica sino una decisión interior. La Torá repite varias veces la expresión nediv lev, “corazón generoso”. De hecho, unos versículos después (Shemot 35:29) se afirma nuevamente que los hijos de Israel trajeron una ofrenda voluntaria. La insistencia no es casual: la santidad no se construye con dinero arrancado a la fuerza. Se construye con donaciones que nacen de la conciencia.

El Midrash Tanjuma (Vaiakel 9) señala algo todavía más notable: Moshe tuvo que detener al pueblo porque estaban trayendo demasiado. El versículo dice que “el pueblo fue impedido de traer” (Shemot 36:6). Imaginemos una colecta pública donde el problema es que hay demasiado aporte y hay que pedirle a la gente que deje de donar. ¿Por qué ocurrió eso? Porque cuando las personas sienten que participan en algo justo, algo que eleva, algo que es verdaderamente para el bien común, la generosidad aparece sola. La coerción no sólo no es necesaria: es contraproducente.

Aquí aparece un contraste muy fuerte con ciertos modelos políticos modernos. Cuando un sistema necesita obligar constantemente a la gente a financiarlo, cuando el dinero se descuenta automáticamente sin que el individuo pueda decidir, cuando el aporte deja de ser una expresión de solidaridad para convertirse en una imposición burocrática, algo esencial se ha perdido. La Torá entendía algo que muchas ideologías modernas parecen ignorar: la moralidad del dinero comunitario depende de su voluntariedad.

El Talmud dice en Bava Batra 9a que “más grande es quien hace dar que quien da”. Es decir, el liderazgo comunitario tiene la responsabilidad de inspirar generosidad. Pero inspirar no es lo mismo que forzar. El verdadero líder despierta el corazón de la gente; el falso líder crea mecanismos para quedarse con su dinero.

El contraste es particularmente evidente cuando uno observa ciertos sistemas sindicales contemporáneos donde los aportes no son voluntarios sino obligatorios, descontados automáticamente del salario del trabajador. En teoría se dice que es “solidaridad”. En la práctica muchas veces termina siendo una estructura donde el trabajador no elige, no controla y no decide. El dinero circula igual. La voluntad desaparece.

La Torá, curiosamente, ya entendía el peligro moral de ese tipo de estructura. Cuando el dinero comunitario no depende de la voluntad del individuo, el sistema tiende inevitablemente a la corrupción. No es una casualidad histórica; es una consecuencia psicológica. Si el dinero entra de manera automática, sin necesidad de convencer a nadie, el liderazgo deja de rendir cuentas. Si el ingreso está garantizado por la coerción, desaparece el incentivo de actuar con honestidad.

El Talmud en Ketubot 105a relata que incluso los jueces tenían prohibido recibir regalos mínimos, porque cualquier interés económico podía distorsionar su integridad. Si la Torá es tan estricta con una pequeña moneda, cuánto más lo sería con sistemas enteros de recaudación obligatoria. La tradición judía entiende algo fundamental: cuando el dinero no depende del consentimiento, el riesgo moral crece exponencialmente.

El Midrash Shemot Rabá 51:6 agrega otro detalle fascinante sobre el Mishkán. Moshe hizo un cálculo público de todos los materiales utilizados en la construcción. Pekudei comienza justamente con esa rendición de cuentas. El Midrash explica que Moshe lo hizo para evitar cualquier sospecha. Nadie lo acusaba. Nadie dudaba de él. Pero aun así presentó las cuentas. ¿Por qué? Porque cuando se trata de dinero público, la transparencia no es opcional.

Este punto es devastadoramente relevante. El sistema del Mishkán combina tres principios que aparecen juntos: voluntariedad, transparencia y propósito sagrado. Cuando esos tres elementos existen, la comunidad florece. Cuando desaparecen, el dinero comunitario se vuelve un instrumento de poder.

La diferencia entre una donación voluntaria y un aporte obligatorio no es sólo técnica; es moral. La donación expresa responsabilidad personal. La imposición expresa control. La donación crea comunidad. La imposición crea burocracia.

