domingo, 20 de octubre de 2019

Bereshit 5780


Comenzamos otro ciclo de lectura de la Torá y leemos acerca de la creación del mundo. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Bereshit 1:1); “Dijo Dios: “Haya luz”, y la luz cobró existencia” (Bereshit 1:3); “Dios llamó al firmamento “Cielo”” (Bereshit 1:8); “Dios hizo las dos grandes luminarias, la luminaria mayor para regir el día y la luminaria menor para regir la noche. [Él hizo también] las estrellas.” (Bereshit 1:16) y “Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que domine los peces del mar, las aves del firmamento, los animales de ganado y toda la tierra; y todo animal de suelo que recorre la tierra”. (Bereshit 1:26).

Bien sabemos, y hay comprobaciones científicas que así lo demuestran, que el mundo no fue creado en siete días, sino que fueron millones de años los que duró su evolución desde su creación hasta el mundo que actualmente conocemos. ¿Por qué la Torá se empecina en decirnos que fue Dios sólo en siete días (seis de creación y uno de descanso)?

La manera más sencilla de explicarlo es la simpleza. Es más fácil a un pueblo recién salido de la esclavitud y con un nivel de conocimientos que distaba sideralmente con el que tenemos ahora ponerse a explicar la Teoría del Big Bang y cómo fue la evolución, las eras geológicas, etc. Decir que el mundo fue creado en 7 días es un mero simbolismo numérico que se condice con la cantidad de días que hay en cada fase lunar.

Y tomamos la luna como unidad de medición ya que el sol era adorado por los egipcios como un dios. Usar como medida una deidad de otra cultura roza los límites de caer en la idolatría. Cuando fue entregada la Torá en el Sinaí estaba presente el recuerdo de la esclavitud y no faltaban quienes deseaban y repetían constantemente que “Dios los mandó al desierto a morir”

Con lo mencionado anteriormente no se intenta negar la creación del mundo por parte de Dios ni nada que se le parezca. Es sólo demostrar que cuando un tema nos resulta demasiado complejo para explicárselo a un público que no está preparado académicamente para recibir la información, la simpleza es un arma potente para transmitir conocimiento.

El conocimiento se va adquiriendo a medida que crecemos y aún creo que estamos transitando el sexto día mencionado en la Torá. El hombre todavía no fue creado totalmente como se menciona en el texto. Nos falta mucho para tener la imagen y semejanza de Dios. Somos egoístas por naturaleza, destruimos nuestro hábitat natural contaminando el medio ambiente y haciendo una analogía con el texto es porque adquirimos conocimientos. Y creemos que con ese conocimiento podemos manejar y modificar el mundo a nuestro antojo. Así como Adam y Javá fueron expulsados del Gan Edén por comer del fruto prohibido, nosotros seremos expulsados de este mundo por querer transformarlo gracias al fruto de nuestro conocimiento.

También el texto nos da una idea de lo que tenemos que hacer a diario si no queremos caer en error de no aceptar la simpleza que nos da la vida. La primera pregunta que aparece en la Torá es “Dios llamó al hombre, y Él dijo: “¿Dónde estás?”” (Bereshit 3:9).

Qué simple es mirar a nuestro alrededor y descubrir dónde estamos. ¿Es lo que queremos? ¿Podemos mejorar? ¿Somos buenas personas?

Dios desde la simpleza nos enseña a ser complejos.

Y la complejidad no significa ser una mente brillante como Newton, Einstein, Freud u otro que se haya destacado en alguna disciplina. La complejidad es directamente proporcional a la forma en que afrontamos y resolvemos nuestros problemas.

Podemos ahogarnos en un vaso de agua y seguir con el problema o preguntarnos ¿dónde estamos? y ver cómo salir adelante.

Cada día construimos nuestros propios universos. Cada día tenemos la posibilidad de mejorar y hacer que nuestros seres queridos progresen. Eso es asemejarse a Dios: ser dadores.

Si sentimos que estamos estancados, a lo mejor es porque complejizamos demasiado los problemas.

Sigamos entendiendo que el mundo fue creado en 6 días y que el séptimo Dios descansó para comprender la Torá pero razonemos que cada uno de esos días para nuestro calendario representan millones de años.

Seamos simples y disfrutemos de otro ciclo de lectura que comienza.

Shabbat Shalom

Lucas Fisbein

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