Parashat Shemot no
comienza con una historia nueva, sino con una lista de nombres. La Torá podría
haber dicho simplemente que el pueblo de Israel estaba en Egipto, pero elige
empezar con “Veele shemot Benei Israel” —y estos son los nombres de
los hijos de Israel. El Midrash Rabá señala que D’s los cuenta y los nombra
uno por uno para enseñar que, aun en el exilio, cada individuo conserva su
valor, su identidad y su singularidad. No son una masa; son personas con
nombre.
Este detalle es
central, porque el miedo egipcio no fue solo al crecimiento numérico, sino al
crecimiento con identidad. Rashi, citando el Midrash, explica que los hebreos
no cambiaron sus nombres, su idioma ni su vestimenta. Es decir, crecieron sin
diluirse y sin imponer. Vivían en Goshen, apartados, sin buscar dominar la
cultura egipcia ni reemplazarla.
El Midrash Rabá agrega
algo inquietante: el Faraón decía “Havá nitchakmá lo” —“seamos astutos
con él”. No habla de ellos como personas, sino como un problema a resolver. El
primer paso de toda persecución es siempre el mismo: dejar de ver nombres y
empezar a ver números.
Aquí la Torá se vuelve
tristemente profética. La historia del siglo XX nos mostró el mismo patrón. El
nazismo no temía una invasión judía ni una imposición cultural. Temía lo mismo
que el Faraón: un pueblo que, aun integrado en la sociedad alemana, conservaba
su identidad, su ética y su memoria. Por eso el proceso fue idéntico al de
Egipto: primero el señalamiento, luego la deshumanización y finalmente el
intento de aniquilación.
Los judíos dejaron de
ser personas con nombres para convertirse en cifras tatuadas en el
brazo. Exactamente lo opuesto a Shemot. Donde la Torá insiste en
nombrar, el totalitarismo insiste en borrar el nombre.
El Talmud (Sotá 11a)
refuerza esta lectura: el miedo del Faraón no era a una rebelión armada, sino a
que Israel siguiera siendo Israel. Por eso decreta trabajos forzados “para
quebrar el espíritu”. El objetivo nunca fue la producción, sino la pérdida de
identidad.
Y aquí aparece una
enseñanza crucial para la actualidad. El crecimiento hebreo en Egipto —y a lo
largo de la historia— fue siempre no impositivo. No hubo demanda de adaptar el
espacio público a la fe judía, ni intento de someter a la sociedad anfitriona.
La identidad se vivía puertas adentro, en la familia, en el Shabat, en el
nombre transmitido de generación en generación.
Esto marca una
diferencia profunda con ciertas corrientes islámicas actuales en Europa, que no
solo crecen demográficamente, sino que buscan imponer normas religiosas,
símbolos y leyes al conjunto de la sociedad. No es el crecimiento lo que genera
tensión, sino la pretensión de reemplazar la cultura del otro. Los hebreos en
Egipto jamás hicieron eso, y aun así fueron perseguidos. Esa es la paradoja
moral que la Torá expone.
Shemot
nos enseña que la redención comienza cuando se recupera el nombre. Moshé es
llamado por su nombre desde la zarza. Las parteras, Shifrá y Puá, son nombradas
—algo excepcional en la Torá— porque se niegan a obedecer una orden inmoral. El
nombre es conciencia, responsabilidad y límite ético.
Cuando una sociedad
teme a los nombres y prefiere los números, cuando deja de ver personas y solo
ve colectivos, el camino hacia la opresión ya está trazado.
Quiera D’s que sepamos
defender nuestros nombres, nuestra identidad y nuestra memoria; que crezcamos
sin miedo y sin imponer, y que nunca olvidemos que cada persona es un mundo,
incluso cuando los poderosos intentan reducirla a un número.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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