La vida no es sólo el tiempo
transcurrido entre nuestro nacimiento y nuestra muerte. No se mide en las
riquezas que tuvimos ni en los diplomas que conseguimos. Se mide en el legado
que dejamos. Es muy raro encontrar una lápida que diga “aquí descansa un
multimillonario licenciado en astrofísica”. Lo más común es encontrar “una
adorable persona”, “un buen padre”, etc.
¿Cómo relacionamos estos con
la Parashá de esta semana?
Como su nombre lo indica,
Jaiei Sara, habla de más de una vida. La vida de Sara no se terminó a los
ciento veintisiete años. Su vida se prolongó en Rivka. Sara fue toda bondad en
su vida y murió, de acuerdo al Midrash, por el dolor de saber de la Akedat
Itzjak. Nunca supo que fue sólo una prueba.
Cuando Abraham le pide a
Eliezer que encuentre una esposa para Itzjak lo hace con la condición de que no
sea caananita sino que tenía que ser de su familia.
Eliezer parte con diez
camellos y pone a prueba a quien le diera agua a él que también le diera a sus
camellos.
Rivka llega al pozo y le da
agua a Eliezer. Le saca el agua cuando cree conveniente y le da a los camellos
hasta que ellos deciden que es suficiente. La sutil diferencia radica en el
momento en que ella deja de hacer tzedaká.
La primera es por pedido del necesitado mientras que la segunda es por la
propia acción de dar.
Las dos acciones marcan una
tendencia hacia la bondad. En la Parashá anterior se nos comenta que las
mujeres de Caanan descreían de que Sara fuera la madre de Itzjak y le llevaban
sus bebes para que los
amamantara. Acá vemos un antecedente en la forma de actuar de Rivka. Sara
satisfacía la necesidad de las madres de amamantar a los bebes pero no les
retiraba el pecho hasta que estuvieran satisfechos.
Cuando Rivka le dice a
Eliezer que es pariente de Abraham inmediatamente Eliezer le pide a su familia
la mano de Rivka para el hijo de su amo. Laván y Betuel dijeron que “Es algo de
Dios”. No podían negarse.
El Talmud interpreta de esta
frase que las parejas son formadas en el cielo.
Cuando Rivka se prepara para
conocer a Itzjak lo primero que hace es bajarse del camello. No quería estár a
una altura distinta a la de su prometido. Este es otro acto de grandeza digna
de una matriarca. Ni más arriba, ni más abajo. A la altura justa para seguir
adelante con la gestación de nuestro pueblo.
Así fueron las vidas de
Sara. La Sara que vivió con Abraham, la Sara que proyecto su ejemplo en Rivka, la Sara que
sufrió por la Akedat Itzjak pero por sobre todas las cosas la Sara que nos enseñó
la bondad.
Mientras Sara vivía las
velas permanecían encendidas toda la semana. Sólo cuando Rivka se casó con
Itzjak este milagro regresó. El fuego de nuestro matriarcado había vuelto a
encenderse.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
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