lunes, 13 de abril de 2026

Tazria–Metzorá 5786

 

La parashá Tazria–Metzorá incomoda porque no permite escapatorias. No es un texto para mirar desde lejos ni para intelectualizar: es un diagnóstico moral directo. Te pone frente a un espejo y te obliga a ver no solo tus fallas personales, sino también las deformaciones colectivas que una sociedad decide tolerar.

La Torá describe la tzaráat. Y hay que insistir: no es lepra. No es una patología médica. La lepra pertenece al campo de la biología; la tzaráat pertenece al plano espiritual. Por eso no la diagnostica un médico, sino un Cohen. No se trata con ciencia, sino con conciencia. Es el resultado visible de una corrupción invisible. Es cuando el alma, saturada de distorsión moral, termina manifestándose en la piel.

El Talmud (Arajin 16a) enumera sus causas: lashón hará, soberbia, mentira, corrupción, mezquindad. No estamos hablando de errores aislados, sino de patrones de conducta. Rashi, apoyado en el Midrash Rabá, explica el mecanismo: primero la casa, después la ropa y finalmente el cuerpo. Es decir, hay advertencias. Hay tiempo para corregir. Pero si la persona insiste en ignorar, la mancha avanza hasta volverse imposible de ocultar.

El metzorá no es simplemente un “enfermo”: es alguien cuya conducta generó esa realidad. La Torá lo aparta del campamento. No es cancelación moderna ni venganza social: es una medida de emergencia moral. Porque lo impuro no es neutro. Se expande. Contamina. Normaliza lo que no debería ser normal.

El mismo Talmud juega con la palabra metzorá como motzí shem ra: el que difama, el que construye mentira, el que destruye reputaciones para beneficio propio. Y ahí está la clave: la raíz de la tzaráat no es física, es ética.

La impureza en la Torá no es suciedad. Es distorsión. Es cuando la mentira se convierte en método, cuando la corrupción se vuelve sistema, cuando la sociedad pierde la capacidad de escandalizarse. Y si hay una fuerza política que encarnó eso en la Argentina de manera brutal, es el kirchnerismo.

No como error. Como estructura.

Primero vino la deformación del lenguaje. El relato. La construcción de una realidad paralela donde robar podía ser “redistribuir”, donde el fracaso era “modelo”, donde el adversario era automáticamente enemigo del pueblo. Esa fue la primera mancha, la de la “casa”. Y muchos la aplaudieron.

Después vino la mancha en la “ropa”: la naturalización del doble discurso, la militancia de la mentira, la defensa automática de lo indefendible. Discursos encendidos en público y silencios cómplices en privado. La justificación constante, el “ah pero…” como mecanismo para tapar cualquier desvío. Esa es la ropa manchada: cuando lo externo ya muestra una incoherencia evidente entre lo que se dice y lo que se hace.

Y ahí aparece también otro tipo de impureza, más incómoda todavía: la de aquellos que portan un apellido judío, pero reniegan de sus raíces, que frente a ataques contra Israel eligen el silencio o, peor aún, se suman al relato de quienes buscan deslegitimarlo. No es ignorancia: es una forma de lashón hará interno, una desconexión que lleva a justificar al agresor y a mirar para otro lado cuando el propio pueblo es atacado. Esa también es una mancha. Y no menor.

Y finalmente llegó la mancha en la “piel”: un país devastado, instituciones destruidas, cultura del atajo, generaciones criadas en la lógica de que la ley es opcional y la verdad negociable. Eso es tzaráat social en su máxima expresión.

Pero lo más grave no fue la corrupción en sí. Fue su justificación. Fue la militancia de la impureza. Fue transformar lo inmoral en bandera política.

Y ahí la izquierda juega un rol central. Porque no solo acompañó: legitimó. Construyó el marco teórico para justificar lo injustificable. Transformó el resentimiento en ideología. Necesita dividir el mundo en opresores y oprimidos, aunque para eso tenga que deformar la realidad hasta el absurdo. Y cuando los hechos no encajan, inventa.

Eso es lashón hará elevado a doctrina.

El Talmud enseña que el lashón hará mata a tres. Pero cuando se convierte en herramienta política, mata sociedades enteras. Y eso es exactamente lo que vemos cuando ciertos sectores de izquierda construyen relatos falsos sobre Israel: no buscan entender, buscan condenar. No analizan, acusan. No informan, fabrican. Necesitan un enemigo permanente para sostener su narrativa, y si la realidad no se los da, la inventan.

Eso no es ignorancia. Es corrupción moral.

Ahora bien, la Torá no te deja cómodo ni siquiera ahí. Porque la tzaráat no distingue banderas. Y si algo enseña esta parashá es que nadie está inmunizado contra la degradación ética.

En el mundo libertario —que surge como reacción a ese sistema de impureza— también empiezan a aparecer señales que obligan a no relajarse. Cuestionamientos, acusaciones, polémicas en torno a Manuel Adorni: debates sobre su patrimonio, sobre financiamientos, sobre conductas personales. ¿Son todas ciertas? No necesariamente. ¿Hay operaciones? Seguramente. Pero el punto no es ese.

El punto es entender que la lógica de la tzaráat no arranca con la condena final. Arranca con pequeñas concesiones. Con zonas grises que se toleran porque convienen. Con silencios selectivos. Con la tentación de creer que “esta vez es distinto”.

Nunca es distinto.

Cuando la verdad deja de ser el eje, cuando la ética se vuelve relativa, cuando la coherencia se sacrifica por conveniencia, la mancha empieza. Y la historia demuestra que, si no se frena a tiempo, avanza.

La Torá es brutalmente honesta: no alcanza con denunciar la corrupción ajena si estás dispuesto a tolerar la propia. No alcanza con cambiar el discurso si el comportamiento termina siendo el mismo. El metzorá es apartado porque lo corrupto contagia, incluso cuando se presenta con nuevas formas y nuevos nombres.

Argentina ya vivió ese proceso. Vio cómo la mentira se volvió política de Estado. Cómo la corrupción se volvió sistema. Cómo la impunidad se volvió cultura. Y lo más peligroso sería creer que eso no puede repetirse bajo otro signo.

Tazria–Metzorá es una advertencia que atraviesa el tiempo: las sociedades no colapsan de un día para el otro. Se degradan lentamente. Primero en el lenguaje, después en los hechos, y finalmente en la realidad visible.

Quiera D’s que no volvamos a caer en esa ceguera voluntaria, que no nos dejemos seducir otra vez por relatos que justifican lo injustificable, que tengamos la firmeza de señalar la mentira y la corrupción sin importar de dónde vengan, que no repitamos los errores del pasado bajo nuevas banderas, y que podamos construir una sociedad donde la verdad, la responsabilidad y la integridad no sean excepciones heroicas, sino la norma sobre la cual todo se sostiene.

Shabat Shalom!

Lucas Fisbein

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