lunes, 23 de marzo de 2026

Tzav 5786

 

La parashá Tzav nos deja una imagen poderosa y exigente: “De este modo, habrá un fuego constante ardiendo sobre el altar, sin ser apagado”. El fuego del altar no era un detalle técnico del servicio en el Mishkán; era una enseñanza espiritual y moral. Según Rashi, apoyándose en el Talmud (Yoma 45b), la Torá insiste en la constancia incluso cuando parece obvia, porque aquello que debe permanecer vivo tiende naturalmente a apagarse si el hombre no lo alimenta todos los días. El fuego no se sostenía solo por milagro: los sacerdotes debían agregar leña cada mañana. La santidad requiere mantenimiento. La memoria también.

El Midrash enseña que el fuego del altar representaba una llama doble: una descendía del cielo y otra era encendida por el hombre. D’s enviaba Su fuego, pero Israel debía sostenerlo. Sin la acción humana, incluso el fuego divino se extinguía en la práctica. Así también ocurre con la memoria histórica: hay hechos que marcan a un pueblo como un rayo desde lo alto, pero si las generaciones siguientes seleccionan qué recordar y qué olvidar, el fuego deja de ser eterno y pasa a ser una herramienta política.

La Argentina repite constantemente la palabra “memoria”, pero muchas veces ha olvidado el mandato central de Tzav: que el fuego no puede apagarse parcialmente. Una memoria que empieza en 1976 no es memoria constante; es memoria editada. Si el fuego debía arder siempre, también debía incluir lo ocurrido antes. Recordar el último golpe militar exige recordar el contexto completo que llevó a esa tragedia nacional.

El Talmud enseña que quien recuerda sólo una parte del testimonio distorsiona la verdad tanto como quien miente abiertamente (Sanhedrín 89a, en la discusión sobre testigos incompletos). No alcanza con recordar el horror de la dictadura —que debe recordarse sin relativizaciones— si se omite la violencia política previa que desgarró al país. Antes de 1976 hubo terrorismo, secuestros, asesinatos políticos, bombas en espacios públicos y organizaciones armadas que declararon la guerra al propio Estado argentino.

Hubo civiles asesinados por Montoneros y el ERP. Hubo el asesinato de José Ignacio Rucci en 1973, un crimen político destinado a quebrar la institucionalidad democrática recién recuperada. Hubo ataques a cuarteles como el de Azul en 1974. Hubo secuestros extorsivos, empresarios ejecutados, conscriptos asesinados, familias destruidas. Hubo una sociedad aterrorizada mucho antes del golpe. Negar esto no honra a las víctimas posteriores; convierte la memoria en propaganda.

Rashi explica sobre el fuego constante que incluso en estado de impureza el sacrificio comunitario no se suspendía, porque lo colectivo debía prevalecer sobre la comodidad individual. La memoria nacional también debería ser colectiva y no partidaria. Sin embargo, durante décadas sectores de la izquierda argentina y especialmente el kirchnerismo transformaron una tragedia nacional en patrimonio ideológico propio. Se apropiaron del lenguaje de los derechos humanos, lo vaciaron de universalidad y lo convirtieron en una herramienta selectiva: víctimas dignas de recuerdo y víctimas condenadas al silencio.

El Midrash Tanjuma señala que el fuego del altar estaba orientado hacia arriba, nunca hacia abajo, porque su función era elevar, no consumir indiscriminadamente. Cuando la memoria se usa para dividir argentinos entre buenos absolutos y demonios eternos, deja de elevar y empieza a quemar. La memoria deja de ser moral para convertirse en poder.

El Maharal explica que el fuego simboliza continuidad: algo que cambia constantemente, pero sigue siendo el mismo. Cada generación agrega su propia leña, pero la llama es una sola. La Argentina, en cambio, permitió que una generación reescribiera el pasado como si la historia comenzara donde convenía políticamente. Así se instaló una memoria incompleta: se condena con razón el terrorismo de Estado, pero se romantiza o minimiza el terrorismo previo. Se enseña a los jóvenes una historia fragmentada, incapaz de explicar por qué una sociedad entera llegó al abismo.

El resultado es una memoria que no sana. Porque la memoria verdadera, como el fuego del altar, ilumina todo el espacio. No selecciona rincones. No responde a gobiernos ni a relatos oficiales. El fuego constante exige honestidad constante.

El Talmud en Berajot enseña que el fuego espiritual se enfría cuando se vuelve rutina vacía. Repetir consignas sin búsqueda de verdad transforma la memoria en ceremonia hueca. Marchas, actos y discursos pierden sentido cuando excluyen partes incómodas de la historia. Recordar sólo lo que confirma una identidad política no es recordar: es construir un mito.

La parashá Tzav nos recuerda que mantener el fuego requería esfuerzo diario, incluso cuando nadie miraba. No era espectáculo; era responsabilidad. La memoria argentina necesita ese mismo trabajo silencioso: reconocer todas las violencias, todas las víctimas y todos los errores colectivos. Sin negacionismos, pero también sin relatos incompletos.

Porque el fuego que se apaga en parte termina apagándose del todo. Una sociedad que enseña historia selectiva prepara nuevas fracturas futuras. Sólo una memoria completa puede generar aprendizaje moral real. Sólo una memoria que incluya lo anterior a 1976 permite comprender el desastre que vino después y evitar repetirlo.

Quiera D’s que aprendamos del fuego del altar a sostener una memoria encendida, honesta y completa; que no sea instrumento de poder ni bandera partidaria, sino una llama que ilumine a toda la sociedad; que recordemos cada vida perdida sin jerarquías ideológicas; y que la memoria, como el fuego eterno del Mishkán, nos enseñe a construir un futuro con verdad, responsabilidad y unidad.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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