Está en la naturaleza humana acordarnos
de Dios en los momentos malos pero ¿cuántos lo hacemos en los buenos?
El texto de esta semana nos
hace mención a eso al decir “Entonces
es posible que comas y estés satisfecho, construyendo buenas casas y viviendo
en ellas. Es posible que tus manadas y rebaños se acrecienten, y amases mucha
plata y oro: es posible que todo lo que poseas se acreciente. Pero
entonces tu corazón puede volverse altivo, y olvides a Dios tu Señor, El Que te
sacó de la casa de esclavos que era Egipto” (Deuteronomio 8:12 a 88:14).
Cuando
la estamos pasando mal o necesitamos ayuda recurrimos a Dios pero cuando las
cosas están bien solemos olvidarnos de su existencia.
Cuando
pedimos Refúa Shlemá por nuestros enfermos luego no vamos a agradecerle a Dios
por la sanación.
Cuando
nos va bien en los negocios o logramos un avance importante somos unos genios
pero cuando estamos de últimas a punto de perder el trabajo lo primero que nos
viene a la cabeza es “Dios ayúdame”.
¿Y
por qué es que olvidamos a Dios en esos momentos?
Porque
la Shejiná es impalpable. Si tuviéramos a Dios en forma física y material
seguramente nos pegaría una cachetada cada vez que nos olvidáramos de él pero
al habernos hecho a su imagen y semejanza nos hizo ser dadores. Por
consiguiente debemos ser dadores de gracias. Debemos recordar que fue Él quien
nos entregó la Torá no solo a nosotros sino también a los conversos.
Por
eso en la misma Parashá se nos dice “Ustedes también deben mostrar amor hacia
el extranjero, puesto que fueron extranjeros en la tierra de Egipto”. El
extranjero es el converso.
¿Era necesario que se nos obligue a amar al
converso?
Desde un punto de vista espiritual el converso es
como un niño recién nacido. Sólo el amor de sus padres y parientes pueden
hacerlo crecer bien. El converso es alguien que dejó de lado sus anteriores
creencias para reconocer a Dios como fuente única de la Creación.
En la Torá se nos obliga a amar a Dios y a los
conversos pero no así a nuestros padres. Dios quiere demostrarnos que el amor
hacia nuestros padres es algo innato pero hacia Él o los conversos no.
Si
hasta a veces nos discriminamos entre los que somos Iehudim de nacimiento qué
podemos esperar hacia quienes lo son por elección. Por eso la mitzvá de
amarlos.
Y
para ir redondeando la idea tenemos que aprender ser agradecidos con Dios aún
cuando nuestra panza este llena o cuando haya muchas cifras en nuestra cuenta
bancaria.
En
aquellos días de esclavitud en Egipto tuvimos hambre y no tuvimos dinero para
comprar nuestra libertad. Fuimos extranjeros y sólo el amor de Dios nos salvó.
Un
Iehudí siempre debe ser humilde ante Dios. Debe reconocer su grandeza y amarlo
por fue Él quien nos permitió llegar hasta nuestros días.
Un
converso es alguien que nos demuestra que el alma puede más que la razón. Su
alma estuvo en Monte Sinaí con las nuestras. No tuvo la suerte de nacer en el
seno de una familia creyente.
Démosle
la oportunidad de vivir esta experiencia con nuestro amor.
Shabat
Shalom
Lucas
Fisbein
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