lunes, 10 de noviembre de 2014

Jaiei Sara

La vida no es sólo el tiempo transcurrido entre nuestro nacimiento y nuestra muerte. No se mide en las riquezas que tuvimos ni en los diplomas que conseguimos. Se mide en el legado que dejamos. Es muy raro encontrar una lápida que diga “aquí descansa un multimillonario licenciado en astrofísica”. Lo más común es encontrar “una adorable persona”, “un buen padre”, etc.

¿Cómo relacionamos estos con la Parashá de esta semana?

Como su nombre lo indica, Jaiei Sara, habla de más de una vida. La vida de Sara no se terminó a los ciento veintisiete años. Su vida se prolongó en Rivka. Sara fue toda bondad en su vida y murió, de acuerdo al Midrash, por el dolor de saber de la Akedat Itzjak. Nunca supo que fue sólo una prueba.

Cuando Abraham le pide a Eliezer que encuentre una esposa para Itzjak lo hace con la condición de que no sea caananita sino que tenía que ser de su familia.

Eliezer parte con diez camellos y pone a prueba a quien le diera agua a él que también le diera a sus camellos.

Rivka llega al pozo y le da agua a Eliezer. Le saca el agua cuando cree conveniente y le da a los camellos hasta que ellos deciden que es suficiente. La sutil diferencia radica en el momento en que ella deja de hacer tzedaká. La primera es por pedido del necesitado mientras que la segunda es por la propia acción de dar.

Las dos acciones marcan una tendencia hacia la bondad. En la Parashá anterior se nos comenta que las mujeres de Caanan descreían de que Sara fuera la madre de Itzjak y le llevaban sus bebes para que los amamantara. Acá vemos un antecedente en la forma de actuar de Rivka. Sara satisfacía la necesidad de las madres de amamantar a los bebes pero no les retiraba el pecho hasta que estuvieran satisfechos.

Cuando Rivka le dice a Eliezer que es pariente de Abraham inmediatamente Eliezer le pide a su familia la mano de Rivka para el hijo de su amo. Laván y Betuel dijeron que “Es algo de Dios”. No podían negarse.

El Talmud interpreta de esta frase que las parejas son formadas en el cielo.

Cuando Rivka se prepara para conocer a Itzjak lo primero que hace es bajarse del camello. No quería estár a una altura distinta a la de su prometido. Este es otro acto de grandeza digna de una matriarca. Ni más arriba, ni más abajo. A la altura justa para seguir adelante con la gestación de nuestro pueblo.

Así fueron las vidas de Sara. La Sara que vivió con Abraham, la Sara que  proyecto su ejemplo en Rivka, la Sara que sufrió por la Akedat Itzjak pero por sobre todas las cosas la Sara que nos enseñó la bondad.

Mientras Sara vivía las velas permanecían encendidas toda la semana. Sólo cuando Rivka se casó con Itzjak este milagro regresó. El fuego de nuestro matriarcado había vuelto a encenderse.

Shabat Shalom


Lucas Fisbein

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