La Parashat Emor nos
deja una enseñanza inmensa, profunda y totalmente vigente para cualquier
generación. En Vaikrá 22:2, D´s le ordena a Moshé que les hable a Aarón y a sus
hijos para que se aparten de las cosas santas de Israel cuando no estuvieran en
condiciones, y así no profanen Su Santo Nombre. A simple vista parece una ley
específica vinculada al servicio de los cohanim en el Mishkán y luego en el
Beit Hamikdash, pero como toda palabra de Torá, encierra una verdad mucho más
amplia: quien ocupa un lugar de responsabilidad no puede actuar de cualquier
manera.
Rashi explica que el
mandato de apartarse se refiere al Cohén que se encontraba en estado de
impureza. Aunque perteneciera a la familia sacerdotal, aunque tuviera rango,
función y privilegio, si no estaba apto debía correrse hasta recuperar su
condición. La Torá establece así un principio extraordinario: el cargo no
purifica a la persona, la persona debe estar a la altura del cargo.
Cuánto nos falta
aprender eso en la Argentina.
Durante años vimos
dirigentes que hicieron exactamente lo contrario. Cuanto más cuestionados
estaban, más se aferraban al poder. Cuantas más sospechas aparecían, más
gritaban persecución. Cuantas más pruebas surgían, más hablaban de lawfare,
proscripción o complot. En lugar de dar un paso al costado para preservar la
dignidad institucional, utilizaron el Estado como refugio personal. El
kirchnerismo convirtió esa lógica en método: nunca explicar, siempre
victimizarse; nunca hacerse cargo, siempre atacar; nunca limpiar, siempre
embarrar.
La Torá dice que, si no
estás en condiciones, te corrés. Cierta dirigencia enseñó que, si no estás en
condiciones, redoblás la apuesta.
El Midrash enseña que
cuando el líder se degrada, el daño no queda encerrado en su persona. El pueblo
observa, aprende y muchas veces imita. Si el sacerdote banaliza lo sagrado, la
gente deja de respetarlo. Si el juez se vende, la sociedad descree de la justicia.
Si el político roba, miente y acomoda amigos, la ciudadanía empieza a pensar
que todo vale.
Eso fue uno de los
peores legados de la era kirchnerista: intentar naturalizar la corrupción.
Hacer creer que los bolsos eran operaciones. Que los hoteles vacíos eran
casualidad. Que las fortunas crecidas al calor del poder eran mérito. Que el
nepotismo era confianza. Que los sobreprecios eran gestión. Que usar cadenas
nacionales para propaganda era comunicación. Que perseguir periodistas era
democratizar la palabra.
El daño económico fue
enorme, pero el daño moral quizás fue mayor. Porque cuando se destruye la
noción de límite, reconstruirla lleva años.
El Talmud enseña que
hay profanación del Nombre de D´s cuando una persona importante actúa de manera
indigna y provoca que otros digan: si así se comporta quien debía dar ejemplo,
entonces nada vale. No hace falta blasfemar con palabras. Se puede profanar con
conductas.
Un funcionario que
promete servir y usa al pueblo para enriquecerse profana.
Un dirigente que habla
de justicia social mientras vive rodeado de privilegios profana.
Quien se llena la boca
hablando de los pobres mientras multiplica patrimonio profana.
Quien acusa de odio
para ocultar delitos profana.
Quien divide argentinos
para conservar poder profana.
Y cuando todo eso se
hace sistemáticamente, ya no hablamos de errores aislados: hablamos de una
cultura política enferma.
Parashat Emor nos
recuerda que la función pública debería vivirse con el mismo respeto con que el
Cohén entraba al servicio sagrado. Con límites. Con temor moral. Con conciencia
de que representar al pueblo no es un cheque en blanco, sino una carga pesada.
No se gobierna para vengarse, no se gobierna para enriquecer amigos, no se
gobierna para garantizar impunidad familiar.
Gobernar debería ser
servir. Administrar debería ser cuidar. Liderar debería ser elevar.
También nos habla a
cada uno en nuestra vida cotidiana. Todos representamos algo: una familia, una
profesión, una comunidad, una tradición. Todos tenemos espacios donde otros nos
miran. El padre frente a sus hijos, el docente frente a sus alumnos, el comerciante
frente a sus clientes, el ciudadano frente a sus vecinos. Nadie está exento de
esta enseñanza. Cuando actuamos con integridad, santificamos. Cuando actuamos
con cinismo, profanamos.
Por eso Emor no es solo
una parashá sobre sacerdotes. Es una parashá sobre estándares. Sobre recordar
que no cualquiera puede acercarse a lo valioso de cualquier manera. Sobre
entender que los privilegios sin ética destruyen. Sobre saber que la autoridad
sin honestidad termina pudriendo todo lo que toca.
Ojalá llegue el día en
que la sociedad argentina exija decencia sin mirar camiseta partidaria. Que se
condene la corrupción venga de donde venga. Que no haya militancia ciega para
justificar lo injustificable. Que el relato no tape los hechos. Que el fanatismo
no suplante a la verdad.
Quiera D´s que
aprendamos a elegir dirigentes honestos, a recuperar el valor de la vergüenza
frente al delito, a reconstruir instituciones fuertes y a vivir en una
Argentina donde el poder vuelva a ser servicio, la ley vuelva a ser respetada y
la dignidad pública vuelva a ser sagrada.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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