lunes, 25 de mayo de 2026

Nasó 5786

La Parashá Nasó contiene uno de los pasajes más extensos y aparentemente repetitivos de toda la Torá. Durante doce días consecutivos, cada una de las tribus de Israel presenta exactamente la misma ofrenda para la inauguración del Mishkán. Y la Torá, lejos de resumirlo, decide repetir una por una cada presentación, con lujo de detalles.

A simple vista, parecería innecesario. ¿Por qué repetir doce veces lo mismo? ¿Por qué dedicar tantos versículos a algo idéntico?

Pero justamente allí se encuentra una de las enseñanzas más profundas de la tradición judía.

Rashi explica que, aunque las ofrendas eran materialmente iguales, la intención espiritual detrás de cada una era distinta. Cada tribu aportaba desde su identidad, desde su historia, desde su sensibilidad particular. El judaísmo jamás entendió la unidad como uniformidad. La verdadera unidad no consiste en borrar diferencias, sino en ponerlas al servicio de un propósito común.

El Midrash Rabá desarrolla aún más esta idea y enseña que cada líder tribal veía símbolos distintos en los mismos objetos. Lo que para uno representaba el mérito de los patriarcas, para otro evocaba el futuro del pueblo judío o los valores de la Torá. La misma acción podía contener múltiples significados simultáneamente.

Eso es profundamente contracultural para el mundo moderno.

Vivimos una época obsesionada con la homogeneización. Se exige pensar igual, hablar igual y reaccionar igual. Quien se aparta del discurso dominante rápidamente es marcado, cancelado o demonizado. Paradójicamente, muchos de los sectores que hablan permanentemente de “diversidad” son incapaces de tolerar diversidad ideológica o moral.

Y esto se ve con enorme claridad en gran parte de cierta izquierda contemporánea internacional.

Una izquierda que alguna vez supo defender trabajadores, libertades individuales o causas sociales legítimas, hoy muchas veces parece más interesada en dividir el mundo entre opresores y oprimidos según categorías arbitrarias, reduciendo sociedades complejas a consignas vacías de redes sociales. Bajo esa lógica simplista, Israel pasó de ser para ellos una democracia plural y occidental a convertirse automáticamente en “el villano” porque encaja en la caricatura ideológica que necesitan construir.

No importa que Israel tenga árabes en el parlamento, jueces musulmanes en la Corte Suprema o libertad religiosa real en una región donde eso escasea. No importa que enfrente organizaciones terroristas que explícitamente buscan su destrucción. La realidad deja de importar cuando la ideología se convierte en religión.

El Talmud ya advertía sobre esto en Sanhedrín: “Todo aquel que destruye una sola vida es considerado como si destruyera un mundo entero”. El judaísmo enseña a mirar individuos, no masas abstractas. Enseña responsabilidad moral concreta, no consignas emocionales.

Y quizá por eso el relato de las tribus es tan importante. Porque la Torá podría haber dicho: “todos trajeron lo mismo” y seguir adelante. Pero no lo hizo. Nombró a cada tribu por separado. Reconoció la singularidad de cada uno. Dio dignidad individual dentro del proyecto colectivo.

Hoy, cuando tantas instituciones internacionales parecen aplicar estándares morales distintos según quién sea el acusado, esta enseñanza cobra enorme actualidad. Naciones que callan ante masacres reales encuentran energía infinita para condenar selectivamente al Estado judío. Organismos que ignoran dictaduras brutales se obsesionan con Israel. Y muchos movimientos progresistas occidentales, que hablan de derechos humanos, terminan marchando junto a quienes justifican terrorismo, relativizan asesinatos o romantizan la violencia cuando la víctima es israelí o judía.

La doble vara no es nueva en la historia judía. Solo cambian los idiomas y las excusas.

También en Argentina esta discusión aparece cada vez más.

