martes, 11 de febrero de 2014

Ki Tisá

Antoine de Saint-Exupéry escribió en El Principito que lo esencial es invisible a los ojos. Para el Pueblo de Israel luego de la experiencia en el Sinaí pareciera que no.

Habían sido liberados del Egipto luego de diez plagas, cruzado a través del Iam Suf liderados por Moshé y aún así necesitaban un objeto para adorar en nombre de Dios.

De acuerdo al Midrash, Datam y Aviran junto con los Erev Rav fueron quienes avivaron la llama del fuego de la desesperación en el seno de pueblo. Moshé había desaparecido más de cuarenta días (en realidad contaron mal) y el ser humano ante una necesidad imperiosa busca aferrarse a algo. Ese algo fue el becerro de oro.

¿Por qué Aaron, el Cohen Hagadol fue quien lo construyó? Para ganar tiempo. Sabía que Moshé regresaría y las cosas volverían a encausarse. Él nunca vio al becerro de oro como un Dios sino que cuando terminó de construirlo proclamó que habría fiesta para Dios.

El Pueblo al contrario se volcó hacia la idolatría cuando proclamo ante el becerro “Este Israel, es tu dios, que te sacó de Egipto”.

Moshé cuando desciende del monte con la tablas y ve semejante burla a los mandamientos de Dios rompe las Tablas porque un pueblo corrompido por la idolatría no era merecedor de las leyes divinas.

¿Pero por qué semejante ira ante tan pocos que fueron provocadores de este hecho? Hay un concepto que tenemos que tener siempre presente: “kol Israel arevim ze laze”. Cada uno de nosotros es responsable por el otro. Si el becerro fue construido significa que no fue prohibido por consiguiente consciente o inconscientemente, salvo la tribu de Levi, todos estuvieron de acuerdo.

Recordemos que Dios está en todos lados y en todo lugar. No lo vemos pero sentimos su presencia. Recordémoslo para no caer en la tentación de los miles de becerros de oro que nos rodean día a día.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

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