“De este modo, Ieshurún engordó y se rebeló” (Deuteronomio 32:15).
No hay mejor pasuk que explique el comportamiento del Pueblo Judío a través de los tiempos.
Acabamos de dejar los Iamin Noraim que son acaso el único momento del año donde muchos se acercan a Dios.
Cuando las cosas van bien y nuestros estómagos están llenos si somos desagradecidos nos olvidamos de Dios. Nuestra mente evita pensar que lo que obtuvimos fue porque Él así lo quiso y puso en nuestros caminos los medios para alcanzar nuestra meta.
Pero cuando estamos flacos y tenemos hambre miramos al cielo y nos preguntamos por qué.
Si acaso no decimos gracias cuando nos ceden un lugar o nos hacemos los distraídos cuando vemos a un no vidente que no puede cruzar la calle por sus medios, ¿qué podemos esperar de agradecerle a Dios algo tan importante?
Dios es como un padre biológico. Cuando nuestros hijos se portan mal y no nos respetan nosotros los castigamos. ¿Cómo es el castigo? ¿Los matamos acaso? Para nada. Les damos una escaramuza para que comprendan y entren en razones.
Eso es lo que Dios hizo con nosotros a lo largo de nuestra historia.
Cada vez que el Pueblo se olvidó de Él alguna tragedia ocurrió en nuestra historia. Sino recordemos Tishá Be Av.
Las flechas que nos lanza Dios para golpearnos (Deuteronomio 32:23) no son textuales, pero golpean y mucho.
Podemos creernos omnipotentes e intentar esquivar los golpes. Grave error. Es imposible.
Lo mejor que podemos hacer es evitar que Dios nos lance sus flechas y eso se logra siendo agradecido tanto con Él como con nuestros semejantes.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
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