El Talmud nos enseña que
quien educa a sus hijos educa también a los hijos de sus hijos. El ser humano
es la única especie creada por Di-s que entiende lo que significa tener nietos.
Es una alegría inexplicable que implica la continuación de nuestra vida más
allá de una generación.
Yaakov antes de dar las
bendiciones a sus hijos lo hace primero a Efraim y Mensahé. ¿Por qué lo hace?
Efraim y Menashé fueron los
primeros hermanos que no tuvieron conflicto. Si bien Yosef perdonó a sus
hermanos, son sus hijos quienes pueden responderle a Caín diciendo que sí son
el guardián de su hermano.
Yaakov invierte el orden de
las bendiciones haciéndolo primero al menor y luego al mayor. Entre los
hermanos no había rivalidades y no hubo problema como antes lo tuvimos con
Yaakov y Esav.
Los hijos de Yosef, Efraim y
Menashé, resumen el deseo de todo padre que a pesar de todas las influencias
externas a las que son sometidos diariamente no perdieron los valores
inculcados por su padre que a la vez los recibió del suyo.
Yaakov bendice a sus nietos y,
luego, lo hace con Yosef y sus once hermanos resaltando las virtudes de cada
uno sus hijos.
Ahora sí podía partir. Había
bendecido a sus hijos y a sus nietos. Su último deseo fue ser enterrado en la
Cueva de los Patriarcas. Y así se cumplió.
Con esta Parashá terminamos
de leer la “génesis” del pueblo judío. La semilla que empezó con Abraham
germinó y dio sus frutos.
Que estos frutos puedan
conservar su pureza en nuestros días a pesar de estar diseminados por todo el
mundo. Que Di-s nos haga como Efraim y Menashé.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
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