lunes, 10 de noviembre de 2025

Jaiei Sara 5786

 

La parashá Jaiei Sara comienza curiosamente con la muerte de Sara. Rashi observa que el orden de los años —“cien años, veinte años y siete años”— no es casual: cada tramo es contado por separado para enseñarnos que cada etapa tuvo plenitud propia. El Midrash agrega que su mérito fue tal, que incluso la muerte no apaga su influencia; por eso la parashá se llama “las vidas”, en plural, porque la vida de una persona justa continúa en la obra de quienes quedan. La Torá desplaza la mirada del duelo al legado. El mensaje inicial es que la identidad no se destruye con la muerte física: se fortalece con la transmisión.

Abraham comienza negociando la Cueva de Majpelá. Podía aceptar un regalo —Efrón se lo ofrece— pero Rashi explica que los malvados “dicen mucho y hacen poco”, y el Talmud (Baba Metziá 87a) afirma que Abraham no quiso deberle favores a quienes no respetaban su presencia. Paga caro, y sin discutir. El Midrash Rabá enseña que un lugar de reposo no puede ser fruto del favor de quien desprecia tu misión; la memoria debe ser independiente, segura. La compra de un pedazo de tierra es un acto espiritual: un pueblo sin espacio para enterrar a sus muertos es un pueblo condenado a ser errante también en su identidad. Hoy, cuando muchos pretenden negar la raíces milenarias en la tierra de Israel, esta escena recuerda que la legitimidad judía no se basa en permisos externos.

Itzjak, recién marcado por la Akedá, queda traumatizado. El Talmud sugiere que la experiencia lo volvió introspectivo, menos público, más silencioso. Sin embargo, su respuesta es sorprendente: toma a Rivka, se casa, construye. El Midrash dice: “La vela de Sara se apagó, pero con Rivka volvió a encenderse.” La continuidad es el lenguaje judío frente al trauma. El mundo espera que la víctima quede paralizada; la Torá enseña lo contrario: el sufrimiento no destruye la misión, la intensifica. Cuando vemos negacionismo, indiferencia ante la violencia, o la selectividad moral de algunos organismos, recordamos que la historia judía nunca se defendió mendigando comprensión, sino creando futuro.

Rivka aparece con un gesto aparentemente simple: da agua no solo al viajero, sino también a los camellos. Rashi comenta que esta generosidad excedente fue la señal buscada: la bondad judía no es reactiva, es proactiva. El Midrash agrega que quien es capaz de ver la necesidad del animal del otro, jamás deshumanizará al ser humano. En tiempos donde el odio se viraliza y se normaliza la despersonalización, la Torá recuerda que la fuerza judía nunca estuvo en el rencor, sino en la ética aplicada incluso cuando nadie mira.

Abraham insiste en que Itzjak no debe casarse con mujeres locales. El Talmud explique que no es xenofobia: son culturas que hubieran desviado su misión. La identidad judía es frágil cuando se la reduce a geografía o biología; existe gracias a valores. El Midrash dice: “Mejor un enemigo externo que una influencia interna que desvíe el corazón.” Hoy, cuando se relativiza el terrorismo y se romantiza la violencia contra judíos, entendemos esta reacción antigua: la disolución moral es más peligrosa que el ataque físico. Sin transmisión, la continuidad se vacía.

La negociación de Abraham con Efrón es analizada también por el Zohar: muestra cómo el mundo intenta regalar al judío lo que luego puede reclamar como propio. Por eso Abraham paga hasta el último siclo. En la historia moderna, cada intento de deslegitimar al Estado de Israel se basa en negar compra, pacto y memoria. La escena en Hebrón no es anécdota arqueológica: es declaración eterna. La identidad no se sostiene por concesión ajena. La memoria no se administra según la simpatía del entorno.

Ya hacia el final, la Torá registra el nuevo matrimonio de Abraham y su expansión familiar. Rashi sostiene que esta parte se incluye para enseñarnos que Abraham no se congeló en el duelo, sino que siguió creando vida. El Midrash interpreta que ese renacimiento es respuesta a Ishmael y a quienes intentaron debilitar la línea espiritual. Cada vez que se intenta apagar la llama, el pueblo judío responde con más luz: educación, comunidad, ritual, herencia moral.

El Talmud (Brajot 5b) dice que la verdadera grandeza no es evitar el dolor, sino transformarlo en propósito. Por eso Jaiei Sara, lejos de ser una parashá triste, es una guía de reconstrucción. Enseña que la respuesta judía al odio nunca fue desaparecer, sino permanecer. Frente a quienes relativizan crímenes contra judíos, frente a la doble vara, frente a la amnesia selectiva, la Torá enseña que la memoria no es conversación: es acto, territorio, continuidad.

Jaiei Sara podría haberse hundido en el lamento. En cambio, nos deja imágenes de compra, matrimonio, herencia, luz que vuelve a arder. La historia judía siempre pasó del duelo a la edificación. No pedimos legitimidad: la ejercemos. No mendigamos memoria: la construimos. Continuar es victoria.

Quiera D´s que sepamos honrar a quienes nos precedieron afirmando nuestra identidad con dignidad, responder al odio con vida, sostener nuestras raíces sin temor, transmitir sin cansancio, y encender nuevas luces incluso cuando el viento sopla fuerte.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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