lunes, 19 de enero de 2026

Bó 5786

La Torá señala que en la salida de Egipto no salió solo Israel: “vegam erev rav alá itam”, una gran mezcla de personas se unió al pueblo. Este dato no es marginal ni anecdótico. Rashi explica que no eran egipcios obligados ni arrastrados por la fuerza, sino individuos que, al ver las plagas y los milagros, decidieron acompañar a Israel. Fue una adhesión voluntaria, nacida del impacto, no necesariamente de la convicción. La Torá no lo oculta, pero tampoco lo celebra ingenuamente: lo registra como un hecho complejo, cargado de consecuencias.

El midrash va más lejos y señala que el erev rav reconoció el poder de D’s, pero no aceptó plenamente Su autoridad. Vieron fuerza, no necesariamente verdad. Por eso, cuando el pueblo enfrenta la primera gran prueba espiritual —la ausencia de Moshé— son ellos quienes empujan hacia el becerro de oro. No inventan la idolatría desde cero, pero la reactivan. El problema nunca fue que salieran de Egipto físicamente, sino que no salieron de Egipto internamente. Cambiaron de amo, pero no de mentalidad.

Inmediatamente después, la Torá introduce la matzá. No como un detalle culinario, sino como un mensaje teológico. El Talmud explica que la matzá simboliza decisión sin dilación, obediencia sin negociación. No hubo tiempo para que la masa fermente, como no hubo tiempo para que el pueblo condicione su salida. No se discutieron cláusulas, no se pidieron garantías, no se acomodaron intereses personales. La redención exige un “sí” inmediato y total. Quien necesita tiempo para ver si le conviene, no está listo para ser libre.

Luego aparece con claridad la frontera halájica: el Korbán Pésaj. “Kol ben nejar lo yojal bo”. No todo el que camina con Israel participa de lo más sagrado. Rashi aclara que ben nejar no es una categoría étnica, sino espiritual: es quien no acepta el pacto. En cambio, el esclavo circuncidado sí puede comer. No porque haya nacido dentro, sino porque asumió conscientemente el signo del pacto y la kabbalat mitzvot. La Torá no mide sangre ni pasaporte: mide compromiso.

Aquí la Torá traza una línea finísima pero firme. No se diluye la identidad permitiendo que todo sea lo mismo, pero tampoco se la congela impidiendo que quien asume plenamente pueda entrar. Quien entra de verdad, entra del todo. Quien no asume, queda afuera de lo más sagrado, aunque camine al lado.

Este equilibrio —tan difícil como esencial— es el que a lo largo de la historia se rompe una y otra vez. A veces por laxitud, cuando se baja el estándar hasta vaciarlo de contenido. Otras por rigidez, cuando se levantan murallas que la propia Torá nunca ordenó construir. Hoy lo vemos cuando se invocan decretos antiguos como si fueran absolutos, eternos y universales, anulando conversiones halájicas válidas realizadas fuera de un territorio específico. Se habla de kedushá y de “pureza del linaje”, pero se borra la distinción fundamental que hace la Torá entre el ben nejar y el ger tzedek.

El Talmud es explícito al advertir sobre la gravedad de oprimir al ger. Rambam es categórico: una vez que el converso aceptó mitzvot conforme a halajá, no se lo investiga, no se lo humilla, no se lo degrada. Convertir la geografía, la política comunitaria o el control institucional en criterio halájico no es celo religioso: es confusión, y a veces algo peor.

Parashat Bo no legitima ni al erev rav sin compromiso ni a las murallas que rechazan al que sí lo asumió. Enseña que la salida de Egipto fue una alianza exigente, no una estampida emocional ni una fortaleza cerrada. D’s saca a Su pueblo beetzem hayom hazé, a plena luz del día, sin esconderse y sin negociar la verdad.

La redención no se construye sumando números ni levantando barreras artificiales. Se construye exigiendo compromiso real, fidelidad a la Torá y honestidad espiritual. Todo lo demás es Egipto con otro nombre.

Quiera D’s que sepamos distinguir entre proteger la identidad y vaciarla.

Quiera D’s que no confundamos kedushá con exclusión.

Quiera D’s que salgamos de Egipto sin arrastrar sus lógicas.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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