Parashat Vaiejí, la
última del libro de Bereshit, no comienza con muerte sino con vida: “Vaiejí Yaakov”
—“Y vivió Yaakov”—. Sin embargo, inmediatamente la Torá nos conduce a sus
últimos días. Nuestros sabios ya notaron esta aparente contradicción. Rashí,
citando al Midrash, explica que los justos, incluso después de morir, siguen
siendo llamados “vivos”. Pero hay algo más profundo: el final de la vida no es
un detalle técnico, sino un momento cargado de santidad y sentido.
Yaakov dedica sus
últimas fuerzas no a bienes materiales ni a honores, sino a una petición
insistente: no ser enterrado en Egipto —“Al na tikbereni beMitzraim”.
Rashí explica que Yaakov temía que Egipto se convirtiera en un centro de
idolatría, que su cuerpo fuera objeto de culto y, según el Midrash, que su
cuerpo sufriera cuando la tierra de Egipto fuera golpeada por las plagas
futuras. De aquí aprendemos que el entierro no es una cuestión logística, sino
espiritual, histórica y moral.
El Talmud (Sanhedrín
46b) enseña que el entierro es una mitzvá de la Torá, derivada de “kavor
tikberenu”. No se trata solo de respeto humano, sino de un mandato divino.
El cuerpo no es algo descartable: fue el instrumento mediante el cual el alma
cumplió mitzvot, hizo el bien y dejó huella en el mundo. Por eso merece
dignidad incluso cuando la vida ya no lo habita.
El Midrash destaca que
ocuparse del entierro es el máximo “jesed shel emet”, una bondad verdadera,
porque no espera retribución. Por eso Yaakov no confía esta misión a
cualquiera, sino a Iosef. Cumplirla implicaba esfuerzo, riesgos políticos y
presentarse ante Paró, pero justamente ahí se revela la grandeza del acto: el
amor más puro es el que se hace sin esperar nada a cambio.
La Torá describe luego
una procesión fúnebre imponente. Rashí subraya que incluso los egipcios
reconocieron la grandeza de Yaakov y acompañaron su duelo. De aquí aprendemos
que el respeto por los muertos ennoblece también a los vivos. Una sociedad se
mide por cómo trata a quienes ya no pueden defenderse.
El Zohar agrega una
dimensión aún más profunda: el lugar de entierro conecta el alma con la tierra
que le corresponde espiritualmente. Por eso Yaakov insiste en ser enterrado en
Majpelá, junto a Abraham e Itzjak. No es nostalgia ni sentimentalismo: es
afirmar que la continuidad del pueblo judío no se rompe ni siquiera con la
muerte. El entierro en Eretz Israel es identidad, pertenencia y fe en el futuro.
No es casual que esta
parashá sea “cerrada”, sin espacios en el Sefer Torá. El Midrash explica que
con la muerte de Yaakov se “cerraron los ojos y el corazón” del pueblo ante el
exilio que se avecinaba. Pero incluso en ese cierre, Yaakov deja un mensaje
abierto: mientras haya memoria, respeto y santidad en los actos finales, hay
esperanza.
Parashat Vaiejí nos
enseña que la vida se honra también en cómo se la despide. El entierro no es el
final, sino una afirmación de sentido. Honrar al muerto es reconocer que cada
cuerpo fue una historia sagrada y que ninguna vida pasa por el mundo sin valor
ante D´s.
Quiera D’s que sepamos
aprender de Yaakov que incluso en los últimos actos se revela la verdadera
grandeza de una vida. Que honremos a nuestros muertos con santidad y verdad,
que comprendamos el valor eterno del cuerpo que fue morada del alma, y que ese
respeto profundo nos haga más sensibles, más humanos y más fieles a la Torá.
Quiera D’s que, así como cuidamos el final, sepamos también santificar cada
instante de vida.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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