En la parashá Ki Tavó,
la Torá nos advierte con palabras estremecedoras: “Si no obedeces a D´s tu
Señor y no cumples cuidadosamente todos Sus mandamientos y decretos tal como te
los prescribo hoy, entonces todas estas maldiciones vendrán a relacionarse
contigo.… Tus hijos y tus hijas serán entregados a una nación extranjera. Lo
verás suceder con tus propios ojos, y los añorarás todo el día, mas serás
impotente” (Devarim 28:15, 32). Este pasaje describe el dolor del exilio
físico, pero también puede leerse como una advertencia sobre un exilio más
silencioso y devastador: el de la asimilación. Cuando los lazos con la Torá y
la vida judía se debilitan, los hijos e hijas, de manera casi imperceptible,
terminan “entregados a otra nación”, no por conquista militar sino por adopción
de costumbres, valores y creencias ajenas que diluyen su identidad.
El Talmud (Sotá 49a)
anticipa que en las generaciones cercanas a la redención “los hijos se
rebelarán contra los padres y la verdad desaparecerá”. No se trata sólo de
conflictos familiares, sino de una ruptura en la transmisión de la identidad y
la fe. Vemos con tristeza cómo muchos descendientes de familias judías, incluso
portadores de apellidos inequívocamente judíos, han perdido toda conexión con
su herencia. Algunos desconocen que lo son, otros lo saben, pero miran hacia
otro lado. En tiempos recientes esto se volvió evidente: frente a tragedias que
afectan al pueblo judío en su conjunto, como la masacre del 7 de octubre,
muchos que llevan sangre y apellido judío eligieron el silencio, la
indiferencia, o incluso la negación, como si lo que ocurre a Am Israel ya no
tuviera nada que ver con ellos.
Esto mismo refleja la
advertencia de la Torá: “Los verás con tus propios ojos, y los añorarás todo
el día, pero serás impotente”. Padres y abuelos que lucharon por mantener
viva la identidad judía ven cómo sus descendientes se diluyen en la sociedad
mayoritaria. El Midrash (Eijá Rabá 2:2) explica que la verdadera destrucción no
es sólo la del Templo, sino cuando los hijos terminan absorbidos por un entorno
ajeno, incorporando prácticas y visiones del mundo que los alejan de sus raíces.
Es un exilio silencioso, pero no menos doloroso que el físico.
Sin embargo, así como
la parashá describe maldiciones, también señala el camino de la teshuvá. El
mismo libro de Devarim nos asegura que, si retornamos a D´s, Él reunirá a
nuestros hijos y nietos y los devolverá a su herencia espiritual. El Talmud
(Kidushin 30a) nos recuerda que el deber de un padre es enseñar Torá a su hijo;
es decir, transmitirle el legado espiritual antes que cualquier herencia
material. Esa es nuestra mejor defensa contra la asimilación. La continuidad
judía no se logra sólo con instituciones o discursos, sino con hogares donde la
Torá, las mitzvot y el amor por el judaísmo se vivan con alegría, orgullo y
compromiso.
Hoy, en un mundo que
promueve la homogeneidad cultural y en el que la identidad judía a veces es
vista con incomodidad o incluso con hostilidad, el desafío es aún mayor. Por
eso debemos redoblar la transmisión, fortalecer nuestras comunidades y mostrar
que pertenecer al pueblo de Israel no es una carga, sino un privilegio.
Quiera D´s que sepamos
transmitir a nuestros hijos y nietos no sólo el apellido judío, sino también el
alma judía; que, frente a las pruebas y dolores de la historia, estemos unidos
y nunca indiferentes; y que, en lugar de ver a nuestros descendientes
entregados a otra nación, podamos verlos siempre firmes en la Torá, orgullosos
de ser parte de Am Israel, y cercanos al Creador.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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