lunes, 2 de octubre de 2017

Bereshit

Bereshit es el punto de partida de nuestra historia. Si hubo algo antes nunca lo sabremos. Lo que importa es que el mundo tal cual lo conocemos comenzó en este punto. Cuando Di-s realizó la Creación.

Y como se dice que en la Torá nada está librado al azar comienza con la segunda letra de nuestro alfabeto hebreo. Si siguiéramos la lógica y el orden debería empezar con la primera letra alef pero todo tiene su explicación.

Para eso debemos recurrir a los midrashim. Un midrash es una historia que complementa a la Torá escrita y nos da un panorama más amplio de la misma.

Para explicar este “extraño” comienzo, un Midrash nos habla de la forma de la letra Bet: cerrada atrás, para demostrarnos que atrás no había nada e inclusive que si hubiera algo no nos tendría que importar; arriba, para recordarnos que está Di-s y abajo para que recordemos que nuestro límite está en tierra que pisamos. Sólo queda abierto el camino hacia adelante para continuar con el estudio.

Otro Midrash nos dice que no empieza con la Alef porque con ella se forma la palabra Arur, maldito, y no sería apropiado que empiece así. En cambio, la Bet forma la palabra Baruj, bendito.

Otra explicación también basada en un Midrash nos dice que si tomamos la última letra de la Torá, una lamed, al volver a leerla quedaría formada la palabra “lo” (no) y en cambio de esta forma queda formada la palabra leb (corazón) que es el órgano más importante para la vida. Así como el corazón bombea la sangre y nos da vida a nuestro ser físico, la Torá nos da vida a nuestro ser espiritual.

Luego de la Creación en seis días y el séptimo, Shabat, destinado al descanso, Adán y Eva cometen el famoso pecado de la manzana. Y es aquí donde aparece la primera pregunta que Di-s le realiza al hombre: “¿Dónde estás?” (Bereshit 3:9).

A simple vista parece una averiguación de la ubicación geográfica de Adán pero desde un punto de vista más profundo implica una visión en nuestro interior.

¿Dónde estamos? La respuesta tiene que ser una fotografía de nuestro presente. Es una pregunta que debemos realizarnos a diario. ¿Estamos donde queremos? Si es así está todo bien pero ¿si no? ¿Podemos cambiar? ¿Los factores que nos llevaron a donde estamos son internos o externos?

Di-s no le pregunta a Adán ¿dónde estás? porque quiere que le responda “me escondí” (Bereshit 3:10). Lo que Di-s esperaba era una aceptación de la culpa por haber incurrido en el desobedecimiento de Sus Palabras. En cambio, Adán se desliga totalmente de su culpa. “¿Acaso comiste del árbol del que te ordené no comer?”. (Bereshit 3:11). Adán no responde sino con una evasiva: “La mujer que me diste para que estuviera conmigo: ella me dio lo que comí del árbol”. (Bereshit 3:12).

No sólo no acepta su culpa sino que además le transmite la culpa a Di-s por haberle dado a la mujer que causó el pecado. No admite haberse equivocado, lo cual es muy común en los seres humanos. Es más fácil echarle la culpa a un tercero que reconocer un error como propio.

Para llevarlo a un nivel más coloquial situémonos en un partido de futbol. Un jugador se equivoca y le pasa la pelota a un rival. Este rival se lleva la pelota y viene otro y le comete una falta de esas que son para roja directa. Imagínense la reacción diciendo “tuve que hacer la falta porque vos la entregaste mal”. Es incorrecta. Hizo la falta porque fue directamente a cometer la infracción sea consciente o inconscientemente.

Ahora volvamos a la historia de Adán. Él no come la manzana porque Eva se la dio sino porque quiso. Busca al pasarle la culpa a su compañera limpiar su conciencia pero no hace más que “seguir embarrando la cancha”.

Por eso Di-s expulsa a Adán y Eva del Gan Eden hacia el mundo exterior en el cual pasan a ser mortales y tienen que trabajar y sufrir para seguir adelante.

Resulta interesante ver el paralelismo entre lo narrado en el texto y lo que nos ocurre cuando mentimos y no aceptamos nuestros errores. Salimos de nuestra zona de confort y debemos trabajar y sufrir por esa mentira. Una mentira que no tiene sentido. Es más fácil decir “erré” que “la culpa es de otro”. El problema son las consecuencias de nuestros actos. Queremos pecar pero no ser culpables del pecado.

Sería más sencillo preguntarnos “¿Dónde estoy?” antes de pecar así reconocemos que nadie nos empuja sino que son nuestros impulsos los que nos llevan a la conducta inadecuada. Y como son nuestros podemos controlarlos. Y debemos hacerlo.

Caín no pudo controlar la envidia que tenía sobre su hermano Abel. En vez de preguntarse “¿Dónde estoy”? en relación a las ofrendas que le llevaban al Eterno le echó la culpa a su hermano y lo mató.

 “¿Dónde está tu hermano?” (Bereshit 4:9) le pregunta Di-s.

Y seguramente nos preguntamos ¿por qué es tan importante saberlo? ¿Qué hace que sea importante saber dónde está nuestro hermano? Porque Di-s nos dio la capacidad de sociabilizarnos. Nuestro hermano no es sólo alguien sanguíneo sino cualquier semejante.

Por eso la respuesta de Cain “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Bereshit 4:9) es la que nunca debemos dar. No sólo somos los guardianes sino los responsables de que estén bien. E implícitamente aparece el concepto de tzedaká (solidaridad).

Kol Israel Arevin Ze La Ze

Todos somos responsables por el otro. Todos somos guardianes. No es una alternativa. Es la única opción.

Y ante cada pregunta de ¿dónde estoy? debemos mirar a nuestro alrededor y contestar “aceptando que somos humanos y podemos cometer errores” que además compartimos con nuestros hermanos para que ellos no los repitan porque así como nosotros somos sus guardianes Di-s es quién nos cuida en todo momento.

Comenzamos nuevamente el ciclo de lectura de la Torá. Y al empezar a leerla nos preguntamos ¿Dónde estoy? Estoy con mis hermanos, en Comunidad, cuidando de ellos.

Shabat Shalom

Lucas Fisbein

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