La parashá
Tazria–Metzorá incomoda porque no permite escapatorias. No es un texto para
mirar desde lejos ni para intelectualizar: es un diagnóstico moral directo. Te
pone frente a un espejo y te obliga a ver no solo tus fallas personales, sino
también las deformaciones colectivas que una sociedad decide tolerar.
La Torá describe la
tzaráat. Y hay que insistir: no es lepra. No es una patología médica. La lepra
pertenece al campo de la biología; la tzaráat pertenece al plano espiritual.
Por eso no la diagnostica un médico, sino un Cohen. No se trata con ciencia,
sino con conciencia. Es el resultado visible de una corrupción invisible. Es
cuando el alma, saturada de distorsión moral, termina manifestándose en la
piel.
El Talmud (Arajin 16a)
enumera sus causas: lashón hará, soberbia, mentira, corrupción, mezquindad. No
estamos hablando de errores aislados, sino de patrones de conducta. Rashi,
apoyado en el Midrash Rabá, explica el mecanismo: primero la casa, después la
ropa y finalmente el cuerpo. Es decir, hay advertencias. Hay tiempo para
corregir. Pero si la persona insiste en ignorar, la mancha avanza hasta
volverse imposible de ocultar.
El metzorá no es
simplemente un “enfermo”: es alguien cuya conducta generó esa realidad. La Torá
lo aparta del campamento. No es cancelación moderna ni venganza social: es una
medida de emergencia moral. Porque lo impuro no es neutro. Se expande. Contamina.
Normaliza lo que no debería ser normal.
El mismo Talmud juega
con la palabra metzorá como motzí shem ra: el que difama, el que construye
mentira, el que destruye reputaciones para beneficio propio. Y ahí está la
clave: la raíz de la tzaráat no es física, es ética.
La impureza en la Torá
no es suciedad. Es distorsión. Es cuando la mentira se convierte en método,
cuando la corrupción se vuelve sistema, cuando la sociedad pierde la capacidad
de escandalizarse. Y si hay una fuerza política que encarnó eso en la Argentina
de manera brutal, es el kirchnerismo.
No como error. Como
estructura.
Primero vino la
deformación del lenguaje. El relato. La construcción de una realidad paralela
donde robar podía ser “redistribuir”, donde el fracaso era “modelo”, donde el
adversario era automáticamente enemigo del pueblo. Esa fue la primera mancha,
la de la “casa”. Y muchos la aplaudieron.
Después vino la mancha
en la “ropa”: la naturalización del doble discurso, la militancia de la
mentira, la defensa automática de lo indefendible. Discursos encendidos en
público y silencios cómplices en privado. La justificación constante, el “ah
pero…” como mecanismo para tapar cualquier desvío. Esa es la ropa manchada:
cuando lo externo ya muestra una incoherencia evidente entre lo que se dice y
lo que se hace.
Y ahí aparece también
otro tipo de impureza, más incómoda todavía: la de aquellos que portan un
apellido judío, pero reniegan de sus raíces, que frente a ataques contra Israel
eligen el silencio o, peor aún, se suman al relato de quienes buscan
deslegitimarlo. No es ignorancia: es una forma de lashón hará interno,
una desconexión que lleva a justificar al agresor y a mirar para otro lado
cuando el propio pueblo es atacado. Esa también es una mancha. Y no menor.
Y finalmente llegó la
mancha en la “piel”: un país devastado, instituciones destruidas, cultura del
atajo, generaciones criadas en la lógica de que la ley es opcional y la verdad
negociable. Eso es tzaráat social en su máxima expresión.
Pero lo más grave no
fue la corrupción en sí. Fue su justificación. Fue la militancia de la
impureza. Fue transformar lo inmoral en bandera política.
Y ahí la izquierda
juega un rol central. Porque no solo acompañó: legitimó. Construyó el marco
teórico para justificar lo injustificable. Transformó el resentimiento en
ideología. Necesita dividir el mundo en opresores y oprimidos, aunque para eso
tenga que deformar la realidad hasta el absurdo. Y cuando los hechos no
encajan, inventa.
Eso es lashón hará
elevado a doctrina.
El Talmud enseña que el
lashón hará mata a tres. Pero cuando se convierte en herramienta política, mata
sociedades enteras. Y eso es exactamente lo que vemos cuando ciertos sectores
de izquierda construyen relatos falsos sobre Israel: no buscan entender, buscan
condenar. No analizan, acusan. No informan, fabrican. Necesitan un enemigo
permanente para sostener su narrativa, y si la realidad no se los da, la
inventan.
Eso no es ignorancia.
Es corrupción moral.
Ahora bien, la Torá no
te deja cómodo ni siquiera ahí. Porque la tzaráat no distingue banderas. Y si
algo enseña esta parashá es que nadie está inmunizado contra la degradación
ética.
En el mundo libertario
—que surge como reacción a ese sistema de impureza— también empiezan a aparecer
señales que obligan a no relajarse. Cuestionamientos, acusaciones, polémicas en
torno a Manuel Adorni: debates sobre su patrimonio, sobre financiamientos,
sobre conductas personales. ¿Son todas ciertas? No necesariamente. ¿Hay
operaciones? Seguramente. Pero el punto no es ese.
El punto es entender
que la lógica de la tzaráat no arranca con la condena final. Arranca con
pequeñas concesiones. Con zonas grises que se toleran porque convienen. Con
silencios selectivos. Con la tentación de creer que “esta vez es distinto”.
Nunca es distinto.
Cuando la verdad deja
de ser el eje, cuando la ética se vuelve relativa, cuando la coherencia se
sacrifica por conveniencia, la mancha empieza. Y la historia demuestra que, si
no se frena a tiempo, avanza.
La Torá es brutalmente
honesta: no alcanza con denunciar la corrupción ajena si estás dispuesto a
tolerar la propia. No alcanza con cambiar el discurso si el comportamiento
termina siendo el mismo. El metzorá es apartado porque lo corrupto contagia,
incluso cuando se presenta con nuevas formas y nuevos nombres.
Argentina ya vivió ese
proceso. Vio cómo la mentira se volvió política de Estado. Cómo la corrupción
se volvió sistema. Cómo la impunidad se volvió cultura. Y lo más peligroso
sería creer que eso no puede repetirse bajo otro signo.
Tazria–Metzorá es una
advertencia que atraviesa el tiempo: las sociedades no colapsan de un día para
el otro. Se degradan lentamente. Primero en el lenguaje, después en los hechos,
y finalmente en la realidad visible.
Quiera D’s que no
volvamos a caer en esa ceguera voluntaria, que no nos dejemos seducir otra vez
por relatos que justifican lo injustificable, que tengamos la firmeza de
señalar la mentira y la corrupción sin importar de dónde vengan, que no
repitamos los errores del pasado bajo nuevas banderas, y que podamos construir
una sociedad donde la verdad, la responsabilidad y la integridad no sean
excepciones heroicas, sino la norma sobre la cual todo se sostiene.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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