lunes, 20 de abril de 2026

Ajarei Mot–Kedoshim 5786

 

La parashá Ajarei Mot–Kedoshim no viene a repartir frases lindas para quedar bien en redes. No está para decorar estados de WhatsApp ni para subir una foto con cara de reflexión. Viene a incomodar. Viene a marcar límites. Viene a recordar que una sociedad no se destruye solamente cuando le roban la plata, sino cuando encima le roban el sentido de la justicia.

En Vaikrá 19:15 la Torá dice con una claridad brutal: “No cometerán injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre ni honrarás al poderoso; con justicia juzgarás a tu prójimo.” Es decir: no se falla por simpatía, no se decide por militancia, no se absuelve por conveniencia, no se condena por odio. La justicia no puede depender del color partidario.

Rashi explica que el juez no debe inclinarse ni por compasión mal entendida ni por temor al poderoso. Traducido a la Argentina: no podés perdonar al amigo porque “es de los nuestros”, ni perseguir al rival porque “nos sirve políticamente”. Si la ley cambia según quién se sienta en el banquillo, ya no hay ley. Hay acomodo.

El Talmud enseña que quien tuerce un juicio es como si destruyera el mundo entero, porque rompe la confianza básica que mantiene unida a una sociedad. Cuando la gente siente que el honesto paga y el vivo zafa, aparece el cinismo colectivo: nadie cree en nada, nadie respeta nada, y cada uno trata de salvarse como puede.

¿Y acaso no vimos eso durante años en Argentina? Expedientes que duermen una década. Causas que avanzan solo cuando cambia el viento político. Jueces que descubren valentía cuando cambia el gobierno. Operadores disfrazados de periodistas. Militantes presentados como juristas imparciales. Todo ese barro institucional tuvo un gran beneficiario: el kirchnerismo.

Cada vez que una causa los rozó, apareció el libreto de siempre: persecución, proscripción, lawfare, conspiración mediática, jueces macristas, jueces mileístas, jueces marcianos, lo que hiciera falta con tal de no discutir los hechos. Pero los nombres quedaron: Causa Vialidad, Causa Hotesur-Los Sauces, Causa Cuadernos de las Coimas, Ruta del Dinero K. Años de maniobras, apelaciones eternas, demoras quirúrgicas y relato militante para convertir sospechas gravísimas en supuesta épica popular.

Maimonides escribe en Mishné Torá que el juez debe imaginar una espada sobre su cuello y el Guehinom abierto debajo de sus pies. ¿Qué está diciendo? Que juzgar es una responsabilidad tremenda. No es un cargo para lucirse, no es una mesa de negociación, no es una herramienta electoral. Es un acto sagrado que exige temblor moral. Si muchos hubieran diotenido, aunque sea una décima parte de esa conciencia, la historia argentina reciente sería otra.

Y la Torá agrega algo todavía más actual: “No pondrás tropiezo delante del ciego.” Nuestros sabios explican que no habla solo del ciego literal, sino de no engañar al confundido, no aprovecharse del que no tiene toda la información, no inducir al error. ¿No fue eso gran parte del modelo populista? Mentir con la inflación. Dibujar pobreza. Inventar relatos económicos. Hacer creer que emitir no tenía consecuencias. Convencer al que menos tiene de que lo defendían mientras lo empobrecían cada año un poco más.

También aplica al plano internacional. Porque hoy sobran los que se llenan la boca hablando de derechos humanos mientras llaman genocida a Israel con una frivolidad obscena. Usan una palabra ligada al peor horror del siglo XX como si fuera un hashtag. Mientras tanto, relativizan o directamente callan frente a Iran, Hamas y Hezbollah, organizaciones y regímenes que predican la destrucción, reprimen minorías, persiguen opositores y usan civiles como escudos.

La izquierda local e internacional hace equilibrio moral para justificar cualquier barbaridad siempre que venga envuelta en lenguaje antioccidental. Si una democracia se defiende, la condenan. Si un grupo terrorista secuestra bebés o dispara desde escuelas, “hay que contextualizar”. Si Israel responde, marchan. Si masacran judíos, hacen silencio o sacan comunicados tibios. No es humanismo: es fanatismo selectivo.

La Torá también prohíbe falsear pesas y medidas. Y hoy abundan las balanzas adulteradas: una vara para Israel y otra para sus enemigos; una vara para el dirigente propio y otra para el adversario; una vara para el comerciante que factura y otra para el funcionario que saquea. Esa doble moral destruye países tanto como la corrupción material.

Ser kedoshim, santos, no es hablar bajito ni posar de sensibles. Es separar lo limpio de lo sucio, lo verdadero de lo falso, lo justo de lo útil. Es animarse a decir que el ladrón sigue siendo ladrón aunque cite a Perón, a Marx o a quien sea. Es reconocer que el terrorismo sigue siendo terrorismo aunque lo disfracen de resistencia. Es entender que una bandera partidaria no lava un delito.

Y también es mirarnos para adentro: una sociedad que festeja la picardía, idolatra al vivo y se burla del que cumple la ley después no puede sorprenderse cuando la justicia funciona mal. Lo que toleramos abajo termina pudriendo lo de arriba.

Quiera D’s que dejemos de idolatrar a los que entorpecen la justicia, de defender corruptos porque son “propios”, de repetir calumnias contra Israel por moda ideológica y de premiar a los que mienten con convicción; y que tengamos la valentía de construir una Argentina donde la verdad no dependa del apellido, del partido ni del relato.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

 

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