Bereshit es el punto de
partida de nuestra historia. Si hubo algo antes nunca lo sabremos. Lo que
importa es que el mundo tal cual lo conocemos comenzó en este punto. Cuando
Di-s realizó la Creación.
Y como se dice que en
la Torá nada está librado al azar comienza con la segunda letra de nuestro
alfabeto hebreo. Si siguiéramos la lógica y el orden debería empezar con la
primera letra alef pero todo tiene su explicación.
Para eso debemos
recurrir a los midrashim. Un midrash es una historia que complementa a la Torá
escrita y nos da un panorama más amplio de la misma.
Para explicar este “extraño”
comienzo, un Midrash nos habla de la forma de la letra Bet: cerrada atrás, para
demostrarnos que atrás no había nada e inclusive que si hubiera algo no nos
tendría que importar; arriba, para recordarnos que está Di-s y abajo para que
recordemos que nuestro límite está en tierra que pisamos. Sólo queda abierto el
camino hacia adelante para continuar con el estudio.
Otro Midrash nos dice
que no empieza con la Alef porque con ella se forma la palabra Arur, maldito, y
no sería apropiado que empiece así. En cambio, la Bet forma la palabra Baruj,
bendito.
Otra explicación
también basada en un Midrash nos dice que si tomamos la última letra de la
Torá, una lamed, al volver a leerla quedaría formada la palabra “lo” (no) y en
cambio de esta forma queda formada la palabra leb (corazón) que es el órgano
más importante para la vida. Así como el corazón bombea la sangre y nos da vida
a nuestro ser físico, la Torá nos da vida a nuestro ser espiritual.
Luego de la Creación en
seis días y el séptimo, Shabat, destinado al descanso, Adán y Eva cometen el
famoso pecado de la manzana. Y es aquí donde aparece la primera pregunta que Di-s
le realiza al hombre: “¿Dónde estás?” (Bereshit 3:9).
A simple vista parece
una averiguación de la ubicación geográfica de Adán pero desde un punto de
vista más profundo implica una visión en nuestro interior.
¿Dónde estamos? La
respuesta tiene que ser una fotografía de nuestro presente. Es una pregunta que
debemos realizarnos a diario. ¿Estamos donde queremos? Si es así está todo bien
pero ¿si no? ¿Podemos cambiar? ¿Los factores que nos llevaron a donde estamos
son internos o externos?
Di-s no le pregunta a
Adán ¿dónde estás? porque quiere que le responda “me escondí” (Bereshit 3:10). Lo que Di-s esperaba era una aceptación de la culpa por haber
incurrido en el desobedecimiento de Sus Palabras. En cambio, Adán se desliga
totalmente de su culpa. “¿Acaso comiste del árbol del que te ordené no comer?”. (Bereshit
3:11). Adán no responde sino con una evasiva: “La mujer que me diste para que
estuviera conmigo: ella me dio lo que comí del árbol”. (Bereshit 3:12).
No sólo no acepta su culpa sino que además
le transmite la culpa a Di-s por haberle dado a la mujer que causó el pecado.
No admite haberse equivocado, lo cual es muy común en los seres humanos. Es más
fácil echarle la culpa a un tercero que reconocer un error como propio.
Para llevarlo a un nivel más coloquial
situémonos en un partido de futbol. Un jugador se equivoca y le pasa la pelota
a un rival. Este rival se lleva la pelota y viene otro y le comete una falta de
esas que son para roja directa. Imagínense la reacción diciendo “tuve que hacer
la falta porque vos la entregaste mal”. Es incorrecta. Hizo la falta porque fue
directamente a cometer la infracción sea consciente o inconscientemente.
Ahora volvamos a la historia de Adán. Él no
come la manzana porque Eva se la dio sino porque quiso. Busca al pasarle la
culpa a su compañera limpiar su conciencia pero no hace más que “seguir
embarrando la cancha”.
Por eso Di-s expulsa a
Adán y Eva del Gan Eden hacia el mundo exterior en el cual pasan a ser mortales
y tienen que trabajar y sufrir para seguir adelante.
Resulta interesante ver
el paralelismo entre lo narrado en el texto y lo que nos ocurre cuando mentimos
y no aceptamos nuestros errores. Salimos de nuestra zona de confort y debemos
trabajar y sufrir por esa mentira. Una mentira que no tiene sentido. Es más fácil
decir “erré” que “la culpa es de otro”. El problema son las consecuencias de
nuestros actos. Queremos pecar pero no ser culpables del pecado.
Sería más sencillo
preguntarnos “¿Dónde estoy?” antes de pecar así reconocemos que nadie nos
empuja sino que son nuestros impulsos los que nos llevan a la conducta
inadecuada. Y como son nuestros podemos controlarlos. Y debemos hacerlo.
Caín no pudo controlar
la envidia que tenía sobre su hermano Abel. En vez de preguntarse “¿Dónde
estoy”? en relación a las ofrendas que le llevaban al Eterno le echó la culpa a
su hermano y lo mató.
“¿Dónde está tu hermano?” (Bereshit 4:9) le
pregunta Di-s.
Y seguramente nos
preguntamos ¿por qué es tan importante saberlo? ¿Qué hace que sea importante
saber dónde está nuestro hermano? Porque Di-s nos dio la capacidad de
sociabilizarnos. Nuestro hermano no es sólo alguien sanguíneo sino cualquier
semejante.
Por eso la respuesta de
Cain “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Bereshit 4:9) es la que nunca
debemos dar. No sólo somos los guardianes sino los responsables de que estén
bien. E implícitamente aparece el concepto de tzedaká (solidaridad).
Kol Israel Arevin Ze La
Ze
Todos somos
responsables por el otro. Todos somos guardianes. No es una alternativa. Es la
única opción.
Y ante cada pregunta de
¿dónde estoy? debemos mirar a nuestro alrededor y contestar “aceptando que
somos humanos y podemos cometer errores” que además compartimos con nuestros
hermanos para que ellos no los repitan porque así como nosotros somos sus
guardianes Di-s es quién nos cuida en todo momento.
Comenzamos nuevamente
el ciclo de lectura de la Torá. Y al empezar a leerla nos preguntamos ¿Dónde
estoy? Estoy con mis hermanos, en Comunidad, cuidando de ellos.
Shabat Shalom
Lucas Fisbein
No hay comentarios:
Publicar un comentario