martes, 9 de septiembre de 2014

Ki Tavó

¿Cuántas veces en nuestras vidas hemos protestado por cosas que luego con el paso del tiempo nos dimos cuenta que fueron un medio para lograr un fin que nos trajo alegría? ¿Si hubiésemos sabido lo que venía a continuación no lo hubiéramos sentido distinto?

Moshé le dice al Pueblo de Israel que hasta ese día Dios nos les había dado corazón para saber, ni ojos para ver ni oídos para oir.

Con esta declaración Dios busca que cada uno de nosotros miremos hacia atrás y sintiéramos esos milagros como si ocurrieran en este momento.

Cada paso que damos en nuestra vida es una experiencia nueva que nos da mayor conocimiento y perspectiva que la que teníamos en el paso anterior.

El Pueblo de Israel estuvo errante durante cuarenta años en el desierto. Dios les señala que sus ropas no se desgastaron ni los calzados de los pies no se hicieron harapos.

Parecería ser, según el relato, que el Pueblo de Israel tomaba como natural que sus vestimentas no se estropearan.

Ahora Dios les hace abrir los ojos y darse cuenta.

Parece increíble que siendo la generación qué más cerca estuvo de Dios no tuviera los sentidos en sintonía para reconocer los milagros.

Y más aún si ellos fueron testigos en primera persona qué más nos espera a nosotros.

Si la generación que vagó por el desierto hubiera sabido de antemano que fueron los únicos que presenciaron tales milagros los hubieran disfrutado de otra manera.

Recordémoslo constantemente. Dios nos dio corazón, ojos y oídos.

Disfrutemos cada momento porque es un milagro por sí mismo. No sea que lleguemos al final del camino y miremos hacia atrás un sendero que no podremos volver a transitar.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

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