D´s le dijo a Moshé: “Ésta es la tierra respecto de la cual hice un juramento a Abraham, Itzjak y Iaakov, diciendo: la daré a tus descendientes.” (Devarim 34:4)
En ese momento, en la
cima del monte Nevo, Moshé contempla la Tierra Prometida. No la pisa, pero la
ve con sus ojos, la siente con el alma, y comprende que lo que ve no es solo un
territorio, sino el cumplimiento de una promesa eterna.
Dice el Midrash Tanjuma
(Vezot Habrajá 6) que D´s le mostró a Moshé no solo la tierra física, sino toda
su historia: sus tiempos de gloria, sus exilios y su retorno. Vio Jerusalén
reconstruida, vio al pueblo regresando de los confines del mundo, vio una
nación pequeña pero firme, rodeada de naciones que la señalarían y dirían: “No
tienes derecho.”
Y sin embargo, D´s le
dice: “Ésta es la tierra.” No una tierra cualquiera, sino ésta, la que juró a
los patriarcas. Rashi enseña sobre este versículo que el juramento fue repetido
tres veces —a Abraham (Bereshit 15:18), a Itzjak (Bereshit 26:3)
y a Iaakov (Bereshit 35:12)— para afirmar que la promesa no caduca con
los siglos ni depende de las circunstancias.
En el Bereshit Rabá
(44:21) está escrito: “Dijo D´s a los patriarcas: He jurado que no cambiaré a
Mi pueblo por otra nación.” La promesa no es política ni temporal: es un pacto
eterno.
En nuestros días, el
mundo mira a Israel y la acusa de colonizadora. Pero el Talmud (Sanedrín 91a)
ya anticipó esta tensión. Relata que las naciones del mundo reclamarán una
parte en la herencia divina, y D´s les responderá: “¿Dónde estabais cuando Mi
pueblo sufría? ¿Dónde estabais cuando la tierra estaba desolada?”
El profeta Ezequiel
(36:8) dijo: “Y vosotros, montes de Israel, daréis vuestro fruto para Mi pueblo
Israel, porque ellos están por llegar.” Y el Midrash (Sanedrín 98a) añade: “No
hay signo más claro de la redención que cuando la Tierra de Israel da su fruto
generosamente.”
Durante siglos, esa
tierra estuvo árida, esperando. Solo cuando sus hijos regresaron, volvió a
florecer. La tierra misma da testimonio de que su dueño legítimo ha vuelto. No
hay ocupación, hay retorno. No hay conquista, hay promesa cumplida.
Moshé no entró, pero su
visión sigue guiando nuestros pasos. Él miró la tierra desde lejos y vio el
futuro del pueblo. Así nosotros hoy miramos a Israel, amenazada, discutida,
cuestionada, y recordamos que no es un regalo de los hombres, sino una alianza
con D´s.
El Talmud (Ketuvot
110b) enseña: “Quien habita en la Tierra de Israel es como quien tiene un D´s.”
Vivir allí no es solo estar en un lugar, es estar dentro de una relación
divina.
Cuando las naciones
juzgan a Israel, olvidan que esta tierra no fue adquirida con fuerza, sino con
fe; no por poder, sino por promesa. D´s juró a Abraham, a Itzjak y a Iaakov, y
ese juramento sigue resonando en cada piedra, en cada fruto que la tierra
produce, en cada generación que regresa.
Ésta es la tierra que D´s
mostró a Moshé, la misma que defendemos hoy, no con orgullo vacío, sino con la
humildad de quien sabe que es guardián de un pacto antiguo. Que sepamos
mirarla, como Moshé, con ojos de fe y no solo de política; con gratitud y no
con duda.
Y en estos días, cuando
cerramos el ciclo de la lectura de la Torá con “Vezot Habrajá” y comenzamos
nuevamente con “Bereshit”, recordamos que la historia del pueblo judío —como la
Torá misma— no termina nunca: se renueva. Moshé ve la tierra, pero el pueblo la
entra; el final de un líder es el comienzo de una nueva etapa. Así también
nosotros, generación tras generación, seguimos mirando la tierra y escuchando
la misma voz divina que dice:
“Ésta es la tierra que
juró el Eterno a vuestros padres.”
Con Shalom
Lucas Fisbein
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