La parashá Tzav nos
deja una imagen poderosa y exigente: “De este modo, habrá un fuego constante
ardiendo sobre el altar, sin ser apagado”. El fuego del altar no era un detalle
técnico del servicio en el Mishkán; era una enseñanza espiritual y moral. Según
Rashi, apoyándose en el Talmud (Yoma 45b), la Torá insiste en la constancia
incluso cuando parece obvia, porque aquello que debe permanecer vivo tiende
naturalmente a apagarse si el hombre no lo alimenta todos los días. El fuego no
se sostenía solo por milagro: los sacerdotes debían agregar leña cada mañana.
La santidad requiere mantenimiento. La memoria también.
El Midrash enseña que
el fuego del altar representaba una llama doble: una descendía del cielo y otra
era encendida por el hombre. D’s enviaba Su fuego, pero Israel debía
sostenerlo. Sin la acción humana, incluso el fuego divino se extinguía en la
práctica. Así también ocurre con la memoria histórica: hay hechos que marcan a
un pueblo como un rayo desde lo alto, pero si las generaciones siguientes
seleccionan qué recordar y qué olvidar, el fuego deja de ser eterno y pasa a
ser una herramienta política.
La Argentina repite
constantemente la palabra “memoria”, pero muchas veces ha olvidado el mandato
central de Tzav: que el fuego no puede apagarse parcialmente. Una memoria que
empieza en 1976 no es memoria constante; es memoria editada. Si el fuego debía
arder siempre, también debía incluir lo ocurrido antes. Recordar el último
golpe militar exige recordar el contexto completo que llevó a esa tragedia
nacional.
El Talmud enseña que
quien recuerda sólo una parte del testimonio distorsiona la verdad tanto como
quien miente abiertamente (Sanhedrín 89a, en la discusión sobre testigos
incompletos). No alcanza con recordar el horror de la dictadura —que debe
recordarse sin relativizaciones— si se omite la violencia política previa que
desgarró al país. Antes de 1976 hubo terrorismo, secuestros, asesinatos
políticos, bombas en espacios públicos y organizaciones armadas que declararon
la guerra al propio Estado argentino.
Hubo civiles asesinados
por Montoneros y el ERP. Hubo el asesinato de José Ignacio Rucci en 1973, un
crimen político destinado a quebrar la institucionalidad democrática recién
recuperada. Hubo ataques a cuarteles como el de Azul en 1974. Hubo secuestros
extorsivos, empresarios ejecutados, conscriptos asesinados, familias
destruidas. Hubo una sociedad aterrorizada mucho antes del golpe. Negar esto no
honra a las víctimas posteriores; convierte la memoria en propaganda.
Rashi explica sobre el
fuego constante que incluso en estado de impureza el sacrificio comunitario no
se suspendía, porque lo colectivo debía prevalecer sobre la comodidad
individual. La memoria nacional también debería ser colectiva y no partidaria.
Sin embargo, durante décadas sectores de la izquierda argentina y especialmente
el kirchnerismo transformaron una tragedia nacional en patrimonio ideológico
propio. Se apropiaron del lenguaje de los derechos humanos, lo vaciaron de
universalidad y lo convirtieron en una herramienta selectiva: víctimas dignas
de recuerdo y víctimas condenadas al silencio.
El Midrash Tanjuma
señala que el fuego del altar estaba orientado hacia arriba, nunca hacia abajo,
porque su función era elevar, no consumir indiscriminadamente. Cuando la
memoria se usa para dividir argentinos entre buenos absolutos y demonios
eternos, deja de elevar y empieza a quemar. La memoria deja de ser moral para
convertirse en poder.
El Maharal explica que
el fuego simboliza continuidad: algo que cambia constantemente, pero sigue
siendo el mismo. Cada generación agrega su propia leña, pero la llama es una
sola. La Argentina, en cambio, permitió que una generación reescribiera el
pasado como si la historia comenzara donde convenía políticamente. Así se
instaló una memoria incompleta: se condena con razón el terrorismo de Estado,
pero se romantiza o minimiza el terrorismo previo. Se enseña a los jóvenes una
historia fragmentada, incapaz de explicar por qué una sociedad entera llegó al
abismo.
El resultado es una
memoria que no sana. Porque la memoria verdadera, como el fuego del altar,
ilumina todo el espacio. No selecciona rincones. No responde a gobiernos ni a
relatos oficiales. El fuego constante exige honestidad constante.
El Talmud en Berajot
enseña que el fuego espiritual se enfría cuando se vuelve rutina vacía. Repetir
consignas sin búsqueda de verdad transforma la memoria en ceremonia hueca.
Marchas, actos y discursos pierden sentido cuando excluyen partes incómodas de
la historia. Recordar sólo lo que confirma una identidad política no es
recordar: es construir un mito.
La parashá Tzav nos
recuerda que mantener el fuego requería esfuerzo diario, incluso cuando nadie
miraba. No era espectáculo; era responsabilidad. La memoria argentina necesita
ese mismo trabajo silencioso: reconocer todas las violencias, todas las víctimas
y todos los errores colectivos. Sin negacionismos, pero también sin relatos
incompletos.
Porque el fuego que se
apaga en parte termina apagándose del todo. Una sociedad que enseña historia
selectiva prepara nuevas fracturas futuras. Sólo una memoria completa puede
generar aprendizaje moral real. Sólo una memoria que incluya lo anterior a 1976
permite comprender el desastre que vino después y evitar repetirlo.
Quiera D’s que
aprendamos del fuego del altar a sostener una memoria encendida, honesta y
completa; que no sea instrumento de poder ni bandera partidaria, sino una llama
que ilumine a toda la sociedad; que recordemos cada vida perdida sin jerarquías
ideológicas; y que la memoria, como el fuego eterno del Mishkán, nos enseñe a
construir un futuro con verdad, responsabilidad y unidad.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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