En Vaieshev encontramos
uno de los episodios más dramáticos de la Torá: Yosef, un joven íntegro, es
acusado falsamente por la esposa de Potifar. El Midrash relata que ella lo
persiguió día tras día, intentando seducirlo y quebrar su voluntad. Al ver que Yosef
seguía firme en sus valores, transformó el rechazo en una calumnia que arruinó
su vida. Rashi explica que ella manipuló incluso la evidencia, tomando la
prenda de Yosef como una supuesta “prueba” de su mentira. Así funciona la
falsedad: no necesita hechos, necesita espectáculo. Pero la verdad no depende
de los gritos de los falsos testigos, sino de la realidad que D’s conoce.
El Talmud enseña que
“la falsedad no tiene pies”, porque no se sostiene por sí sola. Sin embargo,
mientras avanza, puede destruir reputaciones, sembrar odio y torcer destinos.
El Midrash señala que los sirvientes escucharon sus gritos y creyeron lo que querían
creer, porque cuando alguien desea escuchar una mentira, cualquier relato se
vuelve suficiente. Esa es la esencia de la propaganda: no convencer con verdad,
sino seducir con emoción y alimentar prejuicios ya existentes.
A lo largo de la
historia, el ataque al inocente siempre se vistió de causa justa. Hoy el pueblo
judío vuelve a ver esa escena repetirse con precisión dolorosa. Los terroristas
invaden, masacran y secuestran, pero el discurso los convierte en luchadores heroicos.
Israel se defiende de quienes juran su destrucción, pero los titulares solo
hablan de “desproporción”. Se utilizan hospitales, escuelas y mezquitas como
bases terroristas, y el mundo mira hacia otro lado. Se liberan videos y pruebas
de atrocidades, y muchos las descartan como “montajes”. Cuando no pueden negar
los crímenes, entonces invierten la historia: los victimarios se muestran como
víctimas, y las víctimas son acusadas de genocidas.
En Gaza, la población
crece año tras año, pero se insiste en la acusación de genocidio, vaciando una
palabra que debería estar reservada para la tragedia más oscura de la
humanidad. Se difunden listas de supuestas víctimas civiles donde hasta
aparecen nombres de muertos que luego se ven caminando en cámaras de
televisión. Se banaliza la Shoá comparando a Israel con los nazis, intentando
borrar la verdad histórica para justificar el odio actual. Se muestran sin
descanso escombros en Gaza, pero jamás los miles de cohetes que los originaron.
Se levantan banderas palestinas en nombre de la justicia, mientras se ignoran
completamente las masacres en Siria o en Yemen, porque allí no hay un judío al
cual acusar. Imágenes viejas, editadas o directamente falsas se vuelven
argumento irrefutable, siempre y cuando incriminen a Israel. Universidades, que
deberían educar pensamiento crítico, justifican el terrorismo como
“liberación”, enseñando consignas en lugar de verdad.
La esposa de Potifar,
en el siglo XXI, tiene cámara, Wi-Fi y campaña de prensa. La mentira es ahora
profesional, emocional e instantánea. Ya no necesita hechos; solo necesita
likes, clics y un público predispuesto a odiar.
Así como Yosef fue
encarcelado no por lo que hizo, sino porque era más cómodo creer la mentira que
enfrentar la verdad, así ocurre hoy con Israel: se elige la narrativa fácil, se
descartan los contextos, se invisibilizan los datos. El copero que se olvidó de
Yosef es símbolo de la segunda herida: el silencio. Primero la calumnia, luego
la indiferencia. Y hoy el olvido se expresa de manera brutal: si los judíos
sufren, no es noticia; si los judíos se defienden, es escándalo. Si se ataca a
Israel, se relativiza; si Israel neutraliza el ataque, se condena. “No Jews, no
news”: si no hay judíos, el mundo se calla; con judíos defendiéndose, el mundo
se indigna.
El Zohar enseña que
Yosef representa el atributo de la verdad. La mentira puede encerrar a la
verdad, pero no destruirla. El Rambán explica que cada injusticia que sufrió
Yosef fue parte del camino que lo llevó a su grandeza. Nada fue un desvío: todo
fue preparación para la revelación. Así también el pueblo judío: cada intento
de silenciarlo termina fortaleciendo su voz; cada ataque destinado a destruirlo
termina revelando su resiliencia; cada mentira expuesta termina abriendo los
ojos de quienes sí buscan la realidad.
Y así fue en la Torá:
Yosef salió de la prisión no solo reivindicado, sino elevado. La esposa de
Potifar quedó expuesta. El copero recordó. La historia se enderezó, tal como
D’s había decretado desde el principio. La verdad, aunque tarde, llega. La
mentira, aunque grite, cae.
Que el mensaje de
Vaieshev nos dé valentía: para mantenernos del lado de la verdad incluso cuando
el mundo elige la falsedad; para no temer a los relatos que quieren hacernos
culpables por existir; para no callar cuando el silencio es cómplice. Porque aunque
parezca que la mentira gana, sabemos que la verdad no se rinde.
Quiera D’s que pronto
podamos ver la redención de la verdad, la protección del pueblo de Israel y el
triunfo de la justicia sobre toda propaganda maliciosa.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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