Antoine de Saint-Exupéry
escribió en El Principito que lo esencial es invisible a los ojos. Para el
Pueblo de Israel luego de la experiencia en el Sinaí pareciera que no.
Habían sido liberados del
Egipto luego de diez plagas, cruzado a través del Iam Suf liderados por Moshé y
aún así necesitaban un objeto para adorar en nombre de Dios.
De acuerdo al Midrash, Datam
y Aviran junto con los Erev Rav fueron quienes avivaron la llama del fuego de
la desesperación en el seno de pueblo. Moshé había desaparecido más de cuarenta
días (en realidad contaron mal) y el ser humano ante una necesidad imperiosa busca
aferrarse a algo. Ese algo fue el becerro de oro.
¿Por qué Aaron, el Cohen
Hagadol fue quien lo construyó? Para ganar tiempo. Sabía que Moshé regresaría y
las cosas volverían a encausarse. Él nunca vio al becerro de oro como un Dios
sino que cuando terminó de construirlo proclamó que habría fiesta para Dios.
El Pueblo al contrario se
volcó hacia la idolatría cuando proclamo ante el becerro “Este Israel, es tu
dios, que te sacó de Egipto”.
Moshé cuando desciende del
monte con la tablas y ve semejante burla a los mandamientos de Dios rompe las Tablas
porque un pueblo corrompido por la idolatría no era merecedor de las leyes
divinas.
¿Pero por qué semejante ira
ante tan pocos que fueron provocadores de este hecho? Hay un concepto que
tenemos que tener siempre presente: “kol Israel arevim ze laze”. Cada uno de
nosotros es responsable por el otro. Si el becerro fue construido significa que
no fue prohibido por consiguiente consciente o inconscientemente, salvo la
tribu de Levi, todos estuvieron de acuerdo.
Recordemos que Dios está en
todos lados y en todo lugar. No lo vemos pero sentimos su presencia. Recordémoslo
para no caer en la tentación de los miles de becerros de oro que nos rodean día
a día.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
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