La Torá no es ingenua respecto de la necesidad de estructuras colectivas. Incluso existía el majatzit hashekel, el medio shekel que todos debían aportar para el mantenimiento del Mishkán. Pero incluso allí el Talmud (Meguilá 29b) explica que el medio shekel tenía un significado espiritual: recordar que cada persona es sólo “media”, que necesita al otro para completar la comunidad. No era una maquinaria de recaudación perpetua; era un símbolo anual de pertenencia. Nada parecido a estructuras permanentes de extracción automática de recursos.

Cuando la izquierda moderna habla en nombre de la “solidaridad obligatoria”, muchas veces ignora esta dimensión moral. La solidaridad real no nace de la coerción estatal ni de estructuras sindicales que viven de descuentos automáticos. Nace de la responsabilidad personal, de la libertad y del compromiso voluntario.

La Torá no confía en la bondad de las burocracias. Confía en el corazón humano cuando es convocado correctamente. Por eso la construcción del Mishkán se basa en nediv lev, la generosidad del corazón. Porque cuando el corazón participa, la comunidad se vuelve sagrada. Cuando el dinero se arranca por obligación, la comunidad se degrada en aparato.

La historia judía confirma esto una y otra vez. Las instituciones comunitarias que florecieron a lo largo de los siglos —yeshivot, kehilot, hospitales, organizaciones de ayuda— se sostuvieron principalmente por donaciones voluntarias. No por coerción sistemática. El judaísmo confía más en la conciencia moral de las personas que en la ingeniería social de los burócratas.

Por eso el versículo insiste: “todo aquel cuyo corazón lo impulsó”. La Torá podría haber construido el Mishkán con un impuesto obligatorio. No lo hizo. Porque la santidad no puede financiarse con coerción.

Y tal vez esta sea una de las lecciones más profundas de Vaiakel-Pekudei para nuestra realidad contemporánea: las instituciones verdaderamente sanas son aquellas que la gente decide sostener. Cuando una organización necesita obligar a las personas a financiarla, quizás el problema no esté en la gente sino en la organización.

Quiera D´s que aprendamos de la sabiduría eterna de la Torá, que nuestras comunidades se construyan sobre la generosidad del corazón y no sobre la coerción, sobre la responsabilidad y no sobre la imposición, sobre la transparencia y no sobre la opacidad. Y quiera D´s que llegue el día en que las instituciones que dicen representar a los trabajadores realmente dependan de la voluntad de esos trabajadores, y no de mecanismos automáticos que alimentan estructuras de poder. Porque cuando el corazón es libre para dar, la comunidad se eleva; pero cuando el dinero es tomado sin elección, la dignidad humana se empobrece. Quiera D´s que sepamos elegir el camino de la libertad, la honestidad y la responsabilidad.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

lunes, 2 de marzo de 2026

Ki Tisá 5786


Parashat Ki Tisá incomoda —y tiene que incomodar— porque destruye la idea infantil de que después de una gran experiencia espiritual todo queda resuelto para siempre. La generación que escuchó “Anojí Adona-i Elokeja” directamente de D´s, cuarenta días después, construye un becerro de oro. No otra generación: la mejor generación espiritual de la historia.

La Torá relata (Shemot 32:1): “Vio el pueblo que Moshé tardaba en descender del monte”. Rashi explica allí algo fundamental: el pueblo calculó mal las cuarenta jornadas. Pensaron que Moshé no volvería. La crisis empieza con una percepción equivocada de la realidad.

Pero el texto mismo deja pistas incómodas. Dice “vayikahél haam al Aarón” — el pueblo se congregó sobre Aarón. Rashi aclara que fue presión agresiva. El Midrash (Shemot Rabá 41:7) agrega un elemento que muchas veces se omite: quienes lideraron la demanda fueron los Erev Rav, la multitud mezclada de egipcios y otros pueblos que salieron junto con Israel en el Éxodo.

Y acá empieza la diferencia entre relato y verdad.

El relato corto dice: “el pueblo judío hizo idolatría”.

La tradición oral dice: esperá, la historia es más compleja.

El Midrash Tanjuma (Ki Tisá 19) enseña que los Erev Rav no soportaron la ausencia de una figura visible de autoridad. Venían de Egipto, una civilización donde todo dios tenía imagen. Necesitaban algo tangible. Empujaron, agitaron y generaron pánico colectivo.

