lunes, 9 de febrero de 2026

Mishpatim 5786

 

Parashat Mishpatim introduce el tránsito entre la revelación del Sinaí y su aplicación concreta en la justicia social cotidiana. Allí aparecen dos advertencias centrales: “No hieras los sentimientos del extranjero ni lo oprimas, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto” (Shemot 22:20) y “No oprimas al extranjero… ustedes saben lo que se siente” (Shemot 23:9). La repetición no es casual: la Torá construye una ética basada en memoria histórica. La experiencia de vulnerabilidad se convierte en obligación moral. No se trata de sentimentalismo abstracto, sino de una pedagogía donde el pasado moldea el comportamiento social presente y exige responsabilidad en el ejercicio del poder.

Los midrashim clásicos desarrollan esta idea con fuerza. La Mejilta de Rabí Ishmael enseña que la expresión “ustedes conocen el alma del extranjero” exige empatía real nacida de la experiencia. Midrash Tanjuma destaca que quien carece de redes sociales es más propenso a ser humillado, y por eso la advertencia se repite. Rashi explica que esa vulnerabilidad obliga a extremar el cuidado en su trato, y el Talmud señala que la prohibición se enfatiza reiteradamente porque el abuso del débil es una tentación frecuente en cualquier sociedad. La tradición, por tanto, exige sensibilidad humana profunda, pero siempre dentro de un marco jurídico estructurado y responsable.

Esa estructura es justamente lo que muchos discursos políticos contemporáneos —especialmente desde sectores de izquierda— optan por ignorar. Existe una tendencia persistente a apropiarse selectivamente del lenguaje moral bíblico para justificar posturas ideológicas simplistas que reducen una ética compleja a consignas emocionales. Se recitan versículos sobre compasión mientras se descarta todo el entramado jurídico que la tradición considera inseparable de la justicia. La hospitalidad se transforma en slogan, la empatía en herramienta propagandística y la Torá en accesorio retórico para debates políticos contemporáneos que poco tienen que ver con su profundidad.

El problema no es solo interpretativo sino ético: se presenta cualquier control migratorio como opresión automática, se desacredita la aplicación de la ley como si fuera inherentemente inmoral y se estigmatiza a quienes defienden orden institucional como carentes de sensibilidad. Esta caricaturización vacía el debate y trivializa la responsabilidad social. Más aún, revela una contradicción fundamental: quienes proclaman defensa de los vulnerables muchas veces ignoran los efectos de la desorganización social sobre las poblaciones más débiles dentro de la propia comunidad. La compasión selectiva que se activa según conveniencia ideológica no es compasión; es instrumentalización moral.

Además, hay un patrón recurrente de superioridad moral performativa: la izquierda política suele apropiarse del monopolio del humanitarismo, reduciendo cualquier disenso a xenofobia o crueldad, mientras evita confrontar la complejidad real del equilibrio entre derechos individuales y estabilidad colectiva. Esta actitud no eleva el nivel ético del debate —lo empobrece— porque reemplaza análisis por consignas y tradición por narrativa. Mishpatim, en cambio, exige responsabilidad integral: sensibilidad y ley, memoria y orden, dignidad y estructura. No ofrece un refugio para sentimentalismos ideológicos ni para posturas maximalistas que ignoran consecuencias prácticas.

Desde esa perspectiva, la aplicación legal de normas migratorias —como las acciones de agencias estatales que hacen cumplir la ley, incluyendo ICE— puede entenderse como parte legítima del funcionamiento institucional cuando se ejecuta dentro del marco legal y sin degradación humana. La tradición no exige la abolición del control, exige humanidad en su aplicación. Del mismo modo, en Argentina el debate sobre inmigración irregular muestra cómo ciertos sectores ideológicos prefieren slogans antes que soluciones responsables, acusando de prejuicio cualquier discusión sobre legalidad, integración o sostenibilidad social. Convertir la complejidad en consignas emocionales no protege a nadie; solo evita enfrentar la realidad.

La reseña que surge al entrelazar Mishpatim, los midrashim, Rashi y el Talmud con la actualidad es clara: la memoria de haber sido extranjero obliga a actuar con dignidad, pero no a abdicar del orden ni a aceptar lecturas ideológicas que deforman la tradición para fines políticos. La ética judía desafía tanto la dureza insensible como el sentimentalismo militante. Que esta reflexión nos permita sostener justicia sin manipulación moral ni consignas vacías, y quiera D’s que sepamos transformar memoria en sabiduría, justicia en dignidad y convivencia en bendición.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

 


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