En la parashá de esta semana, la Torá nos presenta una situación compleja y delicada: “Y ves entre los cautivos una mujer hermosa, y deseas tomarla como esposa, la traerás a tu casa. Ella se rapará la cabeza, cortará sus uñas y quitará el vestido de su cautiverio. Permanecerá en tu casa, llorará a su padre y a su madre un mes entero; después de ello, podrás unirte a ella y será tu mujer” (Devarim 21:11–13). A primera vista, el texto parece extraño. ¿Por qué la Torá permitiría que un soldado tome a una cautiva como esposa? Nuestros Sabios explican que aquí la Torá habla “kenegued yetzer hará”, en contra de la inclinación del mal. La Torá no cierra los ojos frente a la realidad del deseo humano, especialmente en un momento de guerra y tensión, pero tampoco lo legitima sin condiciones. Más bien lo canaliza, lo limita y lo somete a un proceso que impone tiempo y reflexión.
El soldado no puede
simplemente tomarla de inmediato. Debe esperar un mes. Durante ese tiempo, la
mujer pasa por un proceso de duelo y transformación, pero también el hombre
tiene la oportunidad de descubrir si lo que siente es auténtico o solo fruto de
la pasión momentánea. Quizás después de treinta días, cuando la emoción inicial
se enfría, ya no desea tanto lo que en un primer instante parecía irresistible.
Y aquí encontramos una
enseñanza muy actual. ¿Cuántas veces en la vida sentimos una urgencia parecida?
Puede ser con una compra, con un negocio, con una relación, con una decisión
apresurada. En el calor del momento todo parece indispensable, como si no pudiéramos
vivir sin ello. Pero la Torá nos dice: espera. Da espacio. Analiza. No tomes
decisiones definitivas en medio de la tormenta del deseo. Lo que hoy parece
imprescindible, mañana puede perder todo su brillo. Y lo que de verdad vale la
pena, seguirá teniendo sentido después de un tiempo de reflexión.
El Rambam enseña que la
verdadera libertad del ser humano consiste en no ser esclavo de sus impulsos.
La Torá no nos pide que reprimamos los deseos, sino que aprendamos a ordenarlos
y a ponerlos bajo la luz de la conciencia. Porque la prisa suele ser un arma
del yetzer hará, mientras que la paciencia es la puerta hacia la claridad. Y es
notable que incluso la psicología moderna confirma esta idea con lo que se
llama la gratificación diferida: quien sabe esperar, quien sabe posponer el
impulso inmediato, suele tomar mejores decisiones y construir una vida más
plena y estable.
Entonces, ¿qué nos
enseña Ki Tetze? Que no debemos confundir pasión con amor, ni impulso con
decisión, ni deseo con conveniencia. Que cuando queremos algo desesperadamente,
la respuesta no es correr detrás de ello sin pensar, sino detenernos, esperar
un tiempo prudencial y preguntarnos: ¿realmente necesito esto?, ¿me hará bien a
largo plazo?, ¿sigue teniendo valor después de la emoción inicial? El soldado
debía esperar un mes entero. Tal vez nosotros no necesitemos exactamente
treinta días, pero sí necesitamos ese espacio de reflexión antes de
comprometernos con lo que puede marcar nuestro futuro.
Quiera D´s que tengamos
la sabiduría y la paciencia de esperar, de analizar y de elegir con claridad,
para que nuestras decisiones no sean fruto de la desesperación del momento,
sino semillas de un futuro lleno de bendición, de serenidad y de plenitud.
Shabat Shalom!
Lucas Fisbein
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