El Talmud (Shabat 89a) introduce otro elemento: el Satán confundió al pueblo mostrando una visión del cielo oscuro y una imagen ilusoria de Moshé muerto.

Y acá hay que explicar qué significa eso, porque no se trata de un demonio con cuernos.

En pensamiento judío clásico, el Satán no es una fuerza independiente que lucha contra D´s. El Talmud (Bava Batra 16a) enseña: “Hu haSatán, hu yetzer hará, hu malaj hamavet” — el Satán, la inclinación al mal y el ángel de la muerte son manifestaciones de una misma función: la fuerza que prueba al ser humano, que introduce confusión, miedo y racionalizaciones internas.

El Satán es la voz que distorsiona la percepción cuando la ansiedad domina. No crea la mentira; amplifica la duda que ya existe.

Es decir, la sumatoria de crisis emocional, presión social, desinformación y liderazgo confundido.

Resultado: el becerro de oro.

Rashi (Shemot 32:4) cita que el becerro salió del fuego mediante prácticas mágicas egipcias. El Rambán explica que el error no fue abandonar a D´s sino intentar reemplazar la relación directa por un intermediario controlable. Querían espiritualidad sin incertidumbre.

Querían seguridad inmediata.

Y la Torá hace algo revolucionario: no oculta el pecado, pero tampoco simplifica la historia.

Porque la Torá no escribe consignas; escribe procesos.

El Pueblo de Israel es responsable —por eso Moshé rompe las tablas— pero los Sabios obligan a mirar todo el cuadro: influencia externa, manipulación psicológica, miedo colectivo, errores de cálculo y debilidad humana.

Una historia sin contexto deja de ser verdad, aunque los hechos narrados sean reales.

Y acá la enseñanza sale del desierto y entra de lleno en la historia argentina.

En Argentina, al hablar de la dictadura militar, correctamente se mencionan los secuestros, asesinatos y desapariciones que jamás deben negarse ni minimizarse. Pero muchas veces el relato público comienza allí, como si la historia hubiese empezado el 24 de marzo de 1976.

Se cuentan los crímenes —que deben ser recordados— pero se omite con frecuencia el contexto previo: la violencia política creciente, las organizaciones armadas actuando abiertamente, el caos institucional durante el gobierno de Isabel Perón y el decreto 261/75 que ordenó a las Fuerzas Armadas “aniquilar el accionar subversivo”.

No mencionar eso no cambia los crímenes posteriores. Pero sí convierte la historia en una narración parcial.

Exactamente lo que la Torá se niega a hacer con el becerro de oro.

La tradición judía no borra responsabilidades, pero tampoco acepta relatos amputados. Porque cuando se elimina el proceso, la sociedad deja de entender cómo se llega a las tragedias —y entonces vuelve a repetirlas.

El Satán moderno no aparece con alas negras; aparece como simplificación ideológica. Como la necesidad de relatos cómodos donde hay buenos absolutos y malos absolutos, sin zonas grises ni causas complejas.

Pero la Torá exige madurez moral: aceptar que la realidad humana es incómoda.

El pueblo pecó.

Los Erev Rav empujaron.

El miedo confundió.

La percepción se distorsionó.

El liderazgo dudó.

Y todos pagaron el precio.

Esa es una historia completa.

Ki Tisá enseña que las caídas colectivas nunca empiezan el día del desastre. Empiezan mucho antes, cuando dejamos de analizar, cuando elegimos relatos simples porque tranquilizan más que la verdad.

El becerro de oro no fue un acto aislado; fue el final visible de un proceso invisible.

Y cada generación enfrenta su propia versión: cuando el miedo reemplaza la fe, cuando la presión social reemplaza el pensamiento y cuando la memoria selectiva reemplaza la honestidad histórica.

Quiera D´s que tengamos la valentía de contar las historias completas, aunque incomoden; que no borremos responsabilidades ni contextos; que aprendamos a reconocer nuestras propias confusiones antes de construir nuevos becerros de oro, y que la búsqueda de la verdad sea más fuerte que la necesidad de tener razón.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein