lunes, 3 de agosto de 2015

Ekev

Está en la naturaleza humana acordarnos de Dios en los momentos malos pero ¿cuántos lo hacemos en los buenos?

El texto de esta semana nos hace mención a eso al decir “Entonces es posible que comas y estés satisfecho, construyendo buenas casas y viviendo en ellas. Es posible que tus manadas y rebaños se acrecienten, y amases mucha plata y oro: es posible que todo lo que poseas se acreciente. Pero entonces tu corazón puede volverse altivo, y olvides a Dios tu Señor, El Que te sacó de la casa de esclavos que era Egipto” (Deuteronomio 8:12 a 88:14).

Cuando la estamos pasando mal o necesitamos ayuda recurrimos a Dios pero cuando las cosas están bien solemos olvidarnos de su existencia.

Cuando pedimos Refúa Shlemá por nuestros enfermos luego no vamos a agradecerle a Dios por la sanación.

Cuando nos va bien en los negocios o logramos un avance importante somos unos genios pero cuando estamos de últimas a punto de perder el trabajo lo primero que nos viene a la cabeza es “Dios ayúdame”.

¿Y por qué es que olvidamos a Dios en esos momentos?

Porque la Shejiná es impalpable. Si tuviéramos a Dios en forma física y material seguramente nos pegaría una cachetada cada vez que nos olvidáramos de él pero al habernos hecho a su imagen y semejanza nos hizo ser dadores. Por consiguiente debemos ser dadores de gracias. Debemos recordar que fue Él quien nos entregó la Torá no solo a nosotros sino también a los conversos.

Por eso en la misma Parashá se nos dice “Ustedes también deben mostrar amor hacia el extranjero, puesto que fueron extranjeros en la tierra de Egipto”. El extranjero es el converso.

¿Era necesario que se nos obligue a amar al converso?

Desde un punto de vista espiritual el converso es como un niño recién nacido. Sólo el amor de sus padres y parientes pueden hacerlo crecer bien. El converso es alguien que dejó de lado sus anteriores creencias para reconocer a Dios como fuente única de la Creación.

En la Torá se nos obliga a amar a Dios y a los conversos pero no así a nuestros padres. Dios quiere demostrarnos que el amor hacia nuestros padres es algo innato pero hacia Él o los conversos no.

Si hasta a veces nos discriminamos entre los que somos Iehudim de nacimiento qué podemos esperar hacia quienes lo son por elección. Por eso la mitzvá de amarlos.

Y para ir redondeando la idea tenemos que aprender ser agradecidos con Dios aún cuando nuestra panza este llena o cuando haya muchas cifras en nuestra cuenta bancaria.

En aquellos días de esclavitud en Egipto tuvimos hambre y no tuvimos dinero para comprar nuestra libertad. Fuimos extranjeros y sólo el amor de Dios nos salvó.

Un Iehudí siempre debe ser humilde ante Dios. Debe reconocer su grandeza y amarlo por fue Él quien nos permitió llegar hasta nuestros días.

Un converso es alguien que nos demuestra que el alma puede más que la razón. Su alma estuvo en Monte Sinaí con las nuestras. No tuvo la suerte de nacer en el seno de una familia creyente.

Démosle la oportunidad de vivir esta experiencia con nuestro amor.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

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