La Torá es reiterativa en la mitzvá de “mostrar amor hacia el extranjero, puesto
que fueron extranjeros en la tierra de Egipto.” (Parashat Evev, Devarim 10:19).
Parece paradigmático como en nuestros días dicho precepto
toma más valor por las crecientes olas de xenofobia y racismo que recorren el
mundo disfrazadas de propagadas políticas que desde ya no hacen más que
impulsar la violencia a quienes piensan, creen, o inclusive provienen de un
lugar distinto al nuestro.
Y no sólo se es extranjero al habitar un país distinto.
Podemos ser extranjeros dentro de nuestro propio territorio. El racismo no
conoce fronteras. El odio per sé es injustificable en cualquiera de sus
expresiones. La Supremacía Blanca o el B.D.S. son ejemplos de cómo la estupidez
humana ciega a las personas por el odio infundado en pensamientos, orígenes o
creencias distintas. No condenar estas acciones también nos hace cómplices, en
menor medida, del accionar de estos movimientos.
Pero, por el otro lado, tenemos ciertas circunstancias en
donde el amor hacia el extranjero se torna casi utópico. En el ámbito local,
basta sólo con transitar las grandes avenidas donde vemos vendedores ambulantes
usurpando espacio público, vendiendo productos de dudoso origen y evadiendo
todo marco fiscal para obtener un beneficio.
¿Debemos amarlos a ellos? ¿Debo cumplir esa mitzvá por el
sólo hecho de que está escrita en la Torá? En este caso tenemos una delgada
línea entre moralidad y legalidad. Lo legal me dice que sí, lo moral todo lo
contrario.
Hay términos
como “negro”, “brasuca”, “bolita”, “paragua”, que deben salir de nuestro léxico
ya que nos hace caer tan bajos como personas que nos debería hacer
replantearnos si somos dignos de haber recibido la Torá.
No vayamos por
las calles pensando “ese negro mirá lo que hace”. Lo correcto es “esa persona
está haciendo algo mal”. El calificativo peyorativo que se le da a la etnia de la
persona es un incumplimiento de la mitzvá.
El odio infundado
hacia otra persona manifestado en discriminación cualquiera sea la razón viola
otro precepto de la Torá, el de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Parashat
Kedoshim, Vaikra 19:18).
No hagamos la vista
gorda porque la discriminación existe y nosotros en distintas medidas discrinamos.
Al encerrarnos en nuestras costumbres, al decir “goy” a quien no es judío, al
mirar con desconfianza a una persona en la calle.
Está en nuestra
naturaleza rechazar a quien no es como nosotros. No podemos aceptar a todo el mundo,
pero debemos ser lo suficientemente responsables para que ese rechazo no sea
discriminatorio.
Nuestro pueblo sufrió,
y lamentablemente sigue sufriendo, persecuciones y discriminaciones. Nos hacen
sentir extranjeros aún dentro de nuestro propio país.
Si discriminamos
nosotros a los extranjeros, independientemente de si lo que hacen está bien o
no, no hemos entendido el significado de esta mitzvá.
Somos todos iguales,
aunque tengamos diferencias. Somos todos diferentes, aunque parezcamos iguales.
Paremos con el
odio y empecemos a construir un mundo mejor.
Shabbat Shalom!
Lucas Fisbein
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