lunes, 2 de marzo de 2026

Ki Tisá 5786


Parashat Ki Tisá incomoda —y tiene que incomodar— porque destruye la idea infantil de que después de una gran experiencia espiritual todo queda resuelto para siempre. La generación que escuchó “Anojí Adona-i Elokeja” directamente de D´s, cuarenta días después, construye un becerro de oro. No otra generación: la mejor generación espiritual de la historia.

La Torá relata (Shemot 32:1): “Vio el pueblo que Moshé tardaba en descender del monte”. Rashi explica allí algo fundamental: el pueblo calculó mal las cuarenta jornadas. Pensaron que Moshé no volvería. La crisis empieza con una percepción equivocada de la realidad.

Pero el texto mismo deja pistas incómodas. Dice “vayikahél haam al Aarón” — el pueblo se congregó sobre Aarón. Rashi aclara que fue presión agresiva. El Midrash (Shemot Rabá 41:7) agrega un elemento que muchas veces se omite: quienes lideraron la demanda fueron los Erev Rav, la multitud mezclada de egipcios y otros pueblos que salieron junto con Israel en el Éxodo.

Y acá empieza la diferencia entre relato y verdad.

El relato corto dice: “el pueblo judío hizo idolatría”.

La tradición oral dice: esperá, la historia es más compleja.

El Midrash Tanjuma (Ki Tisá 19) enseña que los Erev Rav no soportaron la ausencia de una figura visible de autoridad. Venían de Egipto, una civilización donde todo dios tenía imagen. Necesitaban algo tangible. Empujaron, agitaron y generaron pánico colectivo.

El Talmud (Shabat 89a) introduce otro elemento: el Satán confundió al pueblo mostrando una visión del cielo oscuro y una imagen ilusoria de Moshé muerto.

Y acá hay que explicar qué significa eso, porque no se trata de un demonio con cuernos.

En pensamiento judío clásico, el Satán no es una fuerza independiente que lucha contra D´s. El Talmud (Bava Batra 16a) enseña: “Hu haSatán, hu yetzer hará, hu malaj hamavet” — el Satán, la inclinación al mal y el ángel de la muerte son manifestaciones de una misma función: la fuerza que prueba al ser humano, que introduce confusión, miedo y racionalizaciones internas.

El Satán es la voz que distorsiona la percepción cuando la ansiedad domina. No crea la mentira; amplifica la duda que ya existe.

Es decir, la sumatoria de crisis emocional, presión social, desinformación y liderazgo confundido.

Resultado: el becerro de oro.

Rashi (Shemot 32:4) cita que el becerro salió del fuego mediante prácticas mágicas egipcias. El Rambán explica que el error no fue abandonar a D´s sino intentar reemplazar la relación directa por un intermediario controlable. Querían espiritualidad sin incertidumbre.

Querían seguridad inmediata.

Y la Torá hace algo revolucionario: no oculta el pecado, pero tampoco simplifica la historia.

Porque la Torá no escribe consignas; escribe procesos.

El Pueblo de Israel es responsable —por eso Moshé rompe las tablas— pero los Sabios obligan a mirar todo el cuadro: influencia externa, manipulación psicológica, miedo colectivo, errores de cálculo y debilidad humana.

Una historia sin contexto deja de ser verdad, aunque los hechos narrados sean reales.

Y acá la enseñanza sale del desierto y entra de lleno en la historia argentina.

En Argentina, al hablar de la dictadura militar, correctamente se mencionan los secuestros, asesinatos y desapariciones que jamás deben negarse ni minimizarse. Pero muchas veces el relato público comienza allí, como si la historia hubiese empezado el 24 de marzo de 1976.

Se cuentan los crímenes —que deben ser recordados— pero se omite con frecuencia el contexto previo: la violencia política creciente, las organizaciones armadas actuando abiertamente, el caos institucional durante el gobierno de Isabel Perón y el decreto 261/75 que ordenó a las Fuerzas Armadas “aniquilar el accionar subversivo”.

No mencionar eso no cambia los crímenes posteriores. Pero sí convierte la historia en una narración parcial.

Exactamente lo que la Torá se niega a hacer con el becerro de oro.

La tradición judía no borra responsabilidades, pero tampoco acepta relatos amputados. Porque cuando se elimina el proceso, la sociedad deja de entender cómo se llega a las tragedias —y entonces vuelve a repetirlas.

El Satán moderno no aparece con alas negras; aparece como simplificación ideológica. Como la necesidad de relatos cómodos donde hay buenos absolutos y malos absolutos, sin zonas grises ni causas complejas.

Pero la Torá exige madurez moral: aceptar que la realidad humana es incómoda.

El pueblo pecó.

Los Erev Rav empujaron.

El miedo confundió.

La percepción se distorsionó.

El liderazgo dudó.

Y todos pagaron el precio.

Esa es una historia completa.

Ki Tisá enseña que las caídas colectivas nunca empiezan el día del desastre. Empiezan mucho antes, cuando dejamos de analizar, cuando elegimos relatos simples porque tranquilizan más que la verdad.

El becerro de oro no fue un acto aislado; fue el final visible de un proceso invisible.

Y cada generación enfrenta su propia versión: cuando el miedo reemplaza la fe, cuando la presión social reemplaza el pensamiento y cuando la memoria selectiva reemplaza la honestidad histórica.

Quiera D´s que tengamos la valentía de contar las historias completas, aunque incomoden; que no borremos responsabilidades ni contextos; que aprendamos a reconocer nuestras propias confusiones antes de construir nuevos becerros de oro, y que la búsqueda de la verdad sea más fuerte que la necesidad de tener razón.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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