lunes, 5 de enero de 2026

Shemot 5786


Parashat Shemot no comienza con una historia nueva, sino con una lista de nombres. La Torá podría haber dicho simplemente que el pueblo de Israel estaba en Egipto, pero elige empezar con “Veele shemot Benei Israel”y estos son los nombres de los hijos de Israel. El Midrash Rabá señala que D’s los cuenta y los nombra uno por uno para enseñar que, aun en el exilio, cada individuo conserva su valor, su identidad y su singularidad. No son una masa; son personas con nombre.

Este detalle es central, porque el miedo egipcio no fue solo al crecimiento numérico, sino al crecimiento con identidad. Rashi, citando el Midrash, explica que los hebreos no cambiaron sus nombres, su idioma ni su vestimenta. Es decir, crecieron sin diluirse y sin imponer. Vivían en Goshen, apartados, sin buscar dominar la cultura egipcia ni reemplazarla.

El Midrash Rabá agrega algo inquietante: el Faraón decía “Havá nitchakmá lo” —“seamos astutos con él”. No habla de ellos como personas, sino como un problema a resolver. El primer paso de toda persecución es siempre el mismo: dejar de ver nombres y empezar a ver números.

Aquí la Torá se vuelve tristemente profética. La historia del siglo XX nos mostró el mismo patrón. El nazismo no temía una invasión judía ni una imposición cultural. Temía lo mismo que el Faraón: un pueblo que, aun integrado en la sociedad alemana, conservaba su identidad, su ética y su memoria. Por eso el proceso fue idéntico al de Egipto: primero el señalamiento, luego la deshumanización y finalmente el intento de aniquilación.

Los judíos dejaron de ser personas con nombres para convertirse en cifras tatuadas en el brazo. Exactamente lo opuesto a Shemot. Donde la Torá insiste en nombrar, el totalitarismo insiste en borrar el nombre.

El Talmud (Sotá 11a) refuerza esta lectura: el miedo del Faraón no era a una rebelión armada, sino a que Israel siguiera siendo Israel. Por eso decreta trabajos forzados “para quebrar el espíritu”. El objetivo nunca fue la producción, sino la pérdida de identidad.

Y aquí aparece una enseñanza crucial para la actualidad. El crecimiento hebreo en Egipto —y a lo largo de la historia— fue siempre no impositivo. No hubo demanda de adaptar el espacio público a la fe judía, ni intento de someter a la sociedad anfitriona. La identidad se vivía puertas adentro, en la familia, en el Shabat, en el nombre transmitido de generación en generación.

Esto marca una diferencia profunda con ciertas corrientes islámicas actuales en Europa, que no solo crecen demográficamente, sino que buscan imponer normas religiosas, símbolos y leyes al conjunto de la sociedad. No es el crecimiento lo que genera tensión, sino la pretensión de reemplazar la cultura del otro. Los hebreos en Egipto jamás hicieron eso, y aun así fueron perseguidos. Esa es la paradoja moral que la Torá expone.

Shemot nos enseña que la redención comienza cuando se recupera el nombre. Moshé es llamado por su nombre desde la zarza. Las parteras, Shifrá y Puá, son nombradas —algo excepcional en la Torá— porque se niegan a obedecer una orden inmoral. El nombre es conciencia, responsabilidad y límite ético.

Cuando una sociedad teme a los nombres y prefiere los números, cuando deja de ver personas y solo ve colectivos, el camino hacia la opresión ya está trazado.

Quiera D’s que sepamos defender nuestros nombres, nuestra identidad y nuestra memoria; que crezcamos sin miedo y sin imponer, y que nunca olvidemos que cada persona es un mundo, incluso cuando los poderosos intentan reducirla a un número.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein 

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