¿Cuántas veces en nuestras
vidas hemos protestado por cosas que luego con el paso del tiempo nos dimos
cuenta que fueron un medio para lograr un fin que nos trajo alegría? ¿Si
hubiésemos sabido lo que venía a continuación no lo hubiéramos sentido
distinto?
Moshé le dice al Pueblo de Israel
que hasta ese día Dios nos les había dado corazón para saber, ni ojos para ver
ni oídos para oir.
Con esta declaración Dios
busca que cada uno de nosotros miremos hacia atrás y sintiéramos esos milagros
como si ocurrieran en este momento.
Cada paso que damos en
nuestra vida es una experiencia nueva que nos da mayor conocimiento y perspectiva
que la que teníamos en el paso anterior.
El Pueblo de Israel estuvo
errante durante cuarenta años en el desierto. Dios les señala que sus ropas no
se desgastaron ni los calzados de los pies no se hicieron harapos.
Parecería ser, según el
relato, que el Pueblo de Israel tomaba como natural que sus vestimentas no se estropearan.
Ahora Dios les hace abrir
los ojos y darse cuenta.
Parece increíble que siendo
la generación qué más cerca estuvo de Dios no tuviera los sentidos en sintonía
para reconocer los milagros.
Y más aún si ellos fueron
testigos en primera persona qué más nos espera a nosotros.
Si la generación que vagó por el desierto hubiera sabido
de antemano que fueron los únicos que presenciaron tales milagros los hubieran
disfrutado de otra manera.
Recordémoslo constantemente. Dios nos dio corazón, ojos y
oídos.
Disfrutemos cada momento
porque es un milagro por sí mismo. No sea que lleguemos al final del camino y
miremos hacia atrás un sendero que no podremos volver a transitar.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
No hay comentarios:
Publicar un comentario