La Torá señala que en
la salida de Egipto no salió solo Israel: “vegam erev rav alá itam”, una
gran mezcla de personas se unió al pueblo. Este dato no es marginal ni
anecdótico. Rashi explica que no eran egipcios obligados ni arrastrados por la
fuerza, sino individuos que, al ver las plagas y los milagros, decidieron
acompañar a Israel. Fue una adhesión voluntaria, nacida del impacto, no
necesariamente de la convicción. La Torá no lo oculta, pero tampoco lo celebra
ingenuamente: lo registra como un hecho complejo, cargado de consecuencias.
El midrash va más lejos
y señala que el erev rav reconoció el poder de D’s, pero no aceptó
plenamente Su autoridad. Vieron fuerza, no necesariamente verdad. Por eso,
cuando el pueblo enfrenta la primera gran prueba espiritual —la ausencia de
Moshé— son ellos quienes empujan hacia el becerro de oro. No inventan la
idolatría desde cero, pero la reactivan. El problema nunca fue que salieran de
Egipto físicamente, sino que no salieron de Egipto internamente. Cambiaron de
amo, pero no de mentalidad.
Inmediatamente después,
la Torá introduce la matzá. No como un detalle culinario, sino como un mensaje
teológico. El Talmud explica que la matzá simboliza decisión sin dilación,
obediencia sin negociación. No hubo tiempo para que la masa fermente, como no
hubo tiempo para que el pueblo condicione su salida. No se discutieron
cláusulas, no se pidieron garantías, no se acomodaron intereses personales. La
redención exige un “sí” inmediato y total. Quien necesita tiempo para ver si le
conviene, no está listo para ser libre.
Luego aparece con
claridad la frontera halájica: el Korbán Pésaj. “Kol ben nejar lo yojal bo”.
No todo el que camina con Israel participa de lo más sagrado. Rashi aclara que ben
nejar no es una categoría étnica, sino espiritual: es quien no acepta el
pacto. En cambio, el esclavo circuncidado sí puede comer. No porque haya nacido
dentro, sino porque asumió conscientemente el signo del pacto y la kabbalat
mitzvot. La Torá no mide sangre ni pasaporte: mide compromiso.
Aquí la Torá traza una
línea finísima pero firme. No se diluye la identidad permitiendo que todo sea
lo mismo, pero tampoco se la congela impidiendo que quien asume plenamente
pueda entrar. Quien entra de verdad, entra del todo. Quien no asume, queda afuera
de lo más sagrado, aunque camine al lado.
Este equilibrio —tan
difícil como esencial— es el que a lo largo de la historia se rompe una y otra
vez. A veces por laxitud, cuando se baja el estándar hasta vaciarlo de
contenido. Otras por rigidez, cuando se levantan murallas que la propia Torá
nunca ordenó construir. Hoy lo vemos cuando se invocan decretos antiguos como
si fueran absolutos, eternos y universales, anulando conversiones halájicas
válidas realizadas fuera de un territorio específico. Se habla de kedushá
y de “pureza del linaje”, pero se borra la distinción fundamental que hace la
Torá entre el ben nejar y el ger tzedek.
El Talmud es explícito
al advertir sobre la gravedad de oprimir al ger. Rambam es categórico:
una vez que el converso aceptó mitzvot conforme a halajá, no se lo investiga,
no se lo humilla, no se lo degrada. Convertir la geografía, la política
comunitaria o el control institucional en criterio halájico no es celo
religioso: es confusión, y a veces algo peor.
Parashat Bo no legitima
ni al erev rav sin compromiso ni a las murallas que rechazan al que sí
lo asumió. Enseña que la salida de Egipto fue una alianza exigente, no una
estampida emocional ni una fortaleza cerrada. D’s saca a Su pueblo beetzem
hayom hazé, a plena luz del día, sin esconderse y sin negociar la verdad.
La redención no se
construye sumando números ni levantando barreras artificiales. Se construye
exigiendo compromiso real, fidelidad a la Torá y honestidad espiritual. Todo lo
demás es Egipto con otro nombre.
Quiera D’s que sepamos
distinguir entre proteger la identidad y vaciarla.
Quiera D’s que no
confundamos kedushá con exclusión.
Quiera D’s que salgamos
de Egipto sin arrastrar sus lógicas.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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