La parashá Ajarei Mot–Kedoshim
no viene a repartir frases lindas para quedar bien en redes. No está para
decorar estados de WhatsApp ni para subir una foto con cara de reflexión. Viene
a incomodar. Viene a marcar límites. Viene a recordar que una sociedad no se
destruye solamente cuando le roban la plata, sino cuando encima le roban el
sentido de la justicia.
En Vaikrá 19:15 la Torá
dice con una claridad brutal: “No cometerán injusticia en el juicio; no
favorecerás al pobre ni honrarás al poderoso; con justicia juzgarás a tu
prójimo.” Es decir: no se falla por simpatía, no se decide por militancia, no
se absuelve por conveniencia, no se condena por odio. La justicia no puede
depender del color partidario.
Rashi explica que el
juez no debe inclinarse ni por compasión mal entendida ni por temor al
poderoso. Traducido a la Argentina: no podés perdonar al amigo porque “es de
los nuestros”, ni perseguir al rival porque “nos sirve políticamente”. Si la
ley cambia según quién se sienta en el banquillo, ya no hay ley. Hay acomodo.
El Talmud enseña que
quien tuerce un juicio es como si destruyera el mundo entero, porque rompe la
confianza básica que mantiene unida a una sociedad. Cuando la gente siente que
el honesto paga y el vivo zafa, aparece el cinismo colectivo: nadie cree en
nada, nadie respeta nada, y cada uno trata de salvarse como puede.
¿Y acaso no vimos eso
durante años en Argentina? Expedientes que duermen una década. Causas que
avanzan solo cuando cambia el viento político. Jueces que descubren valentía
cuando cambia el gobierno. Operadores disfrazados de periodistas. Militantes
presentados como juristas imparciales. Todo ese barro institucional tuvo un
gran beneficiario: el kirchnerismo.
Cada vez que una causa
los rozó, apareció el libreto de siempre: persecución, proscripción, lawfare,
conspiración mediática, jueces macristas, jueces mileístas, jueces marcianos,
lo que hiciera falta con tal de no discutir los hechos. Pero los nombres quedaron:
Causa Vialidad, Causa Hotesur-Los Sauces, Causa Cuadernos de las Coimas, Ruta
del Dinero K. Años de maniobras, apelaciones eternas, demoras quirúrgicas y
relato militante para convertir sospechas gravísimas en supuesta épica popular.
Maimonides escribe en
Mishné Torá que el juez debe imaginar una espada sobre su cuello y el Guehinom
abierto debajo de sus pies. ¿Qué está diciendo? Que juzgar es una
responsabilidad tremenda. No es un cargo para lucirse, no es una mesa de
negociación, no es una herramienta electoral. Es un acto sagrado que exige
temblor moral. Si muchos hubieran diotenido, aunque sea una décima parte de esa
conciencia, la historia argentina reciente sería otra.
Y la Torá agrega algo
todavía más actual: “No pondrás tropiezo delante del ciego.” Nuestros sabios
explican que no habla solo del ciego literal, sino de no engañar al confundido,
no aprovecharse del que no tiene toda la información, no inducir al error. ¿No
fue eso gran parte del modelo populista? Mentir con la inflación. Dibujar pobreza.
Inventar relatos económicos. Hacer creer que emitir no tenía consecuencias.
Convencer al que menos tiene de que lo defendían mientras lo empobrecían cada
año un poco más.
También aplica al plano
internacional. Porque hoy sobran los que se llenan la boca hablando de derechos
humanos mientras llaman genocida a Israel con una frivolidad obscena. Usan una
palabra ligada al peor horror del siglo XX como si fuera un hashtag. Mientras
tanto, relativizan o directamente callan frente a Iran, Hamas y Hezbollah,
organizaciones y regímenes que predican la destrucción, reprimen minorías,
persiguen opositores y usan civiles como escudos.
La izquierda local e
internacional hace equilibrio moral para justificar cualquier barbaridad
siempre que venga envuelta en lenguaje antioccidental. Si una democracia se
defiende, la condenan. Si un grupo terrorista secuestra bebés o dispara desde
escuelas, “hay que contextualizar”. Si Israel responde, marchan. Si masacran
judíos, hacen silencio o sacan comunicados tibios. No es humanismo: es
fanatismo selectivo.
La Torá también prohíbe
falsear pesas y medidas. Y hoy abundan las balanzas adulteradas: una vara para
Israel y otra para sus enemigos; una vara para el dirigente propio y otra para
el adversario; una vara para el comerciante que factura y otra para el funcionario
que saquea. Esa doble moral destruye países tanto como la corrupción material.
Ser kedoshim, santos,
no es hablar bajito ni posar de sensibles. Es separar lo limpio de lo sucio, lo
verdadero de lo falso, lo justo de lo útil. Es animarse a decir que el ladrón
sigue siendo ladrón aunque cite a Perón, a Marx o a quien sea. Es reconocer que
el terrorismo sigue siendo terrorismo aunque lo disfracen de resistencia. Es
entender que una bandera partidaria no lava un delito.
Y también es mirarnos
para adentro: una sociedad que festeja la picardía, idolatra al vivo y se burla
del que cumple la ley después no puede sorprenderse cuando la justicia funciona
mal. Lo que toleramos abajo termina pudriendo lo de arriba.
Quiera D’s que dejemos
de idolatrar a los que entorpecen la justicia, de defender corruptos porque son
“propios”, de repetir calumnias contra Israel por moda ideológica y de premiar
a los que mienten con convicción; y que tengamos la valentía de construir una
Argentina donde la verdad no dependa del apellido, del partido ni del relato.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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