En el comienzo, cuando D´s creó los cielos y la tierra, no hubo martillos ni fuego ni herramientas. Hubo solo una palabra. “Vaiomer Elohim: Iehí or — y fue la luz.” (Bereshit 1:3). Con una sílaba divina el universo despertó. El Midrash enseña (Bereshit Rabá 1:1) que “con diez dichos fue creado el mundo”. Pero el Santo, Bendito Sea, no necesitaba hablar. ¿Para quién hablaba, si aún no existía oído que escuchara? Nuestros sabios explican que D´s habló para enseñarnos el poder de la palabra: que la vida se construye no solo con manos, sino con la voz.
El Talmud (Rosh
Hashaná 32a) comenta que “con el soplo de Su boca fueron creados los cielos”.
El aire que exhala el Creador se convierte en forma, en luz, en materia. La
palabra —dibur— no es solo un medio de comunicación: es una energía
espiritual que da existencia. Por eso el salmista proclama: “Por la palabra del
Eterno fueron hechos los cielos, y por el aliento de Su boca todo su ejército”
(Tehilim 33:6).
Y cuando el hombre es
creado, la Torá dice: “Y fue el hombre un ser viviente” (Bereshit 2:7). Onkelos
traduce: “y fue el hombre un alma que habla” (ruaj memalelá). Es decir,
que el alma humana se revela en la capacidad de hablar. El ser humano es, en
esencia, un ser que habla, que crea con la voz, que puede nombrar el mundo y,
con ello, darle significado. “El hombre dio nombre a todo animal” (Bereshit
2:20). Nombrar es dar existencia, distinguir, traer conciencia. La palabra
humana es, en cierto sentido, el eco de la palabra divina.
Pero ese mismo don que
puede crear mundos, también puede destruirlos. El Midrash (Kohelet Rabá 5:6)
advierte: “Una lengua puede matar más que una espada. La espada mata a corta
distancia; la lengua, tanto cerca como lejos.” La palabra puede levantar o
arruinar, puede iluminar como la luz primera o apagar la chispa del alma.
Muy pronto, la Torá nos
muestra el primer uso equivocado de la palabra. Caín y Abel, los primeros
hermanos, ofrecen sacrificios al Eterno. D´s mira con agrado la ofrenda de Abel,
pero no la de Caín. “pero a Caín y su ofrenda, no prestó atención. Caín se
enfureció y se abatió mucho” (Bereshit 4:5). D´s le habla: “¿Por qué te has
airado, y por qué ha decaído tu rostro? ¿No es cierto que si haces el bien
serás enaltecido?” (4:6-7). D´s invita a Caín a la reflexión, al dominio de sí
mismo, al diálogo interior. Pero Caín elige otro camino.
“Y habló Caín con su
hermano Abel; y sucedió que estando en el campo, se levantó Caín contra su
hermano Abel y lo mató” (4:8). Pero el versículo deja una sombra: ¿qué dijo?
¿De qué hablaron? El texto no lo revela. El Midrash Rabá (22:8) intenta
llenar el silencio: unos dicen que discutieron sobre la posesión de los campos;
otros, sobre el lugar del futuro Templo; otros, sobre quién tendría el derecho
a la mujer. Sin embargo, lo esencial no está en el tema de la conversación, sino
en el hecho mismo de la palabra. Antes del primer asesinato, hubo una palabra.
Antes de la sangre, hubo un diálogo que se rompió.
La violencia física
comenzó con violencia verbal. El primer acto de destrucción nació de una
palabra mal usada, de un corazón lleno de ira, de un silencio no escuchado.
Cuando la palabra pierde su propósito divino, el mundo pierde su armonía. Así,
el poder creador de D´s se ve corrompido en el hombre, que fue hecho para
hablar como su Creador, pero termina usando la palabra para dividir, humillar y
herir.
Y entonces la Torá nos
dice algo estremecedor: “Y vio el Eterno que la maldad del hombre era mucha en
la tierra… y se arrepintió el Eterno de haber hecho al hombre sobre la tierra,
y le dolió en Su corazón” (Bereshit 6:5-6). El Midrash Tanjumá (Bereshit 5)
enseña que D´s no se arrepiente porque se equivoque —pues el Creador no yerra—,
sino porque siente dolor al ver en qué se ha transformado el ser humano. El
arrepentimiento de D´s es un reflejo de Su compasión. Es como si el Creador
dijera: “Les di el don de la palabra para que creen y se amen, y la han usado
para destruirse.”
El Talmud
(Sanedrín 38b) cuenta que cuando D´s quiso crear al hombre, los ángeles
protestaron y dijeron: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Este ser
traerá destrucción al mundo.” Pero D´s respondió: “El hombre también sabrá
decir: Ashamnu, bagadnu… —sabrá confesar, sabrá arrepentirse.” En esas
palabras está la esperanza divina: el ser humano puede deshacer con la palabra
el daño que la palabra hizo.
Después del diluvio,
cuando las aguas purifican la tierra, D´s vuelve a hablar. “Y bendijo D´s a
Noaj y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra”
(Bereshit 9:1). Otra vez, la creación se renueva por medio de la palabra. La
alianza con Noaj se sella con un juramento verbal, con una promesa: “Establezco
Mi pacto con vosotros, y no habrá más diluvio para destruir la tierra” (9:11).
Las palabras que antes maldijeron, ahora bendicen; las que crearon separación,
ahora crean unión.
Y más adelante, cuando
D´s llama a Abraham, le dice: “Y serás bendición” (Bereshit 12:2). No solo
“recibirás bendición”, sino “serás bendición”. Ser bendición significa
convertir la propia existencia —y especialmente la palabra— en fuente de bien.
El justo, dice el Talmud (Ta’anit 7a), “es como un árbol cuya raíz está
junto al agua: sus palabras son dulces y dan vida”. El poder que en Caín fue
instrumento de destrucción, en Abraham se convierte en canal de bendición.
Así, desde Bereshit
hasta Abraham, la Torá nos enseña que el mundo se sostiene por la palabra. “El
mundo se mantiene por tres cosas: por la Torá, por la Avodá y por los actos de
bondad” (Pirkei Avot 1:2). Pero la Torá misma es palabra; la Avodá es oración
—palabra que asciende—, y los actos de bondad comienzan muchas veces con una
palabra amable. La palabra es el hilo que une cielo y tierra, D´s y humanidad,
creación y reparación.
Bereshit no es solo la
historia del principio, sino una parábola del alma humana. Cada día nosotros
también decimos “Haya luz”, y también decimos —a veces sin pensarlo— palabras
que pueden traer oscuridad. Cada conversación es una creación; cada silencio,
un campo de Abel. Nuestra voz tiene el mismo poder que tuvo en el principio, y
depende de nosotros si la usamos para construir o para derribar.
Quiera D´s que sepamos
usar la palabra como instrumento de vida, y no de muerte; que nuestras lenguas
sean canales de bendición, y no de juicio. Que aprendamos a hablar con ternura,
con justicia, con verdad. Que en cada palabra haya un eco de la voz divina que
dijo “Haya luz”.
Y quiera D´s que,
cuando mire el mundo que hacemos con nuestras palabras, no tenga ya que
arrepentirse, sino que pueda decir otra vez, como en el principio: “Vayar
Elohim et kol asher asá, vehiné tov me’od — Y vio D´s todo lo que había hecho,
y he aquí que era muy bueno.”
Shabat Shalom!
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