Nuestro país atraviesa una crisis profunda no solamente económica, sino cultural y moral. Durante años se instaló una lógica donde el esfuerzo era sospechoso, donde el mérito incomodaba y donde cualquier intento de orden era automáticamente etiquetado como insensible o autoritario. Se promovió una visión en la que la víctima siempre tenía razón por definición y donde asumir responsabilidades personales parecía casi ofensivo.

Pero la Parashá Nasó enseña exactamente lo contrario.

Cada tribu debía traer su ofrenda. Nadie podía reemplazar al otro. Nadie quedaba exento de aportar. Había igualdad en la dignidad, pero también responsabilidad individual. El Mishkán no se construyó solamente con discursos; se construyó con compromiso concreto.

Y eso vale también para una nación.

No existe país viable si se destruye permanentemente la cultura del trabajo, del mérito y de la responsabilidad. No existe comunidad sana cuando todo se reduce a resentimiento o a lucha permanente entre sectores. El judaísmo jamás glorificó la dependencia eterna ni el caos como bandera revolucionaria. Por el contrario: la tradición judía pone en el centro la construcción, el estudio, la familia, la ley y la responsabilidad mutua.

El Midrash enseña además que D´s valoró cada ofrenda como si fuera única, aunque externamente fueran iguales. Porque lo importante no era solo el objeto, sino el corazón detrás de él.

Eso también interpela muchísimo nuestro presente.

Vivimos en una cultura de exhibición permanente, donde muchas veces importa más parecer virtuoso que actuar correctamente. Declaraciones grandilocuentes en redes sociales reemplazan acciones reales. Personas que jamás ayudan concretamente a nadie sienten superioridad moral simplemente por repetir slogans de moda.

La Torá propone otra lógica: menos performance moral y más responsabilidad auténtica.

Quizás por eso Nasó insiste tanto en los detalles. Porque el judaísmo entiende que la santidad no se construye desde abstracciones vacías, sino desde actos concretos repetidos día tras día. Una sociedad no se sostiene por hashtags ni por relatos épicos, sino por personas comunes haciendo lo correcto incluso cuando nadie las aplaude.

Y hay otra enseñanza central.

Las doce tribus eran diferentes entre sí. Tenían intereses distintos, personalidades distintas y hasta destinos distintos. Sin embargo, todas entendían que había algo superior que las unía: el destino compartido del pueblo judío.

Hoy eso también parece olvidarse con facilidad. El mundo contemporáneo empuja constantemente a fragmentar identidades: clase contra clase, hombres contra mujeres, ciudadanos contra ciudadanos, grupos contra grupos. La política moderna muchas veces vive de fabricar resentimiento permanente.

Pero una nación no puede sobrevivir solo desde la confrontación interna.

El pueblo judío sobrevivió miles de años justamente porque aprendió a mantener unidad incluso en el desacuerdo. El Talmud está lleno de discusiones feroces entre sabios, pero esas discusiones existían dentro de un marco común de pertenencia y responsabilidad colectiva.

Tal vez esa sea una de las lecciones más urgentes para Argentina hoy: se puede discutir sin destruirse, se puede disentir sin deshumanizar al otro, y se puede defender convicciones firmes sin convertir la política en una guerra tribal interminable.

Nasó nos recuerda que cada persona tiene algo único para aportar. Que la igualdad no significa borrar identidades. Que el mérito importa. Que la responsabilidad importa. Que las comunidades sólidas se construyen con compromiso concreto y no con consignas vacías.

Y también nos recuerda algo profundamente esperanzador: aunque las tribus fueran distintas, todas podían acercarse a D´s. No había monopolio espiritual. Había diversidad dentro de un proyecto común.

Quiera D’s que podamos aprender a valorar nuestras diferencias sin perder aquello que nos une. Que Argentina recupere la cultura del esfuerzo, la responsabilidad y la verdad. Que el mundo abandone la hipocresía moral y vuelva a distinguir entre democracia y terrorismo, entre libertad y fanatismo. Y que el pueblo judío siga encontrando fuerza en su identidad, en su tradición y en la capacidad de transformar diversidad en unidad